Bertín Osborne volvió a demostrar ante Pablo Motos por qué cada una de sus visitas acaba dando que hablar Leer Bertín Osborne volvió a demostrar ante Pablo Motos por qué cada una de sus visitas acaba dando que hablar Leer
Con Bertín Osborne ocurre una cosa extraordinaria: nunca sabes por dónde va a salir, pero tienes la absoluta certeza de que va a salir por algún sitio. Es sentarse en El Hormiguero y empezar a abrir cajones. Uno, otro, otro más. Y dentro puede aparecer cualquier cosa. Una vasectomía, una espía del Mosad, unos chiles habaneros, una orca, un tutú, una telenovela mexicana o Carlos Herrera recibiendo mensajes a las seis de la mañana. Todo cabe en la vida de Bertín Osborne. O, al menos, todo cabe cuando Bertín Osborne la cuenta.
Pablo Motos lo presentó anoche como «el hombre que lleva 40 años en la música y toda la vida haciendo lo que le da la gana«. No hacía falta mucho más. La definición contenía prácticamente toda la entrevista que vendría después. Porque si existe un invitado al que El Hormiguero no necesita someter a demasiados interrogatorios es Bertín Osborne. Basta con darle cuerda, colocar una pregunta en el lugar adecuado y esperar. El resto lo hace él. Y lo hizo.
La visita debía servir para hablar de sus proyectos, de su carrera, de cómo se encuentra después de los problemas de salud que le han acompañado en los últimos meses… Lo habitual. Acabamos sabiendo cómo fue su primera erección después de hacerse la vasectomía. Bertín en estado puro. Un, como dice una publicidad, «tío, tío».
Es difícil encontrar otro invitado capaz de recorrer semejante distancia televisiva sin cambiar siquiera el gesto.
Bertín Osborne regresaba además a una casa que conoce perfectamente. Hace mucho que superó las 10 visitas necesarias para ingresar en el Club Platino de El Hormiguero y en 2018 el propio programa celebró oficialmente su entrada en ese selecto grupo. Es decir, entre Motos y él no hace falta periodo de adaptación. Se conocen, se saben las costuras y, sobre todo, Pablo Motos sabe perfectamente qué botón tiene que pulsar para que empiece el espectáculo.
Empezaron por su pasado como actor de telenovelas en México. Bertín hizo tres. En una de ellas acabó tan harto después de tres meses lejos de España que pidió directamente al realizador que matara a su personaje. Y lo mataron. «Quería volverme», explicó con esa naturalidad con la que anoche relató absolutamente todo.
También recordó las escenas románticas. Le habían explicado que los besos debían ser contenidos, pero, según contó, algunas compañeras no siempre respetaban las instrucciones: «Me metían la lengua hasta aquí». Primer cajón abierto. Todavía no llevaban prácticamente nada. Un «tío, tío».
Llegó entonces uno de esos momentos que sólo funcionan cuando tienes delante a alguien que carece de miedo al ridículo. Pablo Motos contó que durante la publicidad Bertín Osborne le había dicho que bailaba fatal. El cantante quiso puntualizar: voluntad le ponía, lo que le faltaba era otra cosa. Y se ofreció a darle clases de ballet. Sí, de ballet. «Nos ponemos un tutú y te enseño».
Porque Bertín Osborne también estudió ballet. Su profesor, recordó, fue Giorgio Aresu. Y antes de que Pablo Motos pudiera procesar demasiado la información, ahí estaba Osborne en el centro del plató explicándole posiciones, movimientos, el plié y el pas de bourrée. Bertín convertido en Billy Elliot mientras Pablo Motos intentaba seguirlo. Otra historia más para una biografía en la que, a estas alturas, lo verdaderamente sorprendente sería descubrir que hay algo que Bertín no haya hecho.
Hasta ahí todo permanecía dentro de unos límites razonables. Razonables para Bertín. Entonces apareció la vasectomía. Y se acabaron los límites.
