Posesión Sanchista. Este es el término acuñado con acierto por el alcalde de Toledo, Don Carlos Velázquez , en el reciente debate sobre el estado de la ciudad para referirse al grupo socialista municipal, aunque habría que hacerlo extensivo en general a todo el partido socialista en España. Y este acierto conviene analizarlo con un poco más de detenimiento, pues pone de manifiesto una serie de vicios de la política actual que están envenenando nuestra convivencia. ¿Qué es un partido político? Una asociación que existe para canalizar la representación política en un sistema democrático. Su nombre, «partido», procede precisamente del hecho de que cada una de estas asociaciones aspira a ostentar la representación de una parte –repitámoslo y pongámoslo en mayúsculas, pues aquí está la clave de la cuestión, DE UNA PARTE de la sociedad- Cada partido ostenta, por tanto, únicamente la legitimidad que le otorga esa parte, sea pequeña, grande, minoritaria o mayoritaria. Pero lo que nunca jamás podrá pretender es representar al todo, la totalidad. Esta aspiración a la totalidad es precisamente la que da nombre al fenómeno del totalitarismo. Y para acceder al control de esa totalidad, se hace necesario eliminar a las demás partes y sensibilidades que componen el pluralismo de la sociedad. Y este es precisamente el virus sanchista, el que lleva inoculando a la sociedad española desde 2018, año en que accedió al poder mediante moción de censura siendo su primera actuación la exhumación del cadáver de Francisco Franco y su traslado a otro lugar. Con esta acción dejó claro que su objetivo era identificar a todas las demás partes de la sociedad española con la dictadura, y negarles de ese modo su legitimidad no sólo para gobernar sino más allá, aún para existir. A partir de ese momento se inicia la polarización y el odio, con los que Sánchez levanta un muro entre dos Españas, recupera la Guerra Civil como escenario privilegiado de su acción política y reúne en torno a su persona a otras sensibilidades que en el fondo sólo son otras partes minoritarias que aspiran a obtener beneficios para sus intereses particulares.«El primer elemento definitorio de la posesión sanchista es el totalitarismo, el pretender ocupar la totalidad de las instituciones, la política y la vida social con la completa exclusión de las demás partes» Por lo tanto, el primer elemento definitorio de la posesión sanchista es el totalitarismo, el pretender ocupar la totalidad de las instituciones, la política y la vida social con la completa exclusión de las demás partes. Sólo ellos tienen derecho a gobernar, sólo ellos son la democracia, sólo ellos son el progreso. Todo lo demás es directamente un delito de odio.Pero hay un segundo elemento que es igual de perturbador, que es el servilismo monolítico del resto del partido a las acciones antidemocráticas de su líder, y aquí es donde podemos decir realmente en propiedad que el Partido Socialista está poseído por la pulsión totalitaria de su líder. En teoría política se suele decir que la principal finalidad de un partido político es la obtención o conservación del poder; esto es aceptable mientras se respeten las reglas del juego. Por supuesto esta última afirmación vale para todos los partidos, no sólo para el socialista, pues en el momento en que esas reglas son violadas el partido de turno se sitúa completamente al margen de la ley, como tan a menudo estamos viendo en los últimos años en tantos casos, como paradigmáticamente es el caso catalán.Y aquí lo que llama la atención es la completa alienación y enajenación de la totalidad de los miembros de un partido para mantener su propia conciencia crítica y romper con el partido cuando éste se sitúa al margen de la legalidad en su loca carrera totalitaria. Por supuesto, hay muy notables excepciones que en justicia no deben dejarse caer en el silencio, pudiendo citarse aquí al hermano del presidente de la Comunidad castellanomanchega Don Javier García Page o actualmente a Don Melchor León, diputado socialista de la ciudad de Ceuta. Pero junto a estas notables excepciones está la actitud de rebaño de la totalidad del partido, que adopta una actitud hooliganesca, sectaria y por completo «poseída» por la cual se convierten en un grave problema social, ya que dejan de percibir