Náyades se dejó llevar con su tentador en el jacuzzi y después rompió a llorar al reconocer lo que estaba empezando a sentir; a unos metros, su novio descubría en la primera hoguera que su peor miedo ya tenía nombre: Andrea Leer Náyades se dejó llevar con su tentador en el jacuzzi y después rompió a llorar al reconocer lo que estaba empezando a sentir; a unos metros, su novio descubría en la primera hoguera que su peor miedo ya tenía nombre: Andrea Leer
Primera hoguera, primer jacuzzi, primeras caricias, primeras dudas, primeras lágrimas. Y primer intento de carrera desesperada por la playa. La isla de las tentaciones 11 ha tardado cuatro programas en llegar al lugar al que, tarde o temprano, siempre termina llegando. Al momento en el que se acabaron las bromas, las fiestas, los bailes, los solteros y las solteras, y alguien descubre delante de una tablet que aquello a lo que había venido a jugar ya no tiene ninguna gracia. Anoche ese alguien fue Nacho.
Y no fue porque viera un beso. Ni porque sonara la luz de la tentación, que sí que sonó y hasta le provocó temblores en Villa Playa. Ni porque Náyades cruzara esa frontera que en este programa parece marcar la diferencia entre lo perdonable y lo imperdonable. Fue mucho más sencillo y, probablemente por eso, mucho más doloroso: vio a su novia sintiendo por otro.
A veces, en La isla de las tentaciones, un beso es mucho menos devastador que una mirada.
Nacho ya llegaba tocado a su primera hoguera. Sandra Barneda había aparecido anteriormente en Villa Playa para enseñarle unas imágenes de Náyades y Andrea, el tentador VIP que desde su entrada ha conectado rápidamente con ella.
Aquello había encendido todas las alarmas de Nacho, pero todavía quedaba el consuelo al que se agarra cualquiera cuando sólo conoce una parte de la historia: quizá no haya ido a más, quizá haya frenado, quizá aquello que estoy viendo sea sólo un momento, quizá… Los «quizá» duran muy poco en La isla de las tentaciones. Especialmente cuando llega una hoguera.
Mientras Nacho intentaba agarrarse a ellos, a unos metros Náyades estaba descubriendo precisamente lo contrario: que Andrea le gusta de verdad. No es sólo el juego que propone el programa, ni el chico guapo que aparece para remover una relación, ni la emoción de estar en República Dominicana viviendo una experiencia completamente fuera de la realidad. Hay atracción. Hay complicidad. Hay ganas de… Y está el jacuzzi. El jacuzzi. Qué sería de La isla de las tentaciones sin un jacuzzi.
A estas alturas debería figurar en los créditos del programa. Once ediciones demostrando que, cuando una pareja de participantes entra en él, rara vez es para hablar de la temperatura del agua. Náyades y Andrea entraron y la distancia que hasta entonces habían intentado mantener empezó a desaparecer. Llegaron las caricias, los acercamientos, los cuerpos pegados, las miradas de esas que no necesitan demasiada traducción.
Pero ocurrió algo después que convirtió esa secuencia en mucho más que el habitual calentón de villa. Náyades se derrumbó.
Se puso a llorar delante de sus compañeras. No lloraba porque Andrea no le gustara. Lloraba precisamente porque le gustaba. Porque está sintiendo una conexión que no esperaba. Porque se está dejando llevar y, a la vez, es perfectamente consciente de que al otro lado está Nacho. Su novio. La persona con la que ha llegado hasta allí. La persona que, antes o después, iba a ver aquello. Y eso cambia completamente la escena.
Porque es muy fácil convertir a los participantes de La isla de las tentaciones en personajes. El infiel, la despechada, el celoso, la tentadora, el que cae a la primera, la que asegura que jamás hará algo y lo hace 20 minutos después. El formato juega con esos papeles porque de ellos vive. Pero, de vez en cuando, alguno se sale del personaje que parecía tener asignado y aparece la persona. Anoche ocurrió con Náyades.