La puerta de entrada fueron los productos que comercializa el cantante. Pablo Motos preguntó por «los huevos de Bertín» y Osborne encontró la autopista perfecta. Explicó que se había sometido a una vasectomía y que, después de aquello, bromear con el tamaño de sus huevos tenía cierto peligro. «Cuentámelo todo de tu operación de vasectomía», pidió Pablo Motos.
Era exactamente la frase que nunca deberías pronunciar delante de Bertín Osborne si no estás preparado para que, efectivamente, te lo cuente TODO. «La capatoria», la bautizó él.
Lo durmieron. Lo exigió. «Si me van a tocar ahí, yo tengo que estar dormido». Y además, puntualizó, eran todos hombres. «Esas experiencias prefiero no tenerlas». Un «tío, tío».
A partir de ese momento la conversación descendió a un territorio al que sólo Bertín Osborne podía entrar con semejante alegría. Cuando despertó de la intervención, contó, aquello había adquirido unas dimensiones inesperadas. Caminaba «como si me acabara de bajar del caballo». Y durante mes y medio se dedicó a enseñárselo a todo aquel que se cruzaba en su camino.
Uno puede imaginarse muchas recuperaciones posoperatorias. La de Bertín Osborne consistió, por lo visto, en convertir la hinchazón en una exposición itinerante. «Se pusieron demasiado grandes», resumió. Un «tío, tío».
Pablo Motos, por supuesto, no hizo nada por detener aquello. Al contrario. Preguntó. Repreguntó. Quiso saber qué había crecido exactamente, cuánto, qué ocurrió después. El invitado estaba encantado y el presentador había encontrado petróleo. Entonces llegó el efecto secundario.
Bertín Osborne contó que después de la operación, cuando iba al baño y apuntaba hacia una dirección, el resultado aparecía en la contraria. «Le pegaba a la pared». Y mientras cualquiera estaría ya buscando desesperadamente una salida de emergencia, Pablo Motos todavía tenía otra pregunta.
¿Cuánto esperó para comprobar que la operación había funcionado? Una semana, le habían recomendado.
Y así llegamos a la primera erección de Bertín Osborne después de una vasectomía en pleno access prime time de Antena 3.
Le dio «un poco de canguelo». Las cosas todavía no habían regresado a «su tamaño natural» y temía «hacer daño». Así que, según explicó, avisó de la situación y procedió «con mucho cuidadito». No existe eufemismo capaz de mejorar «con mucho cuidadito». Un «tío, tío»
Y quizá esa sea precisamente una de las razones por las que Bertín Osborne funciona tan bien en televisión y, al mismo tiempo, provoca tantas reacciones cada vez que aparece. No coloca una red antes de saltar. No construye la respuesta que conviene. No parece pensar cómo sonará al día siguiente. La cuenta. Y ya.
Puede gustar, irritar, hacer gracia, escandalizar o provocar esa necesidad irresistible de esconderse detrás de un cojín por vergüenza ajena. Pero indiferencia, poca. Anoche volvió a ocurrir.
La conversación sobre la vasectomía no surgía tampoco de la nada. Bertín Osborne ya había hablado públicamente de la intervención y explicó que había decidido poner fin a la posibilidad de tener más hijos. Esta vez lo resumió a su manera: tiene hijos pertenecientes a generaciones distintas y aquello empezaba a ser «un sinvivir».
Pero la anatomía de Bertín Osborne era sólo una estación del viaje. Porque después llegó la broma. Osborne tiene chiles habaneros en casa. Este dato, aparentemente inocente, acabó con un amigo en Urgencias. Según relató, Martín Pareja Obregón cogió varios chiles y los frotó en los calzoncillos de otro amigo. Cuando éste se los puso, comenzó a sufrir un picor insoportable. Hasta aquí, una gamberrada. Pero el universo Bertín no funciona con gamberradas sencillas.
