Los españoles siguen teniendo muchas dificultades para comprender sus finanzas personales. A pesar de los esfuerzos del sector bancario por revertir la situación, los resultados del informe PISA auguran un futuro complicado para las próximas generaciones en términos de economía doméstica. Leer Los españoles siguen teniendo muchas dificultades para comprender sus finanzas personales. A pesar de los esfuerzos del sector bancario por revertir la situación, los resultados del informe PISA auguran un futuro complicado para las próximas generaciones en términos de economía doméstica. Leer
Dos más dos son cuatro, aunque a demasiados jóvenes españoles no les ha salido la cuenta en el Informe PISA de este año. El deterioro de su rendimiento en matemáticas y en comprensión lectora ha caído como un mazazo sobre el sistema educativo español. No porque esta edición se evaluase la evolución de la educación financiera entre los jóvenes (que no se hace desde 2022) sino porque las citadas competencias son básicas para adquirir la tan necesaria buena educación financiera con la que desenvolverse en la vida.
La relación es clara, asegura Alberto Aza, portavoz de la asociación de bancos y cajas Ceca. Se traduce en que «comprender el coste de un crédito, interpretar una rentabilidad, elaborar un presupuesto o comparar productos financieros exige tanto capacidad matemática como una buena comprensión de la información». Pero es que, además, según el Banco de España, desgraciadamente, el porcentaje de jóvenes que declara tener conocimientos financieros medios es ligeramente inferior al de hace 10 años.
La edad constituye un límite natural e insalvable para la experiencia práctica financiera. Pero Iñaki Arcocha, fundador y CEO de IA Capital, considera que entre los 15 y los 18 años ya se deberían manejar conceptos como presupuesto, ingresos, gastos, ahorro, impuestos, deuda, tarjetas, nómina, inversión, riesgo, diversificación o hipotecas. Para cerrar la brecha existente entre la falta de conocimiento financiero de la niñez y el inicio de la independencia económica «la acción más útil es incorporar esa educación financiera con naturalidad y de forma progresiva desde la infancia».
Por su puesto, Arcocha opina que luego hay que llevar todos esos conceptos a la práctica en acciones de la vida cotidiana. Por ejemplo, lo que un menor debe ahorrar para comprarse unas zapatillas y a lo que renuncia con ello, o lo que supone la adquisición de una casa para una familia y los gastos que conlleva. «La clave es que conozcan estas cuestiones antes de que les toque tomar la decisión a ellos», dice, algo que considera que se logra mejor si se dan cuenta de que casi todos «los objetivos personales están ligados a un objetivo financiero».
Partiendo de que en España hay 1,2 billones de euros en cuentas a la vista sin remuneración o depósitos remunerados por debajo de la inflación, en vez de invertidos y generando rentabilidad, el reto es grande. «Arrastramos un bajo nivel de educación financiera y una mala concepción social del dinero, la riqueza y los ricos», asegura Arcocha. Con esto no quiere decir que los padres deban convertirse en expertos financieros sino que en casa se han de tratar las gestiones monetarias con normalidad «porque los niños aprenden mucho observando cómo toman decisiones los padres». De hecho, según puntualiza Isabel Oliver, coordinadora de Educación Financiera en la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV), «los estudios muestran que los alumnos que hablan regularmente de dinero con sus familias obtienen mejores resultados en competencia financiera«.
Obviamente, sin sustituir ese aprendizaje en familia, las finanzas para la vida también deben enseñarse en las aulas. Para ello trabaja desde hace años el Plan de Educación Financiera, impulsado por la CNMV, el Banco de España y el Ministerio de Economía, Comercio y Empresa. Junto con el Ministerio de Educación y las administraciones educativas autonómicas, cuenta Oliver, buscan cada vez más presencia de contenidos financieros en los currículos, tanto en matemáticas como en otras materias, y apuestan por el desarrollo de asignaturas y proyectos específicos. No obstante, parte de los contenidos más específicos sigue concentrándose en optativas.
«La escuela y las instituciones debemos ofrecer una base común y recursos fiables, también para que padres e hijos puedan aprender juntos», afirma Oliver. Así, una de sus principales iniciativas es Finanzas para Todos, que el curso pasado sumó ya la decimoquinta edición. A través de este programa se ofrecen materiales gratuitos y flexibles para trabajar las competencias financieras en Primaria, Secundaria, Bachillerato y Formación Profesional. Sus contenidos fueron renovados en 2024, «para incorporar las habilidades del Marco de Competencias para niños y jóvenes de la UE, incluidas las finanzas digitales, la sostenibilidad y las competencias ciudadanas y emprendedoras«.
En contra de los jóvenes también juega el hecho de que «la inflación, el coste de la vivienda o la incertidumbre económica conviven con una oferta financiera más amplia y un entorno digital en el que la información -rigurosa o no- está a un clic«. Además, la preparación debe avanzar al ritmo del entorno.
