Hay gente que huye del fuego y otros que corren hacia él. Estamos divididos así los humanos. No se trata de demonizar al que busca la seguridad. Había razones para irse cuando el sábado por la mañana la Guardia Civil mandó que los vecinos de Sotillo de la Adrada (Ávila), en el corazón del valle del Tiétar, amenazado por las llamas, se fueran de allí. Creían que el fuego iba a bajar desde la Sierra y bajó hasta las mismas puertas de las casas ». Las normas decían que allí no podía quedar nadie, pero otras leyes mandaban resistir organizando, preparando comida, repartiendo agua o sacando la azada del garaje y corriendo monte arriba, enfrentándose al monstruo, cara a cara, jadeando como perros entre riscos, retamas y pavesas.En los soportales del ayuntamiento del pueblo, vacío con ese aire de Prípiat de Ávila, se ha derrumbado por efecto del cansancio una docena de chicos y chicas. Llevan pañuelos al cuello con los que se tapan la boca, camisetas marcadas por los rastros blancos del sudor cuando se seca, botas que ya son todas negras y los antebrazos arañados como si hubieran peleado con un tigre. Es que se han peleado con un tigre . Beben agua, comen bocadillos. Cierran los ojos. Parecería que los han tirado desde un quinto piso, pero están vivos y constituyen la reserva de los que, contraviniendo las órdenes, decidieron no salir por patas.Como en los barcos que se hunden sucede con el capitán, aquí ocurre con el alcalde. Juan Pablo Martín y sus concejales decidieron que el alcalde es el último que abandona el pueblo. En los bajos del ayuntamiento, con Pablo, el del restaurante, y los demás, han organizado un comedor de fortuna, con palés de botellas de agua, leche y café, pan de la tahona, fruta, tomates y sandías, que recogieron de las huertas de la gente con su consentimiento, como es natural. El pueblo lleva días cerrado y no se puede salir ni entrar, de manera que tienen que apañárselas para dar de comer a los efectivos oficiales y a los voluntarios. En la rampa que baja al garaje, Borja, agente forestal, vino a su pueblo después de terminar su turno en las brigadas de la Comunidad de Madrid. Miguel lleva unas gafas de Top Gun, tan llenas de ceniza, tierra y polvo que parece mentira que pueda ver algo, pero allí arriba maneja su propia excavadora trazando cortafuegos para que las llamas no entren en el pueblo. «Esto es todo lo que tenemos. No me he ido porque es nuestra tierra y nuestro pulmón . O lo era. Ahora no tenemos nada».El alcalde, un tipo calmado y reflexivo, responde a la pregunta fundamental de este asunto: «¿Por qué se queda uno?». «Este monte lo es todo para nosotros. Es lo que nos ha hecho ser quienes somos. ¿Cómo abandonarlo?». Al principio, la Guardia Civil fue más rigurosa y amenazó incluso con denunciar a los que no se iban. «Ahora se han dado cuenta de que, en caso de catástrofe, los voluntarios también son necesarios. Tienen que entender que esta es gente de monte, que no son domingueros», advierte el alcalde, que es también senador. Uno de los voluntarios luchando contra el fuego AbcConduce un Terrano por el camino que va al cerro de la Pinosa y busca el humo de las reproducciones del fuego entre las cenizas, un fantasma que ve en todas partes. «Ya no sé si tengo visiones. ¿Eso es humo?». En realidad, es un muro entre las zarzas. Un poco más allá sí que hay humo y pequeñas llamas que emergen de las raíces y de la madera que aún se quema. Las que les preocupan son las que están en las lindes entre lo quemado y el mundo normal, una frontera que en cualquier momento podría moverse. Si cae uno de los árboles que penden de un hilo de madera o si rueda un tocón con brasa, si al fin y al cabo el destino se las ingenia para volver a jugársela, se