En las bodegas de Sanlúcar de Barrameda se trabaja en penumbra y con un ambiente único que, a mí, me maravilla. Me reconozco un enamorado de la localidad gaditana que conozco muy bien.Esas condiciones de trabajo lo exige la manzanilla, que necesita temperatura estable, humedad y poca luz para que el velo de flor, esa capa de levaduras que protege el vino dentro de la bota, haga su trabajo. Muros gruesos, suelos de albero que se riegan en verano, ventanas altas y estrechas. Un sitio pensado para el silencio.Por eso, cuando algo se oye, se oye bien.Manuel R. tiene 52 años y entró en la bodega con diecinueve, de mozo. Conoce cada fila de botas, cada escala de la solera y cada ruido del edificio. «El vino tiene su vida, la madera cruje cuando cambia el tiempo, entran pájaros, hay gatos. Eso no me asusta. Lo que yo he visto es otra cosa».La bodega, una de las de tamaño medio que todavía siguen en manos familiares en el barrio alto, data de mediados del siglo XIX. La familia propietaria ha pedido que no se publique su nombre ni la calle. «No queremos que vengan curiosos con linternas. Aquí se trabaja», explica uno de los herederos, que sí ha permitido que los empleados hablen.Un hombre con sombrero entre las criaderasLa primera vez fue en agosto de 2019. Manuel había vuelto por la tarde para comprobar una manguera de riego. La bodega estaba cerrada y no quedaba nadie. «Entré por la puerta chica, la del patio. Al fondo, en la nave de las criaderas, vi a un hombre de espaldas. Con sombrero, de los de antes, y chaqueta clara. Estaba parado mirando las botas, como cuando un capataz revisa».Pensó que era un cliente que se había quedado dentro o algún familiar de los dueños. Lo llamó. El hombre no se giró. Manuel avanzó por el pasillo y, al llegar a la altura de la tercera fila, ya no había nadie. Las dos salidas de esa nave estaban cerradas con llave.«Me quedé un rato allí, sin moverme. Luego me fui a mi casa y no se lo conté a mi mujer hasta dos años después».No es el único. Una mujer que trabaja en la bodega (y que quiere que su nombre esté en la confidencialidad), ha oído pasos por el pasillo central mientras cuadra la caja a última hora. Pasos lentos, de zapato de suela dura sobre el albero. Un trabajador de mantenimiento, ya jubilado, contaba que una mañana encontró una venencia, la caña o varilla con la que se saca el vino de la bota, tirada en mitad de un pasillo. «Las venencias se cuelgan en su sitio. Nadie las deja en el suelo, y menos cuando la bodega está cerrada».Hay un detalle que repiten todos: el olor a tabaco de liar. En la bodega no se fuma desde hace décadas.Incluso algunos visitantes han notado algo sin saber nada de la historia. Ella recuerda a una pareja de turistas alemanes que, en mitad de una visita guiada, preguntó quién era el señor mayor que les miraba desde el fondo de la nave. No había nadie más en el grupo ni en la bodega. Ella les dijo que sería un trabajador y siguió con la explicación del sistema de criaderas y solera como si nada. «Por dentro estaba temblando. Esa gente no sabía nada, venían de un crucero y se iban esa misma tarde. No tenían ningún motivo para inventarse algo así».La investigación entre botas de manzanillaEl hijo de uno de los propietarios me conoce bien y se ofreció a organizarme una visita con dos compañeros, un técnico de audio y otro investigador como Antonio Reinoso y Carlos Javier García, una noche de octubre del año pasado.