No cabe en el atasco un alma más, con perdón. Y me incluyo en tal cuadrilla. Kilométricas las colas en la A1 nada más salir de Madrid. El navegador anunciaba 15 minutos de retención, de itinerario más lento de lo habitual, pero cada minuto se iba multiplicando por dos, por tres, por cuatro… Son las siete, sigo, en el kilómetro 28 después de emprender el viaje a las cinco y media de la tarde. Mal día para la lírica, mal día para la paciencia, mal día para coger el volante camino de San Sebastián. «Niña, ¿a quién se le ocurre? ¿Tú no lees el ABC?», me escribe la prima con sorna con el pantallazo de la home. La Semana Grande nos espera, desde Diego Urdiales a Morante y Roca Rey. Y antes de soñar faenas de relojes parados, la aguja del tiempo ha decidido pararse en la carretera. A través de los cristales la gente bromea con las gafas negras -quienes la han conseguido-, veo cartulinas como aquellas de EGB que doña Lole nos pedía hacer en grupo -siempre dibujaba el mismo- sobre el sistema solar que enseña una mujer por el cristal de atrás. Delante, otra embarazadísima, cuyo bebé vendrá con un eclipse bajo el brazo. Unos chavales asoman la cabeza para ligar con unas extranjeras del mini de al lado. Pasan el límite del arte de ligar hasta el del hartar y no les dan el teléfono. Por lo menos hasta que subo la ventanilla, que la temperatura no invita a perder el aire acondicionado. En apenas un kilómetro mi compañero Bruno se hubiese enamorado tres veces. ¡Y hubiese conseguido el móvil!Más adelante, alguien pregunta en qué gasolinera venden las sandías y los melones de La Mancha… Cosas de atascos, cosas del eclipse. Mientras escribo estas líneas una ambulancia trata de abrise paso y los más espabilados se pegan a la cola para avanzar. ¡Esto es para listos! Llegamos al kilómetro 30, por fin se circula… Pero más de uno va a ver el eclipse en el atasco. A 18 kilómetros del puerto de Somosierra, el pasto está lleno de hamacas, sillas, mesas plegables y neveras para ver el ‘acontecimiento’. Sobre los puentes que cruzan la autovía se agolpan los curiosos, con las gorras caladas y gafas en mano. El eclipse nos ha paralizado más que la final del Mundial. Cuando un tonto coge la linde… No cabe en el atasco un alma más, con perdón. Y me incluyo en tal cuadrilla. Kilométricas las colas en la A1 nada más salir de Madrid. El navegador anunciaba 15 minutos de retención, de itinerario más lento de lo habitual, pero cada minuto se iba multiplicando por dos, por tres, por cuatro… Son las siete, sigo, en el kilómetro 28 después de emprender el viaje a las cinco y media de la tarde. Mal día para la lírica, mal día para la paciencia, mal día para coger el volante camino de San Sebastián. «Niña, ¿a quién se le ocurre? ¿Tú no lees el ABC?», me escribe la prima con sorna con el pantallazo de la home. La Semana Grande nos espera, desde Diego Urdiales a Morante y Roca Rey. Y antes de soñar faenas de relojes parados, la aguja del tiempo ha decidido pararse en la carretera. A través de los cristales la gente bromea con las gafas negras -quienes la han conseguido-, veo cartulinas como aquellas de EGB que doña Lole nos pedía hacer en grupo -siempre dibujaba el mismo- sobre el sistema solar que enseña una mujer por el cristal de atrás. Delante, otra embarazadísima, cuyo bebé vendrá con un eclipse bajo el brazo. Unos chavales asoman la cabeza para ligar con unas extranjeras del mini de al lado. Pasan el límite del arte de ligar hasta el del hartar y no les dan el teléfono. Por lo menos hasta que subo la ventanilla, que la temperatura no invita a perder el aire acondicionado. En apenas un kilómetro mi compañero Bruno se hubiese enamorado tres veces. ¡Y hubiese conseguido el móvil!Más adelante, alguien pregunta en qué gasolinera venden las sandías y los melones de La Mancha… Cosas de atascos, cosas del eclipse. Mientras escribo estas líneas una ambulancia trata de abrise paso y los más espabilados se pegan a la cola para avanzar. ¡Esto es para listos! Llegamos al kilómetro 30, por fin se circula… Pero más de uno va a ver el eclipse en el atasco. A 18 kilómetros del puerto de Somosierra, el pasto está lleno de hamacas, sillas, mesas plegables y neveras para ver el ‘acontecimiento’. Sobre los puentes que cruzan la autovía se agolpan los curiosos, con las gorras caladas y gafas en mano. El eclipse nos ha paralizado más que la final del Mundial. Cuando un tonto coge la linde…

No cabe en el atasco un alma más, con perdón. Y me incluyo en tal cuadrilla. Kilométricas las colas en la A1 nada más salir de Madrid. El navegador anunciaba 15 minutos de retención, de itinerario más lento de lo habitual, pero cada minuto se … iba multiplicando por dos, por tres, por cuatro… Son las siete, sigo, en el kilómetro 28 después de emprender el viaje a las cinco y media de la tarde. Mal día para la lírica, mal día para la paciencia, mal día para coger el volante camino de San Sebastián. «Niña, ¿a quién se le ocurre? ¿Tú no lees el ABC?», me escribe la prima con sorna con el pantallazo de la home.
La Semana Grande nos espera, desde Diego Urdiales a Morante y Roca Rey. Y antes de soñar faenas de relojes parados, la aguja del tiempo ha decidido pararse en la carretera. A través de los cristales la gente bromea con las gafas negras -quienes la han conseguido-, veo cartulinas como aquellas de EGB que doña Lole nos pedía hacer en grupo -siempre dibujaba el mismo- sobre el sistema solar que enseña una mujer por el cristal de atrás. Delante, otra embarazadísima, cuyo bebé vendrá con un eclipse bajo el brazo. Unos chavales asoman la cabeza para ligar con unas extranjeras del mini de al lado. Pasan el límite del arte de ligar hasta el del hartar y no les dan el teléfono. Por lo menos hasta que subo la ventanilla, que la temperatura no invita a perder el aire acondicionado. En apenas un kilómetro mi compañero Bruno se hubiese enamorado tres veces. ¡Y hubiese conseguido el móvil!
Más adelante, alguien pregunta en qué gasolinera venden las sandías y los melones de La Mancha… Cosas de atascos, cosas del eclipse. Mientras escribo estas líneas una ambulancia trata de abrise paso y los más espabilados se pegan a la cola para avanzar. ¡Esto es para listos!
Llegamos al kilómetro 30, por fin se circula… Pero más de uno va a ver el eclipse en el atasco. A 18 kilómetros del puerto de Somosierra, el pasto está lleno de hamacas, sillas, mesas plegables y neveras para ver el ‘acontecimiento’. Sobre los puentes que cruzan la autovía se agolpan los curiosos, con las gorras caladas y gafas en mano. El eclipse nos ha paralizado más que la final del Mundial. Cuando un tonto coge la linde…
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