Balbino Escorihuela tiene 86 años. Nació en junio de 1940. Es un vecino jubilado de Tronchón, uno de los 16 pueblos que componen la comarca del Maestrazgo, la zona al este de la provincia de Teruel lindante con Castellón. De hecho comparten nombre con el área de El Alt Maestrat, en el interior del norte de la provincia valenciana. Roberto Rabaza tiene 38 años. Nació en mayo de 1988. Es ingeniero y alcalde de Tronchón. Volvió a su localidad después de estudiar la carrera fuera para dedicarse al trabajo agrícola y ganadero de sus antepasados. En el este de Aragón, Cataluña y Castellón sobrevive a duras penas una infraestructura común: las masadas (en Teruel se llama así a las masías), fincas agrícolas configuradas como unidades familiares. Los inquilinos de estas casas de campo son los masoveros y su cultura moldeó la idiosincrasia de zonas como el Maestrazgo turolense durante ocho siglos. Las masías del siglo IX y X de Cataluña se expandieron aquí en el XIII y sobrevivieron hasta prácticamente los años 60-70 del siglo pasado.Balbino, nuestro protagonista, fue uno de ellos, de los masoveros que resistieron contra viento y marea en estos lugares aislados que proliferaron en hábitats dispersos como este. Él nunca fue dueño de una masada, las cuidó, trabajó las tierras, tuvo animales. Fue un mediero, un arrendado de la época. Lo fue prácticamente hasta 2013.Roberto, quien acompaña a ABC en un periplo por las masadas de su pueblo, enseña la que su familia heredó propiedad de su abuelo. Aquí vivieron unos tíos suyos hasta 2009. Ahora, el Ayuntamiento que encabeza, como el resto de la comarca, puja por que no se pierdan los rasgos identificativos de la cultura y el sistema de las masadas que durante casi 800 años se mantuvo activo. «Es nuestra seña de identidad», describe el alcalde. El libro ‘Voces masoveras’Con ambos contactó el etnógrafo descendiente de Castellote (Teruel) Félix A. Rivas. Quería contar cuántos habitantes siguen residiendo en esos caseríos agrícolas donde la gente era absolutamente autosuficiente y cómo era esa forma de vida tan sacrificada y adusta. Vivían con ganado -ovejas en estas tierras-, unas 2-3 vacas, algunos «pares» de toros con que labrar el cereal y una burra, explica Balbino, con una memoria a prueba de bombas. «Con el trabajo tan duro entonces nadie te miraba el colesterol, todo estaba bien», dice sonriente al salir de un chequeo en el médico que asiste a la aldea. Los niños se encargaban por lo general del cuidado del ganado.El alcalde de Tronchón es ingeniero. Regresó al pueblo para dedicarse a tareas agrícolas y ganaderas. Balbino es un vecino jubilado de Tronchón que pasó casi toda su vida entre masadas. Nos muestran algunas de ellas. Javier EscricheEl sistema de las masías catalanas se expandió como forma de vida, modelo socioeconómico y explotación del territorio a partir de la Edad Media y llegó a su fin debido al éxodo rural masivo. «La gente cogió miedo en 1971 porque hubo una gran nevada y se hundió el tejado de alguna masada, porque había 1,80 centímetros de nieve. Hubo un masovero que murió congelado allí (señala Balbino). También, en otra masada, un niño nació con alguna enfermedad y hasta que llegaron a Villarluengo al médico, eran cuatro horas de camino. Se padecía mucho», explica el anciano, que relata cómo se fueron vaciando las masadas. En el recorrido por algunas de las que están en pie en Tronchón, aún hay 6-8 personas viviendo dentro, la mayoría hombres solteros. «Las mujeres no aguantaron, ni una, se fueron todas a Teruel, Barcelona o Castellón buscando una vida mejor», añade Balbino. Era un trabajo doméstico, familiar y agrario arduo y con poco porvenir. Considerados casi como ermitaños, los masoveros se veían tratados como ciudadanos de segunda al llegar a los pueblos más cercanosHay inventarios comarcales que se han esforzado en poner números a este modo de vida que algunos llegan a considerar «aislado» o «ermitaño», relata Rivas, que, además, en su libro ‘Voces masoveras. Un homenaje al patrimonio inmaterial de las masadas en la Comarca del Maestrazgo (Teruel)’ recoge cómo estos masoveros se veían como ciudadanos de segunda tratados de forma peyorativa cuando llegaban al pueblo más cercano. «Mi abuela me contaba que incluso había dos bailes en las fiestas. Uno, para los masoveros, y otro, para los residentes en el municipio. Unos iban