Durante su gobierno, en especial este segundo mandato, el presidente Donald Trump resulta menos de Aristóteles (la contradicción no existe, es imposible que una cosa sea y no sea a la vez) y mucho más de Hegel, inspirador de Karl Max y el marxismo, puesto que para el filósofo idealista la contradicción es el motor que impulsa la transformación.
El presidente utiliza la palabra comunista o comunismo cerca de un centenar de veces en los últimos días para alertar con los demócratas socialistas de cara a las elecciones de medio término el próximo noviembre
Durante su gobierno, en especial este segundo mandato, el presidente Donald Trump resulta menos de Aristóteles (la contradicción no existe, es imposible que una cosa sea y no sea a la vez) y mucho más de Hegel, inspirador de Karl Max y el marxismo, puesto que para el filósofo idealista la contradicción es el motor que impulsa la transformación.
Pero Trump, más que hegeliano por su capacidad de defender una cosa y al instante la contraria en función del minuto y resultado, es en verdad un especialista en sembrar el caos o él es el mismo caos, según los trumpólogos.
Solo hay que ver su última moda retórica. A pesar de asegurar que es íntimo del dictador norcoreano King Jong Un, un resquicio del comunismo ad hoc, o declararse amigo del chino Xi Jinping o del ruso Vladimir Putin, herederos de autócratas de hierro como Mao o Stalin, Trump ha entrado en la campaña para las elecciones legislativas de noviembre alertando de que los bolcheviques están ya de camino hacia Washington, como si esto fuera 1917.
En su alerta contra el pánico rojo, ejerciendo de reencarnación del senador Joseph Mcarthy, el presidente ha recurrido en 81 ocasiones en estas dos semanas a las palabras comunista y comunismo (el cálculo es de Reuters) para advertir sobre los peligros de esta ideología que atribuye a un pequeño grupo de candidatos de la oposición que se definen como socialistas demócratas.
Lo que en Europa equivale a la socialdemocracia, que nunca ha hecho una defensa de que el Estado se apropie de los medios de producción, cuenta con el senador Bernie Sanders, la legisladora Alexandria Ocasio-Cortez o el alcalde de Nueva York Zohran Mamdani a la cabeza de esa corriente caracterizada por llamamientos a implantar una sanidad universal o ampliar la vivienda pública.
Los discursos de Trump por el aniversario de los 250 años de la fundación de EE.UU. estuvieron marcados el pasado fin de semana por su sentido divisorio.
“El comunismo es una amenaza mortal para la libertad estadounidense”, sostuvo en el acto del 3 de julio en Mount Rushmore. “Es la mayor amenaza para nuestro país, por encima de la Primera Guerra Mundial, la Segunda Guerra Mundial, Pearl Harbor o incluso el 11 de septiembre”, matizó.
A la jornada siguiente, en la celebración del día de la Independencia en el National Mall, dedicó una parte considerable de su intervención a alertar sobre el espectro del comunismo y prometió que “Estados Unidos nunca será un país comunista”.
No hay duda de que Trump persigue que las próximas elecciones sean un referéndum sobre los demócratas y su supuesta radicalización, y no sobre su presidencia, muy impopular por la guerra con Irán o los altos precios de la cesta de la compra.
Cuando el presidente avisa sobre el comunismo, no se está refiriendo a los detalles concretos de las ideologías políticas de los candidatos, señaló Austin Sarat, profesor de Ciencias Políticas en Amherst College, en declaraciones a la CNN.
Más bien recalcó que Trump usa el término como una forma de decir “antiestadounidense”, transmitiendo a su base que su forma de vida está en peligro. “Puedes ser leal a Karl Marx o puedes ser leal a Estados Unidos”, dijo Trump el 3 de julio. “Puedes ser comunista o puedes ser patriota. No puedes ser ambas cosas”, insistió Lo que se interpreta como una manera de proclamar que “esas personas no son como nosotros o amenazan nuestra forma de vida”, según Sarat.
Sus asesores sopesan si ese mensaje tiene eco más allá de sus seguidores o, como indican las encuestas, es una terminología desfasada que ya no da miedo, mientras las encuestas muestran que decae el aprecio por el capitalismo.
“Nos da la sensación de que las palabras están perdiendo en cierto modo su significado, y los ataques de Trump en este frente simplemente no están teniendo efecto”, replicó Ashik Siddique, copresidente de los Socialistas Democráticos de América.
El viento hegeliano sopló en la rueda de prensa de Trump en Turquía tras la reunión de la OTAN. “El comunismo es fácil de vender. Yo sería el comunista más grande de la historia. Estaría a la altura de Lenin”, apostilló.
Internacional
