Llega el final de julio y España baja la persiana, la gente tiene prisa para llegar a ningún sitio; es la antesala de las vacaciones.Agosto siempre tiene algo de infancia, Nivea de caja azul, sandía recién abierta, agua y sol. Olas, salitre, vestidos blancos, cangrejeras y niños que vuelven a casa con arena en las orejas y heridas en las rodillas. Como en las viejas películas italianas, agosto siempre tiene una Vespa, un Martini y un amor de verano.Luego está España, la del agosto de verdad. La del autónomo que hace la maleta con la misma alegría con la que un condenado prepara el petate pensando en lo que nunca falla, la puñetera cuota.Hacienda no sabe de agosto. Ni la Seguridad Social, el alquiler, la letra del coche, el seguro, los proveedores. Si existe un español que no coge vacaciones, es el recibo domiciliado.Mientras media España desconecta, el pequeño empresario, los microautónomos llegamos recién despellejados del segundo trimestre por un sistema que, cosas veredes, ha borrado durante cuatro años las cuentas de Julito Martínez, otrora socio de trapicherías de Zapatero y ahora cantor de Híspalis en ciernes. Hacienda somos todos. Ja.España se echa la siesta mientras el pequeño empresario cuenta con los dedos. El que cierra, no factura. El que abre, lo hace ‘pa ná’ porque no hay nadie. El que se va, siente culpa. El que no se va, siente rabia. Porca miseria.No hay descanso posible cuando el negocio vive dentro de tu cabeza, cuando conciliar consiste en responder un correo, cien llamadas, en bañador con un pie en remojo, esa modalidad de teletrabajo que consiste básicamente en no estar nunca en ninguna parte.En este país nos encanta aplaudir al pequeño empresario y estrujarlo en la práctica. «Ser tu propio jefe» viene a ser que lo poco que juntas se desvanece mientras tragamos indecencias de golfos, prevaricadores, enchufados a dedo que no saben dónde está su oficina o salvadores del mundo que guardan en su caja fuerte un millón y medio de euros en joyas al peso sin afán de propiedad. Las de la Señorita Pepis.Para el autónomo, una oficina andante abierta las veinticuatro horas del día, la nostalgia de agosto tiene algo cruel. Nos recuerda aquellos veranos de la niñez en los que el tiempo parecía gratis. Nos enseñaron, crecimos creyendo que trabajar servía para vivir mejor, para descubrir demasiado tarde que llega un punto en que trabajas para poder seguir trabajando.Y esto no es emprender. Es resistir con el motor en la reserva. Romantizamos al que arriesga como se romantizaba al poeta, al pintor bohemio que pasaba hambre por amor al arte. Pero disfrazar el nombre de las cosas no las cambia. Nunca hablamos del silencioso precio de esa épica. Del cumpleaños al que no llegas; las cenas pendientes; las películas no vistas, las cuentas que no salen, las vacaciones en el aire. De todos los agostos vividos a medias.Aun así, agosto sigue teniendo algo magnético, evocador, de infancia. Esa parte ingenua que cree que bastan un helado de cucurucho, una bici y un atardecer a orillas del Lago de Sanabria para que todo sea perfecto.Y cada verano vuelven a levantar la persiana los del bar de la esquina, la librería pequeñita, la tienda de ropa, el colmado, el fontanero, la fotógrafa, el electricista, la pequeña empresa familiar que lleva generaciones sobreviviendo a crisis, pandemias y reformas fiscales. También los periodistas que vamos de por libre.Quizá por eso agosto siempre me provoca sentimientos encontrados; esa nostalgia de los veranos de antes, cuando el tiempo parecía infinito, frente a la certeza de que hay demasiada gente para la que descansar es un lujo, no un derecho. Tantos hombros sosteniendo un país.España se va de vacaciones, cierra en agosto. Pero la de hoy va por todos aquellos que en agosto siguen haciendo números detrás de una persiana medio abierta. Llega