con albarcas o alpargatas y los otros con zapatillas, ya superada la mitad del siglo pasado. Es como el contraste de hace 30-40 años, cuando llegaba gente de la ciudad al pueblo», dice el regidor de Tronchón. Ese inventario -el más exhaustivo- cifra en el Maestrazgo 672 masadas existentes, 310 en buen estado relativo; otras 336, alrededor del 50%, en ruinas o en mal estado, y solo 67 masías, el 10%, mantienen población permanente, si bien decrecen año tras año. A Rivas, amante de la Antropología Social y Cultural, le despierta un gran interés el fenómeno tal vez heredado o coparticipado de la proximidad a Cataluña y Castellón. Con su libro de entrevistas etnográficas atina en el porcentaje: de las 22 personas entrevistadas, apenas dos las habitan todo el año. Roberto y Balbino, en Tronchón. Balbino habla frente a la última masada donde vivió con su familia. El autor del libro ‘Voces masoveras’, el etnógrafo Félix A. Rivas, recibe a ABC en Zaragoza. Javier Escriche / J. Escriche / Ramón CometComo Balbino, varios de los testimonios que recoge eran de medieros, explotaban la finca a cambio de un alquiler o arrendamiento al propietario de la masada, que llegó a ser de un tercio o la mitad de lo que sacaban por las tierras y el ganado trabajado; pero al no ser suyas, acabaron saliendo de ellas, lo que certificó su abandono. El Maestrazgo fue la comarca aragonesa donde más proliferaron estas explotaciones. La explicación es sencilla, la afina el alcalde tronchonero: en otras zonas, las masadas están a 2-3 kilómetros de los pueblos; aquí hay 16 municipios en 1.204 kilómetros cuadrados. Pese a la distancia entre masadas, la solidaridad entre vecinos masoveros fue crucial en momentos complicados. «Generaban comunidades de solidaridad mutua, si no, no hubieran sobrevivido», explica la técnica de Patrimonio Cultural de la Comarca del Maestrazgo, Sonia Sánchez. Se ayudaban ante cualquier tesitura. Tenían también una forma de avisar al resto de masadas de las cosas que sucedían, tal y como reproduce en su volumen Rivas, licenciado en Geografía e Historia. «Entre masadas había una forma de comunicación, como el WhatsApp de la época. Se colgaba una sábana de un color determinado para que el resto supiera que un masovero había perecido, por ejemplo». El resto aparcaba las tareas y acudía al hogar del finado, donde a buen seguro se les necesitaba. Balbino comenta cómo cuando alguno estrenó radio o televisión, ponía una lona roja o alguna prenda para informar al resto de que ponían toros esa tarde y podían visitarlo en su masada. Incluso confeccionaron una especie de escuela de hogar para los hijos de los masoveros. Aprendían de la mano de alguien, todos juntos, en uno de estos enclaves. Caminar hasta el colegio de Cantavieja -la capital comarcal- suponía casi cuatro horas (dice Balbino); mucho tiempo después «pusieron un autobús que es como estudié yo, a 30 kilómetros y luego saltas a las ciudades a buscarte la vida o la universidad» (afirma Roberto).Folgas, vocabulario y trabajoEn la vida del masovero no todo era trabajo. Aunque mayoritariamente era eso: trabajo en familia. También había, no obstante, bureos, o folgas, las fiestas donde se relacionaban. «Tenían pocas ocasiones para hacerlo y esos bureos eran autogestionados por ellos mismos. Siempre había alguien que tocaba un instrumento de cuerda y había juegos para todos. Era también bastante singular el carnaval. Se podía llegar a practicar lo que hoy diríamos son ‘intercambios de parejas’. Con la cara pintada, el vino… aquello se desenfrenaba», detalla el autor del libro. «A las señoras las conocíamos en otras masadas. Yo a la mía, Josefina, me la busqué en Linares de Mora (otra localidad de Teruel)», dice pícaro Balbino, pero la importancia de la propiedad era tal que en muchas ocasiones se acordaban matrimonios con el fin de unir masías o «los abuelos decidían la suerte de los descendientes, para que la masada se quedara en casa o que hubiera un hombre en la otra», cuenta. Balbino vivió en Tronchón hasta los 9 años. Luego inició un largo trayecto por diferentes masadas de la comarca: estuvo 8 años en el Barranco Santana del pueblo de Mirambel, y desde allí a La Nevera, Casa Castel, Torre Sancho, Los Clerios en Palomita y Torre Villores, en el municipio de Villarluego, antes de regresar a Tronchón, donde viudo, con su hijo fuera, y residiendo en