“Mi administración gobernará bajo un lema sencillo: promesas hechas, promesas cumplidas. Vamos a cumplir nuestras promesas”.
El presidente auguró una “época dorada”, pero muchos americanos sienten que les cuesta más acceder a la vivienda, la salud o a los productos básicos
“Mi administración gobernará bajo un lema sencillo: promesas hechas, promesas cumplidas. Vamos a cumplir nuestras promesas”.
Desde que pronunció esas palabras en el discurso de su segunda victoria presidencial, Donald Trump ha tenido que tragarse sus palabras en innumerables ocasiones: no ha reducido el coste de la vida, ha deportado a inmigrantes indocumentados y documentados, ha recortado el seguro de salud gratuito, ha iniciado una gran guerra (la de Irán) y no ha terminado las de Ucrania o Gaza en 24 horas, como había prometido. Estados Unidos está lejos de encontrarse en la “época dorada” a la que el mandatario prometió llevar, un país en el que hoy el gasóleo ha subido un 40% en un año.
Los estadounidenses acuden a las urnas en unas elecciones de mitad de mandato que sirven para hacer balance de los dos primos años de gobierno. En este caso, los 21 primeros meses de Trump en la Casa Blanca han estado marcados por una presidencia frenética que ha trastocado las convenciones básicas del gobierno y la política estadounidense a golpe de decreto. Solo en el primer año, desplegó el ejército en las calles para aplacar las protestas contra el ICE, la policía de aduanas, (julio), ordenó la eliminación de la ciudadanía por nacimiento (enero) o impuso aranceles a casi todos sus socios comerciales (abril).
Todo aquello quedaría eclipsado con la guerra de Irán, que Trump inició siguiendo el consejo de Israel, el 28 de febrero. La operación militar en Oriente Medio y sus consecuencias para la economía mundial y estadounidense borraron también de la memoria la captura del presidente venezolano, Nicolás Maduro, el pasado enero, que su administración había calificado de éxito. La contienda contra el país persa también acabó acaparando los focos en un momento en que el abuso de las fuerzas del ICE acababa de cobrarse la vida de Renée Good y Alex Pretti, en Minneapolis.
Al final, la campaña ha quedado secuestrada por la economía. Un tema que siempre había hecho crecer a Trump y al Partido Republicano, pero que esta vez ha jugado en su contra. ”Vamos a crecer como nadie ha crecido nunca”, anunció Trump en plena campaña para las presidenciales. El producto interior bruto estadounidense creció un 2,1% en 2025, el peor dato de los últimos cinco años.
Hoy solo el 25% de los estadounidenses aprueba la forma en que el mandatario republicano gestiona la economía. Que sube a un escaso 32% si se valora su gestión en términos generales. Cerca de 7 de cada 10 personas consideran que el país avanza en la dirección equivocada. La mayoría le responsabiliza de la pérdida de poder adquisitivo, debido al encarecimiento de los productos de primera necesidad, el combustible y los fertilizantes.
El temor a un golpe electoral llevó a Trump implicarse hasta la médula en la campaña. Mitin tras mitin el presidente ha promocionado inversiones multimillonarias en nuevas fábricas y proyectos energéticos y ha prometido nuevos puestos de trabajo, como prueba de que sus políticas económicas funcionan. Un gasoducto de gas natural licuado (GNL) en Alaska, una planta siderúrgica en Iowa, una central eléctrica en Texas, un proyecto farmacéutico en Kentucky, una mina de cuarzo en Carolina del Norte… Muchos de esos proyectos siguen siendo inciertos o tardarán años en generar beneficios, según pudo constatar una reciente investigación de Reuters.
Además de destacar sus logros económicos, como haría cualquier presidente ante el escrutinio de los votantes, el mandatario ha ido más lejos al prometer 5.000 dólares a cada ciudadano si los republicanos conservaban el control del Congreso. Otro anuncio que suena a promesa fallida y que los demócratas han tildado de “soborno político”.
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