el final de julio y España baja la persiana, la gente tiene prisa para llegar a ningún sitio; es la antesala de las vacaciones.Agosto siempre tiene algo de infancia, Nivea de caja azul, sandía recién abierta, agua y sol. Olas, salitre, vestidos blancos, cangrejeras y niños que vuelven a casa con arena en las orejas y heridas en las rodillas. Como en las viejas películas italianas, agosto siempre tiene una Vespa, un Martini y un amor de verano.Luego está España, la del agosto de verdad. La del autónomo que hace la maleta con la misma alegría con la que un condenado prepara el petate pensando en lo que nunca falla, la puñetera cuota.Hacienda no sabe de agosto. Ni la Seguridad Social, el alquiler, la letra del coche, el seguro, los proveedores. Si existe un español que no coge vacaciones, es el recibo domiciliado.Mientras media España desconecta, el pequeño empresario, los microautónomos llegamos recién despellejados del segundo trimestre por un sistema que, cosas veredes, ha borrado durante cuatro años las cuentas de Julito Martínez, otrora socio de trapicherías de Zapatero y ahora cantor de Híspalis en ciernes. Hacienda somos todos. Ja.España se echa la siesta mientras el pequeño empresario cuenta con los dedos. El que cierra, no factura. El que abre, lo hace ‘pa ná’ porque no hay nadie. El que se va, siente culpa. El que no se va, siente rabia. Porca miseria.No hay descanso posible cuando el negocio vive dentro de tu cabeza, cuando conciliar consiste en responder un correo, cien llamadas, en bañador con un pie en remojo, esa modalidad de teletrabajo que consiste básicamente en no estar nunca en ninguna parte.En este país nos encanta aplaudir al pequeño empresario y estrujarlo en la práctica. «Ser tu propio jefe» viene a ser que lo poco que juntas se desvanece mientras tragamos indecencias de golfos, prevaricadores, enchufados a dedo que no saben dónde está su oficina o salvadores del mundo que guardan en su caja fuerte un millón y medio de euros en joyas al peso sin afán de propiedad. Las de la Señorita Pepis.Para el autónomo, una oficina andante abierta las veinticuatro horas del día, la nostalgia de agosto tiene algo cruel. Nos recuerda aquellos veranos de la niñez en los que el tiempo parecía gratis. Nos enseñaron, crecimos creyendo que trabajar servía para vivir mejor, para descubrir demasiado tarde que llega un punto en que trabajas para poder seguir trabajando.Y esto no es emprender. Es resistir con el motor en la reserva. Romantizamos al que arriesga como se romantizaba al poeta, al pintor bohemio que pasaba hambre por amor al arte. Pero disfrazar el nombre de las cosas no las cambia. Nunca hablamos del silencioso precio de esa épica. Del cumpleaños al que no llegas; las cenas pendientes; las películas no vistas, las cuentas que no salen, las vacaciones en el aire. De todos los agostos vividos a medias.Aun así, agosto sigue teniendo algo magnético, evocador, de infancia. Esa parte ingenua que cree que bastan un helado de cucurucho, una bici y un atardecer a orillas del Lago de Sanabria para que todo sea perfecto.Y cada verano vuelven a levantar la persiana los del bar de la esquina, la librería pequeñita, la tienda de ropa, el colmado, el fontanero, la fotógrafa, el electricista, la pequeña empresa familiar que lleva generaciones sobreviviendo a crisis, pandemias y reformas fiscales. También los periodistas que vamos de por libre.Quizá por eso agosto siempre me provoca sentimientos encontrados; esa nostalgia de los veranos de antes, cuando el tiempo parecía infinito, frente a la certeza de que hay demasiada gente para la que descansar es un lujo, no un derecho. Tantos hombros sosteniendo un país.España se va de vacaciones, cierra en agosto. Pero la de hoy va por todos aquellos que en agosto siguen haciendo números detrás de una persiana medio abierta.