su casa, aprecia mucho las comodidades contemporáneas. Porque había masadas donde «casi todos los días buscabas el agua con la burra». En otras tenían entrada de agua. La electricidad fue algo inexistente en la mayoría hasta casi el momento de la salida, lo que choca con algunos de estos mismos recintos que se han reciclado en los últimos años como apartamentos rurales turísticos de primer nivel. Balbino comenta cómo hacían bureos, fiestas, y se relacionaban con mujeres. Un detalle de la recocina de la masada del abuelo del alcalde. Jesús Ayora, de Casa Juan de Blas, es un masovero de Villarluengo, otro pueblo del Maestrazgo. Javier Escriche / Cedida a ABCRoberto abre la masada de su abuelo. El portón de madera con llave de hierro, las alcobas, el comedero de los animales, que compartían espacio con los pobladores masoveros, la cocina y la recocina tan típica de estos lares (como una despensa) y el lugar de almacenamiento del grano. Metros cuadrados desvencijados en un momento de crisis tremebunda de la vivienda en España. Abre el ventanal y mira a su pueblo, el que dirige en nombre del Partido Aragonés (PAR) desde hace once años y en el que continuará la legislatura que viene, «porque nadie quiere ser y no hay muchas opciones» de jóvenes o preparados que se presenten, acota el octogenario que desayuna diariamente con su querido alcalde en el único bar de Tronchón. Rivas reproduce en el libro las 22 entrevistas con el vocabulario propio de esta zona. Los participios acabados en «au» o los verbos ajenos a la RAE. Quería respetar todos los rasgos que conforman la idiosincrasia de esta comarca y sus gentes, dice. Una cultura que desde Teruel quieren salvaguardar en nombre de todos aquellos que alguna vez se partieron el lomo «juñiendo» (unciendo) sus bueyes para labrar y cuidar la tierra que les vio nacer. Pilar Mallén nació en esta masada de las Pupilas, en Allepuz (Teruel) y su hijo Ignacio quiso regresar de Barcelona a vivir en la propiedad materna. Cedida a ABCAlgunos, como Ignacio Martínez y Pilar Mallén, han decidido volver. Su abuela y su madre nacieron en esta masada y él, en Barcelona en 1982. El precio de la vivienda y la forma de subsistir en la gran ciudad no le convencieron y no quería que esto se perdiese. Son sus raíces. Pilar nació el año 1954 en la masada de Las Pupilas en Allepuz (Teruel), vivió en ella hasta los 20 años. Ignacio llegó a vivir en la masada unos años de pequeño y pasó en ella muchos veranos con su abuela materna. Desde hace diez años también reside en las Pupilas, donde se dedica a las labores agrícolas. Como dice en su libro Félix Rivas, las masadas son el patrimonio inmaterial que queda y merece conocer. Y, parafrasea a la poeta y veterinaria cordobesa María Sánchez, al enfatizar en la idea de que a las personas rurales no hay que «darles voz porque ya la tienen y la han hecho valer desde siempre. Tal vez lo que habría que darles es más bien altavoz, porque hasta hace muy poco lo normal era que el relato público sobre la vida en los pueblos -a través de libros o películas- estuviera monopolizado por las gentes de la ciudad». Balbino Escorihuela tiene 86 años. Nació en junio de 1940. Es un vecino jubilado de Tronchón, uno de los 16 pueblos que componen la comarca del Maestrazgo, la zona al este de la provincia de Teruel lindante con Castellón. De hecho comparten nombre con el área de El Alt Maestrat, en el interior del norte de la provincia valenciana. Roberto Rabaza tiene 38 años. Nació en mayo de 1988. Es ingeniero y alcalde de Tronchón. Volvió a su localidad después de estudiar la carrera fuera para dedicarse al trabajo agrícola y ganadero de sus antepasados. En el este de Aragón, Cataluña y Castellón sobrevive a duras penas una infraestructura común: las masadas (en Teruel se llama así a las masías), fincas agrícolas configuradas como unidades familiares. Los inquilinos de estas casas de campo son los masoveros y su cultura moldeó la idiosincrasia de zonas como el Maestrazgo turolense durante ocho siglos. Las masías del siglo IX y X de Cataluña se expandieron aquí en el XIII y sobrevivieron hasta prácticamente los años 60-70 del siglo pasado.Balbino, nuestro protagonista, fue uno de ellos, de los masoveros que resistieron contra viento y marea en estos lugares aislados que proliferaron en hábitats dispersos como este. Él nunca fue dueño de una