Cuatro pueblos, algo más de 20.000 habitantes y una mochila llena de miedos a la espalda. El confinamiento de Villa del Prado, San Martín de Valdeiglesias, Pelayos de la Presa y Santa María de la Alameda, finiquitado en dos tandas a lo largo de la tarde de ayer, ha dejado un doble runrún en el ambiente. Al miedo perenne a que las llamas arrasaran el pueblo se ha unido la incertidumbre de poder recibir un Es-Alert en cualquier momento: «Hemos vivido con la maleta en la puerta». Hablan los ‘encarcelados’ por el fuego, los que tras una semana demasiado larga por fin han podido reencontrarse con los suyos.Villa del PradoFue la primera localidad madrileña sometida al incierto rumbo de las llamas, en concreto, a las iniciadas en la localidad de Almorox (Toledo), cuando el miércoles de la semana pasada la Comunidad de Madrid decretó el confinamiento del municipio de Villa Del Prado y la evacuación de su urbanización El Encinar del Alberche. En total, seis días de angustiosa espera que ayer por fin atisbó el final del camino. Y qué camino, resumen los afectados por una situación plagada de vaivenes, al son del fuego, del viento y del humo. «Hemos vivido con el miedo a que el fuego arrase el pueblo», explica Mónica, una de las farmacéuticas que atiende en el casco urbano. Esta trabajadora, residente en Aldea del Fresno (paradójicamente, unos de los municipios que fueron evacuados), ha sido de las pocas personas autorizadas para sortear el confinamiento. «Estoy en casa de un familiar, y al ser sanitaria tengo la obligación de abrir la farmacia», relata, con el amargo recuerdo del jueves pasado, un día en el dos grandes lenguas de fuego amenazaban al pueblo por ambos lados. Entre sus múltiples problemas, dos asoman por encima de todo: la falta de personal y la caída de la red. «Tenemos un compañero que vive en San Martín de Valdeiglesias, y aunque también tiene autorización para venir, hubo días en los que no pudo porque las llamas lo impedían», revela, una merma que afecta sobre todo al reparto a domicilio.«Hemos trabajado con el miedo a que el fuego arrase el pueblo, sin personal y sin la receta electrónica por la caída de la red» Mónica FarmacéuticaEl apagón de internet también impidió el fin de semana el uso de la receta electrónica, por lo que los medicamentos se dispensaron atendiendo a la mayor de las lógicas. «No vamos a dar nada sin receta, pero si yo veo en tu hoja de medicación que tienes prescrito este u otro medicamento, te lo voy a adelantar», argumenta, consciente de que cientos de vecinos tuvieron que salir con lo puesto al evacuar El Encinar del Alberche.En la calle de atrás, Ángel ha mantenido abierta la carnicería todos los días salvo la aciaga tarde del jueves. Primero, con el género que tenían acumulado en las cámaras frigoríficas, y a partir del sábado, gracias a la entrada de los repartidores. «Los clientes venían muy preocupados, el fin de semana tuvimos muy pocos, pero a partir del lunes la cosa cambió, imagino que porque la comida se iría acabando», subraya, sin dejar de lado un cambio de tercio no menos reseñable. «Se notaba, además, que esta semana había más alegría», añade, a rebufo de unos rumores de desconfinamiento que ayer martes se hicieron realidad.Una vecina de Villa del Prado divisa las consecuencias del paso del fuego EfeSan Martín de ValdeiglesiasAl día siguiente del encierro de Villa del Prado, el turno le tocó a San Martín de Valdeiglesias, otra localidad de la Sierra Oeste con importantes atractivos turísticos como el pantano de San Juan, el castillo de la Coracera o el Bosque Encantado. Ayer, el Gobierno central (al frente del mando único) decretó la apertura del municipio a excepción de las urbanizaciones Costa de Madrid, Ciudad San Ramón, Veracruz, Javacruz y Javariega.Horas antes de conocerse la tan ansiada medida, en el hostal Plaza contaban con las diez habitaciones ocupadas desde el mismo jueves. «Hubo