Un sobrino suyo fabricó una falsa noticia que relacionaba el picor genital con un supuesto efecto secundario de la viruela del mono. César Cadaval, de Los Morancos, entró también en el juego. El pobre hombre terminó acudiendo al hospital convencido de que podía haberse contagiado. Y nunca le habían contado la verdad. Hasta anoche. En El Hormiguero. A toda España. Un «tío, tío».
La broma, por cierto, tiene bastante menos gracia para quien imagina al amigo entrando en Urgencias que para quienes la ejecutaron. Pero ése es también Bertín: cuenta sus trastadas como si todavía estuviera en el colegio. Y probablemente ahí esté otra de las claves del personaje que apareció anoche ante Pablo Motos. Un hombre que ha cumplido años sin desprenderse del gamberro que fue.
De niño, recordó durante la entrevista, lo echaron de tres colegios. Primero de los Jesuitas de Madrid; después, del San José de Campillos, en Málaga; y también pasó por El Escorial. Décadas después, aquel alumno expulsado sigue apareciendo cuando cuenta una broma de chiles como si hubiera ocurrido en el patio del recreo.
Sólo que Bertín Osborne tiene ya edad suficiente para reconocer que convivir con él tampoco es precisamente sencillo. «Soy marciano total», confesó. Y aquí, curiosamente, apareció uno de los momentos que mejor explicaron al personaje. Mucho más que la vasectomía.
Bertín Osborne necesita su espacio. Escucha la radio, lee y ve la televisión prácticamente al mismo tiempo. Se acuesta con la radio puesta. Se despierta todos los días a las seis de la mañana y empieza a mandar mensajes a Carlos Herrera mientras éste está haciendo su programa. Necesita una cama para él. La persona que duerma a su lado, reconoció, tiene complicado dormir. «Convivir conmigo es complicado».
No fue una confesión dramática. Ni siquiera parecía una queja. Más bien una constatación. Éste soy yo. A estas alturas no voy a cambiar. Y ahí estaba el patrón de toda la entrevista. Bertín Osborne no fue anoche a El Hormiguero a construir un Bertín Osborne. Fue a ejercer de Bertín Osborne.
Con sus manías, sus barbaridades, su sentido del humor, su forma de contar intimidades que otros esconderían bajo siete llaves y esa capacidad casi inagotable para convertir una pregunta trivial en una anécdota imposible.
Y faltaba todavía la historia definitiva. La niñera. Una espía del Mosad. Porque claro. Osborne contó que durante su adolescencia tuvo una niñera llamada Stella que vivió durante años con su familia. Le hablaba exclusivamente en inglés y francés y él la adoraba. Una noche, su madre escuchó voces procedentes de la habitación de la mujer. Entró y descubrió que tenía escondido un equipo de radio con el que estaba transmitiendo. Al día siguiente, Stella desapareció.
Según relató Bertín Osborne, tiempo después comenzó a escribirle desde Tel Aviv y así descubrieron que aquella mujer que había convivido con ellos durante siete u ocho años era, siempre según su relato, una espía del Mosad. «Una niñera espía», resumió. Qué se puede hacer contra eso.
¿Cómo superas una vasectomía que te hace caminar como John Wayne, una broma con chile habanero que termina en el hospital, unas orcas en Barbate y una infancia de expulsiones escolares? Con una niñera del Mosad. Fin de la discusión.
Quizá por eso las visitas de Bertín Osborne a El Hormiguero siempre dejan material.
Porque la televisión está llena de entrevistas donde el invitado llega con las respuestas aprendidas, el producto perfectamente colocado, las frases previamente pactadas y el miedo permanente a decir algo que pueda convertirse en un titular. Bertín funciona justo al revés. Él es el titular.
Lo ha sido durante buena parte de su vida pública, para bien y para mal. Sus declaraciones le han generado polémicas, críticas y problemas suficientes como para que cualquiera hubiera aprendido a levantar un muro. Él parece haber aprendido exactamente lo contrario. Habla. Y cuanto más habla, más Bertín Osborne aparece. Un «tío, tío».
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