masada, las cuidó, trabajó las tierras, tuvo animales. Fue un mediero, un arrendado de la época. Lo fue prácticamente hasta 2013.Roberto, quien acompaña a ABC en un periplo por las masadas de su pueblo, enseña la que su familia heredó propiedad de su abuelo. Aquí vivieron unos tíos suyos hasta 2009. Ahora, el Ayuntamiento que encabeza, como el resto de la comarca, puja por que no se pierdan los rasgos identificativos de la cultura y el sistema de las masadas que durante casi 800 años se mantuvo activo. «Es nuestra seña de identidad», describe el alcalde. El libro ‘Voces masoveras’Con ambos contactó el etnógrafo descendiente de Castellote (Teruel) Félix A. Rivas. Quería contar cuántos habitantes siguen residiendo en esos caseríos agrícolas donde la gente era absolutamente autosuficiente y cómo era esa forma de vida tan sacrificada y adusta. Vivían con ganado -ovejas en estas tierras-, unas 2-3 vacas, algunos «pares» de toros con que labrar el cereal y una burra, explica Balbino, con una memoria a prueba de bombas. «Con el trabajo tan duro entonces nadie te miraba el colesterol, todo estaba bien», dice sonriente al salir de un chequeo en el médico que asiste a la aldea. Los niños se encargaban por lo general del cuidado del ganado.El alcalde de Tronchón es ingeniero. Regresó al pueblo para dedicarse a tareas agrícolas y ganaderas. Balbino es un vecino jubilado de Tronchón que pasó casi toda su vida entre masadas. Nos muestran algunas de ellas. Javier EscricheEl sistema de las masías catalanas se expandió como forma de vida, modelo socioeconómico y explotación del territorio a partir de la Edad Media y llegó a su fin debido al éxodo rural masivo. «La gente cogió miedo en 1971 porque hubo una gran nevada y se hundió el tejado de alguna masada, porque había 1,80 centímetros de nieve. Hubo un masovero que murió congelado allí (señala Balbino). También, en otra masada, un niño nació con alguna enfermedad y hasta que llegaron a Villarluengo al médico, eran cuatro horas de camino. Se padecía mucho», explica el anciano, que relata cómo se fueron vaciando las masadas. En el recorrido por algunas de las que están en pie en Tronchón, aún hay 6-8 personas viviendo dentro, la mayoría hombres solteros. «Las mujeres no aguantaron, ni una, se fueron todas a Teruel, Barcelona o Castellón buscando una vida mejor», añade Balbino. Era un trabajo doméstico, familiar y agrario arduo y con poco porvenir. Considerados casi como ermitaños, los masoveros se veían tratados como ciudadanos de segunda al llegar a los pueblos más cercanosHay inventarios comarcales que se han esforzado en poner números a este modo de vida que algunos llegan a considerar «aislado» o «ermitaño», relata Rivas, que, además, en su libro ‘Voces masoveras. Un homenaje al patrimonio inmaterial de las masadas en la Comarca del Maestrazgo (Teruel)’ recoge cómo estos masoveros se veían como ciudadanos de segunda tratados de forma peyorativa cuando llegaban al pueblo más cercano. «Mi abuela me contaba que incluso había dos bailes en las fiestas. Uno, para los masoveros, y otro, para los residentes en el municipio. Unos iban con albarcas o alpargatas y los otros con zapatillas, ya superada la mitad del siglo pasado. Es como el contraste de hace 30-40 años, cuando llegaba gente de la ciudad al pueblo», dice el regidor de Tronchón. Ese inventario -el más exhaustivo- cifra en el Maestrazgo 672 masadas existentes, 310 en buen estado relativo; otras 336, alrededor del 50%, en ruinas o en mal estado, y solo 67 masías, el 10%, mantienen población permanente, si bien decrecen año tras año. A Rivas, amante de la Antropología Social y Cultural, le despierta un gran interés el fenómeno tal vez heredado o coparticipado de la proximidad a Cataluña y Castellón. Con su libro de entrevistas etnográficas atina en el porcentaje: de las 22 personas entrevistadas, apenas dos las habitan todo el año. Roberto y Balbino, en Tronchón. Balbino habla frente a la última masada donde vivió con su familia. El autor del libro ‘Voces masoveras’, el etnógrafo Félix A. Rivas, recibe a ABC en Zaragoza. Javier Escriche / J. Escriche / Ramón CometComo Balbino, varios de los testimonios que recoge eran de medieros, explotaban la finca a cambio de un alquiler o arrendamiento al propietario de la masada, que llegó a ser de un tercio o la mitad de lo que sacaban por las tierras y el ganado