gente que tenía que salir pero no ha podido y se han visto obligados a alargar la estancia», aclara David, quien ha sido testigo de un insólito devenir de los acontecimientos. «Hemos hecho de todo», prosigue, tanto, que el domingo varios miembros de la UME, destinados en Pelayos de la Presa, acudieron hasta el hospedaje para lavar la ropa en su lavandería. Su llegada no pudo ser mejor recibida por parte de los clientes, los cuales invitaron a los militares a desayunar en señal de agradecimiento.Efectivos de la UME, en la lavandería del hostal Plaza ABCA esta improvisada visita se suman el resto de acciones: desde cargar los teléfonos móviles a todo aquel que lo necesitase, hasta ofrecer desayunos y bebidas a las personas alojadas en el colegio público, aledaño al hostal y uno de los dos refugios habilitados en la localidad. «Hemos vivido toda la semana con miedo, pegados al telediario y cabreados por el fuego», advierte este trabajador, con la esperanza de que las calles recobren, en la medida de lo posible, la normalidad de antaño.A unas calles de allí, en el hotel Labranza, la persona que descuelga el teléfono se disculpa de antemano por la brevedad de sus respuestas. «Lo siento, tengo clientes y no quiero hacerles esperar», incide, al tiempo que apunta a que han estado acogiendo a gente con necesidades. «Lo peor llegará después, cuando sepamos realmente el área total afectada y el larguísimo tiempo que transcurrirá hasta que todo se recupere. Nosotros desde luego que no lo vamos a ver», termina, no sin antes cargar contra los negacionistas del cambio climático.Pelayos de la PresaA orillas del Pantano de San Juan, en las calles de Pelayos de la Presa, con casi 3.200 habitantes censados y otros tantos turistas, muchos teléfonos de negocios de la zona han sonado estos días sin que nadie los cogiera. A última hora la tarde de ayer recuperaron su libertad casi todos los vecinos excepto los de las urbanizaciones de Mirador de Pelayos y Las Muas. «Nosotros estamos desde el jueves en Brunete, y con el negocio cerrado», cuenta el dueño de la Churrería Pelayos, que reconoce que mucha gente se fue voluntariamente. Y los que estaban fuera no habían podido volver. También hay quienes habían tenido que dejar su hogar forzosamente, pues ya sabían que su casa ha sucumbido a las llamas. El centro de salud reabrió el lunes, aunque la farmacia, informan sus profesionales, que también viven en el pueblo, lleva abierta desde el domingo. «Nosotras vivimos aquí, así que no hemos tenido problemas para llegar», apunta Estrella. Tampoco han notado un repunte en la venta de mascarillas, pese a la calidad del aire en la zona. «Aquí hay mucho alérgico por el polen, así que desde la pandemia las seguimos vendiendo muchísimo», relata. La gente, apunta, ha ido sobrellevando la situación como ha podido: algunos han matado el tiempo ayudando a los animales, y los que ya saben que han perdido su vivienda o su negocio han hecho lo propio limpiando la maleza o los restos de árboles de la zona.«El humo baja por la noche, pero por la mañana otra vez vuelve. Así que aquí estamos, sobreviviendo» Jonathan CarniceroOtro negocio esencial que ha seguido abierto es el supermercado. Dentro de este opera la carnicería Crespo. «Nosotros, que vivimos aquí, no hemos podido salir, pero han dejado entrar a los proveedores para traer el suministro. Hay que abrir para dar servicio a la gente y ayudarnos unos a otros. También ha estado abierta la farmacia, el consultorio y algún restaurante, y poco más», relata Jonathan. «Por la noche baja un poco el humo, pero a mediodía empieza a levantarse otra vez. Así que aquí hemos estado, sobrevivivendo».Santa María de la AlamedaEl último municipio en ser confinado en la comunidad fue Santa María de la Alameda, Y también fue el más breve en ver levantada la restricción, tras ser autorizado el regreso de sus vecinos a las 20.30 horas del día de