El presentador de Órbita Laika, que acaba de cerrar su undécima temporada en La 2, reivindica la ciencia como parte de la cultura y reclama más espacio para la divulgación en una televisión dominada por el ruido político Leer El presentador de Órbita Laika, que acaba de cerrar su undécima temporada en La 2, reivindica la ciencia como parte de la cultura y reclama más espacio para la divulgación en una televisión dominada por el ruido político Leer
Hay una herida que muchos arrastran desde el colegio. Aparece cuando alguien pronuncia la palabra matemáticas y, de repente, regresan las ecuaciones imposibles, los exámenes en blanco y aquella sensación de que los números estaban reservados para unos pocos elegidos. Eduardo Sáenz de Cabezón lleva años intentando desmontar ese trauma colectivo. Y tiene una teoría que, probablemente, habría ahorrado muchos disgustos escolares: «La mayor parte de la gente que adquiere miedo en la escuela no tiene miedo a las matemáticas, tiene miedo a hacer los ejercicios mal. Y eso no es lo mismo».
Lo dice un matemático que ha conseguido algo que, sobre el papel, parecía bastante más difícil que resolver una ecuación: hacer que la ciencia resulte entretenida en televisión sin convertirla en una sucesión de fuegos artificiales. Desde hace siete temporadas presenta Órbita Laika, el programa de divulgación científica de La 2 que acaba de cerrar su undécima entrega y que lleva más de una década empeñado en demostrar que aprender y divertirse no son actividades incompatibles.
Y los espectadores siguen respondiendo. El estreno de la nueva temporada reunió a 361.000 espectadores, alcanzó un 3,3% de cuota de pantalla y superó los 1,1 millones de contactos, ocho décimas más que el arranque de la anterior. Un resultado que confirma que, incluso en una televisión acostumbrada a medirlo todo por el volumen del espectáculo, todavía existe público dispuesto a sentarse frente a la pantalla para descubrir cómo funciona el mundo.
«Las matemáticas van mucho más allá de las matemáticas escolares«, insiste Sáenz de Cabezón. Para él son una disciplina «amplia y hermosa, con una creatividad enorme». El problema es que demasiadas personas nunca llegan a descubrirlo. «Cuando entras por otra puerta, descubres que están hechas para ti y que son uno de los esfuerzos colectivos más hermosos y creativos de la humanidad», afirma.
Esa otra puerta es, precisamente, la que intenta abrir cada semana Órbita Laika. Un programa en el que física, química, biología, tecnología y psicología conviven con el humor, los experimentos y una saludable disposición a no tomarse demasiado en serio a uno mismo. Su objetivo no es fabricar científicos en una hora de televisión, sino despertar algo mucho más elemental: la curiosidad.
«Órbita Laika es un trampolín de la curiosidad«, resume su presentador. Y pone como ejemplo los mensajes que reciben de espectadores que, después de ver el programa, terminan buscando libros, vídeos o incluso apuntándose a clases para profundizar en asuntos que hasta entonces les resultaban completamente ajenos.
La fórmula tiene una particularidad que Sáenz de Cabezón considera esencial: el contenido ocupa el lugar más alto de la jerarquía, pero el público está siempre en el centro. No se trata de demostrar cuánto sabe quien habla, sino de conseguir que quien escucha quiera saber más.
«Me gusta que se me hable de forma adulta y respetuosa, y que a la vez se ayude a seguir conceptos que no tienen por qué entender todos, pero que pueden disfrutar», explica. Y recurre al arte para ilustrarlo: no hace falta ser pintor para disfrutar de un cuadro, aunque en ocasiones alguien tenga que ayudarnos a comprenderlo.
En una televisión donde la política, las tertulias y el enfrentamiento ocupan buena parte de la programación, el matemático reivindica que también debería haber sitio para otras conversaciones. No cuestiona la necesidad del debate político, pero sí la manera en la que demasiadas veces se plantea.
«Hace falta que haya política y debate en televisión, por supuesto. Lo que no sé es si hace falta que siempre se haga desde el ruido«, reflexiona.
Su reivindicación va más allá de pedir nuevos programas científicos. Sáenz de Cabezón considera que la sociedad sigue cometiendo un error al separar la ciencia de la cultura, como si una ecuación perteneciera a un universo completamente distinto al de la literatura, la pintura o la arquitectura.
