Conviven, en la Puerta del Sol , quienes inmortalizan su paso por el kilómetro cero y los que dirigen la mirada hacia la acampada que reivindica el derecho a la vivienda. Conversaciones y debates se entremezclan con las voces de algún guía turístico, y no cesan de pasar extranjeros por las lindes de la plaza mientras preguntan a desconocidos de qué se trata la estampa que presencian. Con la misma atención, y cierta incertidumbre, la observan los comercios que la rodean. El recuerdo de los 28 días que duró 15M está más vivo que nunca en la plaza madrileña, y no solo entre quienes protestan sino también entre los comercios, que recuerdan las pérdidas que sufrieron. La Confederación del Comercio de Madrid (Cocem) cifró entonces las pérdidas en 30 millones de euros. Pero la acampada solo suma tres días del casi mes entero que duró el bautizado ‘movimiento de los indignados’ que, además, terminó por superar en magnitud lo que es ahora la acampada. Los propios trabajadores aseguran que la observan con recelo, pero todavía es pronto para alarmarse. Confían en que no prolongue en exceso. «No me preocupa que se alargue sino que se agrande, que las tiendas lleguen a la puerta», cuenta la trabajadora de una de los negocios de ‘souvenirs’ acristalados que se encuentran en el centro de la plaza. En comparación a su comienzo el viernes, cuando la acampada era tan solo una propuesta que comenzaba a materializarse sobre el suelo, su extensión ha aumentado. Una sensación recorre la plaza, la de que cada día son más quienes se unen a una protesta que ya sobrepasa y rodea la estatua ecuestre de Carlos III. Algunos comercios que se mantuvieron abiertos el fin de semana, como las dos heladerías de su interior, coinciden en un aumento de la venta derivado de la presencia de los manifestantes. «Tuvimos más gente que habitualmente, hubo mucho movimiento», aseguran. «Más que nada compraron agua y refrescos», coinciden, aunque también algún helado. La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, describía este lunes la protesta como «un escenario que hace polvo a los comerciantes» y también a la normalidad de un lugar que es atractivo para el turismo». A pesar de que algunos, tras su apertura este lunes, han percibido un descenso en la clientela, aún no se atreven a atribuirlo a lo sucedido. Consideran temprano para calibrar si habrá pérdidas, que dependerán no tanto de lo que se alargue, creen, sino del espacio que ocupe. «Los lunes suelo tener trabajo y hoy no he tenido casi, pero no creo que vaya para largo», añade una trabajadora de la pastelería Don Nino.Los hay que vivieron el 15M, pero la empleada de la heladería italiana de la plaza es la primera vez que se encuentra frente a una situación como esta. Se ríe porque «en Sol siempre pasa algo, nunca te aburres». Desde su comercio observa todo el devenir de la protesta. Y mientras ve cómo en el epicentro se desarrollan asambleas, talleres y repartos de comida, a su lado la cola de la lotería suma una decena de personas, en Casa de Diego no cesan de entrar clientes y algún que otro ‘free tour’ pasea incluso bajo la amenaza de lluvia. «¿Qué pasa aquí?¿Hasta cuándo estarán», pregunta un hombre en inglés. Estanco y tienda de souvenirs junto a la acampada en Sol. N. LoizagaSuman ya tres días de una acampada que tan pronto sudaba bajo el sol como se moja ahora por una lluvia desapacible. Llegar al centro de la plaza requiere caminar mirando al suelo para no aplastar tiendas ni plásticos con lemas que pintan a brochazos, y allí dentro es todo más tranquilo que en los alrededores, donde los curiosos debaten con los jóvenes sobre vivienda y modelos de ciudad. Ocultos desde el cielo por toldos azules que instalaron ellos mismos, en varios puestos organizados por el Sindicato de Inquilinas reparten comida, productos básicos e información.La noche del viernes, cuando apenas eran unas decenas de tiendas y muchos sentados en el