Laurentina Santos abre despacio el armario de su dormitorio. Busca una percha de madera y, con el cuidado de quien sostiene algo irrepetible, descuelga un vestido blanco de brocado. Lo contempla unos segundos antes de acariciar la tela. Han pasado casi 66 años desde que se lo puso por primera y última vez, pero aún recuerda el tacto, la lluvia de aquel 14 de octubre de 1960 y el asombro de regresar a Camuñas para casarse con Providencio vestida con un traje confeccionado por una costurera que trabajaba para el taller de Manuel Pertegaz .Minutos después se sienta junto al vestido y sostiene entre las manos la fotografía de aquella boda. En ella aparecen dos jóvenes recién casados. Ella, Laurentina. Él, Providencio. Los dos miran a la cámara sin imaginar la vida que les espera. La abuela Laura, como se la conoce en su pueblo de La Mancha toledana, contempla hoy aquella imagen con la serenidad de quien ha recorrido un largo camino sin desprenderse nunca de sus recuerdos.«Imagínate una chica de servicio casándose con un vestido del taller de Pertegaz», dice sonriendo. Y en esa frase cabe toda una época. Laurentina nació en Camuñas el 3 de junio de 1934. Era la cuarta de los siete hijos de Eduardo Santos y Carmen Aranda. Como tantos jóvenes manchegos de aquellos años, comprendió muy pronto que el futuro estaba lejos del pueblo .A mediados de la década de los cincuenta emprendió un viaje hacia Barcelona. Todavía era menor de edad y fue su padre quien tuvo que firmar la autorización para que pudiera marcharse junto a una tía que ya vivía allí. Aquella despedida fue el comienzo de una historia compartida por miles de familias castellanomanchegas que dejaron su tierra en busca de trabajo en Cataluña.Primero sirvió en casas de médicos. Después encontró empleo con la familia Salinas , pero allí no solo encontró un trabajo. Encontró también a Carmen, la señora de la casa, la señora Salinas, con quien terminó forjando una amistad que fue mucho más allá de la relación entre ama y empleada de servicio.Barcelona respiraba otro aireMientras la España de los años cincuenta seguía viviendo bajo las estrecheces del franquismo, Barcelona respiraba otro aire. La influencia de París marcaba la moda. Los escaparates lucían sombreros, casquetes, guantes y vestidos que parecían pertenecer a otro mundo. Laurentina acompañaba con frecuencia a Carmen a las boutiques y tiendas más elegantes.«Me encantaban los sombreros y los tocados. Todo aquello me parecía precioso», recuerda. Aquella fascinación por la moda tendría un desenlace inesperado. Cuando anunció que iba a casarse con Providencio, la familia Salinas quiso hacerle un regalo que parecía inalcanzable para una muchacha de servicio.Carmen compró la tela y encargó el vestido a una costurera que confeccionaba prendas para el taller de Manuel Pertegaz en la avenida Diagonal. Siguiendo aquellos patrones de alta costura, la modista dio forma a un vestido de brocado blanco roto, de manga francesa, cintura entallada, larga cola y quince botones forrados con la misma tela. El tocado pertenecía a una de las hijas de la familia Salinas.Laurentina y Providencio en su foto nupcial. Ella luce el vestido del taller de Pertegaz que hoy conserva. ABCEn una España donde las diferencias sociales parecían inamovibles, una joven manchega emigrante regresaba a su pueblo vestida con una creación nacida junto al universo del modisto que vestía a la aristocracia y a las mujeres más elegantes del país.