En la última casa del pueblo, esa que está lindando con el cartel que indica el fin de Campaspero, una localidad de Valladolid de un millar de habitantes, es donde Baber y su familia han decidido empezar una nueva vida. Llegar hasta aquí no ha sido fácil, no solo por los miles de kilómetros que distan de su hogar en Kabul, sino porque durante más de cuatro años han vivido en un estado de interinidad mental que les impedía echar raíces en nuestro país. Sus cuerpos estaban en España, pero sus cabezas aún residían en Afganistán , donde tenían la esperanza de poder volver tras haber tenido que salir precipitadamente hace cinco años para proteger su vida.Baber Khan Sahel, su mujer y sus dos hijos mayores —los dos más pequeños que completan la familia han nacido ya en España, la última hace tan solo dos meses—, fueron unos más de los miles de afganos que tuvieron que abandonarlo todo en agosto de 2021 tras la toma de los talibanes del poder. Todo cambió en menos de cinco días, recuerda Baber una vez tras otra, y las fuerzas internacionales salieron del país tras una misión de más de dos décadas que todo el mundo coincide en reconocer que fue un fracaso.Empezó entonces una operación de evacuación a contrarreloj por la que solo Estados Unidos sacó del país, entre el 14 y el 25 de agosto, a más de 80.000 personas desde el aeropuerto Internacional Hamid Karzai. España, por su parte, lanzó la denominada operación Antígona y, en un contexto de enorme complejidad, completó hasta 17 vuelos con el avión A400M del Ejército del Aire y del Espacio para evacuar a más de 2.000 personas. La mayoría, afganos que habían colaborado con las Fuerzas Armadas españolas o la OTAN durante los últimos años y vistos por tanto como enemigos por los talibanes.Baber estudió ingeniería química, pero siempre había querido ser periodista. En 2021 escribía crónicas para la Agencia Efe desde Kabul. Las primeras semanas de agosto, desde su oficina en el centro de la ciudad, iba enviando a España piezas sobre el avance de los talibanes; pero no fue hasta el mismo día 15 de agosto cuando fue consciente de la realidad. Al salir del edificio y coger el coche para volver a su casa, vio a un hombre apuntándole directamente a la cabeza con la mirilla de su fusil. No sabe aún cómo, logró mantener la mente fría y continuar circulando sin hacer ningún movimiento brusco que le hiciera parecer peligroso.Baber Khan Sahel durante la entrevista con ABC Ignacio GilFue entonces cuando todo su entorno le avisó de que tenía que salir de allí. Había trabajado para un país enemigo y en sus noticias había hablado de los ataques de los talibanes como episodios terroristas. Eso le convertía en objetivo y no podía arriesgarse. En ese último viaje del trabajo a casa hizo una fotografía a la bandera de Afganistán que aún ondeaba en el centro de la ciudad y que solo dos horas después sería reemplazada por la enseña de los talibanes. Esa fotografía es ahora el fondo de escritorio de su ordenador y sueña con volver a ver la bandera original —la de tres franjas con los colores negro, rojo y verde y el escudo nacional en el centro— el día que pueda volver a su país.Acompañado de una carta que era su salvoconducto para escapar, se dirigió junto a su mujer y sus dos hijos, entonces de uno y dos años, al aeropuerto internacional de Kabul con la esperanza de poder entrar en uno de los aviones de las fuerzas internacionales que estaban sacando a gente del país. Pero al llegar a la zona se toparon con cientos de personas agolpadas en sus inmediaciones intentando acceder. Baber no lo dudó y se dio la vuelta para volver a su casa, tenía dos niños pequeños, no había hecho nada malo y se quedaría en su país. Su familia y sus amigos sin embargo volvieron a hacerle consciente del peligro que corría y al día siguiente trató de nuevo de llegar aeropuerto. Pero en esta ocasión no eran cientos, sino miles, las personas que intentaban acceder y una vez más deshizo el mismo camino. «Otra vez dije a mis compañeros que no podía y no quería salir de Afganistán, cualquier cosa que me pase no pasa nada», explica en un español en el que va ganando soltura