que sólo son una parte, y creen que su partido es el todo, es la realidad, es lo único que merece ser salvado mientras que se impone como una suprema obligación impedir que ninguna de las otras partes puedan desalojarles del poder. Esto es lo opuesto a la democracia, por supuesto, y ha sido abundantemente estudiado sobre todo a partir de la Segunda Guerra Mundial una vez que quedaron al descubierto las monstruosas prácticas partidistas tanto del nacionalsocialismo alemán como del comunismo soviético, basten como botón de muestra las reflexiones de Hanna Arendt en «Eichman en Jerusalén», el estudio de Milgram sobre la obediencia a la autoridad o los trabajos de Browning o Goldhagen sobre el papel sumiso de los alemanes corrientes en el exterminio judío. La posesión sanchista, por tanto, contiene también este segundo elemento definitorio que podríamos denominar a falta de un término mejor lacayismo, sumisión al líder y esa enajenación que impide ver el daño gravísimo que se está cometiendo velado y ocultado por el deseo enfermizo de que la propia secta se haga para siempre con el control total de la política, el poder y la sociedad. El gran enigma que queda pendiente es descubrir cual será el exorcismo adecuado para poner fin a esta posesión. Hasta hoy solían ser los procesos electorales limpios y sin adulteraciones, pero también sobre este posible exorcismo se cierne la sombra de la sospecha por causa del virus sanchista. Encomiéndese cada cual al dios que más le guste. Posesión Sanchista. Este es el término acuñado con acierto por el alcalde de Toledo, Don Carlos Velázquez , en el reciente debate sobre el estado de la ciudad para referirse al grupo socialista municipal, aunque habría que hacerlo extensivo en general a todo el partido socialista en España. Y este acierto conviene analizarlo con un poco más de detenimiento, pues pone de manifiesto una serie de vicios de la política actual que están envenenando nuestra convivencia. ¿Qué es un partido político? Una asociación que existe para canalizar la representación política en un sistema democrático. Su nombre, «partido», procede precisamente del hecho de que cada una de estas asociaciones aspira a ostentar la representación de una parte –repitámoslo y pongámoslo en mayúsculas, pues aquí está la clave de la cuestión, DE UNA PARTE de la sociedad- Cada partido ostenta, por tanto, únicamente la legitimidad que le otorga esa parte, sea pequeña, grande, minoritaria o mayoritaria. Pero lo que nunca jamás podrá pretender es representar al todo, la totalidad. Esta aspiración a la totalidad es precisamente la que da nombre al fenómeno del totalitarismo. Y para acceder al control de esa totalidad, se hace necesario eliminar a las demás partes y sensibilidades que componen el pluralismo de la sociedad. Y este es precisamente el virus sanchista, el que lleva inoculando a la sociedad española desde 2018, año en que accedió al poder mediante moción de censura siendo su primera actuación la exhumación del cadáver de Francisco Franco y su traslado a otro lugar. Con esta acción dejó claro que su objetivo era identificar a todas las demás partes de la sociedad española con la dictadura, y negarles de ese modo su legitimidad no sólo para gobernar sino más allá, aún para existir. A partir de ese momento se inicia la polarización y el odio, con los que Sánchez levanta un muro entre dos Españas, recupera la Guerra Civil como escenario privilegiado de su acción política y reúne en torno a su persona a otras sensibilidades que en el fondo sólo son otras partes minoritarias que aspiran a obtener beneficios para sus intereses particulares.«El primer elemento definitorio de la posesión sanchista es el totalitarismo, el pretender ocupar la totalidad de las instituciones, la política y la vida social con la completa exclusión de las demás partes» Por lo tanto, el primer elemento definitorio de la posesión sanchista es el totalitarismo, el pretender ocupar la totalidad de las instituciones, la política y la vida social con la completa exclusión de las demás partes. Sólo ellos tienen derecho a gobernar, sólo ellos son la democracia, sólo ellos son el progreso. Todo lo demás es directamente un delito de odio.Pero hay un segundo elemento que es igual de perturbador, que es el servilismo monolítico