«Me gusta», reconoció entre lágrimas. Y ahí está el verdadero problema.
No se trata ya de cuánto había ocurrido con Andrea, sino de por qué estaba ocurriendo. No era únicamente atracción física. Ha empezado a removerse algo más y Náyades es perfectamente consciente de ello. Podía estar disfrutando de su conexión con Andrea y, al mismo tiempo, sentirse destrozada pensando en Nacho. Las dos cosas pueden suceder a la vez. De hecho, están sucediendo. Eso era exactamente lo que Nacho todavía no sabía. Hasta que se sentó frente al fuego.
Las primeras hogueras siempre tienen algo especial. Los participantes llevan días imaginando lo que hace su pareja, construyéndose sus propias películas, interpretando alarmas que no saben si corresponden a su novio o a cualquier otro compañero, preguntándose qué estarán viendo ellos de lo que uno mismo está haciendo. Pero hasta ese momento todo son hipótesis.
La hoguera las convierte en imágenes. Y contra una imagen es mucho más difícil luchar.
Nacho se sentó delante de Sandra Barneda dispuesto a mirar. Al principio mantuvo el tipo. Después llegaron las imágenes de Náyades y Andrea. Las miradas. La cercanía. Las caricias. El jacuzzi. Y la cara de Nacho fue cambiando a medida que avanzaban los vídeos. Hay veces que no hace falta escuchar lo que dice un participante para saber exactamente en qué momento se le ha roto algo. A Nacho se le veía.
Intentó encontrar explicaciones. Intentó encajar lo que estaba viendo con lo que él creía de su relación. Intentó convencerse de que podía soportarlo. Hasta que dejó de poder. Se hundió.
Y entonces apareció una de esas reacciones que La isla de las tentaciones ha convertido casi en género televisivo propio: la huida. Nacho se levantó de la hoguera e intentó echar a correr hacia la villa de las chicas. Quería ir a buscar a Náyades. Le daba igual el programa, las normas, las villas, la hoguera y todo lo demás. En aquel instante sólo quería llegar hasta ella.
Sandra Barneda se puso en medio. «No lo hagas«. Y lo alcanzó.
Probablemente ahí estuvo la imagen de la noche. No en el jacuzzi de Náyades y Andrea. No en las caricias. Ni siquiera en la cara de Nacho mientras contemplaba las imágenes. La imagen fue Sandra Barneda intentando detener a un concursante completamente desbordado y, una vez conseguido, abrazándolo. Porque no bastó con pararlo.
Tuvo que sujetarlo. Abrazarlo. Consolarlo. Mirarlo directamente a los ojos. Hablarle mientras Nacho lloraba roto por lo que acababa de ver. Durante unos segundos no hubo hoguera. No hubo reality. No hubo presentadora y participante. Había una persona que no podía con lo que acababa de ocurrir y otra intentando conseguir que no hiciera algo de lo que después pudiera arrepentirse.
Ahí Sandra Barneda volvió a demostrar una de las razones por las que La isla de las tentaciones funciona como funciona.
Porque presentar este programa no consiste únicamente en anunciar imágenes, preguntar «¿quieres ver más?» y sentarse delante de una hoguera con cara solemne. Hay que saber hasta dónde apretar y cuándo dejar de hacerlo. Cuándo preguntar y cuándo callar. Cuándo recordar las normas y cuándo olvidarse durante unos segundos de que estás haciendo televisión.
Barneda lleva muchas hogueras a sus espaldas. Ha visto carreras, gritos, insultos, ataques de ansiedad, desplomes y participantes que querían atravesar República Dominicana a nado si era necesario para llegar hasta su pareja. Y, aun así, cuando uno se rompe delante de ella no actúa como quien ya lo ha visto todo.
Anoche no necesitó grandes discursos. Agarró a Nacho, lo detuvo y lo sostuvo. Literal y emocionalmente.
