Jane Schoenbrun sorprende en la sección Un certain regard con un fascinante y muy divertido viaje autorreferencial e hipnótico al cine después del cine. A su lado, la competición arranca con calma de la mano de Nagi Notes (***) y La vie d’une femme (**) Leer Jane Schoenbrun sorprende en la sección Un certain regard con un fascinante y muy divertido viaje autorreferencial e hipnótico al cine después del cine. A su lado, la competición arranca con calma de la mano de Nagi Notes (***) y La vie d’une femme (**) Leer
El cine como experiencia, disciplina, oficio, arte incluso, es en esencia trans. El cine se busca y no siempre se encuentra entre su facilidad para duplicar lo dado y esconderse detrás de la ficción. Inventa tanto como simplemente reproduce. Miente en la misma medida que se acerca peligrosamente a la verdad. La más clara de sus certezas consiste en su firme voluntad de dudar; en -como diría Pasolini- su empeño en faltarle el respeto a todo sentimiento establecido. Su talento para replicar lo que aceptamos como dado discurre en paralelo a su capacidad para desmontar la propia realidad y volver a juntar las piezas. Es decimos trans en su más amplio sentido. Es trans de transformación, trans de tránsito, trans de transcendental, trans de transexual y hasta trans, por qué no, de transiberiano.
Se diría que pocos directores tienen ahora mismo tan claro este credo fronterizo y siempre inestable como Jane Schoenbrun. Recuerden este nombre. Suyo fue el honor de abrir la sección Un certain regard y suyo el privilegio de sorprender como pocas veces antes se había atrevido nadie. Se esperaba (algunos con ansia) la siguiente película de la responsable de El brillo de la televisión (2024). Y lejos de defraudar, la nueva propuesta que cierra lo que la propia directora denomina «La trilogía de la pantalla» se convirtió en el primer motivo para el entusiasmo del festival que ahora da sus primeros pasos.
Se trata básicamente de una nueva exploración entre los intersticios, que dicen los poetas, que deja cualquier ficción al convertirse en materia misma de lo real. Esto si se opta por la metáfora, la elipsis o la explicación adornada. Si no se quiere tanto, baste con decir que Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma, así se llama la película, cuenta el rodaje de una nueva versión, la enésima, de una película de terror (slasher para más señas) donde la que la directora vive obsesionada con la enigmática actriz original.
Lo que sigue tiene mucho de farsa, de parodia incluso o de metapelícula porque sí, pero sobre todo se antoja una brillantísima exploración tanto de la identidad como de la propia conciencia en tiempos de pantallas múltiples. Se diría, dos pasos más allá, que la identidad trans es convertida y ofrecida al espectador como metáfora de las formas cambiantes y por fuerza líquidas de un mundo al borde mismo de todas las crisis (la económica, la ambiental y la política). De forma más radical, no solo se trata de explicitar un modelo de análisis para lo que nos pasa, sino de entregar una guía de escape y hasta salvación.
En la primera película de la triada alucinada, We’re All Going to the World’s Fair (Todos vamos a la feria mundial), se narraba la historia de un adolescente que participa en un juego ocultista en línea. Poco a poco, el sueño ocupaba el lugar de la vigilia hasta que la superficie de la pantalla adquiría el aspecto de los laberintos hipnóticos. El brillo de la televisión se entretenía en el relato de dos adolescentes enganchados a un programa de televisión que, en la tradición misma de Arrebato de Iván Zulueta, acaban por ser abducidos por la fantasía catódica-pop, que no solo cinematográfica, que los dominaba. Era alegoría de disociación entre lo real y lo imaginado y radiografía genuina de la adolescencia queer en su estado de indefinición más pleno y sonámbulo.
Ahora, con sus característicos tonos azules y rosas envenenándolo todo en un universo tan cercano a Lynch como a los rituales del nuevo terror de los 90, Schoenbrun revive la obsesión de una directora de cine empeñada a traducir a los códigos de hoy las viejas fantasías rancias, gore y muy machistas del pasado. Se trata de prolongar la saga del más terrible de los asesinos sin rostro que el tiempo ha convertido en mito olvidado. Y hacerlo con la estrella de la película original que, como una Norma Desmond de serie B, vive detenida en sus recuerdos de sangre y horror. Una es Hannah Einbinder (Hacks) y otra, atentos, la desmesurada Gillian Anderson de Expediente X.
Pero no es tan sencillo. Poco a poco, la ficción se ha ido apropiando de la realidad hasta hacer desaparecer las fronteras que separan la cordura de la más terrible de las locuras. Nadie cuenta ya historias, son las historias las que nos cuentan a nosotros. Y lo hacen sin el menos amago de piedad. Creíamos que en Cannes se celebraban a los autores que hacen cine y, en verdad –queda ahora demostrado– es el cine el que nos hace a nosotros. Ni siquiera el cine, son las pantallas las que nos forman, conforman y subyugan. Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma es una comedia de terror y, a la vez, la más brillante refutación y salvación, todo a la vez, del cine mismo. Jane Schoenbrun es una directora no binaria y, desde hoy, mesías de estos tiempos ni no binarios ni lo contrario.
En lo que respecta a la sección oficial a competición, el Festival arrancó con el aliento suspendido en el cine meticuloso y con un profundo aroma rohmeriano del japonés Kôji Fukada. Nagi Notes cuenta la historia de dos mujeres que se reencuentran en la idílica población de Nagi. Una es escultora y la otra, arquitecta. Fueron cuñadas y ahora, por azares del mismo azar, son artista y modelo. Las dos, cada una a su modo, arrastran un dolor profundo que tiene que ver con un amor se rompió. Desde aquí, sin más explicaciones, el director de película de una tragicidad profunda como Love life construye un drama pausado, emocionante sin estridencias, sabio sin avasallar, pero, y esto es lo importante, lo suficiente detallista y humano para dejar espacio a ese íntimo ridículo que nos asiste y desnuda. Es tragedia, pero callada; es tragedia, pero muy atenta las fisuras que provoca en la pantalla una delicada puesta en escena por la que se cuela la misma vida. Tal cual
Si por algo destacaba Charline Bourgeois-Tacquet, directora de Los amores de Anaïs (2021), es por su sentido del cine vibrante, fresco, esencialmente iluminado (y luminoso también). Digamos que esas constantes se mantienen en La vie d’une femme, el que es su segundo largometraje. Se cuenta la historia de una mujer (magnífica Léa Drucker), cirujana para más señas, empeñada en ser libre en todas y cada una de sus esclavitudes. Decidida a no dejar encerrar en ninguna identidad heredada, se esfuerza en ser la inmensa profesional que es en cada segundo de una vida completamente absorbida por su trabajo. En una rancia y tradicional distribución de papeles, se diría que ella es el hombre en todas y cada una de sus obsesiones absurdas y diminutas. Por supuesto, no quiere hijos y, pese a su falta de tiempo, ama como quiere a quien quiere. Nada que objetar a una forma de entender el cine completamente ajenas a ninguna otra regla que no sea la naturalidad, la sencillez y, por qué no, la misma vida.
El problema, que lo hay, es esa nada disimulada tendencia a la exhibición, al subrayado y, lo peor, a la ampulosidad disfrazada de sencillez. Hay dos momentos que arruinan buena parte de lo logrado hasta entonces: el baile como metáfora de un encuentro y el discurso final en una especie de simposio científico en el que la directora, de la mano de su muy protagonista, cae en la torpeza de explicarnos punto por punto lo apenas visto. Lástima.
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