«Para mí, el teorema de Pitágoras es tan patrimonio de la humanidad como el Partenón: nos dice quiénes somos como humanidad y cómo está siendo nuestro paso por la Tierra».
Por eso le gustaría que hubiera más espacios de divulgación científica en televisión y en otros medios. Cuanto más presente esté la ciencia en la conversación pública, sostiene, mayor será también la capacidad de los ciudadanos para comprenderla, valorarla y exigir políticas que favorezcan la generación de conocimiento.
No cree, sin embargo, que exista una única manera de acercarla al espectador. De hecho, defiende el trabajo que realiza Marron con sus experimentos en El Hormiguero, aunque reconoce que se trata de dos propuestas diferentes.
«En El Hormiguero se hace más espectáculo con cosas vistosas, aunque se explique menos. Pero está bien. Son compatibles», señala. Lo importante, a su juicio, es que ambas contribuyen a que la ciencia forme parte de la conversación cotidiana.
La relación de Sáenz de Cabezón con la televisión comenzó con una llamada inesperada. Estaba de viaje impartiendo unas charlas cuando le ofrecieron presentar Órbita Laika. No le dieron demasiado margen para pensárselo: «Tienes dos días para decirnos que sí o que no».
Su primera reacción fue de susto. Después decidió abordar el dilema como si se tratara de un problema matemático, aunque esta vez sin números. Se preguntó qué aconsejaría a un amigo que estuviera en su misma situación. La respuesta fue inmediata: que aceptara. «Así que me apliqué mi propia medicina y dije: vamos adelante».
Desde entonces ha aprendido a convivir con sus dos profesiones, la de profesor universitario y la de presentador. Y asegura que una alimenta a la otra. «Ser presentador me ayuda a ser mejor profesor y ser profesor me ayuda a ser mejor presentador», asegura.
Sus alumnos, por cierto, también lo ven en televisión, aunque suelen esperar a que termine el semestre y hayan pasado los exámenes para comentárselo. «Son bastante prudentes», bromea.
La conciliación tampoco le supone un drama. Sus clases, tutorías y exámenes son intocables y organiza las grabaciones alrededor de esas obligaciones. Como dedica unos 12 días al año a grabar el programa, los desplazamientos entre Logroño y Madrid se han convertido en parte de su rutina. Tanto que ya sabe qué tareas puede resolver en cada trayecto y hasta en qué puntos del recorrido hay mejor cobertura.
En el plató comparte aventuras científicas con Ricardo Moure, con quien mantiene una complicidad que traspasa la pantalla. «A Ricardo lo adoro, lo quiero muchísimo. Me divierto mucho con él», confiesa. Y destaca su capacidad para relacionar los conceptos científicos con el lenguaje de la calle, la actualidad y la cultura popular.
Esa combinación de conocimiento, humor y cercanía explica, en buena medida, la longevidad de un formato que comenzó en 2014 con Ángel Martín, pasó después por las manos de Goyo Jiménez y encontró en Sáenz de Cabezón a su tercer presentador.
El matemático no habla de grandes revoluciones, sino de una evolución constante. Escuchar al público, comprender cómo cambia la percepción social de la ciencia y evitar la comodidad de repetir una fórmula simplemente porque funciona. «Órbita Laika sigue siendo un programa reconocible, pero nunca inmóvil, fiel a su esencia, pero atento a su tiempo».
Y si tuviera que explicar qué ofrece que no se encuentre fácilmente en el resto de la parrilla, recurriría a una imagen alejada de los laboratorios: una alfombra roja: «Creo que ofrece una alfombra roja para la gente que no sentía que la ciencia también le pertenece, que no se sentía invitada al mundo de la ciencia. Es una invitación a todo el mundo para decirle: ‘Mira, tú también eres bienvenido aquí'».
Quizá ahí esté el verdadero éxito de Órbita Laika. No en conseguir que los espectadores comprendan todos los experimentos o recuerden cada explicación, sino en hacerles descubrir que la ciencia no es un territorio reservado a quienes nunca se equivocan. Y que las matemáticas, esas que tantos aprendieron a temer en el colegio, también pueden convertirse en una fuente de disfrute.
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