La mente del aficionado al fútbol es enfermiza, no descansa nunca y se alimenta de impresiones subjetivas. El Mundial es una competición de selecciones que muchos seguidores siguen con la camiseta de su club, como si el Mundial fuese un índice de valores. Visto así, la cotización del Real Madrid sube, la del Barça baja porque descuenta la desconfianza que transmiten Anthony Gordon y Julián Álvarez.
La mente del aficionado al fútbol es enfermiza, no descansa nunca y se alimenta de impresiones subjetivas. El Mundial es una competición de selecciones que muchos seguidores siguen con la camiseta de su club, como si el Mundial fuese un índice de valores. Visto así, la cotización del Real Madrid sube, la del Barça baja porque descuenta la desconfianza que transmiten Anthony Gordon y Julián Álvarez.Seguir leyendo…
La mente del aficionado al fútbol es enfermiza, no descansa nunca y se alimenta de impresiones subjetivas. El Mundial es una competición de selecciones que muchos seguidores siguen con la camiseta de su club, como si el Mundial fuese un índice de valores. Visto así, la cotización del Real Madrid sube, la del Barça baja porque descuenta la desconfianza que transmiten Anthony Gordon y Julián Álvarez.

¿Gastar más de 200 millones de euros por la pareja de delanteros? Así puede terminar la cosa. La impresión, adversa, es susceptible de variar en minutos porque el Mundial es una máquina que magnifica o desprestigia futbolistas. Lo que hoy es blanco –las dudas sobre Gordon y Álvarez–, mañana puede ser negro, los colores de un artículo.
El Mundial tiene algo de índice de valores: los ‘fichajes’ del Barça no invitan al entusiasmo…
Ay, Julián Álvarez traslada tristeza y compungimiento. Lo mismo que transmitía aquel superfichaje del Barça llamado Coutinho, acaso el internacional brasileño más circunspecto del siglo XXI. Un sí pero no, apreciable en su rendimiento en el Manchester City y el Atlético de Madrid (cuyo enfado debe de ser monumental, cría cuervos…).
Que un jugador arrastre aires de tristeza no guarda relación con su calidad, pero todos tenemos nuestras manías, y la mía es que los delanteros melancólicos nunca triunfan en los clubs grandes. En el siglo pasado, estos detalles bobos tenían su relevancia. Me lo contó una vez con retranca Ignacio Zoco, defensa legendario del Real Madrid y la selección. El Barça le seguía los pasos, y Pepe Samitier, sabio del fútbol, secretario técnico del club, llegó un sábado por la mañana a Pamplona en el expreso nocturno para verle el domingo contra el Osasuna. Por aquello de conocer al chaval, pidió dónde le podía encontrar, y le dijeron que igual en el frontón Labrit. Allí se fue y allí vio llegar al futbolista, de andares patosos.
–Ya nos podemos volver a Barcelona esta misma noche en el expreso…
Un tipo desgarbado que caminaba raro no podía ser un buen fichaje… Así lo contaba el propio Zoco, gran persona, uno de los pilares del Real Madrid que más chinchó al FC Barcelona, años y años hasta que llegó Johan Cruyff de corto y jubiló de una tacada a los Zoco, Amancio, Grosso o Velázquez.
Las transacciones con el Atlético de Madrid engrosan la mala espina del culebrón Julián Álvarez, objetivo prioritario del FC Barcelona. ¿Perder la cabeza por él? Si no triunfó de blaugrana un valor seguro como Griezmann…
Anthony Gordon tampoco parece el delantero inglés más seguro de sí mismo. Son solo dos partidos y dos sustituciones, con la mala pata para él de que el rechazado Rashford muestra más chispa y talentos.
Aquí, el que sabe se llama Flick. ¿Estará viendo el Mundial o es de los que desconectan en Baleares? Casi mejor, de momento, lo segundo. El barcelonismo es mercurial y la dupla no pinta bien. Ni sale a buen precio.
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