ayer. En realidad, explica Pilar, una sus vecinas, este municipio está formado por varias pedanías, alguna separadas hasta por seis kilómetros de distancia, así que siempre han sentido que su cierre ha sido «preventivo». «Yo vivo arriba, en el pueblo, y la verdad que el cielo está despejado y sin humo. Estamos bien en casa. Me imagino que la situación no ha sido la misma en otras urbanizaciones como El Pimpollar, más cerca de Valdemaqueda. De todas formas, por si acaso, teníamos preparada una maleta», apunta. Su optimismo fue una premonición de lo que horas más tarde ocurriría, por lo que a partir de este miércoles podrá abrir el restaurante que regenta en las Navas del Marqués (Ávila). «Vamos viendo lo que pasa hora a hora. Yo, además, como soy creyente, rezo para que todo esto acabe».«Yo, como soy creyente, rezo para que todo esto acabe» Pilar HosteleraSus colegas hosteleros reconocen que esta desgracia ha llegado en el peor momento posible. En Kurantu, otro de los restaurantes del centro del pueblo, relatan que estos días han abierto para servir apenas una mesa. «Incluso antes de que nos confinaran, muchos turistas, por precaución, dejaron de venir estos días», sostienen. El verano estaba siendo, lamenta, muy bueno. «Ojalá la gente vuelva», sentencian, para agilizar la reconstrucción. Cuatro pueblos, algo más de 20.000 habitantes y una mochila llena de miedos a la espalda. El confinamiento de Villa del Prado, San Martín de Valdeiglesias, Pelayos de la Presa y Santa María de la Alameda, finiquitado en dos tandas a lo largo de la tarde de ayer, ha dejado un doble runrún en el ambiente. Al miedo perenne a que las llamas arrasaran el pueblo se ha unido la incertidumbre de poder recibir un Es-Alert en cualquier momento: «Hemos vivido con la maleta en la puerta». Hablan los ‘encarcelados’ por el fuego, los que tras una semana demasiado larga por fin han podido reencontrarse con los suyos.Villa del PradoFue la primera localidad madrileña sometida al incierto rumbo de las llamas, en concreto, a las iniciadas en la localidad de Almorox (Toledo), cuando el miércoles de la semana pasada la Comunidad de Madrid decretó el confinamiento del municipio de Villa Del Prado y la evacuación de su urbanización El Encinar del Alberche. En total, seis días de angustiosa espera que ayer por fin atisbó el final del camino. Y qué camino, resumen los afectados por una situación plagada de vaivenes, al son del fuego, del viento y del humo. «Hemos vivido con el miedo a que el fuego arrase el pueblo», explica Mónica, una de las farmacéuticas que atiende en el casco urbano. Esta trabajadora, residente en Aldea del Fresno (paradójicamente, unos de los municipios que fueron evacuados), ha sido de las pocas personas autorizadas para sortear el confinamiento. «Estoy en casa de un familiar, y al ser sanitaria tengo la obligación de abrir la farmacia», relata, con el amargo recuerdo del jueves pasado, un día en el dos grandes lenguas de fuego amenazaban al pueblo por ambos lados. Entre sus múltiples problemas, dos asoman por encima de todo: la falta de personal y la caída de la red. «Tenemos un compañero que vive en San Martín de Valdeiglesias, y aunque también tiene autorización para venir, hubo días en los que no pudo porque las llamas lo impedían», revela, una merma que afecta sobre todo al reparto a domicilio.