suelo sin ella, muchos jóvenes se hicieron con comida rápida de las franquicias cercanas. Al día siguiente, los hubo que fueron al Decathlon más cercano, a unos quine minutos a pie, y se hicieron con una tienda todavía instalada allí. Ahora, con todo ya organizado, la mayoría de sus provisiones no proceden de los negocios cercanos sino de donaciones que les ofrecen, en su mayoría, adultos. La segunda noche en la acampada en la Puerta del Sol. Tania SieiraEs tanta la comida que han donado, cuentan dos voluntarias mientras hacen bocadillos para repartir, que incluso «se ha pedido que no traigan más para evitar que se ponga mala». «Hay una señora mayor que trae cosas cada poco rato. Son sobre todo adultos, se nota en cómo protestamos la diferencia de edad y dinero, en que nosotros somos los que ponemos el físico y ellos aportan con lo que traen», relatan. Si crecerán en número, la mayor preocupación de los comercios, se verá con el transcurso de los días aunque la sensación que tienen los que acampan es de un gran alcance en su protesta. Hasta cuándo se quedarán, todavía es un misterio, incluso para ellos, aunque la del martes es una fecha señalada con fuerza por el paso del llamado ‘Decreto Maricarmen’ por el Consejo de Ministros. «Hasta que lo diga el sindicato», es la respuesta de muchos. Conviven, en la Puerta del Sol , quienes inmortalizan su paso por el kilómetro cero y los que dirigen la mirada hacia la acampada que reivindica el derecho a la vivienda. Conversaciones y debates se entremezclan con las voces de algún guía turístico, y no cesan de pasar extranjeros por las lindes de la plaza mientras preguntan a desconocidos de qué se trata la estampa que presencian. Con la misma atención, y cierta incertidumbre, la observan los comercios que la rodean. El recuerdo de los 28 días que duró 15M está más vivo que nunca en la plaza madrileña, y no solo entre quienes protestan sino también entre los comercios, que recuerdan las pérdidas que sufrieron. La Confederación del Comercio de Madrid (Cocem) cifró entonces las pérdidas en 30 millones de euros. Pero la acampada solo suma tres días del casi mes entero que duró el bautizado ‘movimiento de los indignados’ que, además, terminó por superar en magnitud lo que es ahora la acampada. Los propios trabajadores aseguran que la observan con recelo, pero todavía es pronto para alarmarse. Confían en que no prolongue en exceso. «No me preocupa que se alargue sino que se agrande, que las tiendas lleguen a la puerta», cuenta la trabajadora de una de los negocios de ‘souvenirs’ acristalados que se encuentran en el centro de la plaza. En comparación a su comienzo el viernes, cuando la acampada era tan solo una propuesta que comenzaba a materializarse sobre el suelo, su extensión ha aumentado. Una sensación recorre la plaza, la de que cada día son más quienes se unen a una protesta que ya sobrepasa y rodea la estatua ecuestre de Carlos III. Algunos comercios que se mantuvieron abiertos el fin de semana, como las dos heladerías de su interior, coinciden en un aumento de la venta derivado de la presencia de los manifestantes. «Tuvimos más gente que habitualmente, hubo mucho movimiento», aseguran. «Más que nada compraron agua y refrescos», coinciden, aunque también algún helado. La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, describía este lunes la protesta como «un escenario que hace polvo a los comerciantes» y también a la normalidad de un lugar que es atractivo para el turismo». A pesar de que algunos, tras su apertura este lunes, han percibido un descenso en la clientela, aún no se atreven a atribuirlo a lo sucedido. Consideran temprano para calibrar si habrá pérdidas, que dependerán no tanto de lo que se alargue, creen, sino del espacio que ocupe. «Los lunes suelo tener trabajo y hoy no he tenido casi, pero no creo que vaya para largo», añade una trabajadora de la pastelería Don Nino.Los hay que vivieron el 15M, pero la empleada de la heladería italiana de la plaza es la primera vez que se encuentra frente a una situación como esta. Se ríe porque «en Sol siempre pasa algo, nunca te aburres». Desde su comercio observa todo el devenir de la protesta. Y mientras ve cómo en el epicentro se desarrollan asambleas, talleres y repartos de comida, a su lado la cola de la lotería suma una decena de personas, en Casa de Diego no cesan de entrar clientes y algún que otro ‘free tour’ pasea incluso bajo la amenaza de lluvia. «¿Qué pasa aquí?