Para el periodista Miguel Ángel Ruiz (Águilas, 1969), la historia del Mar Menor tiene forma de thriller. Hay estafadores, hay actrices de Hollywood, hay redes de poder, hay informes científicos ignorados. Ruiz, que trabajó durante treinta años en el diario regional ‘La Verdad’ de Murcia y vivió de cerca la evolución del espacio natural, relata en ‘Misses y medusas’ (Ed. Tundra) por qué se pudrió el Mar Menor. Es la historia de «muchos maltratos muy diferentes», dice, de dejadez administrativa y también de una sociedad que no era consciente, hasta ya muy tarde, del tesoro ecológico que tenía delante. El autor aprovecha el décimo aniversario del colapso de la laguna salada para poner encima de la mesa todas las piezas del puzle que condujeron al desastre. —¿Por qué nadie pareció entender hacia dónde se dirigía el Mar Menor? Antes del desastre ya había avisos científicos.—El Mar Menor tiene una característica única en el mundo. Es una laguna litoral confinada, pero históricamente con una altísima concentración de sal, por encima de los 55 g de sal por litro incluso. Esta concentración de sal ha hecho que el agua sea muy transparente, un agua clarísima y esta transparencia del agua ha funcionado como un engaño, un señuelo. Parecía que el agua no estaba contaminada. Sin embargo, tú hacías un análisis y salía una altísima concentración de nitratos y llega un momento que el Mar Menor simplemente no puede digerir tanta contaminación.—¿Sin trasvase Tajo-Segura, hoy la historia sería muy diferente?—No soy adivino, pero obviamente la llegada del trasvase Tajo-Segura, en el año 1980, propicia la transformación de toda la cuenca vertiente del Mar Menor, un secano tradicional con algarrobos, olivos y almendros, en una amplia superficie de regadío. Eso favorece una agricultura intensiva industrial muy rentable. Todas esas fincas ahora son enormes, han pasado a manos de multinacionales de la agroindustria. No sabemos qué hubiera ocurrido, pero está claro que ese sistema agrícola de regadío con muchísimo fertilizante ha producido una contaminación del Mar Menor por la acumulación de esas sustancias. Eso no lo digo yo, lo dicen los científicos, incluso la misma administración. Pero hay otros factores de contaminación. Antes tuvimos los vertidos urbanos. En el Mar Menor no hubo saneamiento hasta mitad de los 90. Tirabas de la cadena y todo eso iba al Mar Menor. Los vertidos mineros igual. Todo lo que ha derivado de los cultivos de regadío, de las granjas de cerdos, ha sido una acumulación tan grande que el riñón del Mar Menor ya no ha podido digerir todo y tenemos pues ese ese proceso de eutrofización que ha cambiado el Mar Menor.—¿Hubo desinformación en torno al colapso del Mar Menor?—Había desinformación y yo creo que la sigue habiendo. En los años 90, con las primeras plagas de medusas, nadie sabía muy bien a qué se debía todo esto. Hasta que a raíz de la ‘sopa verde’ encajamos también esa pieza en el puzle y supimos que la altísima concentración de nitratos era alimento para las medusas. Ha habido muchas circunstancias que no conocían incluso los propios agricultores. El Mar Menor durante muchas décadas ha funcionado como una especie de vertedero, de desagüe que se lo tragaba todo y que parecía que podía con todo. Hasta que estalló la ‘sopa verde’. Creo que la Administración tampoco era consciente del daño que se le estaba haciendo y la sociedad tampoco lo percibía. Cuando estalla la ‘sopa verde’ cobran actualidad muchísimos informes científicos que hasta ese momento no se les hace caso. Y la sociedad en ese momento ya toma conciencia. Lo cuento en el libro: el Mar Menor, tradicionalmente, se le ha considerado un espacio de ocio, una piscina comunitaria de La Manga. Creo que muy poca gente sabía de su valor natural. No se le consideraba un espacio natural valioso, que mereciera conservar.Ruiz, en el Mar Menor Joaquín Clares—¿El Mar Menor y La Manga han quedado vinculados a esa España del puro y del concurso de miss camiseta mojada que se vivió allí?