En este punto, Aza considera que entender y gestionar bien el dinero exige más conocimientos. Los jóvenes son «nativos digitales pero no los que tienen los hábitos digitales más prudentes», lo que, según Aza, les hace «más vulnerables a ciberestafas». Por ello, en 2025, las Fundaciones CECA destinaron más de siete millones a programas específicos de educación financiera, con 389 actividades. En su opinión funcionan especialmente bien las iniciativas que acercan a situaciones reales y permiten aprender haciendo. Pero «el reto está en dar continuidad a ese aprendizaje».
Cada mes, millones de europeos repiten la misma rutina: cobran, cubren sus gastos y dejan el resto guardado en la cuenta. Ese dinero quieto, más de 10 billones de euros o, lo que es lo mismo, cerca de un tercio del patrimonio financiero de los hogares de la eurozona, según el Banco Central Europeo, es el que Bruselas quiere poner en movimiento. «Europa necesita poner estos ahorros al servicio de sus empresas«, exponía hace varias semanas la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. No porque ese dinero sobre, sino porque, mientras duerme, pierde.
Ese es el reto que aborda la Unión del Ahorro y la Inversión (SIU), la estrategia lanzada por la Comisión Europea en 2025 para conectar mejor el ahorro con la inversión. La magnitud del desafío se entiende mejor al mirar a los hogares: el 80% de los situados en la eurozona no posee acciones ni fondos de inversión. Entre los que más patrimonio tienen, la brecha con EEUU persiste: participa en los mercados más del 65%, frente a menos del 45% en la eurozona. Esta tendencia en España se confirma, ya que los depósitos siguen siendo el producto de ahorro más usado, según un barómetro de Crédit Agricole.
«Europa no tiene un problema de falta de ahorro, sino de canalización de ese ahorro», explica Rafael Pampillón, profesor de Economía Aplicada del IEB. A su juicio, sin embargo, la SIU sigue lejos del ciudadano de a pie y debe traducirse a decisiones cotidianas. Su propuesta es sencilla: «Una vez reservado el dinero que puedes necesitar, plantéate si una parte de tus ahorros te podría rentar más a largo plazo».
Ese dinero, como matiza el profesor, no está literalmente parado, ya que los bancos lo transforman en crédito a empresas y hogares. Pero no participa directamente en los mercados de capitales y, en muchos casos, ofrece una rentabilidad inferior a la que podrían proporcionar las inversiones a largo plazo. Bruselas quiere impulsar esa vía con las cuentas europeas de ahorro e inversión (SIA). No son fondos de la UE, sino cuentas que pueden ofrecer bancos y otros proveedores regulados para invertir en acciones, bonos o fondos, con reglas sencillas y, dependiendo del diseño de cada país, con posibles incentivos fiscales.
Ahora bien, crear instrumentos no garantiza un cambio en los hábitos. Enrique Sanz Fernández-Lomana, presidente de Mutualidad, destaca otro factor: la confianza. «Las personas no invierten únicamente cuando existen oportunidades atractivas. Lo hacen cuando comprenden los riesgos, perciben estabilidad en las reglas del juego y confían en las instituciones que protegen sus intereses».
Y ahí entra en juego la educación financiera. Para Pampillón, un usuario particular debe entender conceptos básicos: rentabilidad y riesgo, inflación, diversificación o interés compuesto a largo plazo. Pero el sistema también debe ofrecer productos comprensibles. «Si invertir resulta complicado o fiscalmente poco atractivo, la educación financiera por sí sola no hará el milagro», advierte.
La responsabilidad alcanza también a las entidades financieras. «Hay que zarandear a los bancos para que se tomen en serio esa tarea: explicar a sus clientes qué es una acción, un bono o un fondo, cuánto rentan y qué riesgos tienen», reclama Pampillón. El reto, en definitiva, no pasa por ahorrar menos, sino por aprender a decidir qué se hace con lo que se ahorra.
Hace tan sólo cinco años, el Banco de España publicaba un estudio sobre el nivel de educación financiera de las empresas españolas. Entre las muchas conclusiones que obtenía, había una muy curiosa: una relación positiva entre competencias financieras y mayor nivel de digitalización en la empresa, incluso con anterioridad a la pandemia. Esta relación, aunque más causal que puramente estadística, indicaba un avance optimista. Pero cinco años es mucho tiempo y hoy en día son muchas las áreas en las que el tejido empresarial español muestra carencias.
«Aunque la situación ha mejorado durante los últimos años, sigue existiendo un déficit de cultura financiera en muchas empresas españolas», argumenta Alba Fernández Morales, coordinadora académica del Área Financiera del Centro de Estudios Financieros (CEF) de la Universidad a Distancia de Madrid (Udima). «Este déficit no afecta únicamente a trabajadores de áreas ajenas a las finanzas, sino también a numerosos directivos cuya especialización se encuentra en ámbitos como operaciones, comercial, recursos humanos o tecnología».