«Hemos trabajado con el miedo a que el fuego arrase el pueblo, sin personal y sin la receta electrónica por la caída de la red» Mónica FarmacéuticaEl apagón de internet también impidió el fin de semana el uso de la receta electrónica, por lo que los medicamentos se dispensaron atendiendo a la mayor de las lógicas. «No vamos a dar nada sin receta, pero si yo veo en tu hoja de medicación que tienes prescrito este u otro medicamento, te lo voy a adelantar», argumenta, consciente de que cientos de vecinos tuvieron que salir con lo puesto al evacuar El Encinar del Alberche.En la calle de atrás, Ángel ha mantenido abierta la carnicería todos los días salvo la aciaga tarde del jueves. Primero, con el género que tenían acumulado en las cámaras frigoríficas, y a partir del sábado, gracias a la entrada de los repartidores. «Los clientes venían muy preocupados, el fin de semana tuvimos muy pocos, pero a partir del lunes la cosa cambió, imagino que porque la comida se iría acabando», subraya, sin dejar de lado un cambio de tercio no menos reseñable. «Se notaba, además, que esta semana había más alegría», añade, a rebufo de unos rumores de desconfinamiento que ayer martes se hicieron realidad.Una vecina de Villa del Prado divisa las consecuencias del paso del fuego EfeSan Martín de ValdeiglesiasAl día siguiente del encierro de Villa del Prado, el turno le tocó a San Martín de Valdeiglesias, otra localidad de la Sierra Oeste con importantes atractivos turísticos como el pantano de San Juan, el castillo de la Coracera o el Bosque Encantado. Ayer, el Gobierno central (al frente del mando único) decretó la apertura del municipio a excepción de las urbanizaciones Costa de Madrid, Ciudad San Ramón, Veracruz, Javacruz y Javariega.Horas antes de conocerse la tan ansiada medida, en el hostal Plaza contaban con las diez habitaciones ocupadas desde el mismo jueves. «Hubo gente que tenía que salir pero no ha podido y se han visto obligados a alargar la estancia», aclara David, quien ha sido testigo de un insólito devenir de los acontecimientos. «Hemos hecho de todo», prosigue, tanto, que el domingo varios miembros de la UME, destinados en Pelayos de la Presa, acudieron hasta el hospedaje para lavar la ropa en su lavandería. Su llegada no pudo ser mejor recibida por parte de los clientes, los cuales invitaron a los militares a desayunar en señal de agradecimiento.Efectivos de la UME, en la lavandería del hostal Plaza ABCA esta improvisada visita se suman el resto de acciones: desde cargar los teléfonos móviles a todo aquel que lo necesitase, hasta ofrecer desayunos y bebidas a las personas alojadas en el colegio público, aledaño al hostal y uno de los dos refugios habilitados en la localidad. «Hemos vivido toda la semana con miedo, pegados al telediario y cabreados por el fuego», advierte este trabajador, con la esperanza de que las calles recobren, en la medida de lo posible, la normalidad de antaño.A unas calles de allí, en el hotel Labranza, la persona que descuelga el teléfono se disculpa de antemano por la brevedad de sus respuestas. «Lo siento, tengo clientes y no quiero hacerles esperar», incide, al tiempo que apunta a que han estado acogiendo a gente con necesidades. «Lo peor llegará después, cuando sepamos realmente el área total afectada y el larguísimo tiempo que transcurrirá hasta que todo se recupere. Nosotros desde luego que no lo vamos a ver», termina, no sin antes cargar contra los negacionistas del cambio climático.Pelayos de la PresaA orillas del Pantano de San Juan, en las calles de Pelayos de la Presa, con casi 3.200 habitantes censados y otros tantos turistas, muchos teléfonos de negocios de la zona han sonado estos días sin que nadie los cogiera. A última hora la tarde de ayer recuperaron su libertad casi todos los vecinos excepto los de las urbanizaciones de Mirador de Pelayos y Las Muas. «Nosotros estamos desde el jueves en Brunete, y con el negocio cerrado», cuenta el dueño de la Churrería Pelayos, que reconoce que mucha gente se fue voluntariamente. Y los que estaban fuera no habían podido volver. También hay quienes habían tenido que dejar su hogar forzosamente, pues ya sabían que su casa ha sucumbido a las llamas. El centro de salud reabrió el lunes, aunque la farmacia, informan sus profesionales, que también viven en el pueblo, lleva abierta desde el domingo. «Nosotras vivimos aquí, así que no hemos tenido problemas para llegar», apunta Estrella. Tampoco han notado un repunte en la venta de mascarillas, pese a la calidad del aire en la zona. «Aquí hay mucho alérgico por el polen, así que desde la pandemia las seguimos vendiendo muchísimo», relata. La gente, apunta, ha ido sobrellevando la situación como ha podido: algunos han matado el tiempo ayudando a los animales, y los que ya saben que han perdido su vivienda o su negocio han hecho lo propio limpiando la maleza o los restos de árboles de la zona.