«Una bodega es un sitio difícil para investigar. Es un ecosistema. La madera trabaja, el vino está vivo, hay sonidos por todos lados», reconoce Antonio Reinoso. Antes de empezar, pasaron una hora grabando solo el ambiente para tener una referencia de lo que era normal.Colocaron tres grabadoras en la nave de las criaderas, una cámara de infrarrojos apuntando al pasillo central y otra a la puerta del patio, la misma por la que entró Manuel aquella tarde.A las 00:20 horas, la cámara del pasillo registró algo que el equipo todavía discute. Una mancha de luz alargada, a la altura de una persona, que se desplaza unos tres metros y se desvanece. «Puede ser un reflejo, un insecto pegado al objetivo, polvo. Lo hemos visto fotograma a fotograma y no podemos descartar nada. Tampoco confirmarlo», explica Carlos Javier.Lo más interesante salió de las grabadoras. En una ronda de preguntas que realizamos se pidió en voz alta que, si había alguien, dijera su nombre. En la revisión se escucha, tras la pregunta, una respuesta corta y grave: «Rafael». Unos minutos más tarde, cuando se preguntó si estaba contento con cómo se llevaba la bodega, la misma grabadora recogió una frase más larga en la que el equipo cree distinguir «la flor está buena».Para un capataz de manzanilla, que la flor esté buena es la mejor noticia posible. Quiere decir que el vino está sano.Un nombre en los libros de la bodegaLos propietarios guardan en el despacho libros de cuentas y registros de personal que se remontan a principios del siglo XX. Se les pidió consultarlos y le llevó varias tardes. Había como capataz un tal Rafael, con unos apellidos que la familia prefiere no hacer públicos. Trabajó en la bodega más de treinta años y murió, según una anotación al margen, en 1951.«No lo sabíamos. En casa se hablaba del bisabuelo, de los primeros dueños, pero de los capataces se acordaba poca gente», reconoce.Pero hay que tener cautela. Rafael era un nombre muy corriente en Sanlúcar y en toda la provincia de Cádiz, y la psicofonía admite otras lecturas. «Lo honrado es decir que hay una coincidencia llamativa. No tengo manera de saber si esa voz es suya, de otra persona o un fallo de la grabación», decía Antonio Reinoso.Tampoco descarta lo más prosaico. Las bodegas del barrio alto comparten muros, patios y, a veces, antiguas galerías. Un ruido puede viajar de un edificio a otro de formas que sorprenden. Con el hombre del sombrero, sin embargo, reconoce que no tiene nada que oponer salvo la prudencia. «Es un testimonio, y yo no estaba allí».Manuel R. tiene su propia opinión. «Yo de fantasmas no sé. Sé que el hombre que vi estaba mirando las botas como las miro yo. Con cariño. Como si fueran suyas».Desde entonces, cuando abre por la mañana, da los buenos días en voz alta al entrar en la nave de las criaderas. Dice que lo hace en broma, aunque no se lo salta ningún día.*Si ha tenido alguna experiencia paranormal, de cualquier tipo, no dude en comunicarse conmigo. Investigaré gratis su caso (como siempre lo hago) y trataré de ofrecerle respuestas: correodecontacto.garciabautista@gmail.com En las bodegas de Sanlúcar de Barrameda se trabaja en penumbra y con un ambiente único que, a mí, me maravilla. Me reconozco un enamorado de la localidad gaditana que conozco muy bien.Esas condiciones de trabajo lo exige la manzanilla, que necesita temperatura estable, humedad y poca luz para que el velo de flor, esa capa de levaduras que protege el vino dentro de la bota, haga su trabajo. Muros gruesos, suelos de albero que se riegan en verano, ventanas altas y estrechas. Un sitio pensado para el silencio.Por eso, cuando algo se oye, se oye bien.Manuel R. tiene 52 años y entró en la bodega con diecinueve, de mozo. Conoce cada fila de botas, cada escala de la solera y cada ruido del edificio. «El vino tiene su vida, la madera cruje cuando cambia el tiempo, entran pájaros, hay gatos. Eso no me asusta. Lo que yo he visto es otra cosa».La bodega, una de las de tamaño medio que todavía siguen en manos familiares en el barrio alto, data de mediados del siglo XIX. La familia propietaria ha pedido que no se publique su nombre ni la calle. «No queremos que vengan curiosos con linternas. Aquí se trabaja», explica uno de los herederos, que sí ha permitido que los empleados hablen.Un hombre con sombrero entre las criaderasLa primera vez fue en agosto de 2019. Manuel había vuelto por la tarde para comprobar una manguera de riego. La bodega estaba cerrada y no quedaba nadie. «Entré por la puerta chica, la del patio. Al fondo, en la nave de las criaderas, vi a un hombre de espaldas. Con sombrero, de los de antes, y chaqueta clara. Estaba parado mirando las botas, como cuando un capataz revisa».Pensó que era un cliente que se había quedado dentro o algún familiar de los dueños. Lo llamó. El hombre no se giró. Manuel avanzó por el pasillo y, al llegar a la altura de la tercera fila, ya no había nadie. Las dos salidas de esa nave estaban cerradas con llave.