según se relaja.Esos días se vivieron momentos de mucha tensión y pánico entre las personas que trataban de salir del país. Los militares españoles pidieron a quienes aspiraban a subirse a uno de sus vuelos que se acompañaran de algún elemento de color rojo para poder ser identificados y rescatados entre el tumulto. En medio de todo ese caos, el día 27 de agosto se produjo un atentado en una de las entradas al aeródromo —la misma que usaba el Ejército español— que provocó decenas de fallecidos, entre ellos 13 soldados estadounidenses.La familia pasea por Campaspero junto a vecinos de la localidad Ignacio GilFinalmente Baber decidió recurrir a otra vía de escape y cruzar junto a su familia la frontera con Pakistán para abandonar el país. Recuerda ese viaje como un sueño o una película de ciencia ficción, con carreteras vacías que hacía menos de dos semanas hubieran estado abarrotadas. Una vez en Pakistán, fueron recibidos en la embajada española —como muchos otros afganos que salieron del país por la misma vía— y volaron a Madrid para iniciar una nueva vida como refugiados.En España ya no había una amenaza que pusiera en peligro su vida, pero tuvieron que aprender a caminar de nuevo. «Yo era como un niño», recuerda Baber regalando, ahora sí, una discreta sonrisa. La familia entró a formar parte del programa de refugiados de Accem y se estableció en la provincia de Segovia. «Me ayudaron como a un niño. Tuve que aprender todo de nuevo, cómo tratar a la gente, con el médico, la compra,…». Uno sus primeros días en España, Baber decidió que necesitaba caminar y se dispuso a ello. Sin saber cómo, acabó en medio de una autopista, con los coches pitando y los conductores haciéndole gestos para que abandonara la vía. «¡En Afganistán puedes pasar por cualquier parte de la carretera!», ríe recordando el momento.Aprender de nuevoLa coordinadora de servicios jurídicos de Accem, Judith García, explica que el ajuste de expectativas es uno de los elementos más difíciles para los refugiados que tienen que abandonar su país. Una vez superado el peligro físico, deben aprender a adaptarse en un nuevo entorno y a preparar un futuro en un procedimiento que es muy lento. «Además del proceso burocrático, la búsqueda de empleo o de vivienda son procesos muy costosos», explica. A ello se suma la dificultad para homologar estudios y un asesoramiento para cubrir las necesidades más básicas.Baber Khan y sus hijos en un parque de su nuevo hogar Ignacio GilJunto a ello, la soledad que sienten en su nueva tierra, acostumbrados en sociedades como la afgana a convivir con toda su familia. «Nosotros entendemos el concepto de familia de forma más reducida que en otros contexto culturales como el afgano», explica García. Baber vivía en Kabul junto a abuelos, tíos y sobrinos. Más de 30 personas en las que sigue pensando cada vez que toma una decisión en España. «Yo todavía no pienso que estoy separado de ellos. Cuando arreglo algo en casa todavía creo que ellos viven conmigo», reconoce repasando con la mirada el interior de su recién estrenada vivienda. Pese al dolor de la separación, Baber y su mujer han elegido Campaspero como lugar para rehacer su vida, él se ha sacado el carnet de conducir y se ha comprado un coche. Ella más tímida, con menor manejo del idioma y más preocupada de cuidar a su hija pequeña, prefiere no salir en las fotografías y trata de agasajar a los periodistas con fruta y dulces. «Hasta los cuatro años yo pensaba que podía volver a Afganistán. Pero ahora veo que las cosas están muy mal y en los próximos años no veo posible que cambien cosas y por eso empiezo mi vida aquí».— ¿Tienes la esperanza de poder volver a tu país?— Sí, donde has nacido, donde tienes amigos, donde tienes tu cabeza, es donde quieres volver. Pero me guste o no, yo creo que mis hijos de momento no, ahora no quieren hablar mi idioma.— ¿Te gustaría que ellos y su generación representasen el futuro de Afganistán?