del resto del partido a las acciones antidemocráticas de su líder, y aquí es donde podemos decir realmente en propiedad que el Partido Socialista está poseído por la pulsión totalitaria de su líder. En teoría política se suele decir que la principal finalidad de un partido político es la obtención o conservación del poder; esto es aceptable mientras se respeten las reglas del juego. Por supuesto esta última afirmación vale para todos los partidos, no sólo para el socialista, pues en el momento en que esas reglas son violadas el partido de turno se sitúa completamente al margen de la ley, como tan a menudo estamos viendo en los últimos años en tantos casos, como paradigmáticamente es el caso catalán.Y aquí lo que llama la atención es la completa alienación y enajenación de la totalidad de los miembros de un partido para mantener su propia conciencia crítica y romper con el partido cuando éste se sitúa al margen de la legalidad en su loca carrera totalitaria. Por supuesto, hay muy notables excepciones que en justicia no deben dejarse caer en el silencio, pudiendo citarse aquí al hermano del presidente de la Comunidad castellanomanchega Don Javier García Page o actualmente a Don Melchor León, diputado socialista de la ciudad de Ceuta. Pero junto a estas notables excepciones está la actitud de rebaño de la totalidad del partido, que adopta una actitud hooliganesca, sectaria y por completo «poseída» por la cual se convierten en un grave problema social, ya que dejan de percibir que sólo son una parte, y creen que su partido es el todo, es la realidad, es lo único que merece ser salvado mientras que se impone como una suprema obligación impedir que ninguna de las otras partes puedan desalojarles del poder. Esto es lo opuesto a la democracia, por supuesto, y ha sido abundantemente estudiado sobre todo a partir de la Segunda Guerra Mundial una vez que quedaron al descubierto las monstruosas prácticas partidistas tanto del nacionalsocialismo alemán como del comunismo soviético, basten como botón de muestra las reflexiones de Hanna Arendt en «Eichman en Jerusalén», el estudio de Milgram sobre la obediencia a la autoridad o los trabajos de Browning o Goldhagen sobre el papel sumiso de los alemanes corrientes en el exterminio judío. La posesión sanchista, por tanto, contiene también este segundo elemento definitorio que podríamos denominar a falta de un término mejor lacayismo, sumisión al líder y esa enajenación que impide ver el daño gravísimo que se está cometiendo velado y ocultado por el deseo enfermizo de que la propia secta se haga para siempre con el control total de la política, el poder y la sociedad. El gran enigma que queda pendiente es descubrir cual será el exorcismo adecuado para poner fin a esta posesión. Hasta hoy solían ser los procesos electorales limpios y sin adulteraciones, pero también sobre este posible exorcismo se cierne la sombra de la sospecha por causa del virus sanchista. Encomiéndese cada cual al dios que más le guste.
Posesión Sanchista. Este es el término acuñado con acierto por el alcalde de Toledo, Don Carlos Velázquez, en el reciente debate sobre el estado de la ciudad para referirse al grupo socialista municipal, aunque habría que hacerlo extensivo en general a todo … el partido socialista en España. Y este acierto conviene analizarlo con un poco más de detenimiento, pues pone de manifiesto una serie de vicios de la política actual que están envenenando nuestra convivencia.
¿Qué es un partido político? Una asociación que existe para canalizar la representación política en un sistema democrático. Su nombre, «partido», procede precisamente del hecho de que cada una de estas asociaciones aspira a ostentar la representación de una parte –repitámoslo y pongámoslo en mayúsculas, pues aquí está la clave de la cuestión, DE UNA PARTE de la sociedad- Cada partido ostenta, por tanto, únicamente la legitimidad que le otorga esa parte, sea pequeña, grande, minoritaria o mayoritaria. Pero lo que nunca jamás podrá pretender es representar al todo, la totalidad. Esta aspiración a la totalidad es precisamente la que da nombre al fenómeno del totalitarismo. Y para acceder al control de esa totalidad, se hace necesario eliminar a las demás partes y sensibilidades que componen el pluralismo de la sociedad.
