El kibutz Be’eri es una frontera en el desierto del Neguev, a solo cinco kilómetros de Gaza. Es uno de los once puntos del Neguev, es decir, una de las once comunidades que la Agencia Judía, el brazo operativo de la Organización Mundial Sionista, estableció en esta región en 1946 para conseguir que, dos años más tarde, fuera declarada territorio de Israel.
La reconstrucción del kibutz más importante junto a Gaza marca la senda para la recuperación de la sociedad israelí
El kibutz Be’eri es una frontera en el desierto del Neguev, a solo cinco kilómetros de Gaza. Es uno de los once puntos del Neguev, es decir, una de las once comunidades que la Agencia Judía, el brazo operativo de la Organización Mundial Sionista, estableció en esta región en 1946 para conseguir que, dos años más tarde, fuera declarada territorio de Israel.
Las fronteras forman el carácter de las naciones y en ellas hay algo mitológico. Representan la conquista, todo lo conseguido para fundar un hogar.
Be’eri, territorio de frontera, defiende el igualitarismo y el pacifismo, y creía en la coexistencia
Las naciones más antiguas suelen añorar las fronteras perdidas, mientras que las más nuevas pugnan por expandirlas. Israel es uno de los países más jóvenes del mundo y sus fronteras están en constante movimiento. Se amplían por razones políticas, religiosas y de seguridad.
Los kibutz son comunidades de personas que comparten el trabajo, la propiedad y los recursos. En algunos, como Be’eri, se mantiene el espíritu pionero de los primeros sionistas, el colectivismo y también el pacifismo y la democracia directa. Los que rodean Gaza defendían la coexistencia con los palestinos. Ya no. La masacre del 7 de octubre lo impide.
Aquel día, a primera hora de la mañana, 350 terroristas de Hamas atacaron Be’eri. Mataron a 102 personas y secuestraron a 37, el 10% de los miembros del kibutz. Decenas de casas quedaron destruidas. La batalla duró ocho horas. Murieron 197 terroristas y 24 soldados israelíes.
Sharon Shevo, padre de cuatro hijos y miembro de Be’eri, podría haber sido uno de los muertos. Recibió varios balazos y casi pierde los brazos. Hamas incendió su casa y fue su hijo, un oficial del ejército que estaba de permiso, quien salvó a la familia con su arma. Shevo reprime las lágrimas recordando la tragedia. “No la podré olvidar –me explica–, pero tampoco quiero ser una víctima”.
Sharon Shevo es ingeniero y supervisa la reconstrucción de Be’eri. Hablamos junto a su nueva casa, recién terminada en un pequeño barrio levantado donde estaban los establos de las vacas.
“Tomamos la decisión de reconstruir muy rápido –me explica–. No solo porque necesitábamos una casa, sino porque necesitábamos un hogar. Un hogar como Be’eri es una comunidad de valores que se transmiten de generación en generación. El 7 de octubre devoró nuestras vidas, pero no acabó con nosotros.”
La comunidad acordó derribar todas las casas destruidas menos una, que servirá de recuerdo, y construir las nuevas viviendas en otra zona del kibutz para hacer más fácil el retorno.
Han pasado casi tres años y la reconstrucción avanza a buen ritmo, pero muy pocas familias han regresado. La mayoría viven alojadas en casas prefabricadas en un kibutz más al este, más en el desierto. Esperan a que haya más seguridad y a que se termine la escuela. Shevo calcula que “tal vez lo conseguiremos antes del próximo verano”.
Be’eri era un desierto cuando se fundó. Hoy puedes estirarte sobre el césped, a la sombra de muchos árboles. La gestión del agua explica el milagro de este kibutz y también de Israel.
Este kibutz vive de la agricultura y de la industria. Tiene la imprenta más avanzada de Israel. Cultiva una lenteja de agua que es un superalimento.
Shevo está orgulloso de su comunidad. Se siente cercano al primer sionismo, el de la coexistencia y la no violencia, y le pregunto si esta ideología nacionalista aún tiene sentido. Él cree que sí, siempre que se pueda defender a Israel sin traicionar la democracia y los derechos humanos.
Seguridad y derechos humanos, sin embargo, parece que no hacen buena pareja. El Gobierno está en manos del sionismo revisionista, el que desde hace un siglo defiende el uso de la fuerza para imponer la soberanía judía desde el río Jordán hasta el mar Mediterráneo.
Shevo considera que en Be’eri se encuentra todo lo necesario para reconstruir Israel. Cree que la sociedad rota por el mesianismo y la guerra permanente necesita fijarse en el igualitarismo y la resiliencia de los kibutz, territorios comunitarios de frontera donde cada uno aporta según su capacidad y recibe según su necesidad.
“Reconstruimos para tener un hogar –me confiesa mientras almorzamos en la cafetería–, pero también para tenernos a nosotros mismos, para salir adelante, para que lo que hemos perdido no nos impida vivir”.
Desde Be’eri no se ve Gaza, su razón de ser. Tampoco se intuye. Para verla hay que subir al promontorio de Sderot y poner una moneda en el visor panorámico. Las ruinas de Beit Hanun, Beit Lahiya y Yabaliya aparecen entonces en el horizonte.
A los pies del mirador hay un centro dedicado a la tragedia del 7 de octubre. Decenas de vídeos, mapas y audios preservan lo sucedido y celebran el heroísmo de los muertos y los supervivientes. Pueden verse las imágenes que captaron las cámaras de seguridad en la puerta de entrada a Be’eri, los terroristas disparando a quemarropa y ensañándose con los cadáveres.
El general Jibril Rajub, una de las figuras más prominentes de la vieja guardia palestina, me había confesado unos días antes en Ramala que “el 7 de octubre no fue un error de Hamas, sino un crimen” propiciado por un fallo garrafal de la seguridad israelí.
Sharon Shevo reconoce que “es difícil entender cómo pudo producirse”, pero que, en todo caso, “saberlo no nos devolverá lo perdido. Hemos de mirar adelante”. Dirigir la reconstrucción le ayuda a sobrellevar el dolor.
Be’eri tiene dinero de sobra para renacer. El Estado ha aportado un millón de euros y han llegado donativos de todo el mundo. La solidaridad es otro pilar del primer Israel que los kibutzs han preservado.
Pregunto a Shevo por Gaza, si cree que la devastación y la tragedia humana que Israel ha causado pueden justificarse. Unos días antes, en Amán, Joan Tubau, jefe de Médicos Sin Fronteras para la franja, me había asegurado que “los 2,2 millones de gazatíes viven y seguirán viviendo en un infierno durante mucho tiempo”.
La gran mayoría de la sociedad israelí apoya la campaña militar y es indiferente al sufrimiento de los palestinos. Se siente amenazada y asume el “ellos o nosotros” del sionismo revisionista.
Shevo preferiría no responder a mi pregunta porque hacerlo con honestidad le obliga a humanizar a los asesinos. Me acompaña al coche en silencio y antes de despedirme reconoce que “nada puede justificar lo que Israel ha hecho en Gaza”.
Internacional
