Todo empezó mucho antes, pero el punto de inflexión llegó en Londres 2012. Mireia Belmonte había ganado dos platas (200 mariposa y 800 libre) cuando, el último día, en la villa olímpica, le dijo a su entrenador, el francés Fred Vergnoux, “quiero cenar contigo”. “La conversación duró cinco segundos, pero fue de una intensidad brutal”, recuerda el técnico, quien no ha borrado ni un píxel. “Me miró con esos ojos que tiene, no podía hacer otra cosa que corresponder. Y me dijo: ‘En cuatro años quiero el oro en los 200 mariposa’. Yo le dije que sí, que lo haríamos, pero que sería 20 veces más difícil”. El día 10 de agosto del 2016, en Río de Janeiro (11 en España), la badalonesa cumplió su sueño.
El 10 de agosto de 2026 en la noche de Río, la badalonesa cumplió el sueño de ser campeona olímpica. Parte del equipo técnico que la ayudó rememora esa efeméride
Todo empezó mucho antes, pero el punto de inflexión llegó en Londres 2012. Mireia Belmonte había ganado dos platas (200 mariposa y 800 libre) cuando, el último día, en la villa olímpica, le dijo a su entrenador, el francés Fred Vergnoux, “quiero cenar contigo”. “La conversación duró cinco segundos, pero fue de una intensidad brutal”, recuerda el técnico, quien no ha borrado ni un píxel. “Me miró con esos ojos que tiene, no podía hacer otra cosa que corresponder. Y me dijo: ‘En cuatro años quiero el oro en los 200 mariposa’. Yo le dije que sí, que lo haríamos, pero que sería 20 veces más difícil”. El día 10 de agosto del 2016, en Río de Janeiro (11 en España), la badalonesa cumplió su sueño.
No era una escena nueva para Vergnoux, pero sí la más convincente por el momento y la forma. Saciada con dos platas, Mireia quería más. En septiembre de 2010, cuando el técnico francés llegó al Club Natació Sabadell, antes de que todo comenzase, ya escuchó de los labios de Mireia el “quiero ganar el oro olímpico”.
Aquella jornada, la del 10 de agosto de 2016, permanece intacta en la mente de quienes la empujaron a ser campeona: Vergnoux (entrenador), Mónica Solana (fisioterapeuta), Richi Serrés (preparador mental), Iñigo Mújica (fisiólogo y preparador físico) y Raúl Arellano (biomecánico).
Vergnoux tenía todo apuntado en la libreta. Esa mañana no acudieron a la piscina de competición, sino a una de entrenamiento que estaba a 20 minutos caminando de la villa. Llamó a Richi Serrés (preparador mental) y a Mónica Solana (fisioterapeuta) para que le acompañaran. Y allí estuvieron observando un entrenamiento suave. Unos días atrás, en la piscina del Fluminense, Mireia se había sometido a una sesión más exigente, un “test” de estilo mariposa y libre, que pudo constatar que había llegado “en plena forma”.
Pero ese 10 de agosto “se puso a llover cuando teníamos que volver, y se te pasan muchas cosas por la cabeza. Ahora cómo llegamos, cogerá frío…”, recuerda el técnico. Las finales comenzaban a las 22.00 y eran las 13.00. Y no entraba en los planes, pero Mireia ya quería comer. “Nos entró la risa”.
Mireia no utilizó las redes sociales en Río. Dejaba el teléfono en un cajón. Llegó la hora y se subió al autocar rumbo a la piscina.
El Centro Acuático de Río lo diseñó un arquitecto de Banyoles, Quim Pujol, quien también fue nadador y olímpico. Era un recinto ruidoso en la parte sur del Parque Olímpico, cerca del tenis y del balonmano, y cuando ya caía la noche comenzaba la actividad en la piscina que vio despedirse a Michael Phelps.
VideoLa badalonesa hizo un calentamiento en seco y en el agua, y antes de entrar en los vestuarios Vergnoux le dijo: “Disfruta, Mireia, esto es tuyo”. En los prolegómenos había tenido una charla con el propio técnico y con Richi Serrés. La última en verla iba a ser su inseparable fisioterapeuta, Mónica Solana. “Cuidado con lo que le dices, serás la última en hablar con ella”, le advirtió Richi.
“No hicimos nada especial. Ella se puso los auriculares para escuchar reguetón, no la dejé bailar, charlamos y nos pusimos su bañador especial, tardamos 20 minutos”, recuerda. Ese bañador es uno de los múltiples detalles que había ideado su equipo para que Mireia le ganase al tiempo. Speedo le fabricó una prenda a medida, “se dejaba las uñas largas, se depilaba los antebrazos, como en Londres, para deslizar más”, repite Vergnoux, que pone énfasis en el entrenamiento invisible de ese ciclo de cuatro años: “Nos preguntamos qué cosas son las que no molestan a lo largo de un día, pero que, sumadas, en meses son un montón: salidas, trabajo de fuerza…”. Para ganarle al tiempo había que aprovecharlo al máximo. Cada año Mireia ascendía al pico Veleta en Granada, e incluso en un campeonato en Las Palmas le instalaron una cámara hiperbárica. “Ella hizo más altura que nadie”, apunta Arellano, biomecánico.
Mireia estaba ya con el bañador dispuesta a salir a esos 200 mariposa. La estrategia la había respaldado Arellano, quien recomendó a Vergnoux tras analizar a las rivales que “la clave era atacar antes del último viraje y este hacerlo a máxima velocidad junto al subacuático”. “Todo estaba estudiado. Le dijimos que pasaría por detrás de la australiana (Madeline Groves) en el 100, pero que ella la adelantaría en el 150. Nos alineamos con el preparador mental. Y así fue”, rememora Vergnoux.
VideoEsa parte es muy importante. El mensaje científico de Arellano, que estudio a las rivales, estaba respaldado por el mental de Serrés: “No te preocupes si en el 100 pasas por detrás de ella, le verás los pies, es lo normal. Luego la adelantarás”, le vino a decir, recuerda Vergnoux. Y así sucedió. Mireia pasó a medio segundo en el 100 y después la adelantó 20 décimas a falta de 50 metros.
El técnico vio esa contrarreloj en la grada junto a los entrenadores de las otras medallistas. Serrés no quiso que estuviera acompañado por más gente del staff: “Es su momento”. “Luego salgo -cuenta Vergnoux- y me doy cuenta de que estoy empapado de sudor hasta los pies. Nunca me había pasado”. Explica que no olvidará la broma que le dijo el mítico nadador Aleksander Popov al verlo: “¿Qué? ¿Cómo la tienes?”. Se partieron de risa.
Mireia había ganado por apenas tres centésimas. “Se iluminó el poyete y fue una locura”, relata Solana. “Vi luego a Mireia y me colgó la medalla. Tengo tatuada esa fecha en el brazo”, dice Vergnoux. “Fue de infarto”, asiente Arellano. “Si no gana el oro era un desastre nacional, todos lo esperaban”, rememora Vergnoux.
Ya con el oro, Mireia le dijo a su entrenador: “Fred, hay que suavizar, que mañana tengo otra prueba”. “Yo ya ni lo pensaba”, repite. “Eso es lo profesional que era Mireia, lo tenía todo controlado, iba un paso por delante”.
Llegó a la villa a la 1.30 h y la fisio Mónica Solana, que aún debía tratarla, le dijo: “Ponte el pijama y te voy haciendo el masaje, duerme. Le tuve que dar la vuelta como a un cadáver, qué tensión”.
Al día siguiente, Mireia se metió octava en la final de los 800 libre. Y acabó cuarta con el récord de España.
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