El verano de los Juegos dediqué los últimos días de junio a hacer un voluntariado para niños en el barrio del Raval. Además de las actividades y los juegos, el centro tenía por objetivo que los niños comieran tres veces al día porque sabíamos que la mayoría de los padres no les darían ni desayuno ni cena. Llegaban a las 9 y se iban sobre las 8 de la tarde, y el primer día que me tocó cerrar el centro, nadie fue a recoger a Michael, un niño negro de 10 años muy rápido y simpático.Esperé una hora pero no había móviles ni por supuesto teléfono en casa de Michael, que tampoco sabíamos dónde estaba ni siquiera si existía.Con Michael me llevaba muy bien porque a su breve edad todo lo entendía. Le pregunté si tenía ganas de una noche mágica y abrió los ojos como para que le cupiera toda la palabra ‘mágica’. Esbozó una de las mejores sonrisas que he visto en mi vida. Paré un taxi y nunca se había subido en un taxi, y nos llevó hasta el funicular del parque de atracciones del Tibidabo.Cuando entramos en el parque me di cuenta de dos cosas: la primera, que a través de la fascinación de Michael, iba a poder disfrutar de las atracciones como cuando tenía su edad; la segunda, que me había quedado sin efectivo -las tarjetas eran cosas que entonces no teníamos a los 18 años- tras pagar el funicular de ida y vuelta y las entradas.Montamos en todas las atracciones y como era bastante alto le dejaron subir a Huracán, un vagón sujeto a dos brazos que lo elevaban y lo hacían girar sobre sí mismo. En la cola Michael me pidió una Coca-Cola y le tuve que explicar que se me había acabado el dinero, y en medio de las luces y colores del Tibidabo, sentí que le fallaba como sus padres. Él me dijo que la Coca-Cola daba igual pero le dije que yo tenía hambre, porque no había merendado, y me dijo «yo lo arreglo», y me hizo gracia que lo dijera porque pensé que era una broma.Subimos al Huracán, que nos puso varias veces boca abajo, y al salir le dijo a uno de los responsables que en una de las vueltas nos habían caído dos monedas de 500 pesetas a la pequeña piscina que había debajo de la atracción, y que era lo que teníamos para cenar. Yo tomé enseguida las riendas de la conversación, pero la astucia la había tenido él. Expliqué que teníamos a Michael unos días en Barcelona por una colaboración solidaria, y el responsable dijo que no podía parar la atracción para buscar las monedas, pero llamó a su superior, que nos dio unos tiquetes para que compráramos lo que quisiéramos en cualquier puesto de comida. Nos hicimos con refrescos, bocadillos, patatas fritas, chuches, y Michael reía y me abrazaba y me daba las gracias, y yo me miraba en su alegría, y pensaba en mi educación, en mis lujos, en mi familia y en que aquella noche había podido cenar gracias a un niño de diez años, pobre, negro, del que ni sus padres se acordaban y más listo que mi hambre.Al día siguiente, convencidos de que seríamos recibidos como héroes, contamos nuestra aventura al llegar al centro. El director me llamó al despacho y me dijo que había hecho un daño irreparable a Michael, porque le había enseñado un mundo que no podría tener, y que por lo menos cuando no lo conocía, no sufría porque se le negara. Me dijo que nunca más volviera y no volví, pero acusé el insulto y no pensé en rendirme. Mi abuela llamó a Juan Antonio Samaranch, entonces presidente del COI y de La Caixa, que lógicamente estaba en Barcelona por los Juegos, conoció a Michael y Michael tuvo desde el curso siguiente plaza en un prestigioso colegio de Lausana y con todos los gastos pagados, incluso la mucha ropa que urge comprarle, porque no tenía ningún armario. Siempre me ha dicho Michael, quizá sólo para halagarme, que aprovechó su oportunidad porque le mostré la luz y no quiso perderla. Todavía hoy somos amigos y es un banquero al que a veces tengo que recurrir porque continúa sabiendo mucho mejor que yo cómo sortear el hambre. El verano de