—Sí, yo creo que sí. La Manga no se ve como un destino turístico de calidad. Lo intentó Tomás Maestre en los años 60 y 70, con unos proyectos urbanísticos que eran muy ambiciosos, de calidad. Por circunstancias económicas se le fue de las manos y cedió la iniciativa a ayuntamientos, a pequeños constructores y La Manga es hoy un amasijo de edificios. Lamentablemente está señalado en negativo y le va a costar mucho levantar cabeza, porque la evolución del Mar Menor va a ser lenta y toda la densificación urbanística de La Manga no tiene solución. Es más, los últimos espacios libres o con cierta calidad paisajística en la zona norte poco a poco están empezando a urbanizarse pese a que se han aprobado algunas moratorias urbanísticas. Vas a la zona de las Encañizadas o a la zona de Veneziola, que es la zona más libre de urbanizaciones, y ves grúas funcionando. —¿Está habiendo una reconversión en el entorno del Mar Menor?—Sí, el desmantelamiento de las 10.000 hectáreas de regadíos ilegales va asociado también al llamado Marco de Actuaciones Prioritarias para el Mar Menor, que lidera el Ministerio para la Transición Ecológica. Se están aplicando soluciones basadas en la naturaleza, hay correcciones de cauces públicos, se está mejorando la Sierra Minera, se está reforestando mucho. Toda la cuenca vertiente está experimentando una transformación paisajística que va a ser muy positiva para la recuperación del Mar Menor. En la franja de La Manga es más complicado, porque es una franja estrechísima donde prácticamente todo está construido.—¿Cuándo fue la última vez que fue al Mar Menor voluntariamente? Por ocio.—Este verano. Vi un Mar Menor mejor del que había visto los años anteriores, sigue evolucionando, los científicos no saben a dónde. No volverá a ser el Mar Menor ideal, pero confiemos en que las medidas que se están aplicando, por lo menos, garanticen un Mar Menor vivo. Para el periodista Miguel Ángel Ruiz (Águilas, 1969), la historia del Mar Menor tiene forma de thriller. Hay estafadores, hay actrices de Hollywood, hay redes de poder, hay informes científicos ignorados. Ruiz, que trabajó durante treinta años en el diario regional ‘La Verdad’ de Murcia y vivió de cerca la evolución del espacio natural, relata en ‘Misses y medusas’ (Ed. Tundra) por qué se pudrió el Mar Menor. Es la historia de «muchos maltratos muy diferentes», dice, de dejadez administrativa y también de una sociedad que no era consciente, hasta ya muy tarde, del tesoro ecológico que tenía delante. El autor aprovecha el décimo aniversario del colapso de la laguna salada para poner encima de la mesa todas las piezas del puzle que condujeron al desastre. —¿Por qué nadie pareció entender hacia dónde se dirigía el Mar Menor? Antes del desastre ya había avisos científicos.—El Mar Menor tiene una característica única en el mundo. Es una laguna litoral confinada, pero históricamente con una altísima concentración de sal, por encima de los 55 g de sal por litro incluso. Esta concentración de sal ha hecho que el agua sea muy transparente, un agua clarísima y esta transparencia del agua ha funcionado como un engaño, un señuelo. Parecía que el agua no estaba contaminada. Sin embargo, tú hacías un análisis y salía una altísima concentración de nitratos y llega un momento que el Mar Menor simplemente no puede digerir tanta contaminación.—¿Sin trasvase Tajo-Segura, hoy la historia sería muy diferente?—No soy adivino, pero obviamente la llegada del trasvase Tajo-Segura, en el año 1980, propicia la transformación de toda la cuenca vertiente del Mar Menor, un secano tradicional con algarrobos, olivos y almendros, en una amplia superficie de regadío. Eso favorece una agricultura intensiva industrial muy rentable. Todas esas fincas ahora son enormes, han pasado a manos de multinacionales de la agroindustria. No sabemos qué hubiera ocurrido, pero está claro que ese sistema agrícola de regadío con muchísimo fertilizante ha producido una contaminación del Mar Menor por la acumulación de esas sustancias. Eso no lo digo yo, lo dicen los científicos, incluso la misma administración. Pero hay otros factores de contaminación. Antes tuvimos los vertidos urbanos. En el Mar Menor no hubo saneamiento hasta mitad de los 90. Tirabas de la cadena y todo eso iba al Mar Menor. Los vertidos mineros igual. Todo lo que ha derivado de los cultivos de regadío, de las granjas de cerdos, ha sido una acumulación tan grande que el riñón del Mar Menor ya no ha podido digerir todo y tenemos pues ese ese proceso de eutrofización que ha cambiado el Mar Menor.—¿Hubo desinformación en torno al colapso del Mar Menor?