La actriz, fallecida a los 100 años, fue uno de esos rostros secundarios que dieron vida a las series más queridas de varias generaciones. Trabajó en Broadway, participó en decenas de producciones y, cuando parecía que ya lo había hecho todo, encontró una nueva manera de seguir contando historias Leer La actriz, fallecida a los 100 años, fue uno de esos rostros secundarios que dieron vida a las series más queridas de varias generaciones. Trabajó en Broadway, participó en decenas de producciones y, cuando parecía que ya lo había hecho todo, encontró una nueva manera de seguir contando historias Leer
Nunca fue la protagonista de Los problemas crecen. Ni siquiera aparecía en todos los capítulos. No tenía su nombre en los grandes titulares, ni era uno de esos rostros por los que millones de espectadores encendían el televisor. Pero bastaba con que entrara en escena para que aquella familia que tantas tardes compartió con varias generaciones pareciera un poquito más real. Betty McGuire era la abuela Kate Malone, la madre de Maggie Seaver, la abuela de Mike, Carol, Ben y Chrissy. Una de esas presencias que no necesitan ocupar el centro de la pantalla para quedarse en la memoria. La actriz murió el pasado 8 de octubre, a los 100 años, por causas naturales en California. Su muerte se ha conocido ahora.
Con ella desaparece algo más que un rostro familiar de una de las comedias estadounidenses más populares de los años 80. Se marcha una representante de una generación de intérpretes que aprendieron su oficio sobre las tablas, que hicieron carrera sin necesidad de convertirse en estrellas y que entendieron que no existían personajes pequeños cuando había algo que contar.
La televisión también se hizo grande gracias a ellos. A esos actores y actrices que aparecían en un episodio, desaparecían durante meses y regresaban como si nunca se hubieran marchado. Que podían interpretar a una madre, una vecina, una enfermera o una abuela y conseguir que el espectador creyera que siempre habían estado allí. La industria los llamó secundarios. Quizá porque nunca encontró una palabra mejor para quienes, sin ocupar el primer plano, eran capaces de sostenerlo todo.
Los problemas crecen fue una de aquellas series que convirtieron a una familia estadounidense en parte de la vida cotidiana de millones de espectadores. El matrimonio formado por Jason y Maggie Seaver, interpretados por Alan Thicke y Joanna Kerns, intentaba educar a sus hijos entre los conflictos adolescentes, los problemas domésticos y las inevitables lecciones de cada capítulo. Estaban Mike, el hijo rebelde al que dio vida Kirk Cameron; Carol, la responsable y estudiosa; Ben, el pequeño de la casa; y después Chrissy. Incluso un jovencísimo Leonardo DiCaprio acabaría encontrando su sitio en aquel hogar televisivo. Y de vez en cuando aparecía Kate Malone. La abuela.
Betty McGuire participó en apenas 12 episodios de una serie que se emitió durante siete temporadas, entre 1985 y 1992. 12 capítulos. Una presencia aparentemente pequeña en una producción que marcó a toda una generación. Sin embargo, su personaje contribuía a algo esencial: recordar que aquella familia tenía un pasado, unos vínculos y una historia que iba mucho más allá de lo que sucedía cada semana en el salón de los Seaver. Kate era la madre de Maggie, la suegra de Jason y la esposa de Ed Malone, interpretado por Gordon Jump. Una generación anterior que llegaba para recordar que también los padres habían sido hijos alguna vez.
Hoy, cuando las series se construyen tantas veces alrededor de grandes protagonistas, nombres reconocibles y personajes destinados a conquistar las redes sociales, conviene recordar el valor de aquellos intérpretes que conseguían hacer creíble un universo entero con unas pocas escenas. McGuire pertenecía a esa escuela. No necesitaba que la historia girara alrededor de ella. Su trabajo consistía en conseguir que la historia funcionara mejor cuando aparecía.
Y, sin embargo, reducir su vida a la abuela de Los problemas crecen sería cometer precisamente la injusticia que su trayectoria invita a combatir. Porque antes de llegar a aquella casa de ficción, Betty McGuire ya había vivido varias vidas sobre un escenario.
Nacida el 20 de marzo de 1926 en Bridgeport, Connecticut, comenzó su carrera en el teatro y llegó a Broadway en una época en la que los musicales eran uno de los grandes espectáculos del entretenimiento estadounidense. Participó en producciones como Plain and Fancy, Happy Hunting y Oh, Captain!. Trabajó junto a nombres como Ethel Merman, Barbara Cook, Bea Arthur y Tony Randall. También protagonizó Mame en el Caesars Palace de Las Vegas y recorrió escenarios con espectáculos como Gypsy y Oliver!
