Una grúa gigantesca, las bailarinas de Zenit Aerial Ballet suspendidas a 50 metros sobre la calle Alcalá, fuegos artificiales y un despliegue técnico descomunal. El Hormiguero volvió a convertir unos minutos de televisión en un espectáculo y todavía se guardó una última locura para Pablo López Leer Una grúa gigantesca, las bailarinas de Zenit Aerial Ballet suspendidas a 50 metros sobre la calle Alcalá, fuegos artificiales y un despliegue técnico descomunal. El Hormiguero volvió a convertir unos minutos de televisión en un espectáculo y todavía se guardó una última locura para Pablo López Leer
Una grúa gigantesca en plena calle Alcalá. Bailarinas suspendidas a 50 metros de altura. Una coreografía aérea sobre Madrid. Fuegos artificiales. Música. Cámaras apuntando al cielo. Un dron o los que hicieran falta. Un dispositivo de seguridad detrás que el espectador ni ve ni tiene por qué ver. Y todo para unos pocos minutos de televisión. Una auténtica barbaridad.
Eso fue lo que montó anoche El Hormiguero para cerrar el programa. Bueno, para cerrarlo aparentemente, porque después todavía quedaba otra locura: colgar de aquella misma grúa a Pablo López y a Pablo Motos.
Pero antes de llegar hasta allí merece la pena detenerse en lo anterior. Porque estamos tan acostumbrados a que la televisión haga cosas que a veces olvidamos lo que supone hacerlas.
Lo de anoche no era sacar una actuación al exterior del plató. Era plantar en mitad de Madrid una grúa capaz de elevar a las artistas de Zenit Aerial Ballet hasta 50 metros, montar una coreografía aérea, coordinar música, iluminación, realización, cámaras, seguridad, arneses, pirotecnia, permisos, técnicos y tiempos. Y hacerlo para un programa diario. Y hacerlo en directo. Y hacerlo sabiendo que hay un elemento al que nadie puede dar órdenes: el viento. Y anoche en Madrid hacía mucho.
Todo para que desde el sofá dure unos minutos. Ésa es la maravillosa desproporción de la televisión cuando se empeña en ser espectáculo.
Horas de trabajo. Decenas de personas. Una infraestructura gigantesca. Ensayos. Seguridad. Nervios. Dinero. Muchísimo trabajo que jamás aparecerá en pantalla. Para conseguir algo aparentemente tan sencillo como que alguien que está cenando en su casa levante la cabeza y diga: «Pero ¿qué demonios están haciendo?». Y anoche El Hormiguero lo consiguió.
Las bailarinas comenzaron a elevarse hasta quedar suspendidas sobre la calle Alcalá. A medida que la grúa ganaba altura, los cuerpos se hacían pequeños y Madrid se convertía en el decorado. Llegaron la música, las figuras imposibles en el aire y los fuegos artificiales. Pablo Motos lo describió como «una de las cosas más bonitas que hemos hecho en El Hormiguero«.
Podía haber terminado ahí. De hecho, cualquier programa habría terminado ahí. Habías puesto a unas bailarinas a danzar a 50 metros sobre Madrid entre fuegos artificiales. Gracias, buenas noches y hasta mañana. Pero esto es El Hormiguero. Y quedaba el remate.
Unas horas antes, Pablo López había llegado para presentar El cuatro, su nuevo álbum, el primero después de seis años. Había hablado de ese tiempo «de subidas y bajadas», de los conciertos, de su obsesión por terminar las canciones y de cómo hace años que dejó de mirar las cifras de descargas. Su termómetro, contó, será otro: salir a tocar y mirar al público a la cara. También había cometido un pequeño error.
Antes del programa había enviado un mensaje a Pablo Motos asegurándole que no tenía miedo a nada y que venía dispuesto a todo. Nunca, jamás, le digas eso a El Hormiguero.
Motos contó que había recibido el mensaje demasiado tarde para mandárselo al equipo y darles tiempo para preparar alguna fechoría a la altura de semejante declaración de intenciones. Pablo López podía respirar tranquilo. O eso creía.
Terminó el ballet aéreo. Llegaron los aplausos. Todo parecía acabado. Y entonces Pablo Motos miró a Pablo López y le propuso ponerse los arneses y subir con las bailarinas. A 50 metros. «La vida dura muy poco y la muerte es eterna», le soltó.
Una frase estupenda para muchas cosas. Para tranquilizar a alguien antes de colgarlo de una grúa a 50 metros de altura, quizá no tanto.
Pablo López puso entonces la cara exacta de un hombre que acaba de recordar el mensaje que había enviado unas horas antes. Porque una cosa es escribir «no tengo miedo a nada» desde el móvil y otra bastante distinta mirar hacia arriba y descubrir las consecuencias.
Estaba acojonado. Como estaría cualquiera. Pero había prometido que venía a todo. Y fue.
Se colocaron los arneses. Pablo Motos también. Y comenzaron a subir.
Ahí El Hormiguero convirtió una barbaridad de producción televisiva en algo mucho más sencillo y mucho más efectivo: dos tipos colgados sobre Madrid preguntándose probablemente en qué momento les había parecido aquello una buena idea.
Subieron hasta los 50 metros. Motos terminó haciendo un picado acompañado por una de las bailarinas. Pablo López, suspendido en el aire, miraba alrededor sin terminar de creérselo. Aquello, decía, era un sueño. Algo increíble.
Y seguramente ésa sea la razón por la que El Hormiguero monta semejantes tinglados. No para demostrar que puede conseguir una grúa. Ni para presumir de fuegos artificiales. Ni siquiera para enseñar que puede cerrar la calle, levantar un ballet hacia el cielo y colocar allí arriba a su presentador y a su invitado. Lo hace para fabricar ese instante.
El momento en el que el invitado deja de estar promocionando un disco, el presentador abandona el plató, el guion importa bastante poco y el espectador siente que está viendo algo que no ocurre todas las noches.
Porque sorprender después de 21 temporadas debe de ser una condena maravillosa.
Cuando llevas tantos años haciendo televisión ya has lanzado cosas por los aires, has explotado otras tantas, has metido a invitados en situaciones imposibles, has construido experimentos gigantescos y has hecho prácticamente todo lo que permite la imaginación y unas cuantas cosas que probablemente no debería permitir. El problema del espectáculo es que el espectáculo de ayer se convierte rápidamente en la normalidad de hoy.
Así que cada temporada hay que volver a empezar. Más difícil todavía.
Por eso lo verdaderamente descomunal de lo ocurrido anoche no fueron los 50 metros. Fue todo lo necesario para conseguir que esos 50 metros sorprendieran.
En una época en la que cualquiera puede abrir el móvil y ver en 10 segundos un salto desde un rascacielos en Dubái, un concierto para 80.000 personas o una acrobacia imposible grabada desde un dron, lograr que el espectador mire una pantalla de televisión y exclame «¡hostia!» es cada vez más complicado. El Hormiguero sigue persiguiendo exactamente eso.
A veces con una entrevista. Otras con un experimento. Otras con una sección. Y algunas noches sacando literalmente el programa del plató, ocupando una calle de Madrid y levantando a unas bailarinas 50 metros hacia el cielo.
Anoche, además, podía haberse conformado con eso. Pero Pablo López había cometido el error de decir que no tenía miedo a nada. Y había que comprobarlo.
Al final, suspendido sobre Madrid junto a Pablo Motos, descubrió algo que seguramente ya sabía cualquiera que lleve unos cuantos años viendo El Hormiguero: hay promesas que es mejor no hacer en televisión o, tal vez, sí, porque si parpadeas te los pierdes.
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