Después de tantas décadas dirigiendo el rumbo de la industria, duele ver a Spielberg a la cola, sufriendo sus vaivenes Leer Después de tantas décadas dirigiendo el rumbo de la industria, duele ver a Spielberg a la cola, sufriendo sus vaivenes Leer
Nadie se esperaba que la secuela espiritual y temática de Encuentros en la tercera fase y E.T. pareciese incapaz de resucitar el sentimiento de maravilla de aquellas. No hay ni un solo momento en el que los protagonistas miren al cielo y nos contagien el escalofrío de descubrir que la bóveda celeste está bailando para ellos. Richard Dreyfuss y Henry Thomas se pasaban la película tan boquiabiertos como el espectador, mientras que Josh O’Connor y Emily Blunt parecen los protagonistas de una serie que no hemos visto y en la que lo mejor ya ha pasado.
PERO Spielberg sabe el poco futuro que tendría un remake blando de sus clásicos. Por aquel entonces consiguió deslumbrar al espectador aprovechando que la tecnología detrás de aquellos efectos especiales acababa de nacer. Esa fascinación sólo sobrevive hoy en día como recuerdo de nuestra infancia. ¡Y la de los protagonistas!
PERO ¿qué obtenemos a cambio? Tres secuencias de acción sorprendentemente breves y un puñado de efectos especiales que se sostienen por los pelos. Es un síntoma habitual de las películas de alto presupuesto de ahora, que parecen más sintéticas y menos acabadas que propuestas de tamaño mediano como Backrooms. Pero, después de tantas décadas dirigiendo el rumbo de la industria, duele ver a Spielberg a la cola, sufriendo sus vaivenes.
PERO qué más da, si a sus 79 años conserva lo que más importa, el arrebatador nervio de su cámara, que sigue volando con la libertad de un colibrí. Qué importa que la escena de acción automovilística esté maltratada por el CGI, si justo después tenemos una fantasmagoría en un vagón de tren lleno de pianos embrujados que absolutamente nadie más rodaría así. El lenguaje de Spielberg, con tantas ideas por segundo como el de Orson Welles, es un tesoro que compensa mil lamparones.
PERO al servicio de qué. Disclosure Day podría encajar en otro género inventado por Spielberg cuando dirigió Minority Report, el tecnothriller de ciencia ficción de brillos metálicos y sombras setenteras, pero el villano apoltronado en una butaca que dirige a los personajes con un palo mágico más bien parece sacado de Spy Kids.
PERO también es perfecto como personificación del mismo director de la película, ¿no? Spielberg tiene 79 años, la misma edad de la conspiración que se pretende destapar. Si alguien quiere emparentar este filme con el último tramo almodovariano, metalingüístico, confesional y disparatado, lo tiene fácil. Y si el director de Munich siente que tiene algo que expiar mientras en nuestros móviles se amontonan los vídeos de niños llorando entre escombros, quiénes somos los demás para ponerle peros.
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