— Sí, sí,…Baber se queda entonces mirando en silencio a su hijo, que juega con el móvil en el sillón de al lado. Su cabeza ha vuelto a viajar los más de 8.000 kilómetros que separan Kabul de su nuevo hogar. En la última casa del pueblo, esa que está lindando con el cartel que indica el fin de Campaspero, una localidad de Valladolid de un millar de habitantes, es donde Baber y su familia han decidido empezar una nueva vida. Llegar hasta aquí no ha sido fácil, no solo por los miles de kilómetros que distan de su hogar en Kabul, sino porque durante más de cuatro años han vivido en un estado de interinidad mental que les impedía echar raíces en nuestro país. Sus cuerpos estaban en España, pero sus cabezas aún residían en Afganistán , donde tenían la esperanza de poder volver tras haber tenido que salir precipitadamente hace cinco años para proteger su vida.Baber Khan Sahel, su mujer y sus dos hijos mayores —los dos más pequeños que completan la familia han nacido ya en España, la última hace tan solo dos meses—, fueron unos más de los miles de afganos que tuvieron que abandonarlo todo en agosto de 2021 tras la toma de los talibanes del poder. Todo cambió en menos de cinco días, recuerda Baber una vez tras otra, y las fuerzas internacionales salieron del país tras una misión de más de dos décadas que todo el mundo coincide en reconocer que fue un fracaso.Empezó entonces una operación de evacuación a contrarreloj por la que solo Estados Unidos sacó del país, entre el 14 y el 25 de agosto, a más de 80.000 personas desde el aeropuerto Internacional Hamid Karzai. España, por su parte, lanzó la denominada operación Antígona y, en un contexto de enorme complejidad, completó hasta 17 vuelos con el avión A400M del Ejército del Aire y del Espacio para evacuar a más de 2.000 personas. La mayoría, afganos que habían colaborado con las Fuerzas Armadas españolas o la OTAN durante los últimos años y vistos por tanto como enemigos por los talibanes.Baber estudió ingeniería química, pero siempre había querido ser periodista. En 2021 escribía crónicas para la Agencia Efe desde Kabul. Las primeras semanas de agosto, desde su oficina en el centro de la ciudad, iba enviando a España piezas sobre el avance de los talibanes; pero no fue hasta el mismo día 15 de agosto cuando fue consciente de la realidad. Al salir del edificio y coger el coche para volver a su casa, vio a un hombre apuntándole directamente a la cabeza con la mirilla de su fusil. No sabe aún cómo, logró mantener la mente fría y continuar circulando sin hacer ningún movimiento brusco que le hiciera parecer peligroso.Baber Khan Sahel durante la entrevista con ABC Ignacio GilFue entonces cuando todo su entorno le avisó de que tenía que salir de allí. Había trabajado para un país enemigo y en sus noticias había hablado de los ataques de los talibanes como episodios terroristas. Eso le convertía en objetivo y no podía arriesgarse. En ese último viaje del trabajo a casa hizo una fotografía a la bandera de Afganistán que aún ondeaba en el centro de la ciudad y que solo dos horas después sería reemplazada por la enseña de los talibanes. Esa fotografía es ahora el fondo de escritorio de su ordenador y sueña con volver a ver la bandera original —la de tres franjas con los colores negro, rojo y verde y el escudo nacional en el centro— el día que pueda volver a su país.Acompañado de una carta que era su salvoconducto para escapar, se dirigió junto a su mujer y sus dos hijos, entonces de uno y dos años, al aeropuerto internacional de Kabul con la esperanza de poder entrar en uno de los aviones de las fuerzas internacionales que estaban sacando a gente del país. Pero al llegar a la zona se toparon con cientos de personas agolpadas en sus inmediaciones intentando acceder. Baber no lo dudó y se dio la vuelta para volver a su casa, tenía dos niños pequeños, no había hecho nada malo y se quedaría en su país. Su familia y sus amigos sin embargo volvieron a hacerle consciente del peligro que corría y al día siguiente trató de nuevo de llegar aeropuerto. Pero en esta ocasión no eran cientos, sino miles, las personas que intentaban acceder y una vez más deshizo el mismo camino. «Otra vez dije a mis compañeros que no podía y no quería salir de Afganistán, cualquier cosa que me pase no pasa nada», explica en un español en el que va ganando soltura