El escritor y editor castellano-manchego Alejandro Dolz nos deslumbra con su último poemario: «Todos los muertos que seremos» (2026, El Pájaro de Cristal). El tema del libro parece claro: lo indefectible del clímax que nos aguarda, un tema presente en la literatura de todo tiempo y lugar.La clave aquí es el desarrollo de los versos de Dolz. Pese a lo demoledor del título, si tuviera que escoger un adjetivo para calificar esta obra, no sería el de «pesimista», sino el de «estoico». Y en su búsqueda del estoicismo y la aceptación de la muerte, Dolz propone un muestrario de la vanidad humana que alcanza la hondura lírica del «Eclesiastés» bíblico o de las «Coplas a la muerte de su padre», de Jorge Manrique.A María José Sanz , artista visual que colabora activamente como ilustradora de muchos de los libros de El Pájaro de Cristal, le escuché una de las frases más bellas que yo haya presenciado: «Hemos venido a este mundo a amar; y si podemos hacer lo que amamos, maravilloso». Ciertamente, Sanz y Dolz aman lo que hacen. Él posee un don natural para el verso. Y ella, un exquisito talento plástico y potencia con él muchos de los libros de El Pájaro de Cristal.En el caso de «Todos los muertos que seremos», María José Sanz implementa el libro con la serie Evanescencia, que consta de seis ilustraciones maquetadas a sangre, las cuales evocan a este humilde observador que les escribe a un arte japonés colindante con el zen y con una espiritualidad colorida.Portada del libro. Ilustración Evanescencia IIDolz presenta su libro desde la página 84 a la 0, es decir, en orden inverso al lógico, como refuerzo de la noción de toda vida como una cuenta atrás. El poemario tiene una pensada estructura, se divide en tres partes: Antes del umbral (I), La paciencia de la tierra (II) y El cráter de la luz (III). Respectivamente, y como el mismo autor señala entre corchetes bajo sus títulos, estas partes tratan de: pensar la muerte (I), habitar la desaparición (II) y de la reconciliación (III). Reconciliación, se entiende, con la propia muerte. Al final de cada parte, Dolz permite a los lectores intervenir en una página destinada a anotaciones.Dado a los aforismos y a los erotemas (que no tienen que ver con lo erótico sino con hacerse preguntas), Dolz quiere que reflexionemos al afrontar su libro, que dedica (entre otros): «A quienes siguen aprendiendo a desaparecer sin dejar de amar la vida… A quienes todavía encuentran belleza en lo que no permanece».Escrito en un verso libre nada críptico, los poemas del libro a veces recorren los pasillos de la vanidad con la fuerza de la obra «In ictu oculi», de Valdés Leal: «No busquéis alas de ángeles / en esta oscuridad sin límites […] / No queda nada de valor / en este inventario de sombra…».La redención, la fragilidad humana y, sí, la belleza («Hoy el frío me muerde los labios / y me descubre esa belleza inalterable / que rodea a todo lo cotidiano») son motivos presentes en «Todos los muertos que seremos», un gran poemario del que reproduzco a continuación fragmentos de la sección El cráter de la luz: «Recordad, / no guardéis mis poemas / en cajas de cristal. / Dejad que los versos / se dispersen por los campos / como las semillas / del diente de león en primavera». «Deseo morir con gratitud, / sabiendo que la belleza existió / y que fui testigo de ella».Recuerden que al cerrar este libro, nada de lo leído volverá a ser exactamente igual. Que lo disfruten.Cristian Lázaro (Cuenca, 1993) es un poeta, filólogo hispánico y escritor español radicado en Toledo. Graduado en Filología Hispánica por la Universidad de Castilla-La Mancha (UCLM) El escritor y editor castellano-manchego Alejandro Dolz nos deslumbra con su último poemario: «Todos los muertos que seremos» (2026, El Pájaro de Cristal). El tema del libro parece claro: lo indefectible del clímax que nos aguarda, un tema presente en la literatura de todo tiempo y lugar.La clave aquí es el desarrollo de los versos de Dolz. Pese a lo demoledor del título, si tuviera que escoger un adjetivo para calificar esta obra, no sería el de «pesimista», sino el de «estoico». Y en su búsqueda del estoicismo y la aceptación de la muerte, Dolz propone un muestrario de la vanidad humana que alcanza la hondura lírica del «Eclesiastés» bíblico o de las «Coplas a la muerte de su padre», de Jorge Manrique.A María José Sanz , artista visual que colabora activamente como ilustradora de muchos de los libros de El Pájaro de Cristal, le escuché una de las frases más bellas que yo haya presenciado: «Hemos venido a este mundo a amar; y si podemos hacer lo que amamos, maravilloso». Ciertamente, Sanz y Dolz aman lo que hacen. Él posee un don natural para el verso. Y ella, un exquisito talento plástico y potencia con él muchos de los libros de El Pájaro de Cristal.En el caso de «Todos los muertos que seremos», María José Sanz implementa el libro con la serie Evanescencia, que consta de seis ilustraciones maquetadas a sangre, las cuales evocan a este humilde observador que les escribe a un arte japonés colindante con el zen y con una espiritualidad colorida.Portada del libro. Ilustración Evanescencia IIDolz presenta su libro desde la página 84 a la 0, es decir, en orden inverso al lógico, como refuerzo de la noción de toda vida como una cuenta atrás. El poemario tiene una pensada estructura, se divide en tres partes: Antes del umbral (I), La paciencia de la tierra (II) y El cráter de la