La vida de Sam Neill estuvo llena de casualidades. Ni se llamaba Sam ni era neozelandés. Tampoco fue él la primera opción para interpretar a Alan Grant en Jurassic Park. A pesar de que anunció hace unos meses que había superado el raro cáncer que padecía, la muerte lo ha encontrado a los 78 años Leer La vida de Sam Neill estuvo llena de casualidades. Ni se llamaba Sam ni era neozelandés. Tampoco fue él la primera opción para interpretar a Alan Grant en Jurassic Park. A pesar de que anunció hace unos meses que había superado el raro cáncer que padecía, la muerte lo ha encontrado a los 78 años Leer
La historia de Sam Neill está llena de golpes de suerte, de rebotes afortunados que componen una biografía que es pura historia del cine. Todo comenzó, sin ir más lejos, con su nombre y terminó con su muerte, este lunes a los 78 años. Sam Neill, el actor neozelandés que enamoró al mundo entero en la piel del inolvidable Alan Grant en Jurassic Park, no se llamaba Sam y no nació en Nueva Zelanda. Tampoco fue suyo desde el principio el papel de su vida ni murió de lo que parecía destinado a morir. «Su pérdida ha sido repentina e inesperada», ha explicado su familia en el comunicado con el que han informado de su fallecimiento. «También ha llegado bendecida por el hecho de que Sam estaba libre de cáncer«.
Pero empecemos por el principio. Sam Neill nació bajo el nombre Nigel John Dermot en 1947 en Irlanda del Norte, donde su padre -él sí neozelandés de tercera generación- se encontraba destinado sirviendo en los Guardias Irlandeses. Tan común era su nombre en la escuela en la que pasó sus primeros años de vida que, para diferenciarse, decidió desde muy pronto llamarse Sam. Su familia continuó llamándolo así hasta el final y qué decir del universo cinéfilo. Decisiones así marcan irremediablemente el destino de quienes parecen nacidos para ser estrellas.
Antes de los 10 años, la familia Neill había regresado a Nueva Zelanda, que se convertiría en la residencia definitiva del actor y donde desde principios de los 90 conocería otra de sus grandes pasiones: el vino. «Me gustaría que el viñedo me mantuviera, pero me temo que es al revés. No es un negocio muy rentable», reconocía Neill de su explotación Two Paddocks, sita en la región vinícola de Central Otago. «Es un negocio ridículamente costoso en tiempo y dinero. No lo haría si no fuera tan gratificante y divertido, y si no me emborrachara de vez en cuando». Su perfil de Instagram, hoy de luto tras su fallecimiento, es toda una declaración de amor a la tierra y a los animales.
Pero los giros de guion que convirtieron a Sam Neill en uno de los actores más queridos de su generación no terminaron, ni mucho menos, con su nombre. El papel de su vida le llegó por otra carambola del destino. Cuando Steven Spielberg ideó Jurassic Park, en su mente Alan Grant tenía otra cara y otra voz. Después de tres Indiana Jones , Harrison Ford decidió que ya estaba bien de interpretar arqueólogos con sombrero fedora y dejó al director hundido. «Puede que él no lo recuerde, pero yo sí. No estaba enfadado, estaba destrozado», recordaba Spielberg hace unos meses en el pódcast Happy Sad Confused hace apenas un mes. «Sam Neill estaba disponible y él es Alan Grant. El personaje le pertenece a él».
Discípulo del británico James Mason, Sam Neill empezó su carrera interpretativa a finales de los 70. Su primer papel protagonista le llegó con Perros de presa (1977), y después apareció en el clásico australiano Mi brillante carrera (1979), con Judy Davis. Su excelsa interpretación le reportó otro papel principal como Damien Thorn en Omen III: The Final Conflict en 1981, una de las secuelas de La profecía, en cuyo rodaje conoció a su primera esposa, la también neozelandesa Lisa Harrow con quien tendría un hijo.
A punto estuvo San Neill de dar otro triple salto hasta la fama internacional en 1985, cuando se convirtió en el favorito de John Glen para sustituir a Roger Moore como James Bond en 007: Alta tensión. El legendario productor Albert R. Broccoli tenía otros planes, y el papel acabó recayendo en Timothy Dalton. Neill tendría que esperar casi una década para su lanzamiento internacional. Quizá no fuera tan grave para un hombre que siempre rechazó la fama. Extremadamente tímido, pasó su primera juventud deseando que nadie le hablara para superar su tartamudez.
Ese constante deseo de pasar desapercibido pudo estar detrás de otra de las leyendas construidas sobre la figura de Sam Neill, y que sugieren que el motivo definitivo por el que no apareció en la primera secuela de Jurassic Park no tuvo tanto que ver con una decisión del autor sino con la impresión que le causó Steven Spielberg. Para fortuna de sus fans, sí regresó en la tercera parte.
Si Jurassic Park consagró su éxito como estrella comercial, El piano lo llevó, en el mismo año, al olimpo de la crítica. Su frío y contenido Alisdair Stewart en la película de culto de Jane Campion terminó de forjar una carrera versátil que lo llevó también a la televisión, donde regaló personajes inolvidables como el implacable inspector Chester Campbell en Peaky Blinders (2013), o en el cine independiente con la entrañable comedia A la caza de los ñumanos (2016). Estrella atípica, jamás aceptó vivir en Hollywood. Su gran pasión estuvo siempre a miles de kilómetros entre entre cepas de Pinot Noir, olivos y animales bautizados con los nombres de sus compañeros de reparto.
Cuando en 2022 le diagnosticaron un raro linfoma de células T angioinmunoblástico, decidió no esconderse. Publicó sus memorias (Did I Ever Tell You This?) y habló abiertamente de la muerte con una lucidez teñida de humor negro. Aunque en sus últimos meses celebró haber estado limpio gracias a tratamientos experimentales, el destino final llegó este lunes en Australia, en un último giro trágico del destino.
En una de sus últimas entrevistas, al hablar de su diagnóstico, confesó al diario The Guardian: «No tengo miedo a morir, pero me fastidiaría. Hemos construido estas terrazas preciosas, tenemos estos olivos… y me gustaría estar aquí para verlos madurar». Neill no verá madurar la próxima cosecha de Otago, pero el fruto de su talento y la calidez de su mirada madurarán para siempre en la memoria del cine.
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