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¿Tenemos el control de nuestras decisiones? La psicología ya sugería que, en buena, medida no. Con la inteligencia artificial y la manipulación de las redes informativas, parece aún más pertinente preguntarnos dónde está la libertad de elección. Tomemos el ejemplo de Francia. Gari Kaspárov viene advirtiendo que Putin no necesita ataques militares para debilitar a Europa, le basta con explotar sus divisiones. París es un caos de revueltas y protestas y, entre tanto, la maquinaria propagandística rusa presenta los disturbios como evidencia de una civilización en descomposición.
De momento, sería irresponsable afirmar que Rusia está detrás de las protestas francesas. El malestar social tiene causas reales y la violencia, responsables propios. De lo que no cabe duda es de que el Kremlin está aprovechando todo esto para alimentar su relato sobre el fracaso europeo. Sembrar el caos y causar daños a la economía son estrategias con raigambre histórica, pero la tecnología puede ser la certificación final de que la mejor forma de atacar una democracia es en enfrentarla consigo misma.
Los tan comentados problemas de información relacionados con el Brexit y las elecciones estadounidenses de 2016 fueron solo un aviso. Entonces, no hace tanto, nos preocupaban las noticias falsas y la utilización de datos y preferencias personales para orientar mensajes políticos y, finalmente, el voto. La sofisticación de estos mecanismos es ya considerable. La inteligencia artificial permite fabricar imágenes, voces y testimonios a una escala antes impensable. Las redes de difusión coordinada pueden convertir una mentirijilla en una corriente de opinión. Una vez que el daño está hecho, da casi igual que se rectifique o no.
El Servicio Europeo de Acción Exterior documentó 540 incidentes de manipulación informativa extranjera durante 2025. Es importante señalar que, afortunadamente, la existencia de una estrategia no demuestra su eficacia, pero es peligrosa. La verdadera novedad no parece estar en convencer al ciudadano con una mentira. A veces resulta más eficaz conseguir que dude de todo. De las instituciones, de los periódicos, de los jueces, de las estadísticas, de sus vecinos o de que su pareja le quiere. La duda, otrora uno de los grandes instrumentos de la Ilustración, es hoy impotencia colectiva.
Desde la economía, el panorama es muy inquietante. La confianza constituye un capital invisible fundamental. Sin ella no funcionan los mercados, las instituciones o las relaciones sociales. Nos permite aceptar compromisos, invertir a largo plazo y cooperar. Su destrucción genera costes que desembocan en grandes crisis. Las plataformas que controlan nuestra información monetizan la atención, mientras el conjunto de la sociedad soporta las consecuencias potenciales de una desconfianza alimentada artificialmente.
La respuesta de Europa es y será regular, en su particular ejercicio del ministerio de la verdad. Pero necesita más. Al menos, tres instrumentos más exigentes. Uno, transparencia verificable sobre las redes coordinadas y su financiación. Dos, acceso independiente a los datos de las plataformas para medir efectos reales. Tres, una capacidad europea compartida de investigación y atribución, sometida a control judicial. A ello debería añadirse una educación mucho más ambiciosa en estadística, razonamiento crítico y comprensión de los medios digitales. Memorizando, si no es mucho pedir.
Tampoco podemos entregar a nuestros adversarios la explicación de todos nuestros fracasos. La mejor defensa frente a la manipulación es corregir las razones que hacen tan fácil dividirnos. Durante siglos temimos que alguien nos arrebatara la tierra, la lengua o la libertad. Ahora podríamos perder algo atemporal y sagrado, el reconocernos en una realidad compartida.
Francisco Rodríguez es catedrático de Economía de la UGR y director del Área Financiera y Digitalización de Funcas.
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