según se relaja.Esos días se vivieron momentos de mucha tensión y pánico entre las personas que trataban de salir del país. Los militares españoles pidieron a quienes aspiraban a subirse a uno de sus vuelos que se acompañaran de algún elemento de color rojo para poder ser identificados y rescatados entre el tumulto. En medio de todo ese caos, el día 27 de agosto se produjo un atentado en una de las entradas al aeródromo —la misma que usaba el Ejército español— que provocó decenas de fallecidos, entre ellos 13 soldados estadounidenses.La familia pasea por Campaspero junto a vecinos de la localidad Ignacio GilFinalmente Baber decidió recurrir a otra vía de escape y cruzar junto a su familia la frontera con Pakistán para abandonar el país. Recuerda ese viaje como un sueño o una película de ciencia ficción, con carreteras vacías que hacía menos de dos semanas hubieran estado abarrotadas. Una vez en Pakistán, fueron recibidos en la embajada española —como muchos otros afganos que salieron del país por la misma vía— y volaron a Madrid para iniciar una nueva vida como refugiados.En España ya no había una amenaza que pusiera en peligro su vida, pero tuvieron que aprender a caminar de nuevo. «Yo era como un niño», recuerda Baber regalando, ahora sí, una discreta sonrisa. La familia entró a formar parte del programa de refugiados de Accem y se estableció en la provincia de Segovia. «Me ayudaron como a un niño. Tuve que aprender todo de nuevo, cómo tratar a la gente, con el médico, la compra,…». Uno sus primeros días en España, Baber decidió que necesitaba caminar y se dispuso a ello. Sin saber cómo, acabó en medio de una autopista, con los coches pitando y los conductores haciéndole gestos para que abandonara la vía. «¡En Afganistán puedes pasar por cualquier parte de la carretera!», ríe recordando el momento.Aprender de nuevoLa coordinadora de servicios jurídicos de Accem, Judith García, explica que el ajuste de expectativas es uno de los elementos más difíciles para los refugiados que tienen que abandonar su país. Una vez superado el peligro físico, deben aprender a adaptarse en un nuevo entorno y a preparar un futuro en un procedimiento que es muy lento. «Además del proceso burocrático, la búsqueda de empleo o de vivienda son procesos muy costosos», explica. A ello se suma la dificultad para homologar estudios y un asesoramiento para cubrir las necesidades más básicas.Baber Khan y sus hijos en un parque de su nuevo hogar Ignacio GilJunto a ello, la soledad que sienten en su nueva tierra, acostumbrados en sociedades como la afgana a convivir con toda su familia. «Nosotros entendemos el concepto de familia de forma más reducida que en otros contexto culturales como el afgano», explica García. Baber vivía en Kabul junto a abuelos, tíos y sobrinos. Más de 30 personas en las que sigue pensando cada vez que toma una decisión en España. «Yo todavía no pienso que estoy separado de ellos. Cuando arreglo algo en casa todavía creo que ellos viven conmigo», reconoce repasando con la mirada el interior de su recién estrenada vivienda. Pese al dolor de la separación, Baber y su mujer han elegido Campaspero como lugar para rehacer su vida, él se ha sacado el carnet de conducir y se ha comprado un coche. Ella más tímida, con menor manejo del idioma y más preocupada de cuidar a su hija pequeña, prefiere no salir en las fotografías y trata de agasajar a los periodistas con fruta y dulces. «Hasta los cuatro años yo pensaba que podía volver a Afganistán. Pero ahora veo que las cosas están muy mal y en los próximos años no veo posible que cambien cosas y por eso empiezo mi vida aquí».— ¿Tienes la esperanza de poder volver a tu país?— Sí, donde has nacido, donde tienes amigos, donde tienes tu cabeza, es donde quieres volver. Pero me guste o no, yo creo que mis hijos de momento no, ahora no quieren hablar mi idioma.— ¿Te gustaría que ellos y su generación representasen el futuro de Afganistán?— Sí, sí,…Baber se queda entonces mirando en silencio a su hijo, que juega con el móvil en el sillón de al lado. Su cabeza ha vuelto a viajar los más de 8.000 kilómetros que separan Kabul de su nuevo hogar.