«Me quedé un rato allí, sin moverme. Luego me fui a mi casa y no se lo conté a mi mujer hasta dos años después».No es el único. Una mujer que trabaja en la bodega (y que quiere que su nombre esté en la confidencialidad), ha oído pasos por el pasillo central mientras cuadra la caja a última hora. Pasos lentos, de zapato de suela dura sobre el albero. Un trabajador de mantenimiento, ya jubilado, contaba que una mañana encontró una venencia, la caña o varilla con la que se saca el vino de la bota, tirada en mitad de un pasillo. «Las venencias se cuelgan en su sitio. Nadie las deja en el suelo, y menos cuando la bodega está cerrada».Hay un detalle que repiten todos: el olor a tabaco de liar. En la bodega no se fuma desde hace décadas.Incluso algunos visitantes han notado algo sin saber nada de la historia. Ella recuerda a una pareja de turistas alemanes que, en mitad de una visita guiada, preguntó quién era el señor mayor que les miraba desde el fondo de la nave. No había nadie más en el grupo ni en la bodega. Ella les dijo que sería un trabajador y siguió con la explicación del sistema de criaderas y solera como si nada. «Por dentro estaba temblando. Esa gente no sabía nada, venían de un crucero y se iban esa misma tarde. No tenían ningún motivo para inventarse algo así».La investigación entre botas de manzanillaEl hijo de uno de los propietarios me conoce bien y se ofreció a organizarme una visita con dos compañeros, un técnico de audio y otro investigador como Antonio Reinoso y Carlos Javier García, una noche de octubre del año pasado.«Una bodega es un sitio difícil para investigar. Es un ecosistema. La madera trabaja, el vino está vivo, hay sonidos por todos lados», reconoce Antonio Reinoso. Antes de empezar, pasaron una hora grabando solo el ambiente para tener una referencia de lo que era normal.Colocaron tres grabadoras en la nave de las criaderas, una cámara de infrarrojos apuntando al pasillo central y otra a la puerta del patio, la misma por la que entró Manuel aquella tarde.A las 00:20 horas, la cámara del pasillo registró algo que el equipo todavía discute. Una mancha de luz alargada, a la altura de una persona, que se desplaza unos tres metros y se desvanece. «Puede ser un reflejo, un insecto pegado al objetivo, polvo. Lo hemos visto fotograma a fotograma y no podemos descartar nada. Tampoco confirmarlo», explica Carlos Javier.Lo más interesante salió de las grabadoras. En una ronda de preguntas que realizamos se pidió en voz alta que, si había alguien, dijera su nombre. En la revisión se escucha, tras la pregunta, una respuesta corta y grave: «Rafael». Unos minutos más tarde, cuando se preguntó si estaba contento con cómo se llevaba la bodega, la misma grabadora recogió una frase más larga en la que el equipo cree distinguir «la flor está buena».Para un capataz de manzanilla, que la flor esté buena es la mejor noticia posible. Quiere decir que el vino está sano.Un nombre en los libros de la bodegaLos propietarios guardan en el despacho libros de cuentas y registros de personal que se remontan a principios del siglo XX. Se les pidió consultarlos y le llevó varias tardes. Había como capataz un tal Rafael, con unos apellidos que la familia prefiere no hacer públicos. Trabajó en la bodega más de treinta años y murió, según una anotación al margen, en 1951.