«La vida y la muerte eran lo mismo para mí». Es el recuerdo que el somalí Abdulnasser Barreh Hassan guarda de la quiebra de su patera, de cuando su cuerpo flotó durante ocho horas en el mar, sumergido también en un delirio incontenido porque, dice, un incesante habla sin sentido es lo que ocurre cuando uno naufraga en las aguas. Vida y muerte no fueron lo mismo entonces, pero que se alzara vencedora la primera ha propiciado que ahora, tras cruzar a nado la frontera entre Ceuta y Marruecos, haya terminado acampando frente al Centro de Estancia Temporal para Inmigrantes (CETI). Lleva ya cinco días a sus puertas junto a otros cientos de subsaharianos y ya contados magrebíes que el Ejército, cuando localiza, redirige hacia la frontera. Junto a ellos, el hambre.Estos hombres, en su mayoría jóvenes que rondan entre los veinte y treinta años, son el vivo testimonio de una crisis humanitaria que dista mucho de estar resuelta, porque fuera del CETI la avidez el alimento se convierte en necesidad. Lo cuentan ellos, que declaran llevar cinco días sin llevarse prácticamente nada a la boca más que agua, y lo delatan sus tensiones, sus peleas frecuentes y momentáneas. Suceden porque, cada cierto tiempo, acude alguno con comida por tener dinero suficiente para costearse una pequeña compra o porque se la ha entregado algún ceutí. Entonces, despiertan los cuerpos de quienes mataban las horas pacíficamente sentados. La forma en la que se genera el desencuentro es siempre similar y comienza cuando, entre la multitud, se adentra un grupo cargado con bolsas de comida en las que sobresalen barras de pan o en las que se intuye, y espera, algo que pueda saciar el ronquido del estómago. Hacen acopio de las fuerzas que les quedan para poner en pie sus cuerpos y aceleran su paso con la mirada puesta en la promesa de una comida. En cuestión de segundos, la calma anterior da paso a un paisaje desolador, a una lucha en la que no importa nada más que el alimento. Corren, empujan y se pegan en un círculo que se mueve de un lado a otro y provoca que los que se quedaron sentados porque sabían que no comerían también tengan que emprender la huida. En cosa de segundos, no queda rastro de las bolsas y mucho menos de la comida, que desaparece de las manos de los más afortunados. Para aliviar el tumulto debe intervenir el ejército, también la Policía si allí se encuentra, porque ninguno piensa en otra cosa más que en ser uno de los agraciados. Y no ha cantado el reloj el segundo minuto cuando todos vuelven a estar tranquilos y sentados.Un militar de patrulla en Ceuta. Natalia LoizagaUna ayuda «que no llega»Lo misma situación se repite cada cierto tiempo y se acumulan tensiones a las que también se suma la población marroquí que, en cuanto el Ejército ve, redirige a la frontera. Ellos allí no se pueden quedar, así que trepan por los bosques para tratar de no volver a la frontera, pero sí se les permite la estancia a los subsaharianos. Estos últimos se consideran a si mismos más tranquilos y su opinión sobre los otros no es del todo buena por este motivo. Entre ellos, no hay relación alguna, al menos en esta suerte de acampada, y se mueven como compartimentos estancos.Los que vienen del sur de África son somalís, nigerianos y sudaneses movidos también por la facilidad que, al menos hasta ayer, decían encontrar los recién llegados en el paso por la frontera.«Estamos esperando una ayuda que no llega», sentencian Abdulnasser y sus amigos, que se congregan porque quieren hablar de su situación, mostrar su rostro a modo de denuncia. Pero aguardar, dicen, «es la única opción para sobrevivir», porque no quieren volver a sanidades caídas, a países al límite o a guerras de las que tendrán que volver a huir. Así que se marchan, entre otros lugares como Nigeria y Somalia, de un Sudán tan en guerra como olvidado y del que salir era pura supervivencia. «Por eso sacrificamos nuestras vidas viniendo», relatan, con una sorprendente calma. Lo hacen sentados, con las piernas cruzadas o tumbados mientras la carretera marca la línea entre ellos