trabajado; pero al no ser suyas, acabaron saliendo de ellas, lo que certificó su abandono. El Maestrazgo fue la comarca aragonesa donde más proliferaron estas explotaciones. La explicación es sencilla, la afina el alcalde tronchonero: en otras zonas, las masadas están a 2-3 kilómetros de los pueblos; aquí hay 16 municipios en 1.204 kilómetros cuadrados. Pese a la distancia entre masadas, la solidaridad entre vecinos masoveros fue crucial en momentos complicados. «Generaban comunidades de solidaridad mutua, si no, no hubieran sobrevivido», explica la técnica de Patrimonio Cultural de la Comarca del Maestrazgo, Sonia Sánchez. Se ayudaban ante cualquier tesitura. Tenían también una forma de avisar al resto de masadas de las cosas que sucedían, tal y como reproduce en su volumen Rivas, licenciado en Geografía e Historia. «Entre masadas había una forma de comunicación, como el WhatsApp de la época. Se colgaba una sábana de un color determinado para que el resto supiera que un masovero había perecido, por ejemplo». El resto aparcaba las tareas y acudía al hogar del finado, donde a buen seguro se les necesitaba. Balbino comenta cómo cuando alguno estrenó radio o televisión, ponía una lona roja o alguna prenda para informar al resto de que ponían toros esa tarde y podían visitarlo en su masada. Incluso confeccionaron una especie de escuela de hogar para los hijos de los masoveros. Aprendían de la mano de alguien, todos juntos, en uno de estos enclaves. Caminar hasta el colegio de Cantavieja -la capital comarcal- suponía casi cuatro horas (dice Balbino); mucho tiempo después «pusieron un autobús que es como estudié yo, a 30 kilómetros y luego saltas a las ciudades a buscarte la vida o la universidad» (afirma Roberto).Folgas, vocabulario y trabajoEn la vida del masovero no todo era trabajo. Aunque mayoritariamente era eso: trabajo en familia. También había, no obstante, bureos, o folgas, las fiestas donde se relacionaban. «Tenían pocas ocasiones para hacerlo y esos bureos eran autogestionados por ellos mismos. Siempre había alguien que tocaba un instrumento de cuerda y había juegos para todos. Era también bastante singular el carnaval. Se podía llegar a practicar lo que hoy diríamos son ‘intercambios de parejas’. Con la cara pintada, el vino… aquello se desenfrenaba», detalla el autor del libro. «A las señoras las conocíamos en otras masadas. Yo a la mía, Josefina, me la busqué en Linares de Mora (otra localidad de Teruel)», dice pícaro Balbino, pero la importancia de la propiedad era tal que en muchas ocasiones se acordaban matrimonios con el fin de unir masías o «los abuelos decidían la suerte de los descendientes, para que la masada se quedara en casa o que hubiera un hombre en la otra», cuenta. Balbino vivió en Tronchón hasta los 9 años. Luego inició un largo trayecto por diferentes masadas de la comarca: estuvo 8 años en el Barranco Santana del pueblo de Mirambel, y desde allí a La Nevera, Casa Castel, Torre Sancho, Los Clerios en Palomita y Torre Villores, en el municipio de Villarluego, antes de regresar a Tronchón, donde viudo, con su hijo fuera, y residiendo en su casa, aprecia mucho las comodidades contemporáneas. Porque había masadas donde «casi todos los días buscabas el agua con la burra». En otras tenían entrada de agua. La electricidad fue algo inexistente en la mayoría hasta casi el momento de la salida, lo que choca con algunos de estos mismos recintos que se han reciclado en los últimos años como apartamentos rurales turísticos de primer nivel. Balbino comenta cómo hacían bureos, fiestas, y se relacionaban con mujeres. Un detalle de la recocina de la masada del abuelo del alcalde. Jesús Ayora, de Casa Juan de Blas, es un masovero de Villarluengo, otro pueblo del Maestrazgo. Javier Escriche / Cedida a ABCRoberto abre la masada de su abuelo. El portón de madera con llave de hierro, las alcobas, el comedero de los animales, que compartían espacio con los pobladores masoveros, la cocina y la recocina tan típica de estos lares (como una despensa) y el lugar de almacenamiento del grano. Metros cuadrados desvencijados en un momento de crisis tremebunda de la vivienda en España. Abre el ventanal y mira a su pueblo, el que dirige en nombre del Partido Aragonés (PAR) desde hace once años y en el que continuará la legislatura que viene, «porque nadie quiere ser y no hay muchas opciones» de