Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión, inició ayer su discurso en el Parlamento Europeo sobre el estado de la Unión constatando una contradicción: Europa es más fuerte que nunca, pero, sin embargo, la sensación es la contraria. El pesimismo parece haberse apoderado de los europeos, aunque la idea de Europa, la construcción de una comunidad de valores, de paz y prosperidad, atrae a muchas naciones, algunas tan alejadas como Canadá.
Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión, inició ayer su discurso en el Parlamento Europeo sobre el estado de la Unión constatando una contradicción: Europa es más fuerte que nunca, pero, sin embargo, la sensación es la contraria. El pesimismo parece haberse apoderado de los europeos, aunque la idea de Europa, la construcción de una comunidad de valores, de paz y prosperidad, atrae a muchas naciones, algunas tan alejadas como Canadá.Seguir leyendo…
Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión, inició ayer su discurso en el Parlamento Europeo sobre el estado de la Unión constatando una contradicción: Europa es más fuerte que nunca, pero, sin embargo, la sensación es la contraria. El pesimismo parece haberse apoderado de los europeos, aunque la idea de Europa, la construcción de una comunidad de valores, de paz y prosperidad, atrae a muchas naciones, algunas tan alejadas como Canadá.
El mundo, como reconoció Von der Leyen, es “abiertamente hostil” a un proyecto como el europeo. Está lleno de peligros, de crisis en cadena que afectan a la calidad de vida y favorecen el extremismo.
El canadiense Carney ofrece confianza, coraje y sentido común frente al brutalismo de Trump
Las amenazas son conocidas. Vienen, sobre todo, de Rusia, China y Estados Unidos. Muchas se concretan en ataques híbridos, algunas se agravan por la falta de respuestas adecuadas por parte de la propia UE, incapaz de adaptarse a la velocidad de los cambios, a “la excepcionalidad de estos tiempos”, como admitió Von der Leyen.
Europa se protege, invierte más en defensa y en tecnología, intenta blindar a los niños de la toxicidad de las redes sociales, se prepara para una inteligencia artificial que asusta más que ilusiona, diversifica sus fuentes de energía y busca nuevos socios comerciales para no depender tanto de China.
Sabe lo que tiene que hacer. Es consciente de la fortaleza de su mercado interior. Sabe que cuando elimine las barreras al flujo de capitales y a la concentración bancaria su extraordinaria capacidad de ahorro servirá para crear riqueza en Europa. Pero es difícil que cada uno de los 27 estados salga beneficiado de una mayor integración. Y esta es otra contradicción: el beneficio común de una mayor integración es innegable, pero, al mismo tiempo, no está claro cuál será el beneficio particular de cada Estado. Parece no haber respuesta a una pregunta muy sencilla: ¿qué gano yo si ganamos todos?
Von der Leyen insiste en que los europeos no saldremos adelante si no fortalecemos la Unión. El auge de la extrema derecha, sin embargo, indica que millones de europeos piden más fronteras y más seguridad aunque sea a costa de menos libertades. No se fían de que la UE sea capaz de proteger su identidad. No quieren más inmigrantes. Reniegan de la tolerancia y la inclusión, valores fundamentales del proyecto europeo.
El ultranacionalismo parece que ilusiona más que el europeísmo. Los líderes radicales son más populares que los europeístas. Von der Leyen admite que “hemos de volver a ganar el corazón de los europeos, hacer que renazca el sentimiento de pertenencia a algo mayor que nosotros”. El año próximo reunirá a “las mentes más brillantes” en un congreso que debe ser, sobe todo, fuente de inspiración y esperanza.
Lo que busca Von der Leyen es lo que el sabio musulmán Ibn Jaldún definió en el siglo XIV como abasiya , el espíritu de grupo, la cohesión social y la solidaridad de la que surge el poder político de una comunidad. Ibn Jaldún decía que se necesita un líder para que cuaje la abasiya , un líder que aúne fuerza y legitimidad, alguien a quien seguir y con quien luchar. Europa no lo tiene. Canadá sí.
El primer ministro Mark Carney, sentado ayer en el primer escaño del Parlamento Europeo, ofrece confianza, coraje y sentido común, frente al brutalismo de la Administración Trump. Parece un líder más de ayer que de hoy, justo lo que Europa necesita para revivir su espíritu.
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