Y es que resulta facilísimo reírse de La isla de las tentaciones. De hecho, parte de su éxito consiste precisamente en eso. En sus alarmas, sus frases imposibles, sus carreras por la playa, sus «Sandra, no puedo más», sus jacuzzis, sus fiestas, sus edredones, sus hogueras y esa extraordinaria capacidad que tiene el programa para conseguir que alguien jure una cosa a las 23.00 y haga exactamente la contraria antes de que termine la noche.
Pero reducir La isla de las tentaciones a eso es no entender por qué lleva 11 ediciones.
El programa puede construir toda la parafernalia que quiera alrededor -y vaya si la construye-, pero funciona cuando consigue tocar un miedo que no tiene nada de televisivo: el miedo a perder a la persona que quieres. El miedo a descubrir que alguien puede darle algo que tú no le dabas. El miedo a ver que tu pareja mira a otro como antes te miraba a ti. El miedo, incluso, a darte cuenta de que quizá la relación que considerabas segura no lo era tanto. Eso fue lo que vio Nacho.
No necesitó ver a Náyades besando a Andrea para sentir que la estaba perdiendo. Le bastó observar cómo estaba con él. Quizá por eso su reacción fue tan brutal.
Hay imágenes que permiten enfadarse. Otras permiten buscar una explicación. Y otras activan algo mucho más primario. A Nacho le ocurrió esto último. No quiso escuchar más, ni analizar más, ni esperar a una hoguera de confrontación. Quería verla. Quería llegar hasta ella. Quería una explicación en ese mismo instante. Quería salir de la televisión y volver a su relación. Pero está en La isla de las tentaciones. Y La isla de las tentaciones no permite escapar tan fácilmente.
Lo más cruel de la noche fue que el espectador sabía algo que Nacho no podía saber en ese momento: Náyades también está sufriendo. Mientras él interpretaba aquellas imágenes como la prueba de que ella se estaba alejando, ella lloraba precisamente por la contradicción de estar acercándose a Andrea y seguir pensando en Nacho.
Uno queriendo atravesar la playa para llegar hasta ella. La otra llorando porque sabe que él está al otro lado. No hace falta mucho más para construir televisión.
Y esa es probablemente una de las mayores perversidades -y también una de las grandes virtudes televisivas- del formato. El espectador posee toda la información mientras los protagonistas sólo tienen fragmentos. Nosotros sabemos qué ocurrió antes del jacuzzi, qué pasó después, por qué lloró Náyades, qué dijo, cómo se sintió. Nacho sólo recibe las imágenes seleccionadas para su hoguera. Y con esas piezas tiene que intentar reconstruir qué está pasando con su relación. Es imposible que el resultado no duela. El programa lo sabe. Por supuesto que lo sabe.
La isla de las tentaciones lleva años perfeccionando esa maquinaria. Pero ninguna maquinaria sirve si delante de la cámara no sucede algo verdadero. Puedes poner todas las hogueras del mundo, fabricar el jacuzzi más espectacular de República Dominicana y llenar dos villas de tentadores. Si a quien está delante de la tablet le da igual lo que aparece en ella, no hay programa. A Nacho no le da igual. Ni muchísimo menos.
Su carrera lo dejó claro. Sus lágrimas lo dejaron todavía más claro. Y el abrazo de Sandra Barneda terminó de construir una escena que resumió en unos minutos lo que este programa lleva haciendo desde su primera edición: convertir una crisis sentimental en un espectáculo televisivo sin que, cuando realmente duele, el espectador pueda olvidar que detrás del espectáculo hay personas.
Y sólo era la primera hoguera. Ésa es quizá la peor noticia para Nacho.
Porque Náyades ya ha reconocido que Andrea le gusta. Porque Andrea no parece dispuesto a desaparecer. Porque la distancia entre ambos ya se ha reducido hasta prácticamente esfumarse. Porque las dudas de ella ya existen y, una vez que aparecen en este programa, rara vez se evaporan por arte de magia.
Primera hoguera. Primer jacuzzi. Primeras caricias. Primeros llantos. Primera carrera. La isla de las tentaciones 11 ya ha encendido el fuego.
Y a Nacho le bastó sentarse una vez delante de él para salir completamente abrasado.
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