Se va al cine a adentrarse en una historia que sorprenda , haga reír, llorar, temer, disfrutar, incomode o entretenga, sin saber qué ocurrirá y dejándose llevar por la palabra, la imagen y el sonido, en un tiempo y un espacio a los que se es conducido.El espectador acoge lo que el narrador le presenta, aunque tal vez no le guste. Ese es el trato. Pero hay ocasiones en que esto no es así. La Odisea de Christopher Nolan tan deseada como denostada lo confirma. Son muchos los que desde la butaca rompen lo convenido y piden, airados, explicaciones. Me atrevería a aventurar que más de uno no ha leído a Homero. En mi opinión, es una magnífica aportación al cine épico , casi tres horas de espectacular producción y belleza visual. Como afirma la máxima para la traducción: «traduttore, traditore», también toda adaptación es una traición, por causas lingüísticas, culturales o de la visión de quien la realiza. Es una interpretación personal y quien la recibe puede no compartirla, pero eso no le resta valor. Los episodios de la travesía de Ulises : la caída de Troya, la lucha contra Polifemo y los cíclopes, los encantamientos de Circe y Calipso, el descenso al Hades, el canto de las sirenas, la espera de Penélope y el regreso a Ítaca, han sido recreados por todas las artes y en todas las épocas desde su mirada propia, una y otra vez, en la Divina Comedia, en el Ulises de Joyce y en el de Gala, Ítaca en el poema de Kavafis, Penélope en el muelle de Maná, en el mar de Mecano o en la estación de Serrat.Los grandes héroes lo son porque, pese al tiempo, permanecen vivos y alumbran nuestras inquietudes : la violencia y la guerra, el rechazo del poder y la codicia, la hospitalidad al extraño, el robo de la memoria como negación del presente, la nobleza heroica, el anhelo de lo sagrado, Ítaca como metáfora del viaje interior, el regreso a casa como propósito y la fuerza del amor eterno y fiel y de los vínculos familiares como sentido capaz de renovar todas las cosas. Se va al cine a adentrarse en una historia que sorprenda , haga reír, llorar, temer, disfrutar, incomode o entretenga, sin saber qué ocurrirá y dejándose llevar por la palabra, la imagen y el sonido, en un tiempo y un espacio a los que se es conducido.El espectador acoge lo que el narrador le presenta, aunque tal vez no le guste. Ese es el trato. Pero hay ocasiones en que esto no es así. La Odisea de Christopher Nolan tan deseada como denostada lo confirma. Son muchos los que desde la butaca rompen lo convenido y piden, airados, explicaciones. Me atrevería a aventurar que más de uno no ha leído a Homero. En mi opinión, es una magnífica aportación al cine épico , casi tres horas de espectacular producción y belleza visual. Como afirma la máxima para la traducción: «traduttore, traditore», también toda adaptación es una traición, por causas lingüísticas, culturales o de la visión de quien la realiza. Es una interpretación personal y quien la recibe puede no compartirla, pero eso no le resta valor. Los episodios de la travesía de Ulises : la caída de Troya, la lucha contra Polifemo y los cíclopes, los encantamientos de Circe y Calipso, el descenso al Hades, el canto de las sirenas, la espera de Penélope y el regreso a Ítaca, han sido recreados por todas las artes y en todas las épocas desde su mirada propia, una y otra vez, en la Divina Comedia, en el Ulises de Joyce y en el de Gala, Ítaca en el poema de Kavafis, Penélope en el muelle de Maná, en el mar de Mecano o en la estación de Serrat.Los grandes héroes lo son porque, pese al tiempo, permanecen vivos y alumbran nuestras inquietudes : la violencia y la guerra, el rechazo del poder y la codicia, la hospitalidad al extraño, el robo de la memoria como negación del presente, la nobleza heroica, el anhelo de lo sagrado, Ítaca como metáfora del viaje interior, el regreso a casa como propósito y la fuerza del amor eterno y fiel y de los vínculos familiares como sentido capaz de renovar todas las cosas.
Se va al cine a adentrarse en una historia que sorprenda, haga reír, llorar, temer, disfrutar, incomode o entretenga, sin saber qué ocurrirá y dejándose llevar por la palabra, la imagen y el sonido, en un tiempo y un espacio a los que se … es conducido.
El espectador acoge lo que el narrador le presenta, aunque tal vez no le guste. Ese es el trato. Pero hay ocasiones en que esto no es así. La Odisea de Christopher Nolan tan deseada como denostada lo confirma. Son muchos los que desde la butaca rompen lo convenido y piden, airados, explicaciones. Me atrevería a aventurar que más de uno no ha leído a Homero.
En mi opinión, es una magnífica aportación al cine épico, casi tres horas de espectacular producción y belleza visual. Como afirma la máxima para la traducción: «traduttore, traditore», también toda adaptación es una traición, por causas lingüísticas, culturales o de la visión de quien la realiza. Es una interpretación personal y quien la recibe puede no compartirla, pero eso no le resta valor. Los episodios de la travesía de Ulises: la caída de Troya, la lucha contra Polifemo y los cíclopes, los encantamientos de Circe y Calipso, el descenso al Hades, el canto de las sirenas, la espera de Penélope y el regreso a Ítaca, han sido recreados por todas las artes y en todas las épocas desde su mirada propia, una y otra vez, en la Divina Comedia, en el Ulises de Joyce y en el de Gala, Ítaca en el poema de Kavafis, Penélope en el muelle de Maná, en el mar de Mecano o en la estación de Serrat.
Los grandes héroes lo son porque, pese al tiempo, permanecen vivos y alumbran nuestras inquietudes: la violencia y la guerra, el rechazo del poder y la codicia, la hospitalidad al extraño, el robo de la memoria como negación del presente, la nobleza heroica, el anhelo de lo sagrado, Ítaca como metáfora del viaje interior, el regreso a casa como propósito y la fuerza del amor eterno y fiel y de los vínculos familiares como sentido capaz de renovar todas las cosas.
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