Nos dijeron que era imposible y casi logran que nos lo creyéramos. Este verano la vuelta al vermut en el pueblo ha sido tan gratificante como siempre pero entre las rendijas de los cubitos deshaciéndose en el vaso se ha colado un «tenía usted razón, padre». Ingenieros, comerciales, profesores, mecánicos…. han vuelto este año a la España vaciada dispuestos a reconocer sus errores, fruto de la soberbia de un mundo que endiosó a los niños arrebatando dignidad a los mayores.Si ante el furgón de la fruta los nietos cuentan a sus amigos que ellos también estuvieron viendo al Papa en Madrid o en Barcelona, los hijos relatan a sus amigos de infancia que hasta los dieciséis ellos tampoco van a comprar móvil a la niña o que cuando la selección ganó el Mundial salieron a celebrarlo envueltos en la bandera de España por las calles de Bilbao. Los abuelos escuchan atónitos cómo, este año, sus ‘tonterías de viejos’ vuelven a las conversaciones de la solana pero con un respeto olvidado. «Tenías razón, padre», el niño no puede tener un piso si antes no ahorra.El riesgo está en que en septiembre, una vez pasado el veraneo en el pueblo, las cosas vuelvan a ser como antes pero este año ha habido un clic, un cambio de tendencia que ni el retorno del ‘politiqués’ del curso parlamentario será capaz de retorcer. Lo que ha cambiado es que no harán falta ni elecciones ni referéndums porque algunos, aunque sean pocos, han asumido que no tienen toda la razón y que los iletrados abuelos saben mucho más de lo que parece. Otros pocos han decidido que para ser felices en la vida el sacrificio también vale y no todo es esperar a que el Estado nos regale otro ‘bono felicidad’. En definitiva, un verano para la esperanza y puede que para una de esas revoluciones que siempre empiezan un puñado de entusiastas que piensan en qué pueden hacer ellos sin esperar a que nadie se lo mande. Nos dijeron que era imposible y casi logran que nos lo creyéramos. Este verano la vuelta al vermut en el pueblo ha sido tan gratificante como siempre pero entre las rendijas de los cubitos deshaciéndose en el vaso se ha colado un «tenía usted razón, padre». Ingenieros, comerciales, profesores, mecánicos…. han vuelto este año a la España vaciada dispuestos a reconocer sus errores, fruto de la soberbia de un mundo que endiosó a los niños arrebatando dignidad a los mayores.Si ante el furgón de la fruta los nietos cuentan a sus amigos que ellos también estuvieron viendo al Papa en Madrid o en Barcelona, los hijos relatan a sus amigos de infancia que hasta los dieciséis ellos tampoco van a comprar móvil a la niña o que cuando la selección ganó el Mundial salieron a celebrarlo envueltos en la bandera de España por las calles de Bilbao. Los abuelos escuchan atónitos cómo, este año, sus ‘tonterías de viejos’ vuelven a las conversaciones de la solana pero con un respeto olvidado. «Tenías razón, padre», el niño no puede tener un piso si antes no ahorra.El riesgo está en que en septiembre, una vez pasado el veraneo en el pueblo, las cosas vuelvan a ser como antes pero este año ha habido un clic, un cambio de tendencia que ni el retorno del ‘politiqués’ del curso parlamentario será capaz de retorcer. Lo que ha cambiado es que no harán falta ni elecciones ni referéndums porque algunos, aunque sean pocos, han asumido que no tienen toda la razón y que los iletrados abuelos saben mucho más de lo que parece. Otros pocos han decidido que para ser felices en la vida el sacrificio también vale y no todo es esperar a que el Estado nos regale otro ‘bono felicidad’. En definitiva, un verano para la esperanza y puede que para una de esas revoluciones que siempre empiezan un puñado de entusiastas que piensan en qué pueden hacer ellos sin esperar a que nadie se lo mande.
Nos dijeron que era imposible y casi logran que nos lo creyéramos. Este verano la vuelta al vermut en el pueblo ha sido tan gratificante como siempre pero entre las rendijas de los cubitos deshaciéndose en el vaso se ha colado un «tenía usted razón, … padre». Ingenieros, comerciales, profesores, mecánicos…. han vuelto este año a la España vaciada dispuestos a reconocer sus errores, fruto de la soberbia de un mundo que endiosó a los niños arrebatando dignidad a los mayores.
Si ante el furgón de la fruta los nietos cuentan a sus amigos que ellos también estuvieron viendo al Papa en Madrid o en Barcelona, los hijos relatan a sus amigos de infancia que hasta los dieciséis ellos tampoco van a comprar móvil a la niña o que cuando la selección ganó el Mundial salieron a celebrarlo envueltos en la bandera de España por las calles de Bilbao. Los abuelos escuchan atónitos cómo, este año, sus ‘tonterías de viejos’ vuelven a las conversaciones de la solana pero con un respeto olvidado. «Tenías razón, padre», el niño no puede tener un piso si antes no ahorra.
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El riesgo está en que en septiembre, una vez pasado el veraneo en el pueblo, las cosas vuelvan a ser como antes pero este año ha habido un clic, un cambio de tendencia que ni el retorno del ‘politiqués’ del curso parlamentario será capaz de retorcer. Lo que ha cambiado es que no harán falta ni elecciones ni referéndums porque algunos, aunque sean pocos, han asumido que no tienen toda la razón y que los iletrados abuelos saben mucho más de lo que parece. Otros pocos han decidido que para ser felices en la vida el sacrificio también vale y no todo es esperar a que el Estado nos regale otro ‘bono felicidad’. En definitiva, un verano para la esperanza y puede que para una de esas revoluciones que siempre empiezan un puñado de entusiastas que piensan en qué pueden hacer ellos sin esperar a que nadie se lo mande.
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