Tras la muerte de Isabel I sin dejar descendencia, Jacobo VI de Escocia emprendió el 5 de abril de 1603 un viaje de más de un mes desde Edimburgo hasta Londres para reclamar la corona de Inglaterra como el descendiente protestante más próximo a la monarca fallecida, y asumió el trono con el título de Jacobo I. Más de cuatrocientos años más tarde, otro rey del norte , el exalcalde de Manchester Andy Burnham, recibe hoy las llaves del 10 de Downing Street para intentar enderezar el rumbo de un Reino Unido que navega a la deriva desde la crisis financiera del 2008.
El nuevo líder laborista toma hoy el timón de un país que navega sin rumbo desde el 2008
Tras la muerte de Isabel I sin dejar descendencia, Jacobo VI de Escocia emprendió el 5 de abril de 1603 un viaje de más de un mes desde Edimburgo hasta Londres para reclamar la corona de Inglaterra como el descendiente protestante más próximo a la monarca fallecida, y asumió el trono con el título de Jacobo I. Más de cuatrocientos años más tarde, otro rey del norte , el exalcalde de Manchester Andy Burnham, recibe hoy las llaves del 10 de Downing Street para intentar enderezar el rumbo de un Reino Unido que navega a la deriva desde la crisis financiera del 2008.
Jacobo VI de Escocia y I de Inglaterra se encontró con unas finanzas muy deterioradas, con una deuda y una inflación muy elevadas, que le llevaron a aplicar impuestos sin el consentimiento del Parlamento; su deseo de preservar a cualquier coste la paz en Europa, y de tener buenas relaciones con una España católica que inspiraba gran recelo, hizo que su política exterior fuera muy impopular; no supo entender las diferencias entre la política escocesa y la inglesa, y sus intentos de unificar por completo los dos reinos –y no solo los tronos– le causó innumerables complicaciones; y para colmo, se puso en contra a los Comunes con la teoría de que su poder derivaba directamente de Dios, y por tanto era absoluto y podía hacer lo que le viniera en gana.
Andy Burnham, al consumar hoy su viaje desde el norte a Downing Street, se va a encontrar con la versión contemporánea de esos mismos problemas, transformados con el paso del tiempo: una economía que no crece, lastrada por la deuda pública, la falta de productividad e inversión y el gigantismo del Estado de bienestar y la sanidad pública, una compleja relación con los Estados Unidos de Trump, Israel y la Unión Europea, una Escocia e Irlanda del Norte donde alrededor de la mitad de la población reclaman referéndums de independencia, y un grupo parlamentario laborista que quiere imponer su propia voluntad, crecido tras haberse cargado a Keir Starmer.
Estado sobrepasado
Más de dos millones de británicos ancianos o enfermos no reciben los cuidados que necesitarían
En el 1603 muchos cuestionaron el derecho de Jacbo VI de Escocia al trono de Inglaterra, basado en el parentesco con su bisabuela Margarita Tudor, y en el 2026 también son muchos los que cuestionan la legitimidad de Andy Burnham para ser primer ministro y transformar el país sin haber ganado unas elecciones generales y cuando hace tan solo un mes ni siquiera disponía de un escaño en el Parlamento.
Keir Starmer fracasó estrepitosamente en su intento de enderezar el rumbo del Reino Unido a pesar de haber obtenido una aplastante mayoría absoluta en las elecciones de hace dos años (aunque con el voto de menos de uno de cada cuatro británicos), creyendo que le bastaría con una mejor gestión que la de sus predecesores conservadores. Burnham, a pesar de no gozar del mandato de las urnas sino tan solo de su propio partido, ya ha anunciado que quiere ir mucho más lejos y “acabar con cuarenta años de neoliberalismo y el legado nefasto de Margaret Thatcher”, descentralizar el país, combatir las desigualdades entre el norte y el sur y nacionalizar parcialmente empresas de sectores vitales como la energía y el transporte.