«No lo sabíamos. En casa se hablaba del bisabuelo, de los primeros dueños, pero de los capataces se acordaba poca gente», reconoce.Pero hay que tener cautela. Rafael era un nombre muy corriente en Sanlúcar y en toda la provincia de Cádiz, y la psicofonía admite otras lecturas. «Lo honrado es decir que hay una coincidencia llamativa. No tengo manera de saber si esa voz es suya, de otra persona o un fallo de la grabación», decía Antonio Reinoso.Tampoco descarta lo más prosaico. Las bodegas del barrio alto comparten muros, patios y, a veces, antiguas galerías. Un ruido puede viajar de un edificio a otro de formas que sorprenden. Con el hombre del sombrero, sin embargo, reconoce que no tiene nada que oponer salvo la prudencia. «Es un testimonio, y yo no estaba allí».Manuel R. tiene su propia opinión. «Yo de fantasmas no sé. Sé que el hombre que vi estaba mirando las botas como las miro yo. Con cariño. Como si fueran suyas».Desde entonces, cuando abre por la mañana, da los buenos días en voz alta al entrar en la nave de las criaderas. Dice que lo hace en broma, aunque no se lo salta ningún día.*Si ha tenido alguna experiencia paranormal, de cualquier tipo, no dude en comunicarse conmigo. Investigaré gratis su caso (como siempre lo hago) y trataré de ofrecerle respuestas: correodecontacto.garciabautista@gmail.com
En las bodegas de Sanlúcar de Barrameda se trabaja en penumbra y con un ambiente único que, a mí, me maravilla. Me reconozco un enamorado de la localidad gaditana que conozco muy bien.
Esas condiciones de trabajo lo exige la manzanilla, que necesita temperatura estable, … humedad y poca luz para que el velo de flor, esa capa de levaduras que protege el vino dentro de la bota, haga su trabajo. Muros gruesos, suelos de albero que se riegan en verano, ventanas altas y estrechas. Un sitio pensado para el silencio.
Por eso, cuando algo se oye, se oye bien.
Manuel R. tiene 52 años y entró en la bodega con diecinueve, de mozo. Conoce cada fila de botas, cada escala de la solera y cada ruido del edificio. «El vino tiene su vida, la madera cruje cuando cambia el tiempo, entran pájaros, hay gatos. Eso no me asusta. Lo que yo he visto es otra cosa».
La bodega, una de las de tamaño medio que todavía siguen en manos familiares en el barrio alto, data de mediados del siglo XIX. La familia propietaria ha pedido que no se publique su nombre ni la calle. «No queremos que vengan curiosos con linternas. Aquí se trabaja», explica uno de los herederos, que sí ha permitido que los empleados hablen.
Un hombre con sombrero entre las criaderas
La primera vez fue en agosto de 2019. Manuel había vuelto por la tarde para comprobar una manguera de riego. La bodega estaba cerrada y no quedaba nadie. «Entré por la puerta chica, la del patio. Al fondo, en la nave de las criaderas, vi a un hombre de espaldas. Con sombrero, de los de antes, y chaqueta clara. Estaba parado mirando las botas, como cuando un capataz revisa».
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Pensó que era un cliente que se había quedado dentro o algún familiar de los dueños. Lo llamó. El hombre no se giró. Manuel avanzó por el pasillo y, al llegar a la altura de la tercera fila, ya no había nadie. Las dos salidas de esa nave estaban cerradas con llave.
«Me quedé un rato allí, sin moverme. Luego me fui a mi casa y no se lo conté a mi mujer hasta dos años después».
No es el único. Una mujer que trabaja en la bodega (y que quiere que su nombre esté en la confidencialidad), ha oído pasos por el pasillo central mientras cuadra la caja a última hora. Pasos lentos, de zapato de suela dura sobre el albero. Un trabajador de mantenimiento, ya jubilado, contaba que una mañana encontró una venencia, la caña o varilla con la que se saca el vino de la bota, tirada en mitad de un pasillo. «Las venencias se cuelgan en su sitio. Nadie las deja en el suelo, y menos cuando la bodega está cerrada».
Hay un detalle que repiten todos: el olor a tabaco de liar. En la bodega no se fuma desde hace décadas.