y el resto del mundo, entre los medios de comunicación, los cuerpos de seguridad y los inmigrantes. Es una línea que en ocasiones se cruza pero que lo hace de forma temporal, porque unos vuelven a casa y los otros, quién sabe. Ellos tampoco conocen su rumbo y por ello lo preguntan a todo el que les habla, por si hubiese llegado a oídos de otros informaciones que les hagan bien. Mientras tanto hablan de sus sueños, entre los que se encuentra, para Abdulnasser y John Thon, el estudio. Primero llegaría el trabajo y, después, cuando puedan permitírselo, estudiar una ingeniería mecánica. En esos momentos en los que decían delimitarse entre la vida y la muerte, en los que una u otra eran indiferentes, reconocen que agradecen que ganase la primera para poder volver a intentarlo. En sus anhelos se recrean antes de levantar la vista a un nuevo grupo que amenaza con pelearse por comer. «Get up, get up», dicen, pues la masa de gente se mueve en su dirección. Pero los hay que no se levantan porque yacen tirados en el suelo a la espera de unas ambulancias cuya espera se hace eterna. Se revuelven sobre sí mismos, sujetando sus estómagos y con gesto sufriente, mientras sus amigos tratan de abanicarles o hacerse entender para que alguien les auxilie. Tirados en silencio, no gritan, no hay pulmón para tanto dolor. «La vida y la muerte eran lo mismo para mí». Es el recuerdo que el somalí Abdulnasser Barreh Hassan guarda de la quiebra de su patera, de cuando su cuerpo flotó durante ocho horas en el mar, sumergido también en un delirio incontenido porque, dice, un incesante habla sin sentido es lo que ocurre cuando uno naufraga en las aguas. Vida y muerte no fueron lo mismo entonces, pero que se alzara vencedora la primera ha propiciado que ahora, tras cruzar a nado la frontera entre Ceuta y Marruecos, haya terminado acampando frente al Centro de Estancia Temporal para Inmigrantes (CETI). Lleva ya cinco días a sus puertas junto a otros cientos de subsaharianos y ya contados magrebíes que el Ejército, cuando localiza, redirige hacia la frontera. Junto a ellos, el hambre.Estos hombres, en su mayoría jóvenes que rondan entre los veinte y treinta años, son el vivo testimonio de una crisis humanitaria que dista mucho de estar resuelta, porque fuera del CETI la avidez el alimento se convierte en necesidad. Lo cuentan ellos, que declaran llevar cinco días sin llevarse prácticamente nada a la boca más que agua, y lo delatan sus tensiones, sus peleas frecuentes y momentáneas. Suceden porque, cada cierto tiempo, acude alguno con comida por tener dinero suficiente para costearse una pequeña compra o porque se la ha entregado algún ceutí. Entonces, despiertan los cuerpos de quienes mataban las horas pacíficamente sentados. La forma en la que se genera el desencuentro es siempre similar y comienza cuando, entre la multitud, se adentra un grupo cargado con bolsas de comida en las que sobresalen barras de pan o en las que se intuye, y espera, algo que pueda saciar el ronquido del estómago. Hacen acopio de las fuerzas que les quedan para poner en pie sus cuerpos y aceleran su paso con la mirada puesta en la promesa de una comida. En cuestión de segundos, la calma anterior da paso a un paisaje desolador, a una lucha en la que no importa nada más que el alimento. Corren, empujan y se pegan en un círculo que se mueve de un lado a otro y provoca que los que se quedaron sentados porque sabían que no comerían también tengan que emprender la huida. En cosa de segundos, no queda rastro de las bolsas y mucho menos de la comida, que desaparece de las manos de los más afortunados. Para aliviar el tumulto debe intervenir el ejército, también la Policía si allí se encuentra, porque ninguno piensa en otra cosa más que en ser uno de los agraciados. Y no ha cantado el reloj el segundo minuto cuando todos vuelven a estar tranquilos y sentados.Un militar de patrulla en Ceuta. Natalia LoizagaUna ayuda «que no llega»Lo misma situación se repite cada cierto tiempo y se acumulan tensiones a las que también se suma la población marroquí que, en