En la última casa del pueblo, esa que está lindando con el cartel que indica el fin de Campaspero, una localidad de Valladolid de un millar de habitantes, es donde Baber y su familia han decidido empezar una nueva vida. Llegar hasta aquí no ha … sido fácil, no solo por los miles de kilómetros que distan de su hogar en Kabul, sino porque durante más de cuatro años han vivido en un estado de interinidad mental que les impedía echar raíces en nuestro país. Sus cuerpos estaban en España, pero sus cabezas aún residían en Afganistán, donde tenían la esperanza de poder volver tras haber tenido que salir precipitadamente hace cinco años para proteger su vida.
Baber Khan Sahel, su mujer y sus dos hijos mayores —los dos más pequeños que completan la familia han nacido ya en España, la última hace tan solo dos meses—, fueron unos más de los miles de afganos que tuvieron que abandonarlo todo en agosto de 2021 tras la toma de los talibanes del poder. Todo cambió en menos de cinco días, recuerda Baber una vez tras otra, y las fuerzas internacionales salieron del país tras una misión de más de dos décadas que todo el mundo coincide en reconocer que fue un fracaso.
Empezó entonces una operación de evacuación a contrarreloj por la que solo Estados Unidos sacó del país, entre el 14 y el 25 de agosto, a más de 80.000 personas desde el aeropuerto Internacional Hamid Karzai. España, por su parte, lanzó la denominada operación Antígona y, en un contexto de enorme complejidad, completó hasta 17 vuelos con el avión A400M del Ejército del Aire y del Espacio para evacuar a más de 2.000 personas. La mayoría, afganos que habían colaborado con las Fuerzas Armadas españolas o la OTAN durante los últimos años y vistos por tanto como enemigos por los talibanes.
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Baber estudió ingeniería química, pero siempre había querido ser periodista. En 2021 escribía crónicas para la Agencia Efe desde Kabul. Las primeras semanas de agosto, desde su oficina en el centro de la ciudad, iba enviando a España piezas sobre el avance de los talibanes; pero no fue hasta el mismo día 15 de agosto cuando fue consciente de la realidad. Al salir del edificio y coger el coche para volver a su casa, vio a un hombre apuntándole directamente a la cabeza con la mirilla de su fusil. No sabe aún cómo, logró mantener la mente fría y continuar circulando sin hacer ningún movimiento brusco que le hiciera parecer peligroso.
(Ignacio Gil)
Fue entonces cuando todo su entorno le avisó de que tenía que salir de allí. Había trabajado para un país enemigo y en sus noticias había hablado de los ataques de los talibanes como episodios terroristas. Eso le convertía en objetivo y no podía arriesgarse. En ese último viaje del trabajo a casa hizo una fotografía a la bandera de Afganistán que aún ondeaba en el centro de la ciudad y que solo dos horas después sería reemplazada por la enseña de los talibanes. Esa fotografía es ahora el fondo de escritorio de su ordenador y sueña con volver a ver la bandera original —la de tres franjas con los colores negro, rojo y verde y el escudo nacional en el centro— el día que pueda volver a su país.
Acompañado de una carta que era su salvoconducto para escapar, se dirigió junto a su mujer y sus dos hijos, entonces de uno y dos años, al aeropuerto internacional de Kabul con la esperanza de poder entrar en uno de los aviones de las fuerzas internacionales que estaban sacando a gente del país. Pero al llegar a la zona se toparon con cientos de personas agolpadas en sus inmediaciones intentando acceder. Baber no lo dudó y se dio la vuelta para volver a su casa, tenía dos niños pequeños, no había hecho nada malo y se quedaría en su país. Su familia y sus amigos sin embargo volvieron a hacerle consciente del peligro que corría y al día siguiente trató de nuevo de llegar aeropuerto. Pero en esta ocasión no eran cientos, sino miles, las personas que intentaban acceder y una vez más deshizo el mismo camino. «Otra vez dije a mis compañeros que no podía y no quería salir de Afganistán, cualquier cosa que me pase no pasa nada», explica en un español en el que va ganando soltura según se relaja.