«El humo baja por la noche, pero por la mañana otra vez vuelve. Así que aquí estamos, sobreviviendo» Jonathan CarniceroOtro negocio esencial que ha seguido abierto es el supermercado. Dentro de este opera la carnicería Crespo. «Nosotros, que vivimos aquí, no hemos podido salir, pero han dejado entrar a los proveedores para traer el suministro. Hay que abrir para dar servicio a la gente y ayudarnos unos a otros. También ha estado abierta la farmacia, el consultorio y algún restaurante, y poco más», relata Jonathan. «Por la noche baja un poco el humo, pero a mediodía empieza a levantarse otra vez. Así que aquí hemos estado, sobrevivivendo».Santa María de la AlamedaEl último municipio en ser confinado en la comunidad fue Santa María de la Alameda, Y también fue el más breve en ver levantada la restricción, tras ser autorizado el regreso de sus vecinos a las 20.30 horas del día de ayer. En realidad, explica Pilar, una sus vecinas, este municipio está formado por varias pedanías, alguna separadas hasta por seis kilómetros de distancia, así que siempre han sentido que su cierre ha sido «preventivo». «Yo vivo arriba, en el pueblo, y la verdad que el cielo está despejado y sin humo. Estamos bien en casa. Me imagino que la situación no ha sido la misma en otras urbanizaciones como El Pimpollar, más cerca de Valdemaqueda. De todas formas, por si acaso, teníamos preparada una maleta», apunta. Su optimismo fue una premonición de lo que horas más tarde ocurriría, por lo que a partir de este miércoles podrá abrir el restaurante que regenta en las Navas del Marqués (Ávila). «Vamos viendo lo que pasa hora a hora. Yo, además, como soy creyente, rezo para que todo esto acabe».«Yo, como soy creyente, rezo para que todo esto acabe» Pilar HosteleraSus colegas hosteleros reconocen que esta desgracia ha llegado en el peor momento posible. En Kurantu, otro de los restaurantes del centro del pueblo, relatan que estos días han abierto para servir apenas una mesa. «Incluso antes de que nos confinaran, muchos turistas, por precaución, dejaron de venir estos días», sostienen. El verano estaba siendo, lamenta, muy bueno. «Ojalá la gente vuelva», sentencian, para agilizar la reconstrucción.
Cuatro pueblos, algo más de 20.000 habitantes y una mochila llena de miedos a la espalda. El confinamiento de Villa del Prado, San Martín de Valdeiglesias, Pelayos de la Presa y Santa María de la Alameda, finiquitado en dos tandas a lo largo de … la tarde de ayer, ha dejado un doble runrún en el ambiente. Al miedo perenne a que las llamas arrasaran el pueblo se ha unido la incertidumbre de poder recibir un Es-Alert en cualquier momento: «Hemos vivido con la maleta en la puerta». Hablan los ‘encarcelados’ por el fuego, los que tras una semana demasiado larga por fin han podido reencontrarse con los suyos.
Villa del Prado
Fue la primera localidad madrileña sometida al incierto rumbo de las llamas, en concreto, a las iniciadas en la localidad de Almorox (Toledo), cuando el miércoles de la semana pasada la Comunidad de Madrid decretó el confinamiento del municipio de Villa Del Prado y la evacuación de su urbanización El Encinar del Alberche. En total, seis días de angustiosa espera que ayer por fin atisbó el final del camino. Y qué camino, resumen los afectados por una situación plagada de vaivenes, al son del fuego, del viento y del humo. «Hemos vivido con el miedo a que el fuego arrase el pueblo», explica Mónica, una de las farmacéuticas que atiende en el casco urbano.