¿Hasta cuándo estarán», pregunta un hombre en inglés. Estanco y tienda de souvenirs junto a la acampada en Sol. N. LoizagaSuman ya tres días de una acampada que tan pronto sudaba bajo el sol como se moja ahora por una lluvia desapacible. Llegar al centro de la plaza requiere caminar mirando al suelo para no aplastar tiendas ni plásticos con lemas que pintan a brochazos, y allí dentro es todo más tranquilo que en los alrededores, donde los curiosos debaten con los jóvenes sobre vivienda y modelos de ciudad. Ocultos desde el cielo por toldos azules que instalaron ellos mismos, en varios puestos organizados por el Sindicato de Inquilinas reparten comida, productos básicos e información.La noche del viernes, cuando apenas eran unas decenas de tiendas y muchos sentados en el suelo sin ella, muchos jóvenes se hicieron con comida rápida de las franquicias cercanas. Al día siguiente, los hubo que fueron al Decathlon más cercano, a unos quine minutos a pie, y se hicieron con una tienda todavía instalada allí. Ahora, con todo ya organizado, la mayoría de sus provisiones no proceden de los negocios cercanos sino de donaciones que les ofrecen, en su mayoría, adultos. La segunda noche en la acampada en la Puerta del Sol. Tania SieiraEs tanta la comida que han donado, cuentan dos voluntarias mientras hacen bocadillos para repartir, que incluso «se ha pedido que no traigan más para evitar que se ponga mala». «Hay una señora mayor que trae cosas cada poco rato. Son sobre todo adultos, se nota en cómo protestamos la diferencia de edad y dinero, en que nosotros somos los que ponemos el físico y ellos aportan con lo que traen», relatan. Si crecerán en número, la mayor preocupación de los comercios, se verá con el transcurso de los días aunque la sensación que tienen los que acampan es de un gran alcance en su protesta. Hasta cuándo se quedarán, todavía es un misterio, incluso para ellos, aunque la del martes es una fecha señalada con fuerza por el paso del llamado ‘Decreto Maricarmen’ por el Consejo de Ministros. «Hasta que lo diga el sindicato», es la respuesta de muchos.
Conviven, en la Puerta del Sol, quienes inmortalizan su paso por el kilómetro cero y los que dirigen la mirada hacia la acampada que reivindica el derecho a la vivienda. Conversaciones y debates se entremezclan con las voces de algún guía turístico, y no … cesan de pasar extranjeros por las lindes de la plaza mientras preguntan a desconocidos de qué se trata la estampa que presencian. Con la misma atención, y cierta incertidumbre, la observan los comercios que la rodean. El recuerdo de los 28 días que duró 15M está más vivo que nunca en la plaza madrileña, y no solo entre quienes protestan sino también entre los comercios, que recuerdan las pérdidas que sufrieron.
La Confederación del Comercio de Madrid (Cocem) cifró entonces las pérdidas en 30 millones de euros. Pero la acampada solo suma tres días del casi mes entero que duró el bautizado ‘movimiento de los indignados’ que, además, terminó por superar en magnitud lo que es ahora la acampada. Los propios trabajadores aseguran que la observan con recelo, pero todavía es pronto para alarmarse. Confían en que no prolongue en exceso. «No me preocupa que se alargue sino que se agrande, que las tiendas lleguen a la puerta», cuenta la trabajadora de una de los negocios de ‘souvenirs’ acristalados que se encuentran en el centro de la plaza.
