Aprendí a montar en bicicleta tarde: antes de desarrollar el mínimo sentido común compatible con la supervivencia. No levantaba seis palmos cuando aprendí a sostenerme en una derbi roja “con ruedas de cross”, como las bauticé flipadísimo, como si aquellas palabras prologaran el hostión. Llegó, claro: en una excursión con hermanos y primos, encontramos una montaña de arena al final de una rampa que a mí me pareció el gran cañón del Colorado. Dani e Iñaki, más mayores, se lanzaron por el terraplén y pegaron unos brincos impresionantes que cerraron con unos derrapes de película de Stallone. Buah, qué guapo, me dije por mis adentros, y no pensé en nada más. Me lancé sin frenos, con la cara enganchada al manillar y los ojos achinados por la velocidad y los volví a abrir cuando estaba en el suelo, ensangrentado y con el cuerpo lleno de rasguños y polvo.
Aprendí a montar en bicicleta tarde: antes de desarrollar el mínimo sentido común compatible con la supervivencia. No levantaba seis palmos cuando aprendí a sostenerme en una derbi roja “con ruedas de cross”, como las bauticé flipadísimo, como si aquellas palabras prologaran el hostión. Llegó, claro: en una excursión con hermanos y primos, encontramos una montaña de arena al final de una rampa que a mí me pareció el gran cañón del Colorado. Dani e Iñaki, más mayores, se lanzaron por el terraplén y pegaron unos brincos impresionantes que cerraron con unos derrapes de película de Stallone. Buah, qué guapo, me dije por mis adentros, y no pensé en nada más. Me lancé sin frenos, con la cara enganchada al manillar y los ojos achinados por la velocidad y los volví a abrir cuando estaba en el suelo, ensangrentado y con el cuerpo lleno de rasguños y polvo.Seguir leyendo…
Aprendí a montar en bicicleta tarde: antes de desarrollar el mínimo sentido común compatible con la supervivencia. No levantaba seis palmos cuando aprendí a sostenerme en una derbi roja “con ruedas de cross”, como las bauticé flipadísimo, como si aquellas palabras prologaran el hostión. Llegó, claro: en una excursión con hermanos y primos, encontramos una montaña de arena al final de una rampa que a mí me pareció el gran cañón del Colorado. Dani e Iñaki, más mayores, se lanzaron por el terraplén y pegaron unos brincos impresionantes que cerraron con unos derrapes de película de Stallone. Buah, qué guapo, me dije por mis adentros, y no pensé en nada más. Me lancé sin frenos, con la cara enganchada al manillar y los ojos achinados por la velocidad y los volví a abrir cuando estaba en el suelo, ensangrentado y con el cuerpo lleno de rasguños y polvo.
No me maté de milagro, pero por unos instantes fue divertidísimo.
El brasileño es agotador, impredecible y divertidísimo; va sin frenos
Estos días de espera antes del Atlético-Barça, que apunta a decisivo en una Liga flaca donde los tres de arriba cederán pocos puntos, he recordado aquella sensación kamikaze, feliz y agotadora de los veranos de la infancia.
Desde la bendita llegada de Flick, los culés vivimos en un estado de vértigo constante, contagiados y exhaustos por un equipo que juega como si tuviera prisa por llegar al futuro. El Barça de Flick, empeñado en no administrar los partidos sino en precipitarlos, es divertidísimo de ver, pero tiene algo de temerario que atrapa, como si viviera en una eterna cuesta abajo.
No lo cambiaría por nada del mundo, pero el peaje emocional es de aúpa. Una semana tienes los mejores números de puntos y goles de la historia del Barça en la Liga y la siguiente naufragas depresivamente contra el PSG y el Madrid. Este Barça no da tregua. Si te dejas ir y desatas el optimismo, el equipo deja vivo a su eterno rival en casa comiéndose una contra en el minuto 90.
Y ahora Rodri. Cuando todos los que en verano pensaban que era innecesario se habían convencido de que es imprescindible, el tipo se lesiona tras comerse 90 minutos en partidos decididos justo antes de la batalla rojiblanca. La esperanza es que De Jong, mejor futbolista que relaciones públicas, dé el paso adelante que media culerada lleva seis años reclamándole.
No puedo más.
Nos queda confiar en el jugador que mejor ilustra el vértigo del equipo. El futbolista que tiene pinta que de niño bajaba las cuestas sin frenos y, cuando todos pensaban que se iba a matar, aguantaba el equilibrio y cerraba su temeridad con un derrape descomunal: Raphinha.
El brasileño, disfrazado de Romário en el área, presiona, roba, corre, ataca los espacios y marca como si no hubiera conocido jamás la pausa. Raphinha es agotador, impredecible y divertidísimo. Va sin frenos.
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