Ante todo, hay que mantenerse en forma”, dice Juan Carlos Ferrero (46), que está musculado, más de lo que ya estaba cuando lideraba el ATP (lo hizo durante ocho semanas del 2003), porque frecuenta el gimnasio cada mañana como sustitutivo del tenis: en los últimos tiempos, las rodillas le han dicho basta. Ya no pelotea ni como divertimento.
‘La Vanguardia’ conversa con el ex número 1 del ATP y ex entrenador de Carlos Alcaraz, que publica ‘Mentalidad ganadora’ (Planeta)
Ante todo, hay que mantenerse en forma”, dice Juan Carlos Ferrero (46), que está musculado, más de lo que ya estaba cuando lideraba el ATP (lo hizo durante ocho semanas del 2003), porque frecuenta el gimnasio cada mañana como sustitutivo del tenis: en los últimos tiempos, las rodillas le han dicho basta. Ya no pelotea ni como divertimento.
En Mentalidad ganadora (Planeta), su primer libro, Ferrero revisa su carrera como tenista y como técnico, exorciza y se auto-explora. Habla de su infancia en el circuito, de los emotivos viajes junto a su padre, 40 km de ida y vuelta hasta la academia de tenis en Villena, tiempo que exprimía para hacer los deberes, de la victoria sobre Agassi en aquella semifinal del US Open que le encumbró al número 1 o de su éxito en la Copa Davis del 2000, la del Palau Sant Jordi en Barcelona, cuando superó a Rafter y Hewitt y entregó a España su primera Ensaladera.
Vivo en la academia desde que tenía 15 años y allí sigo, con mi mujer y mis tres hijos”
También habla de su relación con Carlos Alcaraz y de su abrupta ruptura a finales del año pasado, episodio que obvia “pues olvidado nunca hay nada, pero el tiempo lo cura todo”.
-Creo que ya hemos normalizado lo ocurrido. Hay que dejar atrás el drama. Todo está bien.
Cuando usted se topó con aquel Carlitos de doce años, ¿qué vio?
Me dijeron que fuera a Murcia a verle jugar. Lo hice. Fui y perdió. Pero me gustó su carácter competitivo. Enseguida le plantaba cara a tenistas de 23 o 24 años. Vi ahí la oportunidad. Lo planteé en casa, nos lo trajimos a la academia y empezamos de cero con una materia prima espectacular.
¿Pensó que sería quien es?
No he visto a nadie con sus cualidades. Roger (Federer) las tenía impresionantes, pero Carlos es superior físicamente. Veo una mezcla del Big Three: la capacidad física y mental de Nadal, los golpes y la consistencia de Djokovic y la magia de Federer. Mentalmente le falta todavía un poco de ese mantenimiento para estar todo el tiempo al mismo nivel. Poco a poco, la madurez le va dando esa consistencia.
¿Y qué hace usted ahora?
Tenemos la academia muy llena. Tenemos una capacidad X y no caben más tenistas. A los jugadores siempre les dejamos claro que no todos van a llegar. Les inculcamos hábitos que luego les pueden servir, ya sea para irse a Estados Unidos o trabajar de lo que sea.
Usted vivió los anhelos en su infancia, cuando llegó a aquella academia espartana y rural, un páramo en el campo, un solo pino y un caserío abandonado.
Éramos felices. Lo que queríamos era jugar al tenis e ir creciendo. No pensábamos en lujos ni nos preguntábamos qué hacíamos allí con tan poca cosa. Nos bastaba con las pistas y la casa. Y mire dónde está la academia hoy.
Cuando perdía, me encerraba; he usado muchísimo de aquello para ser entrenador”
Fue una apuesta arriesgada por su parte y por la de su técnico, Antonio Martínez Cascales. Usted y su familia dijeron que no a las ofertas para irse con Nick Bollettieri, en Florida, o al CAR de Sant Cugat.
Si querías tener oportunidades de ser profesional, Barcelona o Estados Unidos eran las opciones: todos me lo decían. Pero decidimos que nos bastaba con un buen sitio para entrenarnos: yo solo tenía catorce años. Quería a mi familia cerca. Me imagino mandando a mi hijo de trece o catorce años a una residencia, y lo veo difícil.
(Hoy, Ferrero, su mujer y sus tres hijos viven en la misma academia; ninguno de sus hijos es tenista; los dos mayores son futbolistas y la tercera, gimnasta).
Usted tuvo a Toni (Cascales).
Él tenía muchas ideas de futuro. Cuando yo llegué a la academia, a mis diez años, ya tenía un grupito muy bueno. Tuve la suerte de encontrarle. Hoy hay pocos casos de este tipo, con veinte años de carrera juntos. Aún somos socios en la academia. Es bonito tener una relación de este tipo con alguien que no te va a traicionar nunca.
¿Qué cosas aprendió de él y ha aplicado como entrenador?
Era muy disciplinado. Y tenía mucho orden. Si eres desordenado, un desastre, y no entrenas con los mismos objetivos que te hagan crecer, no alcanzarás el objetivo.
Entiendo que Cascales le ayudó a relativizar las cosas cuando llegaba una derrota. A usted le costaba eso, ¿no?
Como tenista, no conseguía arreglar mi espíritu. En la derrota me enfadaba demasiado, pasaba así dos o tres días. Muchas veces me afectaba incluso a la motivación para volver a entrenarme. Con el tiempo me he ido reseteando y mejorando en eso.
¿Se recuerda a sí mismo encerrado en la habitación? ¿Cómo se reseteaba?
Con el diálogo, no. Por mucho que me hablaran desde mi alrededor, no me consolaban lo suficiente como para dejarlo ir.

¿Y lo aplica con sus tenistas?
La experiencia debes tenerla siempre muy presente.
En el libro, evoca su victoria sobre Agassi, su ídolo, en aquella semifinal del US Open del 2003. Quien ganase ese partido sería número 1. ¿Se recuerda a sí mismo en la noche anterior?
¡Por supuesto! Me recuerdo con muchísimos nervios, ese pequeño miedo a perder la oportunidad, pero también con ganas de afrontar un reto de esas dimensiones. Entré en la pista Arthur Ashe, en Nueva York, enfrentándome a un estadounidense que era número 1 y un ídolo para 30.000 espectadores. De mi lado, solo mi box. Me ayudó el tener una rutina clara y el estar dispuesto a vaciarme.
También habla de aquel pasaje en la Davis del 2000, cuando debía medirse a Hewitt y antes de salir a la pista, Àlex Corretja le dijo: ‘Estás muy pálido, tío. ¿Estás bien?’.
Y lo estaba. Fue mi primera situación realmente difícil. Jugaba con España en la final de la Davis, ante Australia, en tierra y siendo favoritos… Sentí esa pesadez dentro de mí. Y entonces vino Àlex… Le contesté: ‘Pues no, no estoy bien’. Recuerdo ese momento con cariño. Me habló con la intención de ayudar. Éramos un grupo muy bueno.
¿Qué le jubiló a usted?
Era el 2012. Ya no me sentía competitivo. La disciplina seguía ahí pero no sentía las derrotas, y empezó a generarse ese pensamiento de que ya llegaba el momento.
¿Y vino el vacío?
Tenía la academia, me había estado preparando. Eso es importante: llevas desde pequeño haciendo siempre lo mismo y cuando se termina, estar en casa de brazos cruzados es difícil.
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