La remontada de Lula da Silva en Brasil, de la derrota de la primera vuelta de las presidenciales (45% a 47% frente a Flávio Bolsonaro) a los casi cinco millones de ventaja en la segunda vuelta (51% a 48%), supone un freno en seco a la ola ultraconservadora que estaba barriendo América Latina atizada por los vientos de amenazas y miedo de Donald Trump. Nunca antes un aspirante a dirigir el país más populoso de la región y el séptimo más poblado del mundo (220 millones de habitantes) había conseguido sobreponerse a un resultado inicial adverso, pero el veterano líder de la izquierda brasileña ha cimentado su triunfo en su extraordinaria capacidad de adaptación a las circunstancias y habilidad para movilizar a las bases militantes.
El líder izquierdista brasileño frena la ola ultraconservadora que barre América Latina gracias a una capacidad extraordinaria de movilización y a una campaña para revertir su inferioridad en los algoritmos
La remontada de Lula da Silva en Brasil, de la derrota de la primera vuelta de las presidenciales (45% a 47% frente a Flávio Bolsonaro) a los casi cinco millones de ventaja en la segunda vuelta (51% a 48%), supone un freno en seco a la ola ultraconservadora que estaba barriendo América Latina atizada por los vientos de amenazas y miedo de Donald Trump. Nunca antes un aspirante a dirigir el país más populoso de la región y el séptimo más poblado del mundo (220 millones de habitantes) había conseguido sobreponerse a un resultado inicial adverso, pero el veterano líder de la izquierda brasileña ha cimentado su triunfo en su extraordinaria capacidad de adaptación a las circunstancias y habilidad para movilizar a las bases militantes.
La victoria inesperada de Lula merecerá un capítulo en los manuales de política internacional y envía un poderoso mensaje al mundo sobre la no tan clara inevitabilidad de la llegada al poder de la ultraderecha, capaz de controlar el discurso con su domino de las redes sociales y los algoritmos. Su éxito electoral deja muchas lecciones, aunque la primordial es la voluntad de hierro del dirigente carismático del Partido de los Trabajadores, dispuesto a dedicar hasta el último de sus esfuerzos, pese a su edad, a evitar el regreso del clan Bolsonaro en su última contienda de una dilatada trayectoria política, que culminará con su cuarto mandato presidencial, el segundo consecutivo.
Lula, que este martes cumplirá 81 años, se mostraba muy convencido de sus posibilidades el pasado viernes en los últimos actos de campaña en Belo Horizonte. “Minas Gerais nos va a dar el triunfo”, aseguró eufórico ante sus simpatizantes. El estado de Minas Gerais, el segundo con más votantes después del de Sao Paulo, viene a ser el Ohio brasileño, salvando las diferencias. Quien gana Minas Gerais, gana Brasil.
Luego Lula participó en el último debate televisado, y Flávio Bolsonaro cometió el desliz imperdonable de burlarse de que le falta un dedo. Lula le espetó como respuesta que lo había perdido trabajando de tornero en una fábrica y que, en cambio, él no había pegado sello en su vida, aludiendo a la fama de vida licenciosa del senador. El Bolsonaro insolente que en el primer debate televisivo llegó a incomodar a Lula, esta vez cayó en la trampa de su indolencia.
Pero traspiés al margen de un Bolsonaro que estaba convencido y confiado de su victoria, al final la batalla de Minas Gerais se la llevó Lula da Silva, aunque por poco más de cien mil papeletas entre más de trece millones de votos. El estado que representó el boom de la extracción de minerales en los dos últimos siglos de Brasil es un nexo entre el sur bolsonarista y el norte lulista, entre la próspera costa Atlántica oriental y el territorio de hacendados y terratenientes occidental. Cuando Minas Gerais empezó a pintarse del color rojo del PT mientras avanzaba el escrutinio, el equipo de Lula sabía que el objetivo estaba cumplido.
Sin embargo, hacía falta algo más que decantar Minas Gerais. Y ahí fue donde Lula rentabilizó una capacidad de movilización sin precedentes. Desde que terminó el recuento de la primera vuelta, el presidente brasileño se lanzó a la calle y se sumergió en las redes sociales. Su campaña creó un grupo de whatsapp llamado Ejército de Lula que ya tenía diez millones de miembros el día que se volvió a las urnas. Lula empezó a grabarse videoselfies y se prestó a charlas y debates en directo en diversas plataformas para atraer a sus bases desencantadas por el aumento del coste de la vida que habían decidido abstenerse y a la pequeña burguesía de microemprendedores que las políticas progresistas de los últimos veinte años han ido creando -excepto el paréntesis de cuatro años de Jair Bolsonaro, padre de Flávio- y que detesta la burocracia y los impuestos.
El presidente logró ganar en el decisivo estado de Minas Gerais, pero también en las ciudades de Sao Paulo y Río de Janeiro
El resultado fue asombroso: Lula sumó diez millones de votos más que en la primera vuelta y Bolsonaro solo tres, pese a que el liberal en teoría solo tenía que recoger los apoyos de otros candidatos de derecha y no había espacios de izquierda donde Lula podía rasguñar papeletas.
En este sentido son muy significativas las victorias de Lula en las ciudades de Sao Paulo y Río de Janeiro, donde se vive esa dicotomía entre las elites económicas y las clases populares de las favelas. El mensaje de ley y orden allanó el camino a Jair Bolsonaro en 2108 y daba prestigio a su hijo Flávio, que una vez llegó a enfrentarse a tiros con delincuentes en plena calle, pero ahora Lula, pese al aumento del crimen organizado, ha sabido seducir a la población de las grandes urbes que también sufre la violencia de las milicias y los grupos paramilitares. Así, el presidente ha obtenido un margen de 800.000 votos en Sao Paulo y de más de cien mil en Río de Janeiro.
Río de Janeiro era el granero infalible de Flávio Bolsonaro, senador por ese estado desde que fue elegido con cuatro millones de votos en 2018, pero su derrota ejemplifica el giro que ha imprimido Lula da Silva a la segunda parte de su campaña. Lula fue capaz de orquestar una gran manifestación de apoyo en la playa de Copacabana, al igual que hizo en la Avenida Paulista de Sao Paulo. A la vez, el presidente brasileño mantuvo intacto su almacén de votos del Nordeste, la región más pobre de Brasil. Pernambuco, el estado natal de Lula, del que tuvo que emigrar para encontrar trabajo en la periferia de Sao Paulo, le ha dado un colchón de más de dos millones de votos, y Bahía, el territorio más poblado del Nordeste, una ventaja de casi cuatro millones para compensar las pérdidas del sudeste.
El primer reto de Lula será ahora cómo va a sortear la crisis que Flávio Bolsonaro desatará. Como hizo su padre cuatro años atrás, el candidato ultraderechista no aceptará el resultado de los comicios. Entonces el padre, Jair, montó una intentona golpista. Falta ver cuál será la apuesta del hijo, que de momento pide la repetición de elecciones. Lula ha echado el resto y ha triunfado, pero Brasil es cada vez un país más dividido y fracturado.
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