Ryan Murphy tiene un sello de identidad incuestionable, incluso cuando solo ejerce de productor, pero la calidad de sus obras parece casi aleatoria. Dahmer o Love Story, por ejemplo, fueron buenas contra todo pronóstico, sin llegar al nivel de genialidad de El asesinato de Gianni Versace. Ratched y Vigilante fueron atroces. Grotesquerie fue algo que una serie de Murphy nunca se puede permitir: aburrida. American Horror Story es tan irregular que se le pueden aplicar todos los adjetivos. Todas las de la ley fue tan ridícula que era crema y The Beauty fue la nada. Y, en esta saturada carrera autoral, The Shards entra en la categoría de random, de normalilla.
No puede ser que se unan dos autores tan provocadores como Ryan Murphy y Bret Easton Ellis y quede una serie ‘random’
Ryan Murphy tiene un sello de identidad incuestionable, incluso cuando solo ejerce de productor, pero la calidad de sus obras parece casi aleatoria. Dahmer o Love Story, por ejemplo, fueron buenas contra todo pronóstico, sin llegar al nivel de genialidad de El asesinato de Gianni Versace. Ratched y Vigilante fueron atroces. Grotesquerie fue algo que una serie de Murphy nunca se puede permitir: aburrida. American Horror Story es tan irregular que se le pueden aplicar todos los adjetivos. Todas las de la ley fue tan ridícula que era crema y The Beauty fue la nada. Y, en esta saturada carrera autoral, The Shards entra en la categoría de random, de normalilla.
Sobre el papel, The Shards tendría que serlo todo. Un hombre tan provocador como Ryan Murphy, obsesionado con la belleza, el privilegio, la sexualidad y la violencia, une fuerzas como creador con el escritor Bret Easton Ellis, otro hombre obsesionado con la belleza, el privilegio, la sexualidad y la violencia, para adaptar la novela Los destrozos que habla exactamente de estos temas. Ellis es, de hecho, un autor que posiblemente estaba encantado con la idea de contratar nepobabies, la afición de Murphy, para dos papeles de vital importancia: Kaia Gerber, la hija de Cindy Crawford, y Homer Gere, el hijo de Richard Gere. Entonces, ¿por qué el resultado es tan descafeinado?

La serie se centra en una juventud ficcionada del propio Bret. En 1981, con un boom de sectas en California, Bret (Igby Rigney) empieza el último curso de instituto. Su plan es mantener intacta la pandilla de populares, que incluye a Susan (Kaia Gerber), Thom (Graham Campbell) y Debbie (Hayes Warner), y aguantar su relación con Debbie hasta que él se vaya de Los Ángeles y pueda ser homosexual con más libertad, lejos de los conocidos de toda la vida. Entretenimientos no deberían faltarles, mientras Bret escribe su primera novela: están invitados a todas las fiestas cool de Hollywood gracias al padre productor de Debbie.
Pero el plan se tuerce cuando aparece un nuevo alumno llamado Robert Mallory (Homer Gere) que le da mala espina y que coincide con la irrupción de un psicópata en serie que mata jóvenes de la zona, donde vive la élite de la costa este. El modus operandi es el siguiente: primero desaparecen mascotas, después las futuras víctimas reciben llamadas anónimas silenciosas y descubren muebles de su casa fuera de sitio, y finalmente son secuestrados para ser encontrados al cabo de unos días con los cadáveres mutilados (y más). Entre cocaína, sexo, calmantes y ansiolíticos, Bret se obsesiona con Robert, temiendo que puede estar relacionado con los asesinatos.

La ambientación de ese año 1981, teniendo en cuenta el entorno adinerado al que pertenecen los personajes, es exquisita. Se le podría criticar una fetichización de la época si no fuera porque el libro de Bret Easton Ellis tiene tanto de coming-of-age y slasher como de homenaje a una juventud excesiva, bonita y de marca. Los coches, las casas, los uniformes, los zapatos, absolutamente todo rema a favor para que The Shards sea como una traducción televisiva de una revista de arquitectura y diseño. ¿Cuál es el problema? Que, más allá de esta búsqueda de una belleza canónica y elitista, la serie nunca apuesta por la violencia y la sexualidad explícitas en la trama.
Es frustrante ver cómo el hombre que produjo la primera temporada de Dahmer, con uno de los arranques más tensos de la televisión, no busca la creación de atmósferas de terror en un The Shards que en su ADN debería abrazar lo macabro. Que en los dos primeros episodios no se sienta la tentación de apartar la mirada de la pantalla es que Ryan Murphy no hace bien su trabajo.

En una televisión con producciones premium que entienden la necesidad de convertir las escenas en obras totales en sí mismas (como la irregular pero siempre estimulante Euphoria), este híbrido de géneros no se compromete con ninguno: es un thriller psicológico descafeinado, un slasher sin terror y un drama adolescente falsamente provocador. Es paradójicamente genérica cuando debería derrochar personalidad.
Y, teniendo en cuenta que The Shards como novela tenía su atractivo en la insinuación de los oscuros, la fantasía y los extremos (que permitía disfrutarla a pesar de tener una estructura y unas expectativas fallidas), la doble presentación es decepcionante, de obra menor. La historia pedía descaro, pedía entrañas, incluso a riesgo de hacer el ridículo, y no ser convencional.
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