Una de las tendencias más agotadoras de los últimos años es la falta de voluntad de las plataformas y del talento de entregar una temporada nueva cada año. Netflix es una de las principales promotoras de este modelo de producción: incluso Ginny y Georgia, un éxito con actores desconocidos y un presupuesto muy ajustado (o sea, barata, barata) tardó dos años en producir la segunda temporada y dos y medio para la tercera. En cambio, una producción con un perfil alto como La diplomática tiene la suerte de emitir una temporada cada año y, de paso, ya ha sido renovada por una quinta temporada.
El drama político tiene un factor a favor: un apoyo creciente de los premios Emmy
Una de las tendencias más agotadoras de los últimos años es la falta de voluntad de las plataformas y del talento de entregar una temporada nueva cada año. Netflix es una de las principales promotoras de este modelo de producción: incluso Ginny y Georgia, un éxito con actores desconocidos y un presupuesto muy ajustado (o sea, barata, barata) tardó dos años en producir la segunda temporada y dos y medio para la tercera. En cambio, una producción con un perfil alto como La diplomática tiene la suerte de emitir una temporada cada año y, de paso, ya ha sido renovada por una quinta temporada.
La creadora Deborah Cahn, de momento, todavía no ha explicado el argumento de los ocho episodios que deberían llegar dentro de un año. Como informa Deadline, Cahn tiene una idea de cómo quiere terminar la serie pero no sabe cómo va a llegar hasta allí y cuántas temporadas acabará teniendo La diplomática. Siempre tiene un plan pero no duda en desviarse si, por ejemplo, descubre que “los personajes han crecido en una dirección que no se había anticipado”. Quiere que sea “un documento vivo”, un “organismo vivo”.

Este drama político se centra en la embajadora de los Estados Unidos en el Reino Unido, que se encuentra en un trabajo elegante que no es su estilo, tras haber sido agente de inteligencia. Pronto descubre que la geopolítica es útil, sobre todo cuando tiene que enfrentarse a atentados y ataques de falsa bandera. Las últimas temporadas, que conste, esta premisa se ha transformado hasta llegar a crisis internacionales que parecen imposibles de frenar y con un futuro nuclear a la vista.
La diplomática es uno de los títulos clave de Netflix por tener un perfil más adulto sin renunciar al entretenimiento y tener un reparto encabezado por Keri Russell, Rufus Sewell y dos veteranos de El ala oeste de la Casa Blanca como Allison Janney y Bradley Whitford, que aparecieron como la vicepresidenta de EEUU y su marido en la segunda temporada y Cahn los convirtió en piezas indispensables. Y, incluso siendo un talento solicitado y no precisamente económico, las agendas se consiguen cuadrar para que el título regrese cada año al catálogo.
Mientras que las audiencias están alejadas de los datos de la primera temporada, cuando consiguió 8,5 millones de visionados en sus primeros cuatro días, por lo menos su audiencia se ha vuelto fiel: la cuarta ha conseguido 4,8 millones, el mismo dato exacto que el estreno de la tercera. Una bajada del 0% de audiencia en Netflix es un exitazo, teniendo en cuenta la crisis que tiene, en parte por el desinterés súbito del público en las series con una proyección más internacional al regresar con nuevas temporadas.
Otra razón por la que era inevitable la renovación es su presencia en los premios Emmy. Si la primera temporada se conformó con la nominación de Keri Russell, la segunda sumó la nominación al mejor drama y la tercera consiguió cinco nominaciones: Russell, Sewell, Guion, Drama y una Allison Janney que se llevó el Emmy a la mejor actriz secundaria. Con este prestigio ascendente, cómo iba Netflix a renunciar a la etiqueta de calidad que le aporta tener una serie en las categorías más importantes.
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