La precampaña se movía dentro de unos parámetros bastante claros que hacían que el voto oscilara entre PP y PSOE: el deseo por expulsar a Sánchez frente al miedo a la derecha malvada. Una bipolaridad de la que suele salir malparado el BNG, consciente de que en las Generales no es capaz de exhibir el músculo electoral de las Autonómicas. En esas estábamos hasta que sucedió la tragedia de Urda y, seis días más tarde, dimitió el ministro de Transportes, Óscar Puente. Y los ladrillos sobre los que se estaban construyendo los mensajes preelectorales saltaron por los aires, dejando paso a un nuevo discurso.Si hasta el accidente ferroviario estábamos inmersos en frenar a la ultraderecha, ajusticiar al ‘sanchismo’, la seguridad de nuestras calles y plazas o la ‘agenda gallega’, lo de Urda -que se suma a lo de Adamuz- interpela a los gallegos de otra manera, porque aquí también se sufre las constantes incidencias de un servicio de trenes que no es la maravilla que nos prometieron. Ya sea porque roban cobre, porque falla el suministro eléctrico, porque se encasquilla un raíl o porque la locomotora pierde aceite, lo cierto es que el AVE a/desde Galicia es un relatorio de retrasos, cancelaciones y aventuras variopintas de un tiempo a esta parte.Ahí va a querer llevar el PP la derivada ferroviaria, al fracaso en la gestión de los servicios públicos por parte de un Gobierno -y concretamente de una izquierda- que hace gala de atenderlos de manera mucho más eficiente que la alternativa, por aquello de que la derecha solo quiere recortar frente al siempre generoso gasto público de los progresistas. Y quien habla de los trenes puede hablar de una autovía a Lugo, cuyo último tramo -16,4 escasos kilómetros entre Melide y Arzúa- lleva ocho años en obras, y tres de retraso. A PSdeG y BNG, sin embargo, lo de Urda les brinda la oportunidad de recuperar Angrois y ajustar cuentas de aquello, como si Núñez Feijóo hubiera tenido responsabilidades políticas en el diseño, inauguración o gestión de la línea antes de que aquel 24 de julio de 2013 un AVE descarrilara a 179 km/h en la curva de A Grandeira. El relato es conocido: fue decisión del PP desconectar el ERTMS para que la circulación de los trenes no diera problema. Esta es la versión socialista. El BNG añade a ello que el anterior gobierno de Zapatero inauguró a toda prisa una obra para que José Blanco, ministro de Fomento, apareciera en la foto. Como si algo de esto importara, cuando la sentencia del TS señala claramente de quién fue la responsabilidad: del maquinista.El PSdeG saca pecho incluso por la dimisión de Puente tras lo de Urda -o mejor dicho, después de que lo de Urda haya sucedido a menos de 30 días de unas elecciones- y lo contrapone a que por Angrois no dimitió nadie. La cuestión es que este ejercicio de vana presunción podría colar si antes no se hubiera producido Adamuz, y que sus consecuencias fueran idénticas a lo de Adamuz: cero dimisiones. Puente no se va por «dignidad política» ni por «empatía con las víctimas», sino porque era un lastre insoportable para el 29N y el objetivo quimérico de Pedro Sánchez de ganar las elecciones.MÁS INFORMACIÓN noticia Si La dimisión de Puente divide a los partidos gallegos: de la «dignidad» al «cálculo electoral»Socialistas y nacionalistas están preparando la celada para los populares, para que se enreden en comparaciones entre uno y otro accidente, entre una y otra respuesta política. Se busca así perder de vista que lo relevante no es solo la escalofriante cifra de 114 víctimas en menos de un año, sino la impresión generalizada entre la ciudadanía de que algo está roto en el Estado, y que quien tiene que rendir cuentas es quien lleva ocho años gestionándolo desde La Moncloa. De eso debería ir la campaña. La precampaña se movía dentro de unos parámetros bastante claros que hacían que el voto oscilara entre PP y PSOE: el deseo por expulsar a Sánchez frente al miedo a la derecha malvada. Una bipolaridad de la que suele salir malparado el BNG, consciente de que en las Generales no es capaz de exhibir el músculo electoral de las Autonómicas. En esas estábamos hasta que sucedió la tragedia de Urda y, seis días más tarde, dimitió el ministro de Transportes, Óscar Puente. Y los ladrillos sobre los que se estaban construyendo los mensajes preelectorales saltaron por los aires, dejando paso a un nuevo discurso.Si hasta el accidente ferroviario estábamos inmersos en frenar a la ultraderecha, ajusticiar al ‘sanchismo’, la seguridad de nuestras calles y plazas o la ‘agenda gallega’, lo de Urda -que se suma a lo de Adamuz- interpela a los gallegos de otra manera, porque aquí también se sufre las constantes incidencias de un servicio de trenes que no es la maravilla que nos prometieron. Ya sea porque roban cobre, porque falla el suministro eléctrico, porque se encasquilla un raíl o porque la locomotora pierde aceite, lo cierto es que el AVE a/desde Galicia es un relatorio de retrasos, cancelaciones y aventuras variopintas de un tiempo a esta parte.Ahí va a querer llevar el PP la derivada ferroviaria, al fracaso en la gestión de los servicios públicos por parte de un Gobierno -y concretamente de una izquierda- que hace gala de atenderlos de manera mucho más eficiente que la alternativa, por aquello de que la derecha solo quiere recortar frente al siempre generoso gasto público de los progresistas. Y quien habla de los trenes puede hablar de una autovía a Lugo, cuyo último tramo -16,4 escasos kilómetros entre Melide y Arzúa- lleva ocho años en obras, y tres de retraso. A PSdeG y BNG, sin embargo, lo de Urda les brinda la oportunidad