Una nueva familia demócrata tomará el próximo 3 de enero el Congreso estadounidense, donde por primera vez en cuatro años la izquierda ha logrado el control de las dos cámaras. Y lo ha hecho con una mayoría mucho más holgada de lo que auguraban las encuestas, en la victoria legislativa más contundente en medio siglo: a falta de que termine el recuento de votos, está previsto que obtengan hasta 260 escaños en la Cámara de Representantes y, si ganan las dos carreras al Senado que siguen en el aire, Misisipi y Alaska, tendrán 56 de 100 senadores.
La izquierda gana peso en el Capitolio con la elección de un número récord de seis Socialistas Democráticos de América
Una nueva familia demócrata tomará el próximo 3 de enero el Congreso estadounidense, donde por primera vez en cuatro años la izquierda ha logrado el control de las dos cámaras. Y lo ha hecho con una mayoría mucho más holgada de lo que auguraban las encuestas, en la victoria legislativa más contundente en medio siglo: a falta de que termine el recuento de votos, está previsto que obtengan hasta 260 escaños en la Cámara de Representantes y, si ganan las dos carreras al Senado que siguen en el aire, Misisipi y Alaska, tendrán 56 de 100 senadores.
Aunque este tsunami azul es más imputable a las promesas incumplidas de Donald Trump, a un voto de castigo, que al acierto del Partido Demócrata, lo cierto es que la oposición logró imponer su mensaje de campaña, centrado en el coste de la vida y la rendición de cuentas, y ahora el pueblo espera que cumpla. Aunque su poder legislativo estará limitado por el veto presidencial de Trump en los próximos dos años, unas mayorías tan amplias darán a la izquierda un papel protagonista en la aprobación de presupuestos y la confirmación de cargos ejecutivos y judiciales, así como en las comisiones de investigación al Gobierno e incluso la posibilidad de un juicio político a Trump o a miembros de su Administración, como el secretario de Defensa, Pete Hegseth.
“El pueblo estadounidense ha elegido a los demócratas porque quiere un cambio drástico de rumbo. Eso es exactamente lo que ofreceremos en la cámara baja”, señaló ayer el actual líder de la minoría demócrata, Hakeem Jeffries, que probablemente se convierta en enero en el primer presidente negro de la cámara baja. Aunque aseguró que ya se han puesto manos a la obra, el programa político del partido sigue siendo algo disperso. Si bien sus candidatos prometieron trabajar para reducir la inflación, no hay un plan unificado con medidas específicas, así que esta es su tarea pendiente hasta que se renueve el Congreso en enero.
Parte del trabajo de Jeffries será ahora unir a las distintas facciones del partido, al que se le vieron las costuras durante el ciclo de primarias: hay divisiones internas entre el ala moderada, el establishment, y la progresista; entre quienes apoyan la ayuda militar a Israel y quienes exigen un embargo de armas; entre los defensores de un seguro de salud público y universal (Medicare for All) y los que se conforman con revertir los recortes de Trump; o entre quienes quieren desfinanciar la policía y abolir el Servicio de Inmigración y Aduanas, y quienes solo piden regular su crueldad.
En la nueva familia demócrata en la Cámara de Representantes, el caucus centrista New Democrat Coalition seguirá siendo el mayoritario, con alrededor de 140 miembros, mientras que la todavía más moderada Blue Dog Coalition superará los 20. Pero en esta familia hay un tercer grupo, el Caucus Progresista, que hace una década –cuando el partido arrinconó al socialista Bernie Sanders– se sentaba en la mesa de los pequeños, y en enero se calcula que reunirá a más de 100 congresistas.
Los demócratas siguen divididos sobre asuntos como el apoyo a Israel, la sanidad pública o el papel de la policía migratoria
La abultada mayoría en la cámara baja, con un margen esperado de 30 votos para aprobar leyes, facilitará el trabajo a Jeffries. Si el avance demócrata hubiera sido más limitado, los congresistas díscolos tendrían mucho más poder en el partido y capacidad de vetar sus iniciativas legislativas. En cambio, si se confirman los resultados proyectados, los demócratas podrán aprobar medidas sin necesitar, por ejemplo, los 20 escaños de la Blue Dog Coalition.
