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Tal vez solo a la Alicia de Carroll sirvió aquello de meterse en un agujero para salir de él. Vivimos tiempos en los que los gobiernos han encontrado una forma muy útil de gastar sin parar. Les basta con declarar que la tormenta no ha terminado nunca. Aumentar deuda y déficit como paraguas y revestirlo de sensibilidad. Cualquier objeción, no digamos apelación a la austeridad, es una crueldad.
El Nobel de Economía concedido a Robert E. Hall y Michael Woodford reconoce la tradición keynesiana matizada, que no es otra cosa que estudiar qué políticas pueden estabilizar una economía sin sin tratar a hogares y empresas como simples fichas en un tablero. Como personas, anticipamos, dudamos y modificamos el consumo y ahorro. Nos importan las promesas y hasta nos las creemos y, a veces, aprendemos el coste de incumplirlas.
Lo malo de la concesión de este galardón es entender mal la función social de la obra de los premiados. Su trabajo no es una loa enamorada al gasto público. Es más, la investigación de Woodford señala que muchas veces cada euro gastado por el Estado produzca está lejos de tener el impacto esperado. Eso que llamamos el multiplicador fiscal cambia según las circunstancias. En España, por ejemplo, lo sabemos porque nos han llovido un maná europeo de fondos que apenas ha cambiado nada. Pero, además, cuando la política monetaria eleva los tipos reales, los efectos de las políticas fiscales pueden ser aún más menguantes. Woodford deja, por ello, lecciones también para los bancos centrales. La estabilidad de precios no depende únicamente de una regla monetaria o un modelo matemático, requiere de una política fiscal compatible con ella. No cabe pedir al banco central que nos salve mientras incendiamos el erario por otro lado. Hall, por su parte, estudió cómo reaccionan consumo y empleo ante las perturbaciones y que los agregados no se pueden entender sin comprender el comportamiento de las personas.
Con las crisis —financieras, de coronavirus o de lo que sea— hemos aprendido la importancia de intervenir para salvar la economía. Tristemente, hemos desaprendido a retirarnos. La estabilización, concebida para suavizar el ciclo, se ha convertido con frecuencia en un lenguaje de absolución presupuestaria. Nuestra secuencia ha sido crisis, pandemia, inflación y geopolítica convulsa. El error es encadenar justificaciones como si cada urgencia dispensara de elegir y financiar.
Justo es señalar que la austeridad también tuvo predicadores ortodoxos que casi ahogan. Recortar gastos indiscriminadamente en mitad de una recesión profunda puede agravar el daño. Sea como fuere, no deberíamos tener que elegir entre abandonar a una sociedad en crisis o prometerle protección perpetua. Si gasto, te quiero. Si me preocupo por el coste, no tengo corazón.
Para la política la disyuntiva es pura dopamina porque los beneficios (entre otros, electorales) de gastar llegan antes que las facturas. Si toda perturbación o miedo se convierte en permiso para abrir la cartera, todo será provisionalidad y una deuda cada vez mayor.
La gran lección de este Nobel es un equilibrio. El Estado no tiene que cruzarse de brazos, pero tampoco que pueda sostener indefinidamente el mundo sobre sus hombros a base de deuda. Las políticas, como las relaciones apasionadas, funcionan dentro de límites, con expectativas que importan y compromisos que deben resultar creíbles. La coherencia no luce ante las cámaras ni a la luz de la luna. Se parece más a una promesa cumplida cuando ya se está a oscuras.
La economía necesita amortiguadores. Se puede defender la intervención en una crisis y exigir que tenga fecha y rendición de cuentas. Tal vez madurar consista precisamente en eso en aprender a proteger sin hipotecar, a corregir sin perpetuar, a distinguir la compasión de la facilidad. El futuro merece alguna forma de ternura.
Actualidad Económica // elmundo