Y este es precisamente el virus sanchista, el que lleva inoculando a la sociedad española desde 2018, año en que accedió al poder mediante moción de censura siendo su primera actuación la exhumación del cadáver de Francisco Franco y su traslado a otro lugar. Con esta acción dejó claro que su objetivo era identificar a todas las demás partes de la sociedad española con la dictadura, y negarles de ese modo su legitimidad no sólo para gobernar sino más allá, aún para existir. A partir de ese momento se inicia la polarización y el odio, con los que Sánchez levanta un muro entre dos Españas, recupera la Guerra Civil como escenario privilegiado de su acción política y reúne en torno a su persona a otras sensibilidades que en el fondo sólo son otras partes minoritarias que aspiran a obtener beneficios para sus intereses particulares.
«El primer elemento definitorio de la posesión sanchista es el totalitarismo, el pretender ocupar la totalidad de las instituciones, la política y la vida social con la completa exclusión de las demás partes»
Por lo tanto, el primer elemento definitorio de la posesión sanchista es el totalitarismo, el pretender ocupar la totalidad de las instituciones, la política y la vida social con la completa exclusión de las demás partes. Sólo ellos tienen derecho a gobernar, sólo ellos son la democracia, sólo ellos son el progreso. Todo lo demás es directamente un delito de odio.
Pero hay un segundo elemento que es igual de perturbador, que es el servilismo monolítico del resto del partido a las acciones antidemocráticas de su líder, y aquí es donde podemos decir realmente en propiedad que el Partido Socialista está poseído por la pulsión totalitaria de su líder.
En teoría política se suele decir que la principal finalidad de un partido político es la obtención o conservación del poder; esto es aceptable mientras se respeten las reglas del juego. Por supuesto esta última afirmación vale para todos los partidos, no sólo para el socialista, pues en el momento en que esas reglas son violadas el partido de turno se sitúa completamente al margen de la ley, como tan a menudo estamos viendo en los últimos años en tantos casos, como paradigmáticamente es el caso catalán.
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Y aquí lo que llama la atención es la completa alienación y enajenación de la totalidad de los miembros de un partido para mantener su propia conciencia crítica y romper con el partido cuando éste se sitúa al margen de la legalidad en su loca carrera totalitaria. Por supuesto, hay muy notables excepciones que en justicia no deben dejarse caer en el silencio, pudiendo citarse aquí al hermano del presidente de la Comunidad castellanomanchega Don Javier García Page o actualmente a Don Melchor León, diputado socialista de la ciudad de Ceuta.
Pero junto a estas notables excepciones está la actitud de rebaño de la totalidad del partido, que adopta una actitud hooliganesca, sectaria y por completo «poseída» por la cual se convierten en un grave problema social, ya que dejan de percibir que sólo son una parte, y creen que su partido es el todo, es la realidad, es lo único que merece ser salvado mientras que se impone como una suprema obligación impedir que ninguna de las otras partes puedan desalojarles del poder. Esto es lo opuesto a la democracia, por supuesto, y ha sido abundantemente estudiado sobre todo a partir de la Segunda Guerra Mundial una vez que quedaron al descubierto las monstruosas prácticas partidistas tanto del nacionalsocialismo alemán como del comunismo soviético, basten como botón de muestra las reflexiones de Hanna Arendt en «Eichman en Jerusalén», el estudio de Milgram sobre la obediencia a la autoridad o los trabajos de Browning o Goldhagen sobre el papel sumiso de los alemanes corrientes en el exterminio judío.
La posesión sanchista, por tanto, contiene también este segundo elemento definitorio que podríamos denominar a falta de un término mejor lacayismo, sumisión al líder y esa enajenación que impide ver el daño gravísimo que se está cometiendo velado y ocultado por el deseo enfermizo de que la propia secta se haga para siempre con el control total de la política, el poder y la sociedad.
El gran enigma que queda pendiente es descubrir cual será el exorcismo adecuado para poner fin a esta posesión. Hasta hoy solían ser los procesos electorales limpios y sin adulteraciones, pero también sobre este posible exorcismo se cierne la sombra de la sospecha por causa del virus sanchista. Encomiéndese cada cual al dios que más le guste.
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