jóvenes o preparados que se presenten, acota el octogenario que desayuna diariamente con su querido alcalde en el único bar de Tronchón. Rivas reproduce en el libro las 22 entrevistas con el vocabulario propio de esta zona. Los participios acabados en «au» o los verbos ajenos a la RAE. Quería respetar todos los rasgos que conforman la idiosincrasia de esta comarca y sus gentes, dice. Una cultura que desde Teruel quieren salvaguardar en nombre de todos aquellos que alguna vez se partieron el lomo «juñiendo» (unciendo) sus bueyes para labrar y cuidar la tierra que les vio nacer. Pilar Mallén nació en esta masada de las Pupilas, en Allepuz (Teruel) y su hijo Ignacio quiso regresar de Barcelona a vivir en la propiedad materna. Cedida a ABCAlgunos, como Ignacio Martínez y Pilar Mallén, han decidido volver. Su abuela y su madre nacieron en esta masada y él, en Barcelona en 1982. El precio de la vivienda y la forma de subsistir en la gran ciudad no le convencieron y no quería que esto se perdiese. Son sus raíces. Pilar nació el año 1954 en la masada de Las Pupilas en Allepuz (Teruel), vivió en ella hasta los 20 años. Ignacio llegó a vivir en la masada unos años de pequeño y pasó en ella muchos veranos con su abuela materna. Desde hace diez años también reside en las Pupilas, donde se dedica a las labores agrícolas. Como dice en su libro Félix Rivas, las masadas son el patrimonio inmaterial que queda y merece conocer. Y, parafrasea a la poeta y veterinaria cordobesa María Sánchez, al enfatizar en la idea de que a las personas rurales no hay que «darles voz porque ya la tienen y la han hecho valer desde siempre. Tal vez lo que habría que darles es más bien altavoz, porque hasta hace muy poco lo normal era que el relato público sobre la vida en los pueblos -a través de libros o películas- estuviera monopolizado por las gentes de la ciudad».
Balbino Escorihuela tiene 86 años. Nació en junio de 1940. Es un vecino jubilado de Tronchón, uno de los 16 pueblos que componen la comarca del Maestrazgo, la zona al este de la provincia de Teruel lindante con Castellón. De hecho comparten nombre con el … área de El Alt Maestrat, en el interior del norte de la provincia valenciana.
Roberto Rabaza tiene 38 años. Nació en mayo de 1988. Es ingeniero y alcalde de Tronchón. Volvió a su localidad después de estudiar la carrera fuera para dedicarse al trabajo agrícola y ganadero de sus antepasados.
En el este de Aragón, Cataluña y Castellón sobrevive a duras penas una infraestructura común: las masadas (en Teruel se llama así a las masías), fincas agrícolas configuradas como unidades familiares. Los inquilinos de estas casas de campo son los masoveros y su cultura moldeó la idiosincrasia de zonas como el Maestrazgo turolense durante ocho siglos. Las masías del siglo IX y X de Cataluña se expandieron aquí en el XIII y sobrevivieron hasta prácticamente los años 60-70 del siglo pasado.
Balbino, nuestro protagonista, fue uno de ellos, de los masoveros que resistieron contra viento y marea en estos lugares aislados que proliferaron en hábitats dispersos como este. Él nunca fue dueño de una masada, las cuidó, trabajó las tierras, tuvo animales. Fue un mediero, un arrendado de la época. Lo fue prácticamente hasta 2013.
Roberto, quien acompaña a ABC en un periplo por las masadas de su pueblo, enseña la que su familia heredó propiedad de su abuelo. Aquí vivieron unos tíos suyos hasta 2009. Ahora, el Ayuntamiento que encabeza, como el resto de la comarca, puja por que no se pierdan los rasgos identificativos de la cultura y el sistema de las masadas que durante casi 800 años se mantuvo activo. «Es nuestra seña de identidad», describe el alcalde.
El libro ‘Voces masoveras’
Con ambos contactó el etnógrafo descendiente de Castellote (Teruel) Félix A. Rivas. Quería contar cuántos habitantes siguen residiendo en esos caseríos agrícolas donde la gente era absolutamente autosuficiente y cómo era esa forma de vida tan sacrificada y adusta. Vivían con ganado -ovejas en estas tierras-, unas 2-3 vacas, algunos «pares» de toros con que labrar el cereal y una burra, explica Balbino, con una memoria a prueba de bombas. «Con el trabajo tan duro entonces nadie te miraba el colesterol, todo estaba bien», dice sonriente al salir de un chequeo en el médico que asiste a la aldea. Los niños se encargaban por lo general del cuidado del ganado.
