No sé cuál es la fórmula para afrontar el horror y la pérdida, pero deseo que quienes hoy la necesitan encuentren la suya y que nadie les diga cómo han de sentirse. Un beso enorme Leer No sé cuál es la fórmula para afrontar el horror y la pérdida, pero deseo que quienes hoy la necesitan encuentren la suya y que nadie les diga cómo han de sentirse. Un beso enorme Leer
Una leve enfermedad me ha regalado unas cuantas horas extra de sofá que he dedicado a devorar Pequeños profetas (de la BBC, en Apple) y El de Matthew Perry (Netflix). La primera es una joya extrañísima, vitalmente triste o viceversa, de esas cuya existencia sólo se explica porque los británicos mantienen algunas tradiciones injustificables, como el tweed, pero su interpretación inmutable de lo que ha de ser una televisión pública las compensa todas menos la cerveza tibia. Me gustaría explicarles de qué va, pero hay bicicletas tándem, cubos, seres feos en frascos, un meteorito y hasta un Monty Python. No debería tener sentido, pero todo encaja. Si tuviera que resumir, trata sobre la pérdida.
También lo hace, claro, el documental sobre quien siempre será Chandler Bing. No descubre la rueda, pero emociona cada 10 minutos si eres fan de Friends, una serie, como sucede con su hermana cínica, Seinfeld, que no admite amores tibios: o vertebró tu vida o te da igual. Amigos y familiares ofrecen el consuelo de que, con sus evidentes defectos, Perry era exactamente lo que se esperaba de Chandler: un buen tipo. El vacío asoma, sin llegar a atacar, durante los tres episodios.
Ambas merecen la pena, pero, por supuesto, no rozan a la catedral de las series tristes, la historia de amor mejor escondida tras un macguffin, el tratado definitivo sobre la pérdida, una odisea que tanta gente abandonó por el camino que quedaron pocos para defender lo evidente, que es una obra maestra. The Leftovers no se explica: se sufre, se siente y se avanza. Es vida y muerte, amor y dolor, desconcierto y certeza. Todo a la vez y todo el rato. Duele tanto verla que es insoportable que acabe, pero cómo acaba. El final más hermoso posible. Lo que arranca como un misterio, ¿dónde está el 2% de la humanidad que ha desaparecido de golpe?, termina como una revelación: ¿Acaso importa la verdad? ¿Quién es nadie para decirte cómo actuar ante la pérdida? Cuando el dolor se instala en ti, lo correcto es lo que te funciona y te permite respirar un rato más. Aquí sí, el vacío ataca en cada escena. Y muerde.
Voy lanzado a por los 50 y aún no logro hablar de la muerte como un adulto. No es miedo, es negación. Sale el tema y empiezo a repetir frases inconexas, como cuando Dustin Hoffman se pone nervioso en Rain Man. A esta edad, lo que parecía una amenaza lejana es cada vez más tangible y ya he aprendido a llegar al tanatorio sin GPS. No sé cuál es la fórmula para afrontar el horror y la pérdida, pero deseo que quienes hoy la necesitan encuentren la suya y que nadie les diga cómo han de sentirse. Un beso enorme.
Cultura // elmundo
