No, no crea usted, amable lector, que las instituciones tienen el superpoder, como tampoco lo tienen los particulares. ¿Cuál? El de la fijación de precios. Eso es mandar. Tener un producto, decirle al mercado cuánto cuesta y conseguir que te lo paguen. Y hay dos ámbitos en los que ese efecto es superlativo. Uno, los combustibles, especialmente los líquidos. Otro, el del dinero, cuyo valor lo pone el Gobierno pero cuyo precio, aunque lo parezca, no lo ponen los bancos centrales, sino el prestamista. Ambos, ahora, están desbocados.Los que se levantan de madrugada para ir a trabajar se han encontrado al regreso con la cuenta de la vuelta al cole, la del repostaje del vehículo, la del supermercado y ahora, de repente, la del plazo de la hipoteca. Los tipos suben y el Euríbor, que es un índice subsidiario que le marca el paso a los créditos domésticos, empieza a trastear por las cuentas corrientes y les da mordiscos de a trocitos.Está todo muy caro, dice el público. Pero nadie deflacta el IRPF, mecanismo recaudatorio que engorda si los precios suben mientras los paganos adelgazan sus carteras recibiendo lo mismo o menos. ¿Ajustes? Ni por esas. ¿Fiscalidad de las familias, impulsoras de la sociedad entera? Nada mollar. La presión fiscal escala imparablemente. Fiscalmente, en España, se tributa igual comprando pañales que comprando un Rolex.La semana pasada, el BCE. Esta semana, muy probablemente, la Reserva Federal estadounidense: subidas de tipos mientras el precio de la deuda se dispara. Cuando el Gobierno haga el presupuesto que no se aprueba habrá que meterle pasta copiosamente al servicio de la deuda y, o se quita de otro sitio, o se lo colocamos a los nietos para cubrir el déficit sin siquiera preguntarles.La vida real: se gana más pero se tiene menos. Y así se le pone la cara a la gente cuando se pone frente al ticket del super y le pregunta: «¿tú de qué vas?». Esa gente que tiene más preguntas que respuestas se las acabará buscando donde puede que no le convenga. No, no crea usted, amable lector, que las instituciones tienen el superpoder, como tampoco lo tienen los particulares. ¿Cuál? El de la fijación de precios. Eso es mandar. Tener un producto, decirle al mercado cuánto cuesta y conseguir que te lo paguen. Y hay dos ámbitos en los que ese efecto es superlativo. Uno, los combustibles, especialmente los líquidos. Otro, el del dinero, cuyo valor lo pone el Gobierno pero cuyo precio, aunque lo parezca, no lo ponen los bancos centrales, sino el prestamista. Ambos, ahora, están desbocados.Los que se levantan de madrugada para ir a trabajar se han encontrado al regreso con la cuenta de la vuelta al cole, la del repostaje del vehículo, la del supermercado y ahora, de repente, la del plazo de la hipoteca. Los tipos suben y el Euríbor, que es un índice subsidiario que le marca el paso a los créditos domésticos, empieza a trastear por las cuentas corrientes y les da mordiscos de a trocitos.Está todo muy caro, dice el público. Pero nadie deflacta el IRPF, mecanismo recaudatorio que engorda si los precios suben mientras los paganos adelgazan sus carteras recibiendo lo mismo o menos. ¿Ajustes? Ni por esas. ¿Fiscalidad de las familias, impulsoras de la sociedad entera? Nada mollar. La presión fiscal escala imparablemente. Fiscalmente, en España, se tributa igual comprando pañales que comprando un Rolex.La semana pasada, el BCE. Esta semana, muy probablemente, la Reserva Federal estadounidense: subidas de tipos mientras el precio de la deuda se dispara. Cuando el Gobierno haga el presupuesto que no se aprueba habrá que meterle pasta copiosamente al servicio de la deuda y, o se quita de otro sitio, o se lo colocamos a los nietos para cubrir el déficit sin siquiera preguntarles.La vida real: se gana más pero se tiene menos. Y así se le pone la cara a la gente cuando se pone frente al ticket del super y le pregunta: «¿tú de qué vas?». Esa gente que tiene más preguntas que respuestas se las acabará buscando donde puede que no le convenga.

No, no crea usted, amable lector, que las instituciones tienen el superpoder, como tampoco lo tienen los particulares. ¿Cuál? El de la fijación de precios. Eso es mandar. Tener un producto, decirle al mercado cuánto cuesta y conseguir que te lo paguen. Y hay dos … ámbitos en los que ese efecto es superlativo. Uno, los combustibles, especialmente los líquidos. Otro, el del dinero, cuyo valor lo pone el Gobierno pero cuyo precio, aunque lo parezca, no lo ponen los bancos centrales, sino el prestamista. Ambos, ahora, están desbocados.
Los que se levantan de madrugada para ir a trabajar se han encontrado al regreso con la cuenta de la vuelta al cole, la del repostaje del vehículo, la del supermercado y ahora, de repente, la del plazo de la hipoteca. Los tipos suben y el Euríbor, que es un índice subsidiario que le marca el paso a los créditos domésticos, empieza a trastear por las cuentas corrientes y les da mordiscos de a trocitos.
Está todo muy caro, dice el público. Pero nadie deflacta el IRPF, mecanismo recaudatorio que engorda si los precios suben mientras los paganos adelgazan sus carteras recibiendo lo mismo o menos. ¿Ajustes? Ni por esas. ¿Fiscalidad de las familias, impulsoras de la sociedad entera? Nada mollar. La presión fiscal escala imparablemente. Fiscalmente, en España, se tributa igual comprando pañales que comprando un Rolex.
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La semana pasada, el BCE. Esta semana, muy probablemente, la Reserva Federal estadounidense: subidas de tipos mientras el precio de la deuda se dispara. Cuando el Gobierno haga el presupuesto que no se aprueba habrá que meterle pasta copiosamente al servicio de la deuda y, o se quita de otro sitio, o se lo colocamos a los nietos para cubrir el déficit sin siquiera preguntarles.
La vida real: se gana más pero se tiene menos. Y así se le pone la cara a la gente cuando se pone frente al ticket del super y le pregunta: «¿tú de qué vas?». Esa gente que tiene más preguntas que respuestas se las acabará buscando donde puede que no le convenga.
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