Hice hace unos días un largo viaje de regreso de Vizcaya , mi tierra natal, a Córdoba , el hogar que me adoptó. Es una singladura que brinda el tiempo suficiente para realizar recorridos mentales. El primero en el que me embarqué fue en el recuerdo de unas vacaciones que se acercaban a su parada final. Con un transitar tan lento y parsimonioso como el del tren que me llevó de Bilbao a Madrid, se fueron sucediendo las estampas de las dos últimas semanas: en León , el síndrome de Stendhal al maravillarme con su Catedral y el asombro y la admiración al reencontrarme con la obra de Gaudí en su Casa Botines ; los chapuzones en la playa de Poniente de Gijón y el tiempo pasado en Portugalete , la ciudad que me vio nacer, con la familia y los amigos . Ellos son la única punzada de desarraigo que siento en una Córdoba que me acogió cuando el siglo pasado expiraba -va uno para arriba- con los brazos abiertos y de la que me enamoré perdida y eternamente.En el AVE en el que continué mi marcha, tuve otra ruta. Una en la que es imposible no repasar las estaciones de tu vida por las que ya has pasado. Porque te ves reflejado en ese grupo de jóvenes que se van juntos a pasar unos días en los que se beberán sus años mozos como si no hubiera un mañana -cuando el DNI marca esas edades, parece que no lo hay-; en esa pareja que comenta ilusionada y entre arrumacos cómo está siendo su primer viaje; o en ese padre que se da paseos por el pasillo con su hija que está aprendiendo a andar para que a la pequeña se le haga más corta la cosa…Mirándote en esos espejos del pasado , con nostalgia pero también con la alegría de haber experimentado lo que ahora ves en otros, mi tren iba llegando a su destino. Al bajarme de él, una bofetada a mano abierta de 43 grados me apeó de mis últimas ensoñaciones estivales. Que uno ame a esta tierra no significa que no sepa reconocer sus pocos defectos: uno es que te puede abrasar . Y tras haber gozado del fresquito del Norte, te vas para tu casa a deshacer la maleta cruzando hasta los dedos de los pies para que Don Lorenzo no se ponga farruco este agosto. Hice hace unos días un largo viaje de regreso de Vizcaya , mi tierra natal, a Córdoba , el hogar que me adoptó. Es una singladura que brinda el tiempo suficiente para realizar recorridos mentales. El primero en el que me embarqué fue en el recuerdo de unas vacaciones que se acercaban a su parada final. Con un transitar tan lento y parsimonioso como el del tren que me llevó de Bilbao a Madrid, se fueron sucediendo las estampas de las dos últimas semanas: en León , el síndrome de Stendhal al maravillarme con su Catedral y el asombro y la admiración al reencontrarme con la obra de Gaudí en su Casa Botines ; los chapuzones en la playa de Poniente de Gijón y el tiempo pasado en Portugalete , la ciudad que me vio nacer, con la familia y los amigos . Ellos son la única punzada de desarraigo que siento en una Córdoba que me acogió cuando el siglo pasado expiraba -va uno para arriba- con los brazos abiertos y de la que me enamoré perdida y eternamente.En el AVE en el que continué mi marcha, tuve otra ruta. Una en la que es imposible no repasar las estaciones de tu vida por las que ya has pasado. Porque te ves reflejado en ese grupo de jóvenes que se van juntos a pasar unos días en los que se beberán sus años mozos como si no hubiera un mañana -cuando el DNI marca esas edades, parece que no lo hay-; en esa pareja que comenta ilusionada y entre arrumacos cómo está siendo su primer viaje; o en ese padre que se da paseos por el pasillo con su hija que está aprendiendo a andar para que a la pequeña se le haga más corta la cosa…Mirándote en esos espejos del pasado , con nostalgia pero también con la alegría de haber experimentado lo que ahora ves en otros, mi tren iba llegando a su destino. Al bajarme de él, una bofetada a mano abierta de 43 grados me apeó de mis últimas ensoñaciones estivales. Que uno ame a esta tierra no significa que no sepa reconocer sus pocos defectos: uno es que te puede abrasar . Y tras haber gozado del fresquito del Norte, te vas para tu casa a deshacer la maleta cruzando hasta los dedos de los pies para que Don Lorenzo no se ponga farruco este agosto. Hice hace unos días un largo viaje de regreso de Vizcaya , mi tierra natal, a Córdoba , el hogar que me adoptó. Es una singladura que brinda el tiempo suficiente para realizar recorridos mentales. El primero en el que me embarqué fue en el recuerdo de unas vacaciones que se acercaban a su parada final. Con un transitar tan lento y parsimonioso como el del tren que me llevó de Bilbao a Madrid, se fueron sucediendo las estampas de las dos últimas semanas: en León , el síndrome de Stendhal al maravillarme con su Catedral y el asombro y la admiración al reencontrarme con la obra de Gaudí en su Casa Botines ; los chapuzones en la playa de Poniente de Gijón y el tiempo pasado en Portugalete , la ciudad que me vio nacer, con la familia y los amigos . Ellos son la única punzada de desarraigo que siento en una Córdoba que me acogió cuando el siglo pasado expiraba -va uno para arriba- con los brazos abiertos y de la que me enamoré perdida y eternamente.En el AVE en el que continué mi marcha, tuve otra ruta. Una en la que es imposible no repasar las estaciones de tu vida por las que ya has pasado. Porque te ves reflejado en ese grupo de jóvenes que se van juntos a pasar unos días en los que se beberán sus años mozos como si no hubiera un mañana -cuando el DNI marca esas edades, parece que no lo hay-; en esa pareja que comenta ilusionada y entre arrumacos cómo está siendo su primer viaje; o en ese padre que se da paseos por el pasillo con su hija que está aprendiendo a andar para que a la pequeña se le haga más corta la cosa…Mirándote en esos espejos del pasado , con nostalgia pero también con la alegría de haber experimentado lo que ahora ves en otros, mi tren iba llegando a su destino. Al bajarme de él, una bofetada a mano abierta de 43 grados me apeó de mis últimas ensoñaciones estivales. Que uno ame a esta tierra no significa que no sepa reconocer sus pocos defectos: uno es que te puede abrasar . Y tras haber gozado del fresquito del Norte, te vas para tu casa a deshacer la maleta cruzando hasta los dedos de los pies para que Don Lorenzo no se ponga farruco este agosto. RSS de noticias de espana
Leer también
