Si 80.000 gallegos entrásemos en Ceuta el mismo día, ¿cómo nos llamarían? Probablemente no dirían que somos «migrantes». Ponerle apellido a las personas que salen de su país buscando una vida mejor no es nuevo: en Argentina, a los españoles nos llaman «gallegos», un apelativo que se generalizó hace más de un siglo, y si hablamos de subsaharianos o magrebíes decimos que son «migrantes», término que conlleva un cariz de ilegalidad o vulnerabilidad. En cambio, el joven cerebro que se va a Bruselas a iniciar una nueva etapa laboral no «migra», sino que «le ha salido un trabajo fuera» y los chinos, los rumanos o los ciudadanos de países de América que vienen a España y se integran en nuestra sociedad son, simplemente, «extranjeros». Reservamos el término «migrante» para el que llega en patera, arrastrado por las mafias, o cruza la frontera de manera ilegal. Los flujos migratorios han sido siempre objeto de polémica, mucho más tras los graves sucesos de Ceuta, ante los que el Gobierno actúa según sube la fiebre social. Una irresponsabilidad que la ley no pena, entre otras cosas porque no existe el delito contra la mentira política. Y todo esto ocurre porque la emigración ha dejado de ser un negocio para convertirse en mercadeo. El ser humano es la mejor arma de presión entre los estados; buen ejemplo es Marruecos, África subsahariana y también Palestina, Siria o la frontera entre México y Estados Unidos. En cada caso, aunque por razones distintas, el resultado es el mismo: personas convertidas en marionetas del poder o la pobreza, condenadas a una vida inmisericorde. Ahora que se cumplen cien años de una de las oleadas migratorias más importantes de la diáspora —con hitos como el de la Federación de Sociedades Gallegas de Buenos Aires que llegó a tener 35 entidades— conviene recordar que nuestra gente no lo tuvo fácil. Nadie le regaló nada. Pero Galicia y los gallegos han sido siempre sinónimo de pueblo emigrante y trabajador, un reconocimiento que no se consigue en un solo día, ni en Ceuta ni en ningún otro lugar del mundo. Si 80.000 gallegos entrásemos en Ceuta el mismo día, ¿cómo nos llamarían? Probablemente no dirían que somos «migrantes». Ponerle apellido a las personas que salen de su país buscando una vida mejor no es nuevo: en Argentina, a los españoles nos llaman «gallegos», un apelativo que se generalizó hace más de un siglo, y si hablamos de subsaharianos o magrebíes decimos que son «migrantes», término que conlleva un cariz de ilegalidad o vulnerabilidad. En cambio, el joven cerebro que se va a Bruselas a iniciar una nueva etapa laboral no «migra», sino que «le ha salido un trabajo fuera» y los chinos, los rumanos o los ciudadanos de países de América que vienen a España y se integran en nuestra sociedad son, simplemente, «extranjeros». Reservamos el término «migrante» para el que llega en patera, arrastrado por las mafias, o cruza la frontera de manera ilegal. Los flujos migratorios han sido siempre objeto de polémica, mucho más tras los graves sucesos de Ceuta, ante los que el Gobierno actúa según sube la fiebre social. Una irresponsabilidad que la ley no pena, entre otras cosas porque no existe el delito contra la mentira política. Y todo esto ocurre porque la emigración ha dejado de ser un negocio para convertirse en mercadeo. El ser humano es la mejor arma de presión entre los estados; buen ejemplo es Marruecos, África subsahariana y también Palestina, Siria o la frontera entre México y Estados Unidos. En cada caso, aunque por razones distintas, el resultado es el mismo: personas convertidas en marionetas del poder o la pobreza, condenadas a una vida inmisericorde. Ahora que se cumplen cien años de una de las oleadas migratorias más importantes de la diáspora —con hitos como el de la Federación de Sociedades Gallegas de Buenos Aires que llegó a tener 35 entidades— conviene recordar que nuestra gente no lo tuvo fácil. Nadie le regaló nada. Pero Galicia y los gallegos han sido siempre sinónimo de pueblo emigrante y trabajador, un reconocimiento que no se consigue en un solo día, ni en Ceuta ni en ningún otro lugar del mundo.
Si 80.000 gallegos entrásemos en Ceuta el mismo día, ¿cómo nos llamarían? Probablemente no dirían que somos «migrantes». Ponerle apellido a las personas que salen de su país buscando una vida mejor no es nuevo: en Argentina, a los españoles nos llaman «gallegos», un … apelativo que se generalizó hace más de un siglo, y si hablamos de subsaharianos o magrebíes decimos que son «migrantes», término que conlleva un cariz de ilegalidad o vulnerabilidad.
En cambio, el joven cerebro que se va a Bruselas a iniciar una nueva etapa laboral no «migra», sino que «le ha salido un trabajo fuera» y los chinos, los rumanos o los ciudadanos de países de América que vienen a España y se integran en nuestra sociedad son, simplemente, «extranjeros». Reservamos el término «migrante» para el que llega en patera, arrastrado por las mafias, o cruza la frontera de manera ilegal.
Los flujos migratorios han sido siempre objeto de polémica, mucho más tras los graves sucesos de Ceuta, ante los que el Gobierno actúa según sube la fiebre social. Una irresponsabilidad que la ley no pena, entre otras cosas porque no existe el delito contra la mentira política.
Y todo esto ocurre porque la emigración ha dejado de ser un negocio para convertirse en mercadeo. El ser humano es la mejor arma de presión entre los estados; buen ejemplo es Marruecos, África subsahariana y también Palestina, Siria o la frontera entre México y Estados Unidos. En cada caso, aunque por razones distintas, el resultado es el mismo: personas convertidas en marionetas del poder o la pobreza, condenadas a una vida inmisericorde.
Ahora que se cumplen cien años de una de las oleadas migratorias más importantes de la diáspora —con hitos como el de la Federación de Sociedades Gallegas de Buenos Aires que llegó a tener 35 entidades— conviene recordar que nuestra gente no lo tuvo fácil. Nadie le regaló nada. Pero Galicia y los gallegos han sido siempre sinónimo de pueblo emigrante y trabajador, un reconocimiento que no se consigue en un solo día, ni en Ceuta ni en ningún otro lugar del mundo.
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