Esta trabajadora, residente en Aldea del Fresno (paradójicamente, unos de los municipios que fueron evacuados), ha sido de las pocas personas autorizadas para sortear el confinamiento. «Estoy en casa de un familiar, y al ser sanitaria tengo la obligación de abrir la farmacia», relata, con el amargo recuerdo del jueves pasado, un día en el dos grandes lenguas de fuego amenazaban al pueblo por ambos lados. Entre sus múltiples problemas, dos asoman por encima de todo: la falta de personal y la caída de la red. «Tenemos un compañero que vive en San Martín de Valdeiglesias, y aunque también tiene autorización para venir, hubo días en los que no pudo porque las llamas lo impedían», revela, una merma que afecta sobre todo al reparto a domicilio.
«Hemos trabajado con el miedo a que el fuego arrase el pueblo, sin personal y sin la receta electrónica por la caída de la red»
Mónica
Farmacéutica
El apagón de internet también impidió el fin de semana el uso de la receta electrónica, por lo que los medicamentos se dispensaron atendiendo a la mayor de las lógicas. «No vamos a dar nada sin receta, pero si yo veo en tu hoja de medicación que tienes prescrito este u otro medicamento, te lo voy a adelantar», argumenta, consciente de que cientos de vecinos tuvieron que salir con lo puesto al evacuar El Encinar del Alberche.
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En la calle de atrás, Ángel ha mantenido abierta la carnicería todos los días salvo la aciaga tarde del jueves. Primero, con el género que tenían acumulado en las cámaras frigoríficas, y a partir del sábado, gracias a la entrada de los repartidores. «Los clientes venían muy preocupados, el fin de semana tuvimos muy pocos, pero a partir del lunes la cosa cambió, imagino que porque la comida se iría acabando», subraya, sin dejar de lado un cambio de tercio no menos reseñable. «Se notaba, además, que esta semana había más alegría», añade, a rebufo de unos rumores de desconfinamiento que ayer martes se hicieron realidad.

(Efe)
San Martín de Valdeiglesias
Al día siguiente del encierro de Villa del Prado, el turno le tocó a San Martín de Valdeiglesias, otra localidad de la Sierra Oeste con importantes atractivos turísticos como el pantano de San Juan, el castillo de la Coracera o el Bosque Encantado. Ayer, el Gobierno central (al frente del mando único) decretó la apertura del municipio a excepción de las urbanizaciones Costa de Madrid, Ciudad San Ramón, Veracruz, Javacruz y Javariega.
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Horas antes de conocerse la tan ansiada medida, en el hostal Plaza contaban con las diez habitaciones ocupadas desde el mismo jueves. «Hubo gente que tenía que salir pero no ha podido y se han visto obligados a alargar la estancia», aclara David, quien ha sido testigo de un insólito devenir de los acontecimientos. «Hemos hecho de todo», prosigue, tanto, que el domingo varios miembros de la UME, destinados en Pelayos de la Presa, acudieron hasta el hospedaje para lavar la ropa en su lavandería. Su llegada no pudo ser mejor recibida por parte de los clientes, los cuales invitaron a los militares a desayunar en señal de agradecimiento.

(ABC)
A esta improvisada visita se suman el resto de acciones: desde cargar los teléfonos móviles a todo aquel que lo necesitase, hasta ofrecer desayunos y bebidas a las personas alojadas en el colegio público, aledaño al hostal y uno de los dos refugios habilitados en la localidad. «Hemos vivido toda la semana con miedo, pegados al telediario y cabreados por el fuego», advierte este trabajador, con la esperanza de que las calles recobren, en la medida de lo posible, la normalidad de antaño.
A unas calles de allí, en el hotel Labranza, la persona que descuelga el teléfono se disculpa de antemano por la brevedad de sus respuestas. «Lo siento, tengo clientes y no quiero hacerles esperar», incide, al tiempo que apunta a que han estado acogiendo a gente con necesidades. «Lo peor llegará después, cuando sepamos realmente el área total afectada y el larguísimo tiempo que transcurrirá hasta que todo se recupere. Nosotros desde luego que no lo vamos a ver», termina, no sin antes cargar contra los negacionistas del cambio climático.