De momento, el mensaje es de unidad frente al trumpismo, sus aranceles globales, su guerra en Irán y la corrupción de su gobierno y su familia. “Se ha prestado muchísima atención durante toda esta campaña, debido a unas primarias realmente duras al principio del calendario electoral, a las disputas internas. Pero lo que ocurrió en las midterms fue un verdadero terremoto político, en el que el pueblo estadounidense exigió que se restablezcan los pesos y contrapesos en el Gobierno”, subrayó el congresista Greg Stanton, demócrata de Arizona y líder de la New Democrat Coalition.
El partido no puede obviar el marcado giro a la izquierda de sus candidatos electos, así como de la sociedad estadounidense en su conjunto. El martes fue una noche histórica para los Socialistas Democráticos de América (DSA), una organización independiente del Partido Demócrata, que apoyó y presentó a 105 candidatos vencedores en carreras estatales y federales, un récord para un sector minoritario y demonizado durante la campaña por los republicanos, que usaron como diana a los “izquierdistas radicales”.
También lograron un máximo histórico los seis nuevos candidatos del DSA elegidos a la Cámara de Representantes: Darializa Avila Chevalier y Claire Valdez, en Nueva York; Melat Kiros, en Colorado; Angela Gonzales-Torres, en California; Donavan McKinney, en Michigan; y Chris Rabb, en Pensilvania. Actualmente, solo dos congresistas en ejercicio pertenecen a la organización: Alexandria Ocasio-Cortez, de Nueva York, y Rashida Tlaib, de Michigan.
Aunque siguen siendo un grupo reducido, los socialistas han demostrado en este ciclo electoral una tendencia al alza, que lleva a predecir en el futuro una mayor capacidad de influencia en el partido e incluso la conformación de su propio caucus en el Congreso. La primera prueba de unidad del partido llegará con la elección de Hakeem Jeffries como presidente de la cámara baja, para la que de momento ningún representante del DSA ha prometido su voto favorable.
El mensaje de izquierdas, con el coste de la vida y la sanidad pública en el centro, ha calado en amplios sectores de la sociedad y los candidatos moderados han lo han abrazado con fines electorales. Discursos contra el 1% más rico de la población y a favor de la redistribución de la riqueza han ganado en bastiones conservadores como Kansas, con el triunfo de Adam Hamilton, el primer demócrata elegido al Senado en el estado en casi un siglo; o Texas, donde James Talarico intercaló el discurso socialista con el cristiano y ganó con un amplio margen cuatro décadas después del último triunfo demócrata.
El avance de la izquierda permite a la socialista Alexandria Ocasio-Cortez imaginar una candidatura en el 2028
También ha triunfado en Michigan, un estado bisagra, donde el doctor Abdul El-Sayed se convertirá en el primer senador musulmán en la historia del país tras convencer con un eslogan de campaña meridiano y con tres prioridades: “El dinero fuera de la política. El dinero en tu bolsillo. Medicare para todos”.
El Partido Demócrata renació de sus cenizas tras el batacazo electoral del 2024 y ahora, a la luz de una victoria abrumadora, volverá a redefinirse de cara a las presidenciales del 2028. El avance de la izquierda, que ha despegado desde que Nueva York eligió a Zohran Mamdani como su alcalde, legitima una apuesta que lleva tiempo gestándose, la candidatura presidencial de Ocasio-Cortez.
En EE.UU., cuando termina una campaña electoral comienza otra, y en el próximo año algunas de sus principales figuras darán un paso al frente y anunciarán candidatura para las primarias demócratas. Entre ellos, han ganado enteros en los últimos meses Jon Ossoff, reelegido senador en Georgia, Gavin Newsom, de salida de su gobierno en California, o Pete Buttigieg, el carismático secretario de Transporte durante la Administración de Joe Biden.
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