Si hay un sector que carece del superpoder de fijación de precios del que decíamos la pasada semana que es la fuerza más determinante en una economía, ese es el agrario. Los productores siempre están pillados entre sus costes y sus ingresos, y sobre ambos tienen poco control. La insólita escalada de los precios del combustible de las últimas semanas ha convertido la acción de llenar el depósito del tractor en una maniobra propia del Sacamantecas.Teme la Junta que la sementera de este año sea la más descompensada de la historia, entre carburantes y abonos, y una consecuencia inmediata parece ser la reducción de la superficie en explotación. El exministro Pimentel, experto en estos temas, sostenía hace unos días en Palencia que los consumidores destinan cada vez menos dinero a la compra de alimentos. En consecuencia, los productores reciben cada vez menos, y esto deriva en una pérdida de explotaciones que compromete la soberanía alimentaria de Occidente.Estos días presenciamos los movimientos rituales previos a las posibles movilizaciones de otoño, singularmente ante la posibilidad de que el 30 de septiembre termine la subvención al gasóleo y no se renueve. En efecto, asistimos atónitos a una escalada de consecuencias imprevisibles. Los precios se han disparado. La guerra se ha cronificado y ahora mismo es asimétrica: los perjudicados somos quienes carecemos de independencia energética, aunque no estemos en el conflicto.Y lo peor: parece que ninguna de las partes tiene incentivo para sofocarlo, motivo por el cual este puede durar más que la paciencia del bolsillo y de la faltriquera del sector primario. A los consumidores poco más nos queda que cruzar los dedos y encomendarnos a las alturas. Al campo, lo mismo, en rogativas. Y a los contribuyentes, seguir subvencionando el desaguisado con reducciones impositivas de las que carecen otros sectores de la economía, más fragmentados y menos prioritarios. Todo tan estrecho como Ormuz o como las meninges de Trump. Precioso, vaya. Si hay un sector que carece del superpoder de fijación de precios del que decíamos la pasada semana que es la fuerza más determinante en una economía, ese es el agrario. Los productores siempre están pillados entre sus costes y sus ingresos, y sobre ambos tienen poco control. La insólita escalada de los precios del combustible de las últimas semanas ha convertido la acción de llenar el depósito del tractor en una maniobra propia del Sacamantecas.Teme la Junta que la sementera de este año sea la más descompensada de la historia, entre carburantes y abonos, y una consecuencia inmediata parece ser la reducción de la superficie en explotación. El exministro Pimentel, experto en estos temas, sostenía hace unos días en Palencia que los consumidores destinan cada vez menos dinero a la compra de alimentos. En consecuencia, los productores reciben cada vez menos, y esto deriva en una pérdida de explotaciones que compromete la soberanía alimentaria de Occidente.Estos días presenciamos los movimientos rituales previos a las posibles movilizaciones de otoño, singularmente ante la posibilidad de que el 30 de septiembre termine la subvención al gasóleo y no se renueve. En efecto, asistimos atónitos a una escalada de consecuencias imprevisibles. Los precios se han disparado. La guerra se ha cronificado y ahora mismo es asimétrica: los perjudicados somos quienes carecemos de independencia energética, aunque no estemos en el conflicto.Y lo peor: parece que ninguna de las partes tiene incentivo para sofocarlo, motivo por el cual este puede durar más que la paciencia del bolsillo y de la faltriquera del sector primario. A los consumidores poco más nos queda que cruzar los dedos y encomendarnos a las alturas. Al campo, lo mismo, en rogativas. Y a los contribuyentes, seguir subvencionando el desaguisado con reducciones impositivas de las que carecen otros sectores de la economía, más fragmentados y menos prioritarios. Todo tan estrecho como Ormuz o como las meninges de Trump. Precioso, vaya.
Si hay un sector que carece del superpoder de fijación de precios del que decíamos la pasada semana que es la fuerza más determinante en una economía, ese es el agrario. Los productores siempre están pillados entre sus costes y sus ingresos, y sobre ambos … tienen poco control. La insólita escalada de los precios del combustible de las últimas semanas ha convertido la acción de llenar el depósito del tractor en una maniobra propia del Sacamantecas.
Teme la Junta que la sementera de este año sea la más descompensada de la historia, entre carburantes y abonos, y una consecuencia inmediata parece ser la reducción de la superficie en explotación. El exministro Pimentel, experto en estos temas, sostenía hace unos días en Palencia que los consumidores destinan cada vez menos dinero a la compra de alimentos. En consecuencia, los productores reciben cada vez menos, y esto deriva en una pérdida de explotaciones que compromete la soberanía alimentaria de Occidente.
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Estos días presenciamos los movimientos rituales previos a las posibles movilizaciones de otoño, singularmente ante la posibilidad de que el 30 de septiembre termine la subvención al gasóleo y no se renueve. En efecto, asistimos atónitos a una escalada de consecuencias imprevisibles. Los precios se han disparado. La guerra se ha cronificado y ahora mismo es asimétrica: los perjudicados somos quienes carecemos de independencia energética, aunque no estemos en el conflicto.
Y lo peor: parece que ninguna de las partes tiene incentivo para sofocarlo, motivo por el cual este puede durar más que la paciencia del bolsillo y de la faltriquera del sector primario. A los consumidores poco más nos queda que cruzar los dedos y encomendarnos a las alturas. Al campo, lo mismo, en rogativas. Y a los contribuyentes, seguir subvencionando el desaguisado con reducciones impositivas de las que carecen otros sectores de la economía, más fragmentados y menos prioritarios. Todo tan estrecho como Ormuz o como las meninges de Trump. Precioso, vaya.
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