cuanto el Ejército ve, redirige a la frontera. Ellos allí no se pueden quedar, así que trepan por los bosques para tratar de no volver a la frontera, pero sí se les permite la estancia a los subsaharianos. Estos últimos se consideran a si mismos más tranquilos y su opinión sobre los otros no es del todo buena por este motivo. Entre ellos, no hay relación alguna, al menos en esta suerte de acampada, y se mueven como compartimentos estancos.Los que vienen del sur de África son somalís, nigerianos y sudaneses movidos también por la facilidad que, al menos hasta ayer, decían encontrar los recién llegados en el paso por la frontera.«Estamos esperando una ayuda que no llega», sentencian Abdulnasser y sus amigos, que se congregan porque quieren hablar de su situación, mostrar su rostro a modo de denuncia. Pero aguardar, dicen, «es la única opción para sobrevivir», porque no quieren volver a sanidades caídas, a países al límite o a guerras de las que tendrán que volver a huir. Así que se marchan, entre otros lugares como Nigeria y Somalia, de un Sudán tan en guerra como olvidado y del que salir era pura supervivencia. «Por eso sacrificamos nuestras vidas viniendo», relatan, con una sorprendente calma. Lo hacen sentados, con las piernas cruzadas o tumbados mientras la carretera marca la línea entre ellos y el resto del mundo, entre los medios de comunicación, los cuerpos de seguridad y los inmigrantes. Es una línea que en ocasiones se cruza pero que lo hace de forma temporal, porque unos vuelven a casa y los otros, quién sabe. Ellos tampoco conocen su rumbo y por ello lo preguntan a todo el que les habla, por si hubiese llegado a oídos de otros informaciones que les hagan bien. Mientras tanto hablan de sus sueños, entre los que se encuentra, para Abdulnasser y John Thon, el estudio. Primero llegaría el trabajo y, después, cuando puedan permitírselo, estudiar una ingeniería mecánica. En esos momentos en los que decían delimitarse entre la vida y la muerte, en los que una u otra eran indiferentes, reconocen que agradecen que ganase la primera para poder volver a intentarlo. En sus anhelos se recrean antes de levantar la vista a un nuevo grupo que amenaza con pelearse por comer. «Get up, get up», dicen, pues la masa de gente se mueve en su dirección. Pero los hay que no se levantan porque yacen tirados en el suelo a la espera de unas ambulancias cuya espera se hace eterna. Se revuelven sobre sí mismos, sujetando sus estómagos y con gesto sufriente, mientras sus amigos tratan de abanicarles o hacerse entender para que alguien les auxilie. Tirados en silencio, no gritan, no hay pulmón para tanto dolor.
«La vida y la muerte eran lo mismo para mí». Es el recuerdo que el somalí Abdulnasser Barreh Hassan guarda de la quiebra de su patera, de cuando su cuerpo flotó durante ocho horas en el mar, sumergido también en un delirio incontenido porque, … dice, un incesante habla sin sentido es lo que ocurre cuando uno naufraga en las aguas. Vida y muerte no fueron lo mismo entonces, pero que se alzara vencedora la primera ha propiciado que ahora, tras cruzar a nado la frontera entre Ceuta y Marruecos, haya terminado acampando frente al Centro de Estancia Temporal para Inmigrantes (CETI). Lleva ya cinco días a sus puertas junto a otros cientos de subsaharianos y ya contados magrebíes que el Ejército, cuando localiza, redirige hacia la frontera. Junto a ellos, el hambre.
Estos hombres, en su mayoría jóvenes que rondan entre los veinte y treinta años, son el vivo testimonio de una crisis humanitaria que dista mucho de estar resuelta, porque fuera del CETI la avidez el alimento se convierte en necesidad. Lo cuentan ellos, que declaran llevar cinco días sin llevarse prácticamente nada a la boca más que agua, y lo delatan sus tensiones, sus peleas frecuentes y momentáneas. Suceden porque, cada cierto tiempo, acude alguno con comida por tener dinero suficiente para costearse una pequeña compra o porque se la ha entregado algún ceutí. Entonces, despiertan los cuerpos de quienes mataban las horas pacíficamente sentados.