(Javier Escriche)
El sistema de las masías catalanas se expandió como forma de vida, modelo socioeconómico y explotación del territorio a partir de la Edad Media y llegó a su fin debido al éxodo rural masivo. «La gente cogió miedo en 1971 porque hubo una gran nevada y se hundió el tejado de alguna masada, porque había 1,80 centímetros de nieve. Hubo un masovero que murió congelado allí (señala Balbino). También, en otra masada, un niño nació con alguna enfermedad y hasta que llegaron a Villarluengo al médico, eran cuatro horas de camino. Se padecía mucho», explica el anciano, que relata cómo se fueron vaciando las masadas. En el recorrido por algunas de las que están en pie en Tronchón, aún hay 6-8 personas viviendo dentro, la mayoría hombres solteros. «Las mujeres no aguantaron, ni una, se fueron todas a Teruel, Barcelona o Castellón buscando una vida mejor», añade Balbino. Era un trabajo doméstico, familiar y agrario arduo y con poco porvenir.
Considerados casi como ermitaños, los masoveros se veían tratados como ciudadanos de segunda al llegar a los pueblos más cercanos
Hay inventarios comarcales que se han esforzado en poner números a este modo de vida que algunos llegan a considerar «aislado» o «ermitaño», relata Rivas, que, además, en su libro ‘Voces masoveras. Un homenaje al patrimonio inmaterial de las masadas en la Comarca del Maestrazgo (Teruel)’ recoge cómo estos masoveros se veían como ciudadanos de segunda tratados de forma peyorativa cuando llegaban al pueblo más cercano. «Mi abuela me contaba que incluso había dos bailes en las fiestas. Uno, para los masoveros, y otro, para los residentes en el municipio. Unos iban con albarcas o alpargatas y los otros con zapatillas, ya superada la mitad del siglo pasado. Es como el contraste de hace 30-40 años, cuando llegaba gente de la ciudad al pueblo», dice el regidor de Tronchón. Ese inventario -el más exhaustivo- cifra en el Maestrazgo 672 masadas existentes, 310 en buen estado relativo; otras 336, alrededor del 50%, en ruinas o en mal estado, y solo 67 masías, el 10%, mantienen población permanente, si bien decrecen año tras año. A Rivas, amante de la Antropología Social y Cultural, le despierta un gran interés el fenómeno tal vez heredado o coparticipado de la proximidad a Cataluña y Castellón. Con su libro de entrevistas etnográficas atina en el porcentaje: de las 22 personas entrevistadas, apenas dos las habitan todo el año.
(Javier Escriche / J. Escriche / Ramón Comet)
Como Balbino, varios de los testimonios que recoge eran de medieros, explotaban la finca a cambio de un alquiler o arrendamiento al propietario de la masada, que llegó a ser de un tercio o la mitad de lo que sacaban por las tierras y el ganado trabajado; pero al no ser suyas, acabaron saliendo de ellas, lo que certificó su abandono.
El Maestrazgo fue la comarca aragonesa donde más proliferaron estas explotaciones. La explicación es sencilla, la afina el alcalde tronchonero: en otras zonas, las masadas están a 2-3 kilómetros de los pueblos; aquí hay 16 municipios en 1.204 kilómetros cuadrados. Pese a la distancia entre masadas, la solidaridad entre vecinos masoveros fue crucial en momentos complicados. «Generaban comunidades de solidaridad mutua, si no, no hubieran sobrevivido», explica la técnica de Patrimonio Cultural de la Comarca del Maestrazgo, Sonia Sánchez. Se ayudaban ante cualquier tesitura. Tenían también una forma de avisar al resto de masadas de las cosas que sucedían, tal y como reproduce en su volumen Rivas, licenciado en Geografía e Historia. «Entre masadas había una forma de comunicación, como el WhatsApp de la época. Se colgaba una sábana de un color determinado para que el resto supiera que un masovero había perecido, por ejemplo». El resto aparcaba las tareas y acudía al hogar del finado, donde a buen seguro se les necesitaba. Balbino comenta cómo cuando alguno estrenó radio o televisión, ponía una lona roja o alguna prenda para informar al resto de que ponían toros esa tarde y podían visitarlo en su masada.