de recuperar Angrois y ajustar cuentas de aquello, como si Núñez Feijóo hubiera tenido responsabilidades políticas en el diseño, inauguración o gestión de la línea antes de que aquel 24 de julio de 2013 un AVE descarrilara a 179 km/h en la curva de A Grandeira. El relato es conocido: fue decisión del PP desconectar el ERTMS para que la circulación de los trenes no diera problema. Esta es la versión socialista. El BNG añade a ello que el anterior gobierno de Zapatero inauguró a toda prisa una obra para que José Blanco, ministro de Fomento, apareciera en la foto. Como si algo de esto importara, cuando la sentencia del TS señala claramente de quién fue la responsabilidad: del maquinista.El PSdeG saca pecho incluso por la dimisión de Puente tras lo de Urda -o mejor dicho, después de que lo de Urda haya sucedido a menos de 30 días de unas elecciones- y lo contrapone a que por Angrois no dimitió nadie. La cuestión es que este ejercicio de vana presunción podría colar si antes no se hubiera producido Adamuz, y que sus consecuencias fueran idénticas a lo de Adamuz: cero dimisiones. Puente no se va por «dignidad política» ni por «empatía con las víctimas», sino porque era un lastre insoportable para el 29N y el objetivo quimérico de Pedro Sánchez de ganar las elecciones.MÁS INFORMACIÓN noticia Si La dimisión de Puente divide a los partidos gallegos: de la «dignidad» al «cálculo electoral»Socialistas y nacionalistas están preparando la celada para los populares, para que se enreden en comparaciones entre uno y otro accidente, entre una y otra respuesta política. Se busca así perder de vista que lo relevante no es solo la escalofriante cifra de 114 víctimas en menos de un año, sino la impresión generalizada entre la ciudadanía de que algo está roto en el Estado, y que quien tiene que rendir cuentas es quien lleva ocho años gestionándolo desde La Moncloa. De eso debería ir la campaña.
La precampaña se movía dentro de unos parámetros bastante claros que hacían que el voto oscilara entre PP y PSOE: el deseo por expulsar a Sánchez frente al miedo a la derecha malvada. Una bipolaridad de la que suele salir malparado el BNG, consciente de … que en las Generales no es capaz de exhibir el músculo electoral de las Autonómicas. En esas estábamos hasta que sucedió la tragedia de Urda y, seis días más tarde, dimitió el ministro de Transportes, Óscar Puente. Y los ladrillos sobre los que se estaban construyendo los mensajes preelectorales saltaron por los aires, dejando paso a un nuevo discurso.
Si hasta el accidente ferroviario estábamos inmersos en frenar a la ultraderecha, ajusticiar al ‘sanchismo’, la seguridad de nuestras calles y plazas o la ‘agenda gallega’, lo de Urda -que se suma a lo de Adamuz- interpela a los gallegos de otra manera, porque aquí también se sufre las constantes incidencias de un servicio de trenes que no es la maravilla que nos prometieron. Ya sea porque roban cobre, porque falla el suministro eléctrico, porque se encasquilla un raíl o porque la locomotora pierde aceite, lo cierto es que el AVE a/desde Galicia es un relatorio de retrasos, cancelaciones y aventuras variopintas de un tiempo a esta parte.
Ahí va a querer llevar el PP la derivada ferroviaria, al fracaso en la gestión de los servicios públicos por parte de un Gobierno -y concretamente de una izquierda- que hace gala de atenderlos de manera mucho más eficiente que la alternativa, por aquello de que la derecha solo quiere recortar frente al siempre generoso gasto público de los progresistas. Y quien habla de los trenes puede hablar de una autovía a Lugo, cuyo último tramo -16,4 escasos kilómetros entre Melide y Arzúa- lleva ocho años en obras, y tres de retraso.
A PSdeG y BNG, sin embargo, lo de Urda les brinda la oportunidad de recuperar Angrois y ajustar cuentas de aquello, como si Núñez Feijóo hubiera tenido responsabilidades políticas en el diseño, inauguración o gestión de la línea antes de que aquel 24 de julio de 2013 un AVE descarrilara a 179 km/h en la curva de A Grandeira. El relato es conocido: fue decisión del PP desconectar el ERTMS para que la circulación de los trenes no diera problema. Esta es la versión socialista. El BNG añade a ello que el anterior gobierno de Zapatero inauguró a toda prisa una obra para que José Blanco, ministro de Fomento, apareciera en la foto. Como si algo de esto importara, cuando la sentencia del TS señala claramente de quién fue la responsabilidad: del maquinista.
El PSdeG saca pecho incluso por la dimisión de Puente tras lo de Urda -o mejor dicho, después de que lo de Urda haya sucedido a menos de 30 días de unas elecciones- y lo contrapone a que por Angrois no dimitió nadie. La cuestión es que este ejercicio de vana presunción podría colar si antes no se hubiera producido Adamuz, y que sus consecuencias fueran idénticas a lo de Adamuz: cero dimisiones. Puente no se va por «dignidad política» ni por «empatía con las víctimas», sino porque era un lastre insoportable para el 29N y el objetivo quimérico de Pedro Sánchez de ganar las elecciones.
Socialistas y nacionalistas están preparando la celada para los populares, para que se enreden en comparaciones entre uno y otro accidente, entre una y otra respuesta política. Se busca así perder de vista que lo relevante no es solo la escalofriante cifra de 114 víctimas en menos de un año, sino la impresión generalizada entre la ciudadanía de que algo está roto en el Estado, y que quien tiene que rendir cuentas es quien lleva ocho años gestionándolo desde La Moncloa.
De eso debería ir la campaña.
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