Luis Calaf, CEO y secretario general de la Asociación Española de Financieros de Empresa (Asset), hace una análisis similar, aunque es algo más optimista. En lugar de hablar de un déficit generalizado, detecta que existe «una necesidad creciente de ampliar la cultura financiera en toda la organización». A su juicio, «la evolución es positiva, pero ha aumentado claramente la complejidad«. Por eso, aunque «las empresas cuentan con profesionales mejor preparados y existe mucha más sensibilidad hacia estas cuestiones, al mismo tiempo han aparecido nuevas variables: tecnología, geopolítica, sostenibilidad o regulación».
Entre las competencias más necesarias hoy en día para interpretar la situación económica de las empresas, Fernández Morales destaca «la interpretación de balances y cuentas de resultados, el análisis económico-financiero, la elaboración y el seguimiento de presupuestos, el control de gestión y el análisis de costes, la planificación financiera, la gestión de la tesorería y la evaluación de inversiones y medición de rentabilidad».
Las principales carencias, puntualiza, aparecen en «las áreas de análisis e interpretación«. Y desarrolla: «Muchos profesionales manejan grandes volúmenes de información, pero encuentran dificultades a la hora de traducir esos datos en decisiones económicas concretas». En el caso de los directivos, la competencia que más escasea es «la capacidad de conectar la estrategia empresarial con sus implicaciones financieras y de valorar adecuadamente el retorno esperado de las decisiones de inversión».
Ambos expertos coinciden en que, aunque la importancia del currículum académico es innegable, el actual contexto empresarial exige una actualización continua de los conocimientos. Por eso, la formación interna en las empresas gana cada vez más peso. «El conocimiento envejece rápidamente y las compañías deben facilitar procesos de actualización continua. Formación, intercambio de experiencias y contacto con otros profesionales son esenciales», defiende Calaf. «La formación a medida permite contextualizar los conceptos financieros y relacionarlos directamente con los retos reales de cada equipo», añade Fernández Morales.
Respecto al uso de la tecnología, también es considerada fundamental. Pero, tal como afirma la portavoz de CEF, «por sí sola no genera cultura financiera». En este sentido, concluye: «Proporciona datos, pero interpretarlos y convertirlos en decisiones de negocio es una responsabilidad humana».
La industria financiera española, con las principales instituciones al frente, realiza el grueso de esfuerzos educativos en la etapa de educación secundaria obligatoria (ESO), que cursan alumnos de entre 12 y 16 años. En esta franja de edad se concentra el esfuerzo de las principales instituciones bancarias para contribuir a que los jóvenes tengan unos conocimientos en este terreno cada vez más sólidos. En la etapa de bachillerato y formación profesional de grado medio, formada por estudiantes de 16 a 18 años, predominan otro tipo de acciones, habitualmente bajo los formatos de concursos y simulaciones.
La etapa de primaria, con niños de 6 a 12 años, queda así como la franja de edad menos cubierta. Es por ello que instituciones como el Banco de España ya la señalan como prioridad, pues cada vez se accede antes al dinero.
Andrea Carreras-Candi, directora de la Asociación Española de Asesores y Planificadores Financieros (EFPA), apunta que no sólo se trata de conocer conceptos financieros, «sino de disponer de herramientas para organizar nuestras finanzas, anticipar necesidades y tomar decisiones con mayor criterio«.
Con motivo del Día de la Educación Financiera, está previsto un acto institucional en la Bolsa de Madrid. En él participarán el Banco de España, la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV) y el Ministerio de Economía, así como otros más de 50 colaboradores. También se organizarán actividades en toda España.
El Banco de España es una de las instituciones más activas en pedagogía financiera, con su Plan de Educación Financiera 2026-2029, que contempla como prioritarios a los menores de 35 años y despliega iniciativas de refuerzo en torno a conocimientos relativos a los tipos de interés y los criptoactivos, entre otros.
El Ministerio de Educación ha renovado su convenio con el Banco de España, la CNMV y el Ministerio de Economía a través de la iniciativa Finanzas para Todos. El programa, que pretende integrar la educación financiera en el sistema educativo desde edades tempranas, persigue la formación continua del profesorado en fraudes o riesgos financieros digitales. Ha logrado un alcance histórico, superando los 500 centros escolares, con más de 8.000 profesores y unos 550.000 alumnos.
Cabe recordar que la Ley Orgánica de Modificación de la LOE (Lomloe), conocida como Ley Celaá y norma aún educativa vigente en España, incorpora la educación financiera en los currículos de primaria y secundaria.
Otra institución muy activa en formación es la Asociación Española de Banca (AEB). Desarrolla programas como Tus finanzas, tu futuro, con voluntarios de una veintena de bancos y más de 70.000 alumnos. Del mismo modo, el centro de análisis Funcas tiene un centenar de programas para formar a los jóvenes.
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