Mucho antes de que la televisión la convirtiera en una abuela entrañable, McGuire había aprendido a enfrentarse al público sin segundas oportunidades. A interpretar, cantar, escuchar al compañero y saber cuándo había que ocupar el escenario y cuándo era mejor dejar espacio a los demás. Una escuela que quizá explique por qué tantos actores de su generación podían aparecer durante unos minutos en una serie y conseguir que parecieran suficientes. Después llegó la televisión. Y con ella, una interminable sucesión de personajes.
Apareció en Colombo, Los ángeles de Charlie, La casa de la pradera, Canción triste de Hill Street, Falcon Crest, Luz de luna, MacGyver, Urgencias, CSI: Miami y Star Trek: Espacio profundo nueve, entre otras producciones. También trabajó en el cine, en películas como Coma, de Michael Crichton, o la comedia Como humo se va, de Cheech y Chong.
Una filmografía que, vista de golpe, parece un recorrido por varias décadas de la historia de la televisión estadounidense. De los detectives clásicos a los dramas hospitalarios, de las sagas familiares a la ciencia ficción. Betty McGuire estuvo en muchas de las series que hicieron historia sin que su nombre apareciera nunca entre los que escribieron esa historia.
Pero quizá lo más emocionante de su biografía no esté en ninguno de esos títulos. Durante años, McGuire colaboró como voluntaria con la Coalition for Economic Survival, una organización de Los Ángeles dedicada a defender los derechos de los inquilinos con menos recursos y a ayudar a personas que se enfrentaban a la posibilidad de perder su vivienda. La actriz que había dedicado buena parte de su vida a interpretar personajes encontraba también tiempo para ocuparse de las historias reales de quienes no tenían a nadie que los escuchara. Y cuando cumplió 90 años tampoco decidió que ya era suficiente.
Desde 2017 vivía en una residencia del Motion Picture & Television Fund, una institución dedicada a atender a profesionales de la industria audiovisual. Allí, lejos de limitarse a recordar sus años sobre los escenarios, puso en marcha GabFest, su propio programa de entrevistas en el canal de televisión interno del centro. Sus invitados no eran estrellas de Hollywood, sino los trabajadores de la residencia. Personas que, como tantos de los personajes que ella había interpretado, desarrollaban su labor lejos de los focos.
Tenía 92 años cuando expresó su entusiasmo por la posibilidad de seguir haciendo cosas nuevas. Se preguntaba qué podía haber mejor que descubrir nuevas experiencias a aquella edad. Su respuesta era sencilla: no se le ocurría nada.
Hay algo extraordinariamente hermoso en esa última etapa de su vida. Una actriz que había compartido escenario con algunas de las grandes figuras del espectáculo estadounidense y que había aparecido en decenas de series decidió seguir haciendo televisión para dar voz a quienes cuidaban de ella y de sus compañeros. No necesitaba una gran cadena, ni audiencias millonarias, ni un contrato que le garantizara un lugar en el reparto. Le bastaba con tener delante a alguien con una historia que mereciera ser escuchada. Quizá esa sea la mejor manera de entender quién fue Betty McGuire.
La industria del entretenimiento suele medir el éxito en premios, contratos, portadas y millones de espectadores. Pero existe otra forma de dejar huella. La de quienes construyen una carrera trabajando, aprendiendo, adaptándose y aceptando que la mayor parte de las veces los aplausos se los llevará otro. La de quienes no necesitan ser imprescindibles para demostrar que su trabajo importa.
McGuire vivió un siglo. Conoció la época dorada de Broadway, el nacimiento de la televisión como gran entretenimiento familiar, el esplendor de las comedias estadounidenses y la transformación de una industria que hoy poco tiene que ver con aquella en la que empezó. Y todavía encontró tiempo, pasados los 90, para sentarse delante de una cámara y hacer preguntas.
La abuela Kate Malone se ha marchado. Pero, al recordarla, conviene no olvidar a todas esas actrices que hicieron de madres, abuelas, vecinas y mujeres anónimas en las series con las que crecimos. A las que rara vez se dedicaba una portada. A las que nadie consideraba protagonistas, aunque sin ellas las historias habrían sido mucho menos verdaderas.
Betty McGuire fue una de ellas. Y tal vez su mayor legado sea recordarnos que no hace falta ocupar el centro de la pantalla para dejar una huella que dure toda una vida.
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