volverán a abrir las puertas del infierno. «Esto tardará meses en enfriarse».Al otro lado de la carretera, dos voluntarios enfrían el jardín de una casa que volvió a prender anoche. No hay gente para tanto foco. Por allí vienen en un todoterreno Sergio y David Toledano. Su hermano Rubén aún está en el monte. Dos son fontaneros y David tiene una inmobiliaria. Desde el jueves llevan intentando cortar el fuego. «Parecía que lo teníamos acorralado, pero nos saltaba por encima. Vinieron los hidroaviones, pero vinieron tarde. Nos hemos sentido muy abandonados . Si lo hubieran apagado cuando llamamos, probablemente no se habría quemado todo el monte», explica David desde el asiento del copiloto, con los ojos hundidos y rojos, dos ojos que parecen dos puñaladas. «Venía el fuego cuesta abajo, bufando y cogiendo las copas. Es increíble lo rápido que va y el ruido que hace» David Toledano VoluntarioCuando llegaron los medios oficiales, les ayudaron. Después, se mantuvieron en segunda línea del incendio, apagando las pavesas que arrojaban las llamas. «Lo hemos pasado muy mal, pero teníamos que hacerlo», admite, y recuerda con pavor cuando tuvieron que irse de allá arriba y bajar echando leches. «Venía el fuego cuesta abajo, bufando y cogiendo las copas. Es increíble lo rápido que va y el ruido que hace. Han sido los medios oficiales los que han ayudado al pueblo a apagar el incendio, no el pueblo el que ha ayudado a los medios oficiales».Abren cortafuegos, retiran la vegetación alrededor de la depuradora, enfrían llamas nuevas. Barren la franja del camino que aún no ha saltado el incendio. Faltan manos. Dentro de una finca privada —ahora no importa de quién sea cada cosa— varios voluntarios apagan con la motobomba de uno de los vecinos unas llamas que han salido de la tierra, como fuegos-zombi que emergen de cualquier parte. Roberto, ingeniero informático metido a brigadista voluntario, mira el bosque que le rodea abrasado y recuerda cuando por coger dos bolsas de piñas te ponían una multa.En la Pinosa, más allá del camino viejo de La Adrada, Willy, mecánico de polígono nacido en Bolivia, viste un sombrero blanco, una mascotita como de verbena de las fiestas. Anoche trabajó hasta las cinco de la mañana. «Nos quedamos porque hay que defender lo nuestro. Llevo 21 años aquí y esto también me pertenece». A la sombra del camión municipal contra incendios, operarios y vecinos se acaban de comer una sandía que les ha debido de saber a gloria, cortada a navaja allí, en ese bosque en el que la boca sabe a humo, a sed y a carbones. El sábado, Willy estaba en el taller y se asomaron las llamas por encima de la sierra. «Empezó a las siete. Le dije a mi mujer: «Esa mierda va a bajar», y unas horas después, ya lo tenían encima».Intenta uno imaginárselo. ¿Cuánto corre un incendio? Fernando arquea las cejas. «Mucho». «¿Pero va más rápido que una persona andando?», pregunta el reportero con ese aire de urbanita que le acompaña entre gente tan ruda, gente con la mirada de las cien mil pavesas. «Sí, va más rápido». Fernando no quiere hablar. «Es que si hablo, me meten en la cárcel», confiesa. «No hemos tenido ayuda de nadie. Trajeron un bulldozer de adorno porque a ellos no les duele. Porque este no es su monte», admite, contenido. Lleva veinticinco años trabajando en el monte y forma parte de la cuadrilla que el pueblo contrata para los meses de verano. Han doblado los turnos, se han reventado en sus días libres, han visto arder su tesoro y ahora se sientan a tomar aire en una conversación en la que el cansancio y la tristeza van imponiendo pausas de un silencio elocuente. «Si te digo la verdad, estamos fundidos. Estamos derrotados. Hasta que descansemos y volvamos al monte. No nos vamos a rendir ». Hay gente que huye del fuego y otros que corren hacia él. Estamos divididos así los humanos. No se trata de demonizar al que busca la seguridad. Había razones para irse cuando el sábado por la mañana la Guardia Civil mandó que los vecinos de Sotillo de la Adrada (Ávila), en el corazón del valle del Tiétar, amenazado por las llamas, se fueran de allí. Creían que el fuego iba a bajar desde la Sierra y bajó hasta las mismas puertas de las casas ». Las normas decían que allí no podía quedar nadie, pero otras leyes mandaban resistir organizando, preparando comida, repartiendo agua o sacando la azada del garaje y corriendo monte arriba, enfrentándose al monstruo, cara a cara, jadeando como perros entre riscos, retamas y pavesas.En los soportales del ayuntamiento del pueblo, vacío con ese aire de Prípiat de Ávila, se ha derrumbado por efecto del cansancio una docena de chicos y chicas. Llevan pañuelos al cuello con los que se tapan la boca, camisetas marcadas por los rastros blancos del sudor cuando se seca, botas que ya son todas negras y los antebrazos arañados como si hubieran peleado con un tigre. Es que se han peleado con un tigre . Beben agua, comen bocadillos. Cierran los ojos. Parecería que los han tirado desde un quinto piso, pero están vivos y constituyen la reserva de los que, contraviniendo las órdenes, decidieron no salir por patas.Como en los barcos que se hunden sucede con el capitán, aquí ocurre con el alcalde. Juan Pablo Martín y sus concejales decidieron que el alcalde es el último que abandona el pueblo. En los bajos del ayuntamiento, con Pablo, el del restaurante, y los demás, han organizado un comedor de fortuna, con palés de botellas de agua, leche y café, pan de la tahona, fruta, tomates y sandías, que recogieron de las huertas de la gente con su consentimiento, como es natural. El pueblo lleva días cerrado y no se puede salir ni entrar, de manera que tienen que apañárselas para dar de comer a los efectivos oficiales y a los voluntarios. En la rampa que baja al garaje, Borja, agente forestal, vino a su pueblo después de terminar su turno en las brigadas de la Comunidad de Madrid. Miguel lleva unas gafas de Top Gun, tan llenas de ceniza, tierra y polvo que parece mentira que pueda ver algo, pero allí arriba maneja su propia excavadora trazando cortafuegos para que las llamas no entren en el pueblo. «Esto es todo lo que tenemos. No me he ido porque es nuestra tierra y nuestro pulmón . O lo era. Ahora no tenemos nada».El alcalde, un tipo calmado y reflexivo, responde a la pregunta fundamental de este asunto: «¿Por qué se queda uno?». «Este monte lo es todo para nosotros. Es lo que nos ha hecho ser quienes somos. ¿Cómo abandonarlo?». Al principio, la Guardia Civil fue más rigurosa y amenazó incluso con denunciar a los que no se iban. «Ahora se han dado cuenta de que, en caso de catástrofe, los voluntarios también son necesarios. Tienen que entender que esta es gente de monte, que no son domingueros», advierte el alcalde, que es también senador. Uno de los voluntarios luchando contra el fuego AbcConduce un Terrano por el camino que va al cerro de la Pinosa y busca el humo de las reproducciones del fuego entre las cenizas, un fantasma que ve en todas partes. «Ya no sé si tengo visiones. ¿Eso es humo?». En realidad, es un muro entre las zarzas. Un poco más allá sí que hay humo y pequeñas llamas que emergen de las raíces y de la madera que aún se quema. Las que les preocupan son las que están en las lindes entre lo quemado y el mundo normal, una frontera que en cualquier momento podría moverse. Si cae uno de los árboles que penden de un hilo de madera o si rueda un tocón con brasa, si al fin y al cabo el destino se las ingenia para volver a jugársela, se