Burnham no ha necesitado mucho tiempo para demostrar que es mejor orador y comunicador que Starmer, y que tiene una idea más clara de lo que quiere. Pero los desafíos a los que se enfrenta son casi de las dimensiones de los de Ulises en La Odisea : una economía alérgica al crecimiento, una deuda pública de más de un billón de euros (un 100% del PIB), unos mercados reticentes, una factura de 70.000 millones de euros al año en subsidios por discapacidad y enfermedad, y un millón de jóvenes de entre 16 y 24 años (uno de cada siete) que ni estudia ni trabaja, y prefiere vivir de las ayudas. (en el Reino Unido son tan generosas que seiscientas mil familias perciben más que el salario mínimo, y 16.000 de ellas más de 75.000 euros anuales sin necesidad de pegar ni sello).
Hacer que el país trabaje en vez de vivir del cuento (un vicio adquirido durante la pandemia) es condición imprescindible para que Burnham consiga el objetivo que se le escapó a Starmer, el de hacer crecer la economía como en los años ochenta y noventa, en vez de los niveles raquíticos registrados desde la crisis financiera del 2008, y exacerbados por el Brexit (que ha supuesto la pérdida de entre un 6% y un 8% del PIB).
Sin futuro
Uno de cada siete jóvenes de entre 16 y 24 años (más de un millón) no estudia, ni trabaja ni hace un aprendizaje
Pero los desafíos van mucho más allá, empezando por la necesidad de construir un millón y medio de viviendas asequibles prometidas por el anterior gobierno, y que en la práctica se han quedado en poco más de doscientas mil por la inmensa burocracia que rodea a cualquier proyecto de obra, con hasta cien normativas diferentes en materia de Medio Ambiente, derechos humanos, inclusión, diversidad…
Si a los británicos les preguntan que es lo primero que les gustaría que arreglase Andy Burnham, la respuesta es que el desmesurado coste de la vida (una cerveza cuesta hasta doce euros, y un café con leche nueve euros). En parte se debe a situaciones que escapan al control del Gobierno, como las guerras de Irán y Ucrania, pero en gran medida también a los impuestos que aplica Londres sobre el alcohol y la gasolina, y a las cargas fiscales al pequeño comercio.
Otro asunto crucial, que le costó el cargo a Theresa May y ninguno de sus sucesores se ha atrevido desde entonces a afrontar, es el precio de la atención a las personas mayores, que hace que al menos dos millones de individuos no estén en condiciones de pagar los cuidados que necesitan. Burnham contempla reemplazar el actual impuesto de sucesiones por una carga del diez por ciento a todas las herencias para financiar la asistencia a los ancianos, pero es una medida tan gravosa y polémica que difícilmente la pueda implementar sin el mandato de unas elecciones generales.
La realidad es que el nuevo premier tiene las manos atadas por el manifiesto con el que el Labour ganó las elecciones de hace dos años, y que descarta subir los impuestos sobre la renta, el IVA y la Seguridad Social, y a no aumentar proporcionalmente la deuda pública. Sin embargo, se encuentra con el compromiso de elevar el gasto de defensa a un 3% del PIB en el 2030 (lo cual le obliga a sacar de debajo de las piedras 11.000 millones de euros), y a un 3.5% en el 2035 (30.000 millones). Todo ello, con la mayor carga fiscal en setenta años, que ha hecho que millonarios con bienes valorados en cien mil millones de euros se hayan ido del país.
Hoy Andy Burnham concluye su procesión triunfal desde Manchester, igual que lo hizo Jacobo VI en 1603. Pero lo mismo que aquel monarca, el premio a sus intrigas es un cáliz envenenado y una corona llena de espinas, que ha liquidado a seis primeros ministros en diez años. ¿Encontrará la fórmula mágica que se le ha escapado a Cameron, May, Johnson, Truss, Sunak y Starmer?.
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