Prometía emociones fuertes el sábado de sesión continua, como en los viejos cines de barrio. Primero el Barça, después el Madrid. Uno cabalga sobre la ola. No se le recuerda un comienzo de temporada más tranquilo. Carrusel de victoria y goles a gogó. El otro vive bajo presión y lo dejó bien claro contra el Villarreal, partido que recuperó al Mourinho de toda la vida, no al templado veterano que anunciaban. Regresó en plan fiera, ingobernable, acentuando el rasgo en cada jugada y fricción, todas le sirvieron para convertir el partido en un conflicto feo, de consecuencias desagradables, coronadas en el campo por Vinícius, expulsado por un horrible agarrón del pelo a Saliba en una jugada que el brasileño cerró con lo que suponía el segundo gol del Madrid. El VAR llamó al árbitro, que necesitará una semana de ansiolíticos para recuperarse de tanto sofocón, y le colocó ante la evidencia. Expulsión y follón atómico en el Bernabéu.
Prometía emociones fuertes el sábado de sesión continua, como en los viejos cines de barrio. Primero el Barça, después el Madrid. Uno cabalga sobre la ola. No se le recuerda un comienzo de temporada más tranquilo. Carrusel de victoria y goles a gogó. El otro vive bajo presión y lo dejó bien claro contra el Villarreal, partido que recuperó al Mourinho de toda la vida, no al templado veterano que anunciaban. Regresó en plan fiera, ingobernable, acentuando el rasgo en cada jugada y fricción, todas le sirvieron para convertir el partido en un conflicto feo, de consecuencias desagradables, coronadas en el campo por Vinícius, expulsado por un horrible agarrón del pelo a Saliba en una jugada que el brasileño cerró con lo que suponía el segundo gol del Madrid. El VAR llamó al árbitro, que necesitará una semana de ansiolíticos para recuperarse de tanto sofocón, y le colocó ante la evidencia. Expulsión y follón atómico en el Bernabéu.Seguir leyendo…
Prometía emociones fuertes el sábado de sesión continua, como en los viejos cines de barrio. Primero el Barça, después el Madrid. Uno cabalga sobre la ola. No se le recuerda un comienzo de temporada más tranquilo. Carrusel de victoria y goles a gogó. El otro vive bajo presión y lo dejó bien claro contra el Villarreal, partido que recuperó al Mourinho de toda la vida, no al templado veterano que anunciaban. Regresó en plan fiera, ingobernable, acentuando el rasgo en cada jugada y fricción, todas le sirvieron para convertir el partido en un conflicto feo, de consecuencias desagradables, coronadas en el campo por Vinícius, expulsado por un horrible agarrón del pelo a Saliba en una jugada que el brasileño cerró con lo que suponía el segundo gol del Madrid. El VAR llamó al árbitro, que necesitará una semana de ansiolíticos para recuperarse de tanto sofocón, y le colocó ante la evidencia. Expulsión y follón atómico en el Bernabéu.
A falta de soluciones a los problemas de juego, Mourinho apeló a sus viejos trucos. Cada jugada, un Vietnam: protestas, increpaciones, la vena hinchada. La inflamación alcanzó a sus futbolistas. Ni en los momentos de buen juego, que no fueron muchos, pero sí suficientes para ganar y merecerlo, el Madrid disfrutó del partido. La tensión, teatralizada desde el primer minuto, dominó la noche. En la octava jornada del campeonato se estaba inaugurando el pantano en el que, con toda probabilidad, desembocará esta Liga.
Se avista un clásico como en los viejos tiempos; el portugués ha vuelto
El encuentro terminó sepultado en medio de la ruidosa percusión que se generó. El Villarreal todavía está sin afinar. No se trataba de jugar bien, mal o regular. El partido estaba en otra onda. Es decir, en la atmósfera del choque. De eso trató el mensaje de Mourinho.
Detrás del incesante ruido, se observaron apuntes que en otras fechas hubieran presidido los debates posteriores. Vinícius no figuró entre los titulares, y eso siempre es noticia. Valverde, que no quería jugar de lateral derecho con Xabi Alonso, ocupó esa posición en el segundo tiempo. Lo más interesante es que fue el mejor del Madrid donde no le gusta estar. Le veremos más veces en el lateral. En cuanto a Mbappé, pasó inadvertido. Cuando dio señales de vida, no embocó las ocasiones. Las difíciles y las fáciles.
El ingreso de Vinícius estaba cantado. El Villarreal flojeó en el primer tiempo, pero salió con más aire en el segundo. Por un momento, Mourinho se olvidó de quejas, reivindicaciones, reproches y malas caras para tomar un par de decisiones correctas. Apostó por la simetría –Vinicius en la izquierda, Diomande en la derecha– y colocó a Güler en el eje del medio campo, esa ficha significó el traslado de Valverde al lateral. El Madrid mejoró y marcó, en gran medida porque el estadounidense Freeman, un proyecto de excelente lateral, se durmió y habilitó a Diomande.

Lejos de cambiar el signo del encuentro, la ventaja del Madrid acentuó el rasgo: más jaleo, culminado en una jugada que ya recorre el mundo. Vinícius manchó un contragolpe perfecto con su feísimo tirón de pelo a Saliba, por la espalda, para más señas, una de esas acciones que los profesionales detestan y que se castigan como el VAR indicó al árbitro, con una expulsión fulminante.
Mourinho, que se maliciaba lo que iba a ocurrir, convirtió el asunto en un teatrillo de mal gusto. Saltó del banquillo, entró en el campo y lo recorrió hasta la línea de fondo para festejar a todo trapo el gol que instantes después se anularía, así que el lío se multiplicó a la enésima potencia, como no podía ser de otra manera. Se avista un clásico como en los viejos tiempos. Mourinho ha vuelto.
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