Incluso algunos visitantes han notado algo sin saber nada de la historia. Ella recuerda a una pareja de turistas alemanes que, en mitad de una visita guiada, preguntó quién era el señor mayor que les miraba desde el fondo de la nave. No había nadie más en el grupo ni en la bodega. Ella les dijo que sería un trabajador y siguió con la explicación del sistema de criaderas y solera como si nada. «Por dentro estaba temblando. Esa gente no sabía nada, venían de un crucero y se iban esa misma tarde. No tenían ningún motivo para inventarse algo así».
La investigación entre botas de manzanilla
El hijo de uno de los propietarios me conoce bien y se ofreció a organizarme una visita con dos compañeros, un técnico de audio y otro investigador como Antonio Reinoso y Carlos Javier García, una noche de octubre del año pasado.
«Una bodega es un sitio difícil para investigar. Es un ecosistema. La madera trabaja, el vino está vivo, hay sonidos por todos lados», reconoce Antonio Reinoso. Antes de empezar, pasaron una hora grabando solo el ambiente para tener una referencia de lo que era normal.
Colocaron tres grabadoras en la nave de las criaderas, una cámara de infrarrojos apuntando al pasillo central y otra a la puerta del patio, la misma por la que entró Manuel aquella tarde.
A las 00:20 horas, la cámara del pasillo registró algo que el equipo todavía discute. Una mancha de luz alargada, a la altura de una persona, que se desplaza unos tres metros y se desvanece. «Puede ser un reflejo, un insecto pegado al objetivo, polvo. Lo hemos visto fotograma a fotograma y no podemos descartar nada. Tampoco confirmarlo», explica Carlos Javier.
Lo más interesante salió de las grabadoras. En una ronda de preguntas que realizamos se pidió en voz alta que, si había alguien, dijera su nombre. En la revisión se escucha, tras la pregunta, una respuesta corta y grave: «Rafael». Unos minutos más tarde, cuando se preguntó si estaba contento con cómo se llevaba la bodega, la misma grabadora recogió una frase más larga en la que el equipo cree distinguir «la flor está buena».
Para un capataz de manzanilla, que la flor esté buena es la mejor noticia posible. Quiere decir que el vino está sano.
Un nombre en los libros de la bodega
Los propietarios guardan en el despacho libros de cuentas y registros de personal que se remontan a principios del siglo XX. Se les pidió consultarlos y le llevó varias tardes. Había como capataz un tal Rafael, con unos apellidos que la familia prefiere no hacer públicos. Trabajó en la bodega más de treinta años y murió, según una anotación al margen, en 1951.
«No lo sabíamos. En casa se hablaba del bisabuelo, de los primeros dueños, pero de los capataces se acordaba poca gente», reconoce.
Pero hay que tener cautela. Rafael era un nombre muy corriente en Sanlúcar y en toda la provincia de Cádiz, y la psicofonía admite otras lecturas. «Lo honrado es decir que hay una coincidencia llamativa. No tengo manera de saber si esa voz es suya, de otra persona o un fallo de la grabación», decía Antonio Reinoso.
Tampoco descarta lo más prosaico. Las bodegas del barrio alto comparten muros, patios y, a veces, antiguas galerías. Un ruido puede viajar de un edificio a otro de formas que sorprenden. Con el hombre del sombrero, sin embargo, reconoce que no tiene nada que oponer salvo la prudencia. «Es un testimonio, y yo no estaba allí».
Manuel R. tiene su propia opinión. «Yo de fantasmas no sé. Sé que el hombre que vi estaba mirando las botas como las miro yo. Con cariño. Como si fueran suyas».
Desde entonces, cuando abre por la mañana, da los buenos días en voz alta al entrar en la nave de las criaderas. Dice que lo hace en broma, aunque no se lo salta ningún día.
*Si ha tenido alguna experiencia paranormal, de cualquier tipo, no dude en comunicarse conmigo. Investigaré gratis su caso (como siempre lo hago) y trataré de ofrecerle respuestas: correodecontacto.garciabautista@gmail.com
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