volverán a abrir las puertas del infierno. «Esto tardará meses en enfriarse».Al otro lado de la carretera, dos voluntarios enfrían el jardín de una casa que volvió a prender anoche. No hay gente para tanto foco. Por allí vienen en un todoterreno Sergio y David Toledano. Su hermano Rubén aún está en el monte. Dos son fontaneros y David tiene una inmobiliaria. Desde el jueves llevan intentando cortar el fuego. «Parecía que lo teníamos acorralado, pero nos saltaba por encima. Vinieron los hidroaviones, pero vinieron tarde. Nos hemos sentido muy abandonados . Si lo hubieran apagado cuando llamamos, probablemente no se habría quemado todo el monte», explica David desde el asiento del copiloto, con los ojos hundidos y rojos, dos ojos que parecen dos puñaladas. «Venía el fuego cuesta abajo, bufando y cogiendo las copas. Es increíble lo rápido que va y el ruido que hace» David Toledano VoluntarioCuando llegaron los medios oficiales, les ayudaron. Después, se mantuvieron en segunda línea del incendio, apagando las pavesas que arrojaban las llamas. «Lo hemos pasado muy mal, pero teníamos que hacerlo», admite, y recuerda con pavor cuando tuvieron que irse de allá arriba y bajar echando leches. «Venía el fuego cuesta abajo, bufando y cogiendo las copas. Es increíble lo rápido que va y el ruido que hace. Han sido los medios oficiales los que han ayudado al pueblo a apagar el incendio, no el pueblo el que ha ayudado a los medios oficiales».Abren cortafuegos, retiran la vegetación alrededor de la depuradora, enfrían llamas nuevas. Barren la franja del camino que aún no ha saltado el incendio. Faltan manos. Dentro de una finca privada —ahora no importa de quién sea cada cosa— varios voluntarios apagan con la motobomba de uno de los vecinos unas llamas que han salido de la tierra, como fuegos-zombi que emergen de cualquier parte. Roberto, ingeniero informático metido a brigadista voluntario, mira el bosque que le rodea abrasado y recuerda cuando por coger dos bolsas de piñas te ponían una multa.En la Pinosa, más allá del camino viejo de La Adrada, Willy, mecánico de polígono nacido en Bolivia, viste un sombrero blanco, una mascotita como de verbena de las fiestas. Anoche trabajó hasta las cinco de la mañana. «Nos quedamos porque hay que defender lo nuestro. Llevo 21 años aquí y esto también me pertenece». A la sombra del camión municipal contra incendios, operarios y vecinos se acaban de comer una sandía que les ha debido de saber a gloria, cortada a navaja allí, en ese bosque en el que la boca sabe a humo, a sed y a carbones. El sábado, Willy estaba en el taller y se asomaron las llamas por encima de la sierra. «Empezó a las siete. Le dije a mi mujer: «Esa mierda va a bajar», y unas horas después, ya lo tenían encima».Intenta uno imaginárselo. ¿Cuánto corre un incendio? Fernando arquea las cejas. «Mucho». «¿Pero va más rápido que una persona andando?», pregunta el reportero con ese aire de urbanita que le acompaña entre gente tan ruda, gente con la mirada de las cien mil pavesas. «Sí, va más rápido». Fernando no quiere hablar. «Es que si hablo, me meten en la cárcel», confiesa. «No hemos tenido ayuda de nadie. Trajeron un bulldozer de adorno porque a ellos no les duele. Porque este no es su monte», admite, contenido. Lleva veinticinco años trabajando en el monte y forma parte de la cuadrilla que el pueblo contrata para los meses de verano. Han doblado los turnos, se han reventado en sus días libres, han visto arder su tesoro y ahora se sientan a tomar aire en una conversación en la que el cansancio y la tristeza van imponiendo pausas de un silencio elocuente. «Si te digo la verdad, estamos fundidos. Estamos derrotados. Hasta que descansemos y volvamos al monte. No nos vamos a rendir ».