luz (III). Respectivamente, y como el mismo autor señala entre corchetes bajo sus títulos, estas partes tratan de: pensar la muerte (I), habitar la desaparición (II) y de la reconciliación (III). Reconciliación, se entiende, con la propia muerte. Al final de cada parte, Dolz permite a los lectores intervenir en una página destinada a anotaciones.Dado a los aforismos y a los erotemas (que no tienen que ver con lo erótico sino con hacerse preguntas), Dolz quiere que reflexionemos al afrontar su libro, que dedica (entre otros): «A quienes siguen aprendiendo a desaparecer sin dejar de amar la vida… A quienes todavía encuentran belleza en lo que no permanece».Escrito en un verso libre nada críptico, los poemas del libro a veces recorren los pasillos de la vanidad con la fuerza de la obra «In ictu oculi», de Valdés Leal: «No busquéis alas de ángeles / en esta oscuridad sin límites / No queda nada de valor / en este inventario de sombra…».La redención, la fragilidad humana y, sí, la belleza («Hoy el frío me muerde los labios / y me descubre esa belleza inalterable / que rodea a todo lo cotidiano») son motivos presentes en «Todos los muertos que seremos», un gran poemario del que reproduzco a continuación fragmentos de la sección El cráter de la luz: «Recordad, / no guardéis mis poemas / en cajas de cristal. / Dejad que los versos / se dispersen por los campos / como las semillas / del diente de león en primavera». «Deseo morir con gratitud, / sabiendo que la belleza existió / y que fui testigo de ella».Recuerden que al cerrar este libro, nada de lo leído volverá a ser exactamente igual. Que lo disfruten.Cristian Lázaro (Cuenca, 1993) es un poeta, filólogo hispánico y escritor español radicado en Toledo. Graduado en Filología Hispánica por la Universidad de Castilla-La Mancha (UCLM)
El escritor y editor castellano-manchego Alejandro Dolz nos deslumbra con su último poemario: «Todos los muertos que seremos» (2026, El Pájaro de Cristal). El tema del libro parece claro: lo indefectible del clímax que nos aguarda, un tema presente en la literatura de todo tiempo y lugar.
La clave aquí es el desarrollo de los versos de Dolz. Pese a lo demoledor del título, si tuviera que escoger un adjetivo para calificar esta obra, no sería el de «pesimista», sino el de «estoico». Y en su búsqueda del estoicismo y la aceptación de la muerte, Dolz propone un muestrario de la vanidad humana que alcanza la hondura lírica del «Eclesiastés» bíblico o de las «Coplas a la muerte de su padre», de Jorge Manrique.
A María José Sanz, artista visual que colabora activamente como ilustradora de muchos de los libros de El Pájaro de Cristal, le escuché una de las frases más bellas que yo haya presenciado: «Hemos venido a este mundo a amar; y si podemos hacer lo que amamos, maravilloso». Ciertamente, Sanz y Dolz aman lo que hacen. Él posee un don natural para el verso. Y ella, un exquisito talento plástico y potencia con él muchos de los libros de El Pájaro de Cristal.
En el caso de «Todos los muertos que seremos», María José Sanz implementa el libro con la serie Evanescencia, que consta de seis ilustraciones maquetadas a sangre, las cuales evocan a este humilde observador que les escribe a un arte japonés colindante con el zen y con una espiritualidad colorida.

Dolz presenta su libro desde la página 84 a la 0, es decir, en orden inverso al lógico, como refuerzo de la noción de toda vida como una cuenta atrás. El poemario tiene una pensada estructura, se divide en tres partes: Antes del umbral (I), La paciencia de la tierra (II) y El cráter de la luz (III). Respectivamente, y como el mismo autor señala entre corchetes bajo sus títulos, estas partes tratan de: pensar la muerte (I), habitar la desaparición (II) y de la reconciliación (III). Reconciliación, se entiende, con la propia muerte. Al final de cada parte, Dolz permite a los lectores intervenir en una página destinada a anotaciones.
Dado a los aforismos y a los erotemas (que no tienen que ver con lo erótico sino con hacerse preguntas), Dolz quiere que reflexionemos al afrontar su libro, que dedica (entre otros): «A quienes siguen aprendiendo a desaparecer sin dejar de amar la vida… A quienes todavía encuentran belleza en lo que no permanece».
Newsletter
Escrito en un verso libre nada críptico, los poemas del libro a veces recorren los pasillos de la vanidad con la fuerza de la obra «In ictu oculi», de Valdés Leal: «No busquéis alas de ángeles / en esta oscuridad sin límites […] / No queda nada de valor / en este inventario de sombra…».
La redención, la fragilidad humana y, sí, la belleza («Hoy el frío me muerde los labios / y me descubre esa belleza inalterable / que rodea a todo lo cotidiano») son motivos presentes en «Todos los muertos que seremos», un gran poemario del que reproduzco a continuación fragmentos de la sección El cráter de la luz: «Recordad, / no guardéis mis poemas / en cajas de cristal. / Dejad que los versos / se dispersen por los campos / como las semillas / del diente de león en primavera». «Deseo morir con gratitud, / sabiendo que la belleza existió / y que fui testigo de ella».
Recuerden que al cerrar este libro, nada de lo leído volverá a ser exactamente igual. Que lo disfruten.

Cristian Lázaro (Cuenca, 1993) es un poeta, filólogo hispánico y escritor español radicado en Toledo. Graduado en Filología Hispánica por la Universidad de Castilla-La Mancha (UCLM)
RSS de noticias de espana