Pelayos de la Presa
A orillas del Pantano de San Juan, en las calles de Pelayos de la Presa, con casi 3.200 habitantes censados y otros tantos turistas, muchos teléfonos de negocios de la zona han sonado estos días sin que nadie los cogiera. A última hora la tarde de ayer recuperaron su libertad casi todos los vecinos excepto los de las urbanizaciones de Mirador de Pelayos y Las Muas. «Nosotros estamos desde el jueves en Brunete, y con el negocio cerrado», cuenta el dueño de la Churrería Pelayos, que reconoce que mucha gente se fue voluntariamente. Y los que estaban fuera no habían podido volver. También hay quienes habían tenido que dejar su hogar forzosamente, pues ya sabían que su casa ha sucumbido a las llamas.
El centro de salud reabrió el lunes, aunque la farmacia, informan sus profesionales, que también viven en el pueblo, lleva abierta desde el domingo. «Nosotras vivimos aquí, así que no hemos tenido problemas para llegar», apunta Estrella. Tampoco han notado un repunte en la venta de mascarillas, pese a la calidad del aire en la zona. «Aquí hay mucho alérgico por el polen, así que desde la pandemia las seguimos vendiendo muchísimo», relata. La gente, apunta, ha ido sobrellevando la situación como ha podido: algunos han matado el tiempo ayudando a los animales, y los que ya saben que han perdido su vivienda o su negocio han hecho lo propio limpiando la maleza o los restos de árboles de la zona.
«El humo baja por la noche, pero por la mañana otra vez vuelve. Así que aquí estamos, sobreviviendo»
Jonathan
Carnicero
Otro negocio esencial que ha seguido abierto es el supermercado. Dentro de este opera la carnicería Crespo. «Nosotros, que vivimos aquí, no hemos podido salir, pero han dejado entrar a los proveedores para traer el suministro. Hay que abrir para dar servicio a la gente y ayudarnos unos a otros. También ha estado abierta la farmacia, el consultorio y algún restaurante, y poco más», relata Jonathan. «Por la noche baja un poco el humo, pero a mediodía empieza a levantarse otra vez. Así que aquí hemos estado, sobrevivivendo».
Santa María de la Alameda
El último municipio en ser confinado en la comunidad fue Santa María de la Alameda, Y también fue el más breve en ver levantada la restricción, tras ser autorizado el regreso de sus vecinos a las 20.30 horas del día de ayer. En realidad, explica Pilar, una sus vecinas, este municipio está formado por varias pedanías, alguna separadas hasta por seis kilómetros de distancia, así que siempre han sentido que su cierre ha sido «preventivo». «Yo vivo arriba, en el pueblo, y la verdad que el cielo está despejado y sin humo. Estamos bien en casa. Me imagino que la situación no ha sido la misma en otras urbanizaciones como El Pimpollar, más cerca de Valdemaqueda. De todas formas, por si acaso, teníamos preparada una maleta», apunta. Su optimismo fue una premonición de lo que horas más tarde ocurriría, por lo que a partir de este miércoles podrá abrir el restaurante que regenta en las Navas del Marqués (Ávila). «Vamos viendo lo que pasa hora a hora. Yo, además, como soy creyente, rezo para que todo esto acabe».
«Yo, como soy creyente, rezo para que todo esto acabe»
Pilar
Hostelera
Sus colegas hosteleros reconocen que esta desgracia ha llegado en el peor momento posible. En Kurantu, otro de los restaurantes del centro del pueblo, relatan que estos días han abierto para servir apenas una mesa. «Incluso antes de que nos confinaran, muchos turistas, por precaución, dejaron de venir estos días», sostienen. El verano estaba siendo, lamenta, muy bueno. «Ojalá la gente vuelva», sentencian, para agilizar la reconstrucción.
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