Hay gente que huye del fuego y otros que corren hacia él. Estamos divididos así los humanos. No se trata de demonizar al que busca la seguridad. Había razones para irse cuando el sábado por la mañana la Guardia Civil mandó que los vecinos de … Sotillo de la Adrada (Ávila), en el corazón del valle del Tiétar, amenazado por las llamas, se fueran de allí. Creían que el fuego iba a bajar desde la Sierra y bajó hasta las mismas puertas de las casas». Las normas decían que allí no podía quedar nadie, pero otras leyes mandaban resistir organizando, preparando comida, repartiendo agua o sacando la azada del garaje y corriendo monte arriba, enfrentándose al monstruo, cara a cara, jadeando como perros entre riscos, retamas y pavesas.
En los soportales del ayuntamiento del pueblo, vacío con ese aire de Prípiat de Ávila, se ha derrumbado por efecto del cansancio una docena de chicos y chicas. Llevan pañuelos al cuello con los que se tapan la boca, camisetas marcadas por los rastros blancos del sudor cuando se seca, botas que ya son todas negras y los antebrazos arañados como si hubieran peleado con un tigre. Es que se han peleado con un tigre. Beben agua, comen bocadillos. Cierran los ojos. Parecería que los han tirado desde un quinto piso, pero están vivos y constituyen la reserva de los que, contraviniendo las órdenes, decidieron no salir por patas.
Como en los barcos que se hunden sucede con el capitán, aquí ocurre con el alcalde. Juan Pablo Martín y sus concejales decidieron que el alcalde es el último que abandona el pueblo. En los bajos del ayuntamiento, con Pablo, el del restaurante, y los demás, han organizado un comedor de fortuna, con palés de botellas de agua, leche y café, pan de la tahona, fruta, tomates y sandías, que recogieron de las huertas de la gente con su consentimiento, como es natural.
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Chapu Apaolaza
El pueblo lleva días cerrado y no se puede salir ni entrar, de manera que tienen que apañárselas para dar de comer a los efectivos oficiales y a los voluntarios. En la rampa que baja al garaje, Borja, agente forestal, vino a su pueblo después de terminar su turno en las brigadas de la Comunidad de Madrid. Miguel lleva unas gafas de Top Gun, tan llenas de ceniza, tierra y polvo que parece mentira que pueda ver algo, pero allí arriba maneja su propia excavadora trazando cortafuegos para que las llamas no entren en el pueblo. «Esto es todo lo que tenemos. No me he ido porque es nuestra tierra y nuestro pulmón. O lo era. Ahora no tenemos nada».
El alcalde, un tipo calmado y reflexivo, responde a la pregunta fundamental de este asunto: «¿Por qué se queda uno?». «Este monte lo es todo para nosotros. Es lo que nos ha hecho ser quienes somos. ¿Cómo abandonarlo?». Al principio, la Guardia Civil fue más rigurosa y amenazó incluso con denunciar a los que no se iban. «Ahora se han dado cuenta de que, en caso de catástrofe, los voluntarios también son necesarios. Tienen que entender que esta es gente de monte, que no son domingueros», advierte el alcalde, que es también senador.

(Abc)
Conduce un Terrano por el camino que va al cerro de la Pinosa y busca el humo de las reproducciones del fuego entre las cenizas, un fantasma que ve en todas partes. «Ya no sé si tengo visiones. ¿Eso es humo?». En realidad, es un muro entre las zarzas. Un poco más allá sí que hay humo y pequeñas llamas que emergen de las raíces y de la madera que aún se quema. Las que les preocupan son las que están en las lindes entre lo quemado y el mundo normal, una frontera que en cualquier momento podría moverse. Si cae uno de los árboles que penden de un hilo de madera o si rueda un tocón con brasa, si al fin y al cabo el destino se las ingenia para volver a jugársela, se volverán a abrir las puertas del infierno. «Esto tardará meses en enfriarse».