«Llovió el día de la boda», recuerda. Fue el 14 de octubre de 1960. La ceremonia se celebró en Camuñas. Después, Laurentina y Providencio regresaron a Barcelona para seguir construyendo una vida marcada por el trabajo, el esfuerzo y la familia .Su padre, Eduardo, también terminaría instalándose en la ciudad condal. Trabajó como vigilante en el Ateneo. Laurentina sonríe al recordar aquellos bailes en los que los jóvenes apenas podían acercarse porque siempre había alguien pendiente de que no bailaran demasiado agarrados. «Eran años muy grises», comparte.Pero incluso en aquella España había espacio para momentos extraordinarios. Uno de los recuerdos que conserva con mayor emoción ocurrió en 1962, cuando uno de los señores de la casa donde trabajaba no pudo asistir a una representación en el Gran Teatro del Liceo y decidió regalarles dos localidades. Aquella noche, Laurentina y Providencio entraron por primera vez en el gran coliseo barcelonés.Sobre el escenario debutaba en España una joven Montserrat Caballé con Arabella, de Richard Strauss. «Era precioso. Había un silencio impresionante; no podías desenvolver ni un caramelo», recuerda aún hoy emocionada. Para aquella ocasión, explica, estrenó una blusa de terciopelo negro confeccionada por una de sus hermanas y una falda plisada con un volante rematado con un galón también de terciopelo.Laurentina guarda su vestido de novia y con el más de seis décadas de recuerdos y memoria. ABCSobre el taquillón conserva la fotografía de aquella noche como uno de los recuerdos más queridos de su vida. Aparecen ella y su amor, Providencio, posan para un fotógrafo contratado para inmortalizar a las personalidades de la sociedad y el ámbito cultural de Barcelona invitados al estreno de Arabella. «Nos hizo la foto muy amable y a las semanas nos llegó a casa», comenta con la nostalgia de una época a la que Laurentina puso una nota de color gracias a su personalidad y forma de entender la vida.La conversación continúa y los recuerdos se encadenan sin esfuerzo. La primera vez que pudo votar. El estraperlo. Los familiares de Camuñas que fueron llegando a Barcelona buscando las mismas oportunidades que ella había encontrado años antes. Y aquella función de revista en El Molino en la que Mary Santpere sacó a uno de ellos al escenario, una anécdota que, más de medio siglo después, sigue despertando carcajadas en las reuniones familiares.Volver a CamuñasEn 1975, el año de la muerte de Francisco Franco, Laurentina y Providencio regresaron de manera definitiva a Camuñas. Allí criaron a sus dos hijos. Y allí volvió también el vestido. No quedó olvidado en un arcón ni fue transformado para otros usos. Fue el regalo de una amistad sincera entre dos mujeres. El símbolo de una generación de manchegos que dejó su tierra para buscar un futuro. El testimonio de una España que empezaba a abrirse al mundo mientras vivía bajo las sombras de la dictadura. Y la prueba de que, incluso en los años más grises, también existían gestos capaces de cambiar una vida.Cuando Laurentina vuelve a colgar el vestido en el armario, el silencio llena la habitación. Después cierra la puerta con suavidad. Es como si guardara de nuevo más de seis décadas de recuerdos. Y es que algunas prendas no se conservan solo por su valor, sino porque son el lugar donde vive la memoria. Laurentina Santos abre despacio el armario de su dormitorio. Busca una percha de madera y, con el cuidado de quien sostiene algo irrepetible, descuelga un vestido blanco de brocado. Lo contempla unos segundos antes de acariciar la tela. Han pasado casi 66 años desde que se lo puso por primera y última vez, pero aún recuerda el tacto, la lluvia de aquel 14 de octubre de 1960 y el asombro de regresar a Camuñas para casarse con Providencio vestida con un traje confeccionado por una costurera que trabajaba para el taller de Manuel Pertegaz .Minutos después se sienta junto al vestido y sostiene entre las manos la fotografía de aquella boda. En ella aparecen dos jóvenes recién casados. Ella, Laurentina. Él, Providencio. Los dos miran a la cámara sin imaginar la vida que les espera. La abuela Laura, como se la conoce en su pueblo de La Mancha toledana, contempla hoy aquella imagen con la serenidad de quien ha recorrido un largo camino sin desprenderse nunca de sus recuerdos.