En comparación a su comienzo el viernes, cuando la acampada era tan solo una propuesta que comenzaba a materializarse sobre el suelo, su extensión ha aumentado. Una sensación recorre la plaza, la de que cada día son más quienes se unen a una protesta que ya sobrepasa y rodea la estatua ecuestre de Carlos III. Algunos comercios que se mantuvieron abiertos el fin de semana, como las dos heladerías de su interior, coinciden en un aumento de la venta derivado de la presencia de los manifestantes. «Tuvimos más gente que habitualmente, hubo mucho movimiento», aseguran. «Más que nada compraron agua y refrescos», coinciden, aunque también algún helado.
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La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, describía este lunes la protesta como «un escenario que hace polvo a los comerciantes» y también a la normalidad de un lugar que es atractivo para el turismo». A pesar de que algunos, tras su apertura este lunes, han percibido un descenso en la clientela, aún no se atreven a atribuirlo a lo sucedido. Consideran temprano para calibrar si habrá pérdidas, que dependerán no tanto de lo que se alargue, creen, sino del espacio que ocupe. «Los lunes suelo tener trabajo y hoy no he tenido casi, pero no creo que vaya para largo», añade una trabajadora de la pastelería Don Nino.
Los hay que vivieron el 15M, pero la empleada de la heladería italiana de la plaza es la primera vez que se encuentra frente a una situación como esta. Se ríe porque «en Sol siempre pasa algo, nunca te aburres». Desde su comercio observa todo el devenir de la protesta. Y mientras ve cómo en el epicentro se desarrollan asambleas, talleres y repartos de comida, a su lado la cola de la lotería suma una decena de personas, en Casa de Diego no cesan de entrar clientes y algún que otro ‘free tour’ pasea incluso bajo la amenaza de lluvia. «¿Qué pasa aquí?¿Hasta cuándo estarán», pregunta un hombre en inglés.

(N. Loizaga)
Suman ya tres días de una acampada que tan pronto sudaba bajo el sol como se moja ahora por una lluvia desapacible. Llegar al centro de la plaza requiere caminar mirando al suelo para no aplastar tiendas ni plásticos con lemas que pintan a brochazos, y allí dentro es todo más tranquilo que en los alrededores, donde los curiosos debaten con los jóvenes sobre vivienda y modelos de ciudad. Ocultos desde el cielo por toldos azules que instalaron ellos mismos, en varios puestos organizados por el Sindicato de Inquilinas reparten comida, productos básicos e información.
La noche del viernes, cuando apenas eran unas decenas de tiendas y muchos sentados en el suelo sin ella, muchos jóvenes se hicieron con comida rápida de las franquicias cercanas. Al día siguiente, los hubo que fueron al Decathlon más cercano, a unos quine minutos a pie, y se hicieron con una tienda todavía instalada allí. Ahora, con todo ya organizado, la mayoría de sus provisiones no proceden de los negocios cercanos sino de donaciones que les ofrecen, en su mayoría, adultos.

(Tania Sieira)
Es tanta la comida que han donado, cuentan dos voluntarias mientras hacen bocadillos para repartir, que incluso «se ha pedido que no traigan más para evitar que se ponga mala». «Hay una señora mayor que trae cosas cada poco rato. Son sobre todo adultos, se nota en cómo protestamos la diferencia de edad y dinero, en que nosotros somos los que ponemos el físico y ellos aportan con lo que traen», relatan.
Si crecerán en número, la mayor preocupación de los comercios, se verá con el transcurso de los días aunque la sensación que tienen los que acampan es de un gran alcance en su protesta. Hasta cuándo se quedarán, todavía es un misterio, incluso para ellos, aunque la del martes es una fecha señalada con fuerza por el paso del llamado ‘Decreto Maricarmen’ por el Consejo de Ministros. «Hasta que lo diga el sindicato», es la respuesta de muchos.
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