Veranear viene a ser lo mismo que hibernar. En algunos animales esto significa aletargarse y disminuir sus funciones metabólicas. O sea, bajar el ritmo. A nosotros, los seres humanos, este proceso biológico nos invade en cuanto vemos en los informativos las sombrillas, los atascos y los chiringuitos playeros, a partir de ahí ¡ya está!, el cuerpo se pone a ralentí y te pueden decir lo que quieran que tu anhelo es el universo de la tumbona.De pronto, no te importa que te cobren la paella a precio de caviar o que el vuelo o el tren se retrasen más de la cuenta. Da igual. El cabreo momentáneo desaparece debido a la reprogramación celular del veraneo y damos por bueno el premio que la vida nos otorga después de meses de duro trabajo.Biología y ocio en perfecta armonía. Tanto es así que, si todavía no te has ido de vacaciones, empiezas a oler a crema solar donde antes apestaba a tubo de escape y aunque el viento sople caliente a pleno sol tú te mojas la cara y dices: «¡Qué fresquito!, ya siento la brisa marina».Hablamos, claro está, de quienes tienen la fortuna de poder irse de vacaciones. Para los demás, el efecto veraneo solo se nota al sentarse en el salón ante la tele y experimentar en diferido lo que sienten las personas que han podido irse. Es como cuando toca el Gordo de Navidad. Ves a la gente brindando ante la administración de lotería y notas algo, sí, pero muy poco: una leve alegría y mucha ansiedad al revisar tu número y descubrir que no te ha tocado ni la pedrea.En fin, que vayas o no de vacaciones, lo que a todos nos iguala es septiembre, cuando entra con todo su poderío. Hay meses de transición, pero otros tienen tanta personalidad que, nada más llegar, se nos quita de golpe el aturdimiento del veraneo y nos entra el agobio. Pero eso ya vendrá. De momento, hibernemos en julio y agosto, ¡nos lo merecemos! Veranear viene a ser lo mismo que hibernar. En algunos animales esto significa aletargarse y disminuir sus funciones metabólicas. O sea, bajar el ritmo. A nosotros, los seres humanos, este proceso biológico nos invade en cuanto vemos en los informativos las sombrillas, los atascos y los chiringuitos playeros, a partir de ahí ¡ya está!, el cuerpo se pone a ralentí y te pueden decir lo que quieran que tu anhelo es el universo de la tumbona.De pronto, no te importa que te cobren la paella a precio de caviar o que el vuelo o el tren se retrasen más de la cuenta. Da igual. El cabreo momentáneo desaparece debido a la reprogramación celular del veraneo y damos por bueno el premio que la vida nos otorga después de meses de duro trabajo.Biología y ocio en perfecta armonía. Tanto es así que, si todavía no te has ido de vacaciones, empiezas a oler a crema solar donde antes apestaba a tubo de escape y aunque el viento sople caliente a pleno sol tú te mojas la cara y dices: «¡Qué fresquito!, ya siento la brisa marina».Hablamos, claro está, de quienes tienen la fortuna de poder irse de vacaciones. Para los demás, el efecto veraneo solo se nota al sentarse en el salón ante la tele y experimentar en diferido lo que sienten las personas que han podido irse. Es como cuando toca el Gordo de Navidad. Ves a la gente brindando ante la administración de lotería y notas algo, sí, pero muy poco: una leve alegría y mucha ansiedad al revisar tu número y descubrir que no te ha tocado ni la pedrea.En fin, que vayas o no de vacaciones, lo que a todos nos iguala es septiembre, cuando entra con todo su poderío. Hay meses de transición, pero otros tienen tanta personalidad que, nada más llegar, se nos quita de golpe el aturdimiento del veraneo y nos entra el agobio. Pero eso ya vendrá. De momento, hibernemos en julio y agosto, ¡nos lo merecemos!
Veranear viene a ser lo mismo que hibernar. En algunos animales esto significa aletargarse y disminuir sus funciones metabólicas. O sea, bajar el ritmo. A nosotros, los seres humanos, este proceso biológico nos invade en cuanto vemos en los informativos las sombrillas, los atascos y … los chiringuitos playeros, a partir de ahí ¡ya está!, el cuerpo se pone a ralentí y te pueden decir lo que quieran que tu anhelo es el universo de la tumbona.
De pronto, no te importa que te cobren la paella a precio de caviar o que el vuelo o el tren se retrasen más de la cuenta. Da igual. El cabreo momentáneo desaparece debido a la reprogramación celular del veraneo y damos por bueno el premio que la vida nos otorga después de meses de duro trabajo.
Biología y ocio en perfecta armonía. Tanto es así que, si todavía no te has ido de vacaciones, empiezas a oler a crema solar donde antes apestaba a tubo de escape y aunque el viento sople caliente a pleno sol tú te mojas la cara y dices: «¡Qué fresquito!, ya siento la brisa marina».
Hablamos, claro está, de quienes tienen la fortuna de poder irse de vacaciones. Para los demás, el efecto veraneo solo se nota al sentarse en el salón ante la tele y experimentar en diferido lo que sienten las personas que han podido irse. Es como cuando toca el Gordo de Navidad. Ves a la gente brindando ante la administración de lotería y notas algo, sí, pero muy poco: una leve alegría y mucha ansiedad al revisar tu número y descubrir que no te ha tocado ni la pedrea.
En fin, que vayas o no de vacaciones, lo que a todos nos iguala es septiembre, cuando entra con todo su poderío. Hay meses de transición, pero otros tienen tanta personalidad que, nada más llegar, se nos quita de golpe el aturdimiento del veraneo y nos entra el agobio. Pero eso ya vendrá. De momento, hibernemos en julio y agosto, ¡nos lo merecemos!
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