«Imagínate una chica de servicio casándose con un vestido del taller de Pertegaz», dice sonriendo. Y en esa frase cabe toda una época. Laurentina nació en Camuñas el 3 de junio de 1934. Era la cuarta de los siete hijos de Eduardo Santos y Carmen Aranda. Como tantos jóvenes manchegos de aquellos años, comprendió muy pronto que el futuro estaba lejos del pueblo .A mediados de la década de los cincuenta emprendió un viaje hacia Barcelona. Todavía era menor de edad y fue su padre quien tuvo que firmar la autorización para que pudiera marcharse junto a una tía que ya vivía allí. Aquella despedida fue el comienzo de una historia compartida por miles de familias castellanomanchegas que dejaron su tierra en busca de trabajo en Cataluña.Primero sirvió en casas de médicos. Después encontró empleo con la familia Salinas , pero allí no solo encontró un trabajo. Encontró también a Carmen, la señora de la casa, la señora Salinas, con quien terminó forjando una amistad que fue mucho más allá de la relación entre ama y empleada de servicio.Barcelona respiraba otro aireMientras la España de los años cincuenta seguía viviendo bajo las estrecheces del franquismo, Barcelona respiraba otro aire. La influencia de París marcaba la moda. Los escaparates lucían sombreros, casquetes, guantes y vestidos que parecían pertenecer a otro mundo. Laurentina acompañaba con frecuencia a Carmen a las boutiques y tiendas más elegantes.«Me encantaban los sombreros y los tocados. Todo aquello me parecía precioso», recuerda. Aquella fascinación por la moda tendría un desenlace inesperado. Cuando anunció que iba a casarse con Providencio, la familia Salinas quiso hacerle un regalo que parecía inalcanzable para una muchacha de servicio.Carmen compró la tela y encargó el vestido a una costurera que confeccionaba prendas para el taller de Manuel Pertegaz en la avenida Diagonal. Siguiendo aquellos patrones de alta costura, la modista dio forma a un vestido de brocado blanco roto, de manga francesa, cintura entallada, larga cola y quince botones forrados con la misma tela. El tocado pertenecía a una de las hijas de la familia Salinas.Laurentina y Providencio en su foto nupcial. Ella luce el vestido del taller de Pertegaz que hoy conserva. ABCEn una España donde las diferencias sociales parecían inamovibles, una joven manchega emigrante regresaba a su pueblo vestida con una creación nacida junto al universo del modisto que vestía a la aristocracia y a las mujeres más elegantes del país.«Llovió el día de la boda», recuerda. Fue el 14 de octubre de 1960. La ceremonia se celebró en Camuñas. Después, Laurentina y Providencio regresaron a Barcelona para seguir construyendo una vida marcada por el trabajo, el esfuerzo y la familia .Su padre, Eduardo, también terminaría instalándose en la ciudad condal. Trabajó como vigilante en el Ateneo. Laurentina sonríe al recordar aquellos bailes en los que los jóvenes apenas podían acercarse porque siempre había alguien pendiente de que no bailaran demasiado agarrados. «Eran años muy grises», comparte.Pero incluso en aquella España había espacio para momentos extraordinarios. Uno de los recuerdos que conserva con mayor emoción ocurrió en 1962, cuando uno de los señores de la casa donde trabajaba no pudo asistir a una representación en el Gran Teatro del Liceo y decidió regalarles dos localidades. Aquella noche, Laurentina y Providencio entraron por primera vez en el gran coliseo barcelonés.Sobre el escenario debutaba en España una joven Montserrat Caballé con Arabella, de Richard Strauss. «Era precioso. Había un silencio impresionante; no podías desenvolver ni un caramelo», recuerda aún hoy emocionada. Para aquella ocasión, explica, estrenó una blusa de terciopelo negro confeccionada por una de sus hermanas y una falda plisada con un volante rematado con un galón también de terciopelo.Laurentina guarda su vestido de novia y con el más de seis décadas de recuerdos y memoria. ABCSobre el taquillón conserva la fotografía de aquella noche como uno de los recuerdos más queridos de su vida. Aparecen ella y su amor, Providencio, posan para un fotógrafo contratado para inmortalizar a las personalidades de la sociedad y el ámbito cultural de Barcelona invitados al estreno de Arabella. «Nos hizo la foto muy amable y a las semanas nos