Quizá para superar la incomodidad del sol y la sombra, ocupando geométricamente el césped, o de ver la equipación del Barça, que recuerda un esquijama vintage de camping francés,
el Barça tardó cuatro minutos en marcar el primer gol después de tener una posesión de balón estratosférica: 98%. Esta concentración inicial es una de las cosas que el Barça actual está corrigiendo respecto a temporadas anteriores, en las que había que contar con apagones defensivos que obligaban a remontar con grandes dosis de vértigo atacante.
Quizá para superar la incomodidad del sol y la sombra, ocupando geométricamente el césped, o de ver la equipación del Barça, que recuerda un esquijama vintage de camping francés,el Barça tardó cuatro minutos en marcar el primer gol después de tener una posesión de balón estratosférica: 98%. Esta concentración inicial es una de las cosas que el Barça actual está corrigiendo respecto a temporadas anteriores, en las que había que contar con apagones defensivos que obligaban a remontar con grandes dosis de vértigo atacante.Seguir leyendo…
Quizá para superar la incomodidad del sol y la sombra, ocupando geométricamente el césped, o de ver la equipación del Barça, que recuerda un esquijama vintage de camping francés,
el Barça tardó cuatro minutos en marcar el primer gol después de tener una posesión de balón estratosférica: 98%. Esta concentración inicial es una de las cosas que el Barça actual está corrigiendo respecto a temporadas anteriores, en las que había que contar con apagones defensivos que obligaban a remontar con grandes dosis de vértigo atacante.
La otra corrección tiene que ver con la preparación física y las rotaciones, adscritas a una estricta lógica germánica para intentar evitar que, dentro de pocos días, los jugadores ya no puedan con su alma. Los hay, sin embargo, que quieren jugarlo todo. Para demostrarlo, se expresan a través de muecas de malestar propias de un miembro de Tricicle.
Contra el Levante, el Barça sufrió para mantener la alegría por un liderazgo merecido
Lamine Yamal, por ejemplo, que ha madurado en el control de la decepción al ser sustituido. Como futbolista, sigue maravillando y demostrando que tiene la capacidad de transmitir una dimensión artística del juego que no tienen otros de sus competidores por el obsesivo Balón de Oro.
Otro artista, el músico y escritor brasileño Chico Buarque, escribió que “hay momentos de genialidad del fútbol que ningún otro artista consigue producir”. Lamine cultiva estos momentos –una finta, un cambio de ritmo, una ruleta, un caño, un pase con efecto, una parábola doblemente conceptual, un gol por la escuadra– incluso en partidos en los que no está especialmente inspirado.

Ayer, sin embargo, la jugada más artística la protagonizó Karim Adeyemi, que, oficialmente, es el recambio de un Gordon momentáneamente ablandado por la melancolía de comprobar que aún no ha hecho lo suficiente para merecer el afecto que, a fondo perdido, le profesan los culés (debería tener en cuenta que los caminos del afecto culé son inescrutables: el Camp Nou coreó mucho más el nombre de Larsson que el de Eto’o).
Antes de la gran jugada de Adeyemi, con la afición del Ciutat de València reaccionando con una tenacidad, un orgullo y un compromiso ejemplares, el Barça había sufrido una fase de perplejidad que el Levante supo aprovechar. Será la típica lección que Hansi Flick querrá subrayar cuando intente transmitir el valor de la continuidad en la concentración. Un hecho insólito: que, en la conferencia de prensa posterior al partido, Flick admita que el gol que se inicia con el error de Xavi Espart no es culpa del jugador sino, olé, suyo como entrenador.
Inevitablemente, la campaña por el Balón de Oro interfiere en todas las interpretaciones del juego de Lamine Yamal. Es una de nuestras especialidades: quejarnos de la turra del Balón de Oro y, al mismo tiempo, no dejar de hablar y preguntar a jugadores, entrenadores y directivos quién la ganará. La posteridad, sin embargo, es caprichosa. Si la jugada de Adeyemi la hubiera hecho cualquier candidato al Balón de Oro, lo rebozaríamos con el énfasis que corresponde a la industria de la idolatría individual. Adeyemi, en cambio, hizo lo que se le pide: en los minutos que le dan, tomar decisiones temerarias y creativas como, de repente, salir disparado por la banda izquierda, sortear defensas rivales y, a pocos metros del portero, colocarse la pelota en la pierna que más le gusta y marcar un gol que mantiene, intacta pero sin euforia, la alegría por un liderazgo tan merecido como esperanzador.
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