Incluso confeccionaron una especie de escuela de hogar para los hijos de los masoveros. Aprendían de la mano de alguien, todos juntos, en uno de estos enclaves. Caminar hasta el colegio de Cantavieja -la capital comarcal- suponía casi cuatro horas (dice Balbino); mucho tiempo después «pusieron un autobús que es como estudié yo, a 30 kilómetros y luego saltas a las ciudades a buscarte la vida o la universidad» (afirma Roberto).
Folgas, vocabulario y trabajo
En la vida del masovero no todo era trabajo. Aunque mayoritariamente era eso: trabajo en familia. También había, no obstante, bureos, o folgas, las fiestas donde se relacionaban. «Tenían pocas ocasiones para hacerlo y esos bureos eran autogestionados por ellos mismos. Siempre había alguien que tocaba un instrumento de cuerda y había juegos para todos. Era también bastante singular el carnaval. Se podía llegar a practicar lo que hoy diríamos son ‘intercambios de parejas’. Con la cara pintada, el vino… aquello se desenfrenaba», detalla el autor del libro. «A las señoras las conocíamos en otras masadas. Yo a la mía, Josefina, me la busqué en Linares de Mora (otra localidad de Teruel)», dice pícaro Balbino, pero la importancia de la propiedad era tal que en muchas ocasiones se acordaban matrimonios con el fin de unir masías o «los abuelos decidían la suerte de los descendientes, para que la masada se quedara en casa o que hubiera un hombre en la otra», cuenta.
Balbino vivió en Tronchón hasta los 9 años. Luego inició un largo trayecto por diferentes masadas de la comarca: estuvo 8 años en el Barranco Santana del pueblo de Mirambel, y desde allí a La Nevera, Casa Castel, Torre Sancho, Los Clerios en Palomita y Torre Villores, en el municipio de Villarluego, antes de regresar a Tronchón, donde viudo, con su hijo fuera, y residiendo en su casa, aprecia mucho las comodidades contemporáneas. Porque había masadas donde «casi todos los días buscabas el agua con la burra». En otras tenían entrada de agua. La electricidad fue algo inexistente en la mayoría hasta casi el momento de la salida, lo que choca con algunos de estos mismos recintos que se han reciclado en los últimos años como apartamentos rurales turísticos de primer nivel.
(Javier Escriche / Cedida a ABC)
Roberto abre la masada de su abuelo. El portón de madera con llave de hierro, las alcobas, el comedero de los animales, que compartían espacio con los pobladores masoveros, la cocina y la recocina tan típica de estos lares (como una despensa) y el lugar de almacenamiento del grano. Metros cuadrados desvencijados en un momento de crisis tremebunda de la vivienda en España. Abre el ventanal y mira a su pueblo, el que dirige en nombre del Partido Aragonés (PAR) desde hace once años y en el que continuará la legislatura que viene, «porque nadie quiere ser y no hay muchas opciones» de jóvenes o preparados que se presenten, acota el octogenario que desayuna diariamente con su querido alcalde en el único bar de Tronchón. Rivas reproduce en el libro las 22 entrevistas con el vocabulario propio de esta zona. Los participios acabados en «au» o los verbos ajenos a la RAE. Quería respetar todos los rasgos que conforman la idiosincrasia de esta comarca y sus gentes, dice. Una cultura que desde Teruel quieren salvaguardar en nombre de todos aquellos que alguna vez se partieron el lomo «juñiendo» (unciendo) sus bueyes para labrar y cuidar la tierra que les vio nacer.

(Cedida a ABC)
Algunos, como Ignacio Martínez y Pilar Mallén, han decidido volver. Su abuela y su madre nacieron en esta masada y él, en Barcelona en 1982. El precio de la vivienda y la forma de subsistir en la gran ciudad no le convencieron y no quería que esto se perdiese. Son sus raíces. Pilar nació el año 1954 en la masada de Las Pupilas en Allepuz (Teruel), vivió en ella hasta los 20 años. Ignacio llegó a vivir en la masada unos años de pequeño y pasó en ella muchos veranos con su abuela materna. Desde hace diez años también reside en las Pupilas, donde se dedica a las labores agrícolas. Como dice en su libro Félix Rivas, las masadas son el patrimonio inmaterial que queda y merece conocer. Y, parafrasea a la poeta y veterinaria cordobesa María Sánchez, al enfatizar en la idea de que a las personas rurales no hay que «darles voz porque ya la tienen y la han hecho valer desde siempre. Tal vez lo que habría que darles es más bien altavoz, porque hasta hace muy poco lo normal era que el relato público sobre la vida en los pueblos -a través de libros o películas- estuviera monopolizado por las gentes de la ciudad».
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