llegó a casa», comenta con la nostalgia de una época a la que Laurentina puso una nota de color gracias a su personalidad y forma de entender la vida.La conversación continúa y los recuerdos se encadenan sin esfuerzo. La primera vez que pudo votar. El estraperlo. Los familiares de Camuñas que fueron llegando a Barcelona buscando las mismas oportunidades que ella había encontrado años antes. Y aquella función de revista en El Molino en la que Mary Santpere sacó a uno de ellos al escenario, una anécdota que, más de medio siglo después, sigue despertando carcajadas en las reuniones familiares.Volver a CamuñasEn 1975, el año de la muerte de Francisco Franco, Laurentina y Providencio regresaron de manera definitiva a Camuñas. Allí criaron a sus dos hijos. Y allí volvió también el vestido. No quedó olvidado en un arcón ni fue transformado para otros usos. Fue el regalo de una amistad sincera entre dos mujeres. El símbolo de una generación de manchegos que dejó su tierra para buscar un futuro. El testimonio de una España que empezaba a abrirse al mundo mientras vivía bajo las sombras de la dictadura. Y la prueba de que, incluso en los años más grises, también existían gestos capaces de cambiar una vida.Cuando Laurentina vuelve a colgar el vestido en el armario, el silencio llena la habitación. Después cierra la puerta con suavidad. Es como si guardara de nuevo más de seis décadas de recuerdos. Y es que algunas prendas no se conservan solo por su valor, sino porque son el lugar donde vive la memoria.
Laurentina Santos abre despacio el armario de su dormitorio. Busca una percha de madera y, con el cuidado de quien sostiene algo irrepetible, descuelga un vestido blanco de brocado. Lo contempla unos segundos antes de acariciar la tela. Han pasado casi 66 años desde que … se lo puso por primera y última vez, pero aún recuerda el tacto, la lluvia de aquel 14 de octubre de 1960 y el asombro de regresar a Camuñas para casarse con Providencio vestida con un traje confeccionado por una costurera que trabajaba para el taller de Manuel Pertegaz.
Minutos después se sienta junto al vestido y sostiene entre las manos la fotografía de aquella boda. En ella aparecen dos jóvenes recién casados. Ella, Laurentina. Él, Providencio. Los dos miran a la cámara sin imaginar la vida que les espera. La abuela Laura, como se la conoce en su pueblo de La Mancha toledana, contempla hoy aquella imagen con la serenidad de quien ha recorrido un largo camino sin desprenderse nunca de sus recuerdos.
«Imagínate una chica de servicio casándose con un vestido del taller de Pertegaz», dice sonriendo. Y en esa frase cabe toda una época. Laurentina nació en Camuñas el 3 de junio de 1934. Era la cuarta de los siete hijos de Eduardo Santos y Carmen Aranda. Como tantos jóvenes manchegos de aquellos años, comprendió muy pronto que el futuro estaba lejos del pueblo.
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CENTENARIO DE LA CORONACIÓN
J. Guayerbas
A mediados de la década de los cincuenta emprendió un viaje hacia Barcelona. Todavía era menor de edad y fue su padre quien tuvo que firmar la autorización para que pudiera marcharse junto a una tía que ya vivía allí. Aquella despedida fue el comienzo de una historia compartida por miles de familias castellanomanchegas que dejaron su tierra en busca de trabajo en Cataluña.
Primero sirvió en casas de médicos. Después encontró empleo con la familia Salinas, pero allí no solo encontró un trabajo. Encontró también a Carmen, la señora de la casa, la señora Salinas, con quien terminó forjando una amistad que fue mucho más allá de la relación entre ama y empleada de servicio.
Barcelona respiraba otro aire
Mientras la España de los años cincuenta seguía viviendo bajo las estrecheces del franquismo, Barcelona respiraba otro aire. La influencia de París marcaba la moda. Los escaparates lucían sombreros, casquetes, guantes y vestidos que parecían pertenecer a otro mundo. Laurentina acompañaba con frecuencia a Carmen a las boutiques y tiendas más elegantes.