Al otro lado de la carretera, dos voluntarios enfrían el jardín de una casa que volvió a prender anoche. No hay gente para tanto foco. Por allí vienen en un todoterreno Sergio y David Toledano. Su hermano Rubén aún está en el monte. Dos son fontaneros y David tiene una inmobiliaria. Desde el jueves llevan intentando cortar el fuego. «Parecía que lo teníamos acorralado, pero nos saltaba por encima. Vinieron los hidroaviones, pero vinieron tarde. Nos hemos sentido muy abandonados. Si lo hubieran apagado cuando llamamos, probablemente no se habría quemado todo el monte», explica David desde el asiento del copiloto, con los ojos hundidos y rojos, dos ojos que parecen dos puñaladas.
«Venía el fuego cuesta abajo, bufando y cogiendo las copas. Es increíble lo rápido que va y el ruido que hace»
David Toledano
Voluntario
Cuando llegaron los medios oficiales, les ayudaron. Después, se mantuvieron en segunda línea del incendio, apagando las pavesas que arrojaban las llamas. «Lo hemos pasado muy mal, pero teníamos que hacerlo», admite, y recuerda con pavor cuando tuvieron que irse de allá arriba y bajar echando leches. «Venía el fuego cuesta abajo, bufando y cogiendo las copas. Es increíble lo rápido que va y el ruido que hace. Han sido los medios oficiales los que han ayudado al pueblo a apagar el incendio, no el pueblo el que ha ayudado a los medios oficiales».
Abren cortafuegos, retiran la vegetación alrededor de la depuradora, enfrían llamas nuevas. Barren la franja del camino que aún no ha saltado el incendio. Faltan manos. Dentro de una finca privada —ahora no importa de quién sea cada cosa— varios voluntarios apagan con la motobomba de uno de los vecinos unas llamas que han salido de la tierra, como fuegos-zombi que emergen de cualquier parte. Roberto, ingeniero informático metido a brigadista voluntario, mira el bosque que le rodea abrasado y recuerda cuando por coger dos bolsas de piñas te ponían una multa.
En la Pinosa, más allá del camino viejo de La Adrada, Willy, mecánico de polígono nacido en Bolivia, viste un sombrero blanco, una mascotita como de verbena de las fiestas. Anoche trabajó hasta las cinco de la mañana. «Nos quedamos porque hay que defender lo nuestro. Llevo 21 años aquí y esto también me pertenece». A la sombra del camión municipal contra incendios, operarios y vecinos se acaban de comer una sandía que les ha debido de saber a gloria, cortada a navaja allí, en ese bosque en el que la boca sabe a humo, a sed y a carbones. El sábado, Willy estaba en el taller y se asomaron las llamas por encima de la sierra. «Empezó a las siete. Le dije a mi mujer: «Esa mierda va a bajar», y unas horas después, ya lo tenían encima».
Intenta uno imaginárselo. ¿Cuánto corre un incendio? Fernando arquea las cejas. «Mucho». «¿Pero va más rápido que una persona andando?», pregunta el reportero con ese aire de urbanita que le acompaña entre gente tan ruda, gente con la mirada de las cien mil pavesas. «Sí, va más rápido». Fernando no quiere hablar. «Es que si hablo, me meten en la cárcel», confiesa. «No hemos tenido ayuda de nadie. Trajeron un bulldozer de adorno porque a ellos no les duele. Porque este no es su monte», admite, contenido. Lleva veinticinco años trabajando en el monte y forma parte de la cuadrilla que el pueblo contrata para los meses de verano. Han doblado los turnos, se han reventado en sus días libres, han visto arder su tesoro y ahora se sientan a tomar aire en una conversación en la que el cansancio y la tristeza van imponiendo pausas de un silencio elocuente. «Si te digo la verdad, estamos fundidos. Estamos derrotados. Hasta que descansemos y volvamos al monte. No nos vamos a rendir».
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