Llega el final de julio y España baja la persiana, la gente tiene prisa para llegar a ningún sitio; es la antesala de las vacaciones.
Agosto siempre tiene algo de infancia, Nivea de caja azul, sandía recién abierta, agua y sol. Olas, salitre, vestidos blancos, … cangrejeras y niños que vuelven a casa con arena en las orejas y heridas en las rodillas. Como en las viejas películas italianas, agosto siempre tiene una Vespa, un Martini y un amor de verano.
Luego está España, la del agosto de verdad. La del autónomo que hace la maleta con la misma alegría con la que un condenado prepara el petate pensando en lo que nunca falla, la puñetera cuota.
Hacienda no sabe de agosto. Ni la Seguridad Social, el alquiler, la letra del coche, el seguro, los proveedores. Si existe un español que no coge vacaciones, es el recibo domiciliado.
Mientras media España desconecta, el pequeño empresario, los microautónomos llegamos recién despellejados del segundo trimestre por un sistema que, cosas veredes, ha borrado durante cuatro años las cuentas de Julito Martínez, otrora socio de trapicherías de Zapatero y ahora cantor de Híspalis en ciernes. Hacienda somos todos. Ja.
España se echa la siesta mientras el pequeño empresario cuenta con los dedos. El que cierra, no factura. El que abre, lo hace ‘pa ná’ porque no hay nadie. El que se va, siente culpa. El que no se va, siente rabia. Porca miseria.
No hay descanso posible cuando el negocio vive dentro de tu cabeza, cuando conciliar consiste en responder un correo, cien llamadas, en bañador con un pie en remojo, esa modalidad de teletrabajo que consiste básicamente en no estar nunca en ninguna parte.
En este país nos encanta aplaudir al pequeño empresario y estrujarlo en la práctica. «Ser tu propio jefe» viene a ser que lo poco que juntas se desvanece mientras tragamos indecencias de golfos, prevaricadores, enchufados a dedo que no saben dónde está su oficina o salvadores del mundo que guardan en su caja fuerte un millón y medio de euros en joyas al peso sin afán de propiedad. Las de la Señorita Pepis.
Para el autónomo, una oficina andante abierta las veinticuatro horas del día, la nostalgia de agosto tiene algo cruel. Nos recuerda aquellos veranos de la niñez en los que el tiempo parecía gratis. Nos enseñaron, crecimos creyendo que trabajar servía para vivir mejor, para descubrir demasiado tarde que llega un punto en que trabajas para poder seguir trabajando.
Y esto no es emprender. Es resistir con el motor en la reserva. Romantizamos al que arriesga como se romantizaba al poeta, al pintor bohemio que pasaba hambre por amor al arte. Pero disfrazar el nombre de las cosas no las cambia. Nunca hablamos del silencioso precio de esa épica. Del cumpleaños al que no llegas; las cenas pendientes; las películas no vistas, las cuentas que no salen, las vacaciones en el aire. De todos los agostos vividos a medias.
Aun así, agosto sigue teniendo algo magnético, evocador, de infancia. Esa parte ingenua que cree que bastan un helado de cucurucho, una bici y un atardecer a orillas del Lago de Sanabria para que todo sea perfecto.
Y cada verano vuelven a levantar la persiana los del bar de la esquina, la librería pequeñita, la tienda de ropa, el colmado, el fontanero, la fotógrafa, el electricista, la pequeña empresa familiar que lleva generaciones sobreviviendo a crisis, pandemias y reformas fiscales. También los periodistas que vamos de por libre.
Quizá por eso agosto siempre me provoca sentimientos encontrados; esa nostalgia de los veranos de antes, cuando el tiempo parecía infinito, frente a la certeza de que hay demasiada gente para la que descansar es un lujo, no un derecho. Tantos hombros sosteniendo un país.
España se va de vacaciones, cierra en agosto. Pero la de hoy va por todos aquellos que en agosto siguen haciendo números detrás de una persiana medio abierta.
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