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«Me encantaban los sombreros y los tocados. Todo aquello me parecía precioso», recuerda. Aquella fascinación por la moda tendría un desenlace inesperado. Cuando anunció que iba a casarse con Providencio, la familia Salinas quiso hacerle un regalo que parecía inalcanzable para una muchacha de servicio.
Carmen compró la tela y encargó el vestido a una costurera que confeccionaba prendas para el taller de Manuel Pertegaz en la avenida Diagonal. Siguiendo aquellos patrones de alta costura, la modista dio forma a un vestido de brocado blanco roto, de manga francesa, cintura entallada, larga cola y quince botones forrados con la misma tela. El tocado pertenecía a una de las hijas de la familia Salinas.

(ABC)
En una España donde las diferencias sociales parecían inamovibles, una joven manchega emigrante regresaba a su pueblo vestida con una creación nacida junto al universo del modisto que vestía a la aristocracia y a las mujeres más elegantes del país.
«Llovió el día de la boda», recuerda. Fue el 14 de octubre de 1960. La ceremonia se celebró en Camuñas. Después, Laurentina y Providencio regresaron a Barcelona para seguir construyendo una vida marcada por el trabajo, el esfuerzo y la familia.
Su padre, Eduardo, también terminaría instalándose en la ciudad condal. Trabajó como vigilante en el Ateneo. Laurentina sonríe al recordar aquellos bailes en los que los jóvenes apenas podían acercarse porque siempre había alguien pendiente de que no bailaran demasiado agarrados. «Eran años muy grises», comparte.
Pero incluso en aquella España había espacio para momentos extraordinarios. Uno de los recuerdos que conserva con mayor emoción ocurrió en 1962, cuando uno de los señores de la casa donde trabajaba no pudo asistir a una representación en el Gran Teatro del Liceo y decidió regalarles dos localidades. Aquella noche, Laurentina y Providencio entraron por primera vez en el gran coliseo barcelonés.
Sobre el escenario debutaba en España una joven Montserrat Caballé con Arabella, de Richard Strauss. «Era precioso. Había un silencio impresionante; no podías desenvolver ni un caramelo», recuerda aún hoy emocionada. Para aquella ocasión, explica, estrenó una blusa de terciopelo negro confeccionada por una de sus hermanas y una falda plisada con un volante rematado con un galón también de terciopelo.

(ABC)
Sobre el taquillón conserva la fotografía de aquella noche como uno de los recuerdos más queridos de su vida. Aparecen ella y su amor, Providencio, posan para un fotógrafo contratado para inmortalizar a las personalidades de la sociedad y el ámbito cultural de Barcelona invitados al estreno de Arabella. «Nos hizo la foto muy amable y a las semanas nos llegó a casa», comenta con la nostalgia de una época a la que Laurentina puso una nota de color gracias a su personalidad y forma de entender la vida.
La conversación continúa y los recuerdos se encadenan sin esfuerzo. La primera vez que pudo votar. El estraperlo. Los familiares de Camuñas que fueron llegando a Barcelona buscando las mismas oportunidades que ella había encontrado años antes. Y aquella función de revista en El Molino en la que Mary Santpere sacó a uno de ellos al escenario, una anécdota que, más de medio siglo después, sigue despertando carcajadas en las reuniones familiares.
Volver a Camuñas
En 1975, el año de la muerte de Francisco Franco, Laurentina y Providencio regresaron de manera definitiva a Camuñas. Allí criaron a sus dos hijos. Y allí volvió también el vestido. No quedó olvidado en un arcón ni fue transformado para otros usos. Fue el regalo de una amistad sincera entre dos mujeres. El símbolo de una generación de manchegos que dejó su tierra para buscar un futuro. El testimonio de una España que empezaba a abrirse al mundo mientras vivía bajo las sombras de la dictadura. Y la prueba de que, incluso en los años más grises, también existían gestos capaces de cambiar una vida.
Cuando Laurentina vuelve a colgar el vestido en el armario, el silencio llena la habitación. Después cierra la puerta con suavidad. Es como si guardara de nuevo más de seis décadas de recuerdos. Y es que algunas prendas no se conservan solo por su valor, sino porque son el lugar donde vive la memoria.
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