los Juegos dediqué los últimos días de junio a hacer un voluntariado para niños en el barrio del Raval. Además de las actividades y los juegos, el centro tenía por objetivo que los niños comieran tres veces al día porque sabíamos que la mayoría de los padres no les darían ni desayuno ni cena. Llegaban a las 9 y se iban sobre las 8 de la tarde, y el primer día que me tocó cerrar el centro, nadie fue a recoger a Michael, un niño negro de 10 años muy rápido y simpático.Esperé una hora pero no había móviles ni por supuesto teléfono en casa de Michael, que tampoco sabíamos dónde estaba ni siquiera si existía.Con Michael me llevaba muy bien porque a su breve edad todo lo entendía. Le pregunté si tenía ganas de una noche mágica y abrió los ojos como para que le cupiera toda la palabra ‘mágica’. Esbozó una de las mejores sonrisas que he visto en mi vida. Paré un taxi y nunca se había subido en un taxi, y nos llevó hasta el funicular del parque de atracciones del Tibidabo.Cuando entramos en el parque me di cuenta de dos cosas: la primera, que a través de la fascinación de Michael, iba a poder disfrutar de las atracciones como cuando tenía su edad; la segunda, que me había quedado sin efectivo -las tarjetas eran cosas que entonces no teníamos a los 18 años- tras pagar el funicular de ida y vuelta y las entradas.Montamos en todas las atracciones y como era bastante alto le dejaron subir a Huracán, un vagón sujeto a dos brazos que lo elevaban y lo hacían girar sobre sí mismo. En la cola Michael me pidió una Coca-Cola y le tuve que explicar que se me había acabado el dinero, y en medio de las luces y colores del Tibidabo, sentí que le fallaba como sus padres. Él me dijo que la Coca-Cola daba igual pero le dije que yo tenía hambre, porque no había merendado, y me dijo «yo lo arreglo», y me hizo gracia que lo dijera porque pensé que era una broma.Subimos al Huracán, que nos puso varias veces boca abajo, y al salir le dijo a uno de los responsables que en una de las vueltas nos habían caído dos monedas de 500 pesetas a la pequeña piscina que había debajo de la atracción, y que era lo que teníamos para cenar. Yo tomé enseguida las riendas de la conversación, pero la astucia la había tenido él. Expliqué que teníamos a Michael unos días en Barcelona por una colaboración solidaria, y el responsable dijo que no podía parar la atracción para buscar las monedas, pero llamó a su superior, que nos dio unos tiquetes para que compráramos lo que quisiéramos en cualquier puesto de comida. Nos hicimos con refrescos, bocadillos, patatas fritas, chuches, y Michael reía y me abrazaba y me daba las gracias, y yo me miraba en su alegría, y pensaba en mi educación, en mis lujos, en mi familia y en que aquella noche había podido cenar gracias a un niño de diez años, pobre, negro, del que ni sus padres se acordaban y más listo que mi hambre.Al día siguiente, convencidos de que seríamos recibidos como héroes, contamos nuestra aventura al llegar al centro. El director me llamó al despacho y me dijo que había hecho un daño irreparable a Michael, porque le había enseñado un mundo que no podría tener, y que por lo menos cuando no lo conocía, no sufría porque se le negara. Me dijo que nunca más volviera y no volví, pero acusé el insulto y no pensé en rendirme. Mi abuela llamó a Juan Antonio Samaranch, entonces presidente del COI y de La Caixa, que lógicamente estaba en Barcelona por los Juegos, conoció a Michael y Michael tuvo desde el curso siguiente plaza en un prestigioso colegio de Lausana y con todos los gastos pagados, incluso la mucha ropa que urge comprarle, porque no tenía ningún armario. Siempre me ha dicho Michael, quizá sólo para halagarme, que aprovechó su oportunidad porque le mostré la luz y no quiso perderla. Todavía hoy somos amigos y es un banquero al que a veces tengo que recurrir porque continúa sabiendo mucho mejor que yo cómo sortear el hambre. El verano de los Juegos