—Había desinformación y yo creo que la sigue habiendo. En los años 90, con las primeras plagas de medusas, nadie sabía muy bien a qué se debía todo esto. Hasta que a raíz de la ‘sopa verde’ encajamos también esa pieza en el puzle y supimos que la altísima concentración de nitratos era alimento para las medusas. Ha habido muchas circunstancias que no conocían incluso los propios agricultores. El Mar Menor durante muchas décadas ha funcionado como una especie de vertedero, de desagüe que se lo tragaba todo y que parecía que podía con todo. Hasta que estalló la ‘sopa verde’. Creo que la Administración tampoco era consciente del daño que se le estaba haciendo y la sociedad tampoco lo percibía. Cuando estalla la ‘sopa verde’ cobran actualidad muchísimos informes científicos que hasta ese momento no se les hace caso. Y la sociedad en ese momento ya toma conciencia. Lo cuento en el libro: el Mar Menor, tradicionalmente, se le ha considerado un espacio de ocio, una piscina comunitaria de La Manga. Creo que muy poca gente sabía de su valor natural. No se le consideraba un espacio natural valioso, que mereciera conservar.Ruiz, en el Mar Menor Joaquín Clares—¿El Mar Menor y La Manga han quedado vinculados a esa España del puro y del concurso de miss camiseta mojada que se vivió allí?—Sí, yo creo que sí. La Manga no se ve como un destino turístico de calidad. Lo intentó Tomás Maestre en los años 60 y 70, con unos proyectos urbanísticos que eran muy ambiciosos, de calidad. Por circunstancias económicas se le fue de las manos y cedió la iniciativa a ayuntamientos, a pequeños constructores y La Manga es hoy un amasijo de edificios. Lamentablemente está señalado en negativo y le va a costar mucho levantar cabeza, porque la evolución del Mar Menor va a ser lenta y toda la densificación urbanística de La Manga no tiene solución. Es más, los últimos espacios libres o con cierta calidad paisajística en la zona norte poco a poco están empezando a urbanizarse pese a que se han aprobado algunas moratorias urbanísticas. Vas a la zona de las Encañizadas o a la zona de Veneziola, que es la zona más libre de urbanizaciones, y ves grúas funcionando. —¿Está habiendo una reconversión en el entorno del Mar Menor?—Sí, el desmantelamiento de las 10.000 hectáreas de regadíos ilegales va asociado también al llamado Marco de Actuaciones Prioritarias para el Mar Menor, que lidera el Ministerio para la Transición Ecológica. Se están aplicando soluciones basadas en la naturaleza, hay correcciones de cauces públicos, se está mejorando la Sierra Minera, se está reforestando mucho. Toda la cuenca vertiente está experimentando una transformación paisajística que va a ser muy positiva para la recuperación del Mar Menor. En la franja de La Manga es más complicado, porque es una franja estrechísima donde prácticamente todo está construido.—¿Cuándo fue la última vez que fue al Mar Menor voluntariamente? Por ocio.—Este verano. Vi un Mar Menor mejor del que había visto los años anteriores, sigue evolucionando, los científicos no saben a dónde. No volverá a ser el Mar Menor ideal, pero confiemos en que las medidas que se están aplicando, por lo menos, garanticen un Mar Menor vivo.
Para el periodista Miguel Ángel Ruiz (Águilas, 1969), la historia del Mar Menor tiene forma de thriller. Hay estafadores, hay actrices de Hollywood, hay redes de poder, hay informes científicos ignorados. Ruiz, que trabajó durante treinta años en el diario regional ‘La Verdad’ de Murcia … y vivió de cerca la evolución del espacio natural, relata en ‘Misses y medusas’ (Ed. Tundra) por qué se pudrió el Mar Menor. Es la historia de «muchos maltratos muy diferentes», dice, de dejadez administrativa y también de una sociedad que no era consciente, hasta ya muy tarde, del tesoro ecológico que tenía delante. El autor aprovecha el décimo aniversario del colapso de la laguna salada para poner encima de la mesa todas las piezas del puzle que condujeron al desastre.
—¿Por qué nadie pareció entender hacia dónde se dirigía el Mar Menor? Antes del desastre ya había avisos científicos.
—El Mar Menor tiene una característica única en el mundo. Es una laguna litoral confinada, pero históricamente con una altísima concentración de sal, por encima de los 55 g de sal por litro incluso. Esta concentración de sal ha hecho que el agua sea muy transparente, un agua clarísima y esta transparencia del agua ha funcionado como un engaño, un señuelo. Parecía que el agua no estaba contaminada. Sin embargo, tú hacías un análisis y salía una altísima concentración de nitratos y llega un momento que el Mar Menor simplemente no puede digerir tanta contaminación.
—¿Sin trasvase Tajo-Segura, hoy la historia sería muy diferente?