Esos días se vivieron momentos de mucha tensión y pánico entre las personas que trataban de salir del país. Los militares españoles pidieron a quienes aspiraban a subirse a uno de sus vuelos que se acompañaran de algún elemento de color rojo para poder ser identificados y rescatados entre el tumulto. En medio de todo ese caos, el día 27 de agosto se produjo un atentado en una de las entradas al aeródromo —la misma que usaba el Ejército español— que provocó decenas de fallecidos, entre ellos 13 soldados estadounidenses.

(Ignacio Gil)
Finalmente Baber decidió recurrir a otra vía de escape y cruzar junto a su familia la frontera con Pakistán para abandonar el país. Recuerda ese viaje como un sueño o una película de ciencia ficción, con carreteras vacías que hacía menos de dos semanas hubieran estado abarrotadas. Una vez en Pakistán, fueron recibidos en la embajada española —como muchos otros afganos que salieron del país por la misma vía— y volaron a Madrid para iniciar una nueva vida como refugiados.
En España ya no había una amenaza que pusiera en peligro su vida, pero tuvieron que aprender a caminar de nuevo. «Yo era como un niño», recuerda Baber regalando, ahora sí, una discreta sonrisa. La familia entró a formar parte del programa de refugiados de Accem y se estableció en la provincia de Segovia. «Me ayudaron como a un niño. Tuve que aprender todo de nuevo, cómo tratar a la gente, con el médico, la compra,…». Uno sus primeros días en España, Baber decidió que necesitaba caminar y se dispuso a ello. Sin saber cómo, acabó en medio de una autopista, con los coches pitando y los conductores haciéndole gestos para que abandonara la vía. «¡En Afganistán puedes pasar por cualquier parte de la carretera!», ríe recordando el momento.
Aprender de nuevo
La coordinadora de servicios jurídicos de Accem, Judith García, explica que el ajuste de expectativas es uno de los elementos más difíciles para los refugiados que tienen que abandonar su país. Una vez superado el peligro físico, deben aprender a adaptarse en un nuevo entorno y a preparar un futuro en un procedimiento que es muy lento. «Además del proceso burocrático, la búsqueda de empleo o de vivienda son procesos muy costosos», explica. A ello se suma la dificultad para homologar estudios y un asesoramiento para cubrir las necesidades más básicas.

(Ignacio Gil)
Junto a ello, la soledad que sienten en su nueva tierra, acostumbrados en sociedades como la afgana a convivir con toda su familia. «Nosotros entendemos el concepto de familia de forma más reducida que en otros contexto culturales como el afgano», explica García. Baber vivía en Kabul junto a abuelos, tíos y sobrinos. Más de 30 personas en las que sigue pensando cada vez que toma una decisión en España. «Yo todavía no pienso que estoy separado de ellos. Cuando arreglo algo en casa todavía creo que ellos viven conmigo», reconoce repasando con la mirada el interior de su recién estrenada vivienda. Pese al dolor de la separación, Baber y su mujer han elegido Campaspero como lugar para rehacer su vida, él se ha sacado el carnet de conducir y se ha comprado un coche. Ella más tímida, con menor manejo del idioma y más preocupada de cuidar a su hija pequeña, prefiere no salir en las fotografías y trata de agasajar a los periodistas con fruta y dulces. «Hasta los cuatro años yo pensaba que podía volver a Afganistán. Pero ahora veo que las cosas están muy mal y en los próximos años no veo posible que cambien cosas y por eso empiezo mi vida aquí».
— ¿Tienes la esperanza de poder volver a tu país?
— Sí, donde has nacido, donde tienes amigos, donde tienes tu cabeza, es donde quieres volver. Pero me guste o no, yo creo que mis hijos de momento no, ahora no quieren hablar mi idioma.
— ¿Te gustaría que ellos y su generación representasen el futuro de Afganistán?
— Sí, sí,…
Baber se queda entonces mirando en silencio a su hijo, que juega con el móvil en el sillón de al lado. Su cabeza ha vuelto a viajar los más de 8.000 kilómetros que separan Kabul de su nuevo hogar.
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