dediqué los últimos días de junio a hacer un voluntariado para niños en el barrio del Raval. Además de las actividades y los juegos, el centro tenía por objetivo que los niños comieran tres veces al día porque sabíamos que la mayoría de los padres no les darían ni desayuno ni cena. Llegaban a las 9 y se iban sobre las 8 de la tarde, y el primer día que me tocó cerrar el centro, nadie fue a recoger a Michael, un niño negro de 10 años muy rápido y simpático.Esperé una hora pero no había móviles ni por supuesto teléfono en casa de Michael, que tampoco sabíamos dónde estaba ni siquiera si existía.Con Michael me llevaba muy bien porque a su breve edad todo lo entendía. Le pregunté si tenía ganas de una noche mágica y abrió los ojos como para que le cupiera toda la palabra ‘mágica’. Esbozó una de las mejores sonrisas que he visto en mi vida. Paré un taxi y nunca se había subido en un taxi, y nos llevó hasta el funicular del parque de atracciones del Tibidabo.Cuando entramos en el parque me di cuenta de dos cosas: la primera, que a través de la fascinación de Michael, iba a poder disfrutar de las atracciones como cuando tenía su edad; la segunda, que me había quedado sin efectivo -las tarjetas eran cosas que entonces no teníamos a los 18 años- tras pagar el funicular de ida y vuelta y las entradas.Montamos en todas las atracciones y como era bastante alto le dejaron subir a Huracán, un vagón sujeto a dos brazos que lo elevaban y lo hacían girar sobre sí mismo. En la cola Michael me pidió una Coca-Cola y le tuve que explicar que se me había acabado el dinero, y en medio de las luces y colores del Tibidabo, sentí que le fallaba como sus padres. Él me dijo que la Coca-Cola daba igual pero le dije que yo tenía hambre, porque no había merendado, y me dijo «yo lo arreglo», y me hizo gracia que lo dijera porque pensé que era una broma.Subimos al Huracán, que nos puso varias veces boca abajo, y al salir le dijo a uno de los responsables que en una de las vueltas nos habían caído dos monedas de 500 pesetas a la pequeña piscina que había debajo de la atracción, y que era lo que teníamos para cenar. Yo tomé enseguida las riendas de la conversación, pero la astucia la había tenido él. Expliqué que teníamos a Michael unos días en Barcelona por una colaboración solidaria, y el responsable dijo que no podía parar la atracción para buscar las monedas, pero llamó a su superior, que nos dio unos tiquetes para que compráramos lo que quisiéramos en cualquier puesto de comida. Nos hicimos con refrescos, bocadillos, patatas fritas, chuches, y Michael reía y me abrazaba y me daba las gracias, y yo me miraba en su alegría, y pensaba en mi educación, en mis lujos, en mi familia y en que aquella noche había podido cenar gracias a un niño de diez años, pobre, negro, del que ni sus padres se acordaban y más listo que mi hambre.Al día siguiente, convencidos de que seríamos recibidos como héroes, contamos nuestra aventura al llegar al centro. El director me llamó al despacho y me dijo que había hecho un daño irreparable a Michael, porque le había enseñado un mundo que no podría tener, y que por lo menos cuando no lo conocía, no sufría porque se le negara. Me dijo que nunca más volviera y no volví, pero acusé el insulto y no pensé en rendirme. Mi abuela llamó a Juan Antonio Samaranch, entonces presidente del COI y de La Caixa, que lógicamente estaba en Barcelona por los Juegos, conoció a Michael y Michael tuvo desde el curso siguiente plaza en un prestigioso colegio de Lausana y con todos los gastos pagados, incluso la mucha ropa que urge comprarle, porque no tenía ningún armario. Siempre me ha dicho Michael, quizá sólo para halagarme, que aprovechó su oportunidad porque le mostré la luz y no quiso perderla. Todavía hoy somos amigos y es un banquero al que a veces tengo que recurrir porque continúa sabiendo mucho mejor que yo cómo sortear el hambre. RSS de noticias de cultura
Leer también