—No soy adivino, pero obviamente la llegada del trasvase Tajo-Segura, en el año 1980, propicia la transformación de toda la cuenca vertiente del Mar Menor, un secano tradicional con algarrobos, olivos y almendros, en una amplia superficie de regadío. Eso favorece una agricultura intensiva industrial muy rentable. Todas esas fincas ahora son enormes, han pasado a manos de multinacionales de la agroindustria. No sabemos qué hubiera ocurrido, pero está claro que ese sistema agrícola de regadío con muchísimo fertilizante ha producido una contaminación del Mar Menor por la acumulación de esas sustancias. Eso no lo digo yo, lo dicen los científicos, incluso la misma administración. Pero hay otros factores de contaminación. Antes tuvimos los vertidos urbanos. En el Mar Menor no hubo saneamiento hasta mitad de los 90. Tirabas de la cadena y todo eso iba al Mar Menor. Los vertidos mineros igual. Todo lo que ha derivado de los cultivos de regadío, de las granjas de cerdos, ha sido una acumulación tan grande que el riñón del Mar Menor ya no ha podido digerir todo y tenemos pues ese ese proceso de eutrofización que ha cambiado el Mar Menor.
—¿Hubo desinformación en torno al colapso del Mar Menor?
—Había desinformación y yo creo que la sigue habiendo. En los años 90, con las primeras plagas de medusas, nadie sabía muy bien a qué se debía todo esto. Hasta que a raíz de la ‘sopa verde’ encajamos también esa pieza en el puzle y supimos que la altísima concentración de nitratos era alimento para las medusas. Ha habido muchas circunstancias que no conocían incluso los propios agricultores. El Mar Menor durante muchas décadas ha funcionado como una especie de vertedero, de desagüe que se lo tragaba todo y que parecía que podía con todo. Hasta que estalló la ‘sopa verde’. Creo que la Administración tampoco era consciente del daño que se le estaba haciendo y la sociedad tampoco lo percibía. Cuando estalla la ‘sopa verde’ cobran actualidad muchísimos informes científicos que hasta ese momento no se les hace caso. Y la sociedad en ese momento ya toma conciencia. Lo cuento en el libro: el Mar Menor, tradicionalmente, se le ha considerado un espacio de ocio, una piscina comunitaria de La Manga. Creo que muy poca gente sabía de su valor natural. No se le consideraba un espacio natural valioso, que mereciera conservar.

(Joaquín Clares)
—¿El Mar Menor y La Manga han quedado vinculados a esa España del puro y del concurso de miss camiseta mojada que se vivió allí?
—Sí, yo creo que sí. La Manga no se ve como un destino turístico de calidad. Lo intentó Tomás Maestre en los años 60 y 70, con unos proyectos urbanísticos que eran muy ambiciosos, de calidad. Por circunstancias económicas se le fue de las manos y cedió la iniciativa a ayuntamientos, a pequeños constructores y La Manga es hoy un amasijo de edificios. Lamentablemente está señalado en negativo y le va a costar mucho levantar cabeza, porque la evolución del Mar Menor va a ser lenta y toda la densificación urbanística de La Manga no tiene solución. Es más, los últimos espacios libres o con cierta calidad paisajística en la zona norte poco a poco están empezando a urbanizarse pese a que se han aprobado algunas moratorias urbanísticas. Vas a la zona de las Encañizadas o a la zona de Veneziola, que es la zona más libre de urbanizaciones, y ves grúas funcionando.
—¿Está habiendo una reconversión en el entorno del Mar Menor?
—Sí, el desmantelamiento de las 10.000 hectáreas de regadíos ilegales va asociado también al llamado Marco de Actuaciones Prioritarias para el Mar Menor, que lidera el Ministerio para la Transición Ecológica. Se están aplicando soluciones basadas en la naturaleza, hay correcciones de cauces públicos, se está mejorando la Sierra Minera, se está reforestando mucho. Toda la cuenca vertiente está experimentando una transformación paisajística que va a ser muy positiva para la recuperación del Mar Menor. En la franja de La Manga es más complicado, porque es una franja estrechísima donde prácticamente todo está construido.
—¿Cuándo fue la última vez que fue al Mar Menor voluntariamente? Por ocio.
—Este verano. Vi un Mar Menor mejor del que había visto los años anteriores, sigue evolucionando, los científicos no saben a dónde. No volverá a ser el Mar Menor ideal, pero confiemos en que las medidas que se están aplicando, por lo menos, garanticen un Mar Menor vivo.
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