La forma en la que se genera el desencuentro es siempre similar y comienza cuando, entre la multitud, se adentra un grupo cargado con bolsas de comida en las que sobresalen barras de pan o en las que se intuye, y espera, algo que pueda saciar el ronquido del estómago. Hacen acopio de las fuerzas que les quedan para poner en pie sus cuerpos y aceleran su paso con la mirada puesta en la promesa de una comida. En cuestión de segundos, la calma anterior da paso a un paisaje desolador, a una lucha en la que no importa nada más que el alimento.
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Corren, empujan y se pegan en un círculo que se mueve de un lado a otro y provoca que los que se quedaron sentados porque sabían que no comerían también tengan que emprender la huida. En cosa de segundos, no queda rastro de las bolsas y mucho menos de la comida, que desaparece de las manos de los más afortunados. Para aliviar el tumulto debe intervenir el ejército, también la Policía si allí se encuentra, porque ninguno piensa en otra cosa más que en ser uno de los agraciados. Y no ha cantado el reloj el segundo minuto cuando todos vuelven a estar tranquilos y sentados.
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(Natalia Loizaga)
Una ayuda «que no llega»
Lo misma situación se repite cada cierto tiempo y se acumulan tensiones a las que también se suma la población marroquí que, en cuanto el Ejército ve, redirige a la frontera. Ellos allí no se pueden quedar, así que trepan por los bosques para tratar de no volver a la frontera, pero sí se les permite la estancia a los subsaharianos. Estos últimos se consideran a si mismos más tranquilos y su opinión sobre los otros no es del todo buena por este motivo. Entre ellos, no hay relación alguna, al menos en esta suerte de acampada, y se mueven como compartimentos estancos.
Los que vienen del sur de África son somalís, nigerianos y sudaneses movidos también por la facilidad que, al menos hasta ayer, decían encontrar los recién llegados en el paso por la frontera.
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«Estamos esperando una ayuda que no llega», sentencian Abdulnasser y sus amigos, que se congregan porque quieren hablar de su situación, mostrar su rostro a modo de denuncia. Pero aguardar, dicen, «es la única opción para sobrevivir», porque no quieren volver a sanidades caídas, a países al límite o a guerras de las que tendrán que volver a huir. Así que se marchan, entre otros lugares como Nigeria y Somalia, de un Sudán tan en guerra como olvidado y del que salir era pura supervivencia. «Por eso sacrificamos nuestras vidas viniendo», relatan, con una sorprendente calma. Lo hacen sentados, con las piernas cruzadas o tumbados mientras la carretera marca la línea entre ellos y el resto del mundo, entre los medios de comunicación, los cuerpos de seguridad y los inmigrantes. Es una línea que en ocasiones se cruza pero que lo hace de forma temporal, porque unos vuelven a casa y los otros, quién sabe. Ellos tampoco conocen su rumbo y por ello lo preguntan a todo el que les habla, por si hubiese llegado a oídos de otros informaciones que les hagan bien.
Mientras tanto hablan de sus sueños, entre los que se encuentra, para Abdulnasser y John Thon, el estudio. Primero llegaría el trabajo y, después, cuando puedan permitírselo, estudiar una ingeniería mecánica. En esos momentos en los que decían delimitarse entre la vida y la muerte, en los que una u otra eran indiferentes, reconocen que agradecen que ganase la primera para poder volver a intentarlo.
En sus anhelos se recrean antes de levantar la vista a un nuevo grupo que amenaza con pelearse por comer. «Get up, get up», dicen, pues la masa de gente se mueve en su dirección. Pero los hay que no se levantan porque yacen tirados en el suelo a la espera de unas ambulancias cuya espera se hace eterna. Se revuelven sobre sí mismos, sujetando sus estómagos y con gesto sufriente, mientras sus amigos tratan de abanicarles o hacerse entender para que alguien les auxilie. Tirados en silencio, no gritan, no hay pulmón para tanto dolor.
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