Nada más difícil para un contemporáneo que comprender lo que sucede. Es la virtud que define a los visionarios. Saber hacer en la incertidumbre. Guiar el timón en la tormenta.
Nada más difícil para un contemporáneo que comprender lo que sucede. Es la virtud que define a los visionarios. Saber hacer en la incertidumbre. Guiar el timón en la tormenta.Seguir leyendo…
Nada más difícil para un contemporáneo que comprender lo que sucede. Es la virtud que define a los visionarios. Saber hacer en la incertidumbre. Guiar el timón en la tormenta.
Los coetáneos se quedan en lo banal. En lo que despierta el sentimiento, nubla la razón e impide percibir el temblor de la historia.
Tanto De la Espriella como Cepeda rompen con un pasado que han superado
Así sucede en Colombia con unas elecciones presidenciales que han situado al país en el siglo XXI.
Tanto la irrupción del nuevo presidente Abelardo de la Espriella, como del derrotado Iván Cepeda, sitúan sobre el tablero a dos hombres nuevos . Seres que rompen con un pasado que han superado.

De la Espriella, un abogado costeño de origen italiano –esa procedencia marca– ha manejado con soltura y ardiente fineza los hilos hasta situarse en la casa de Bolívar.
Jurista avezado que ha conectado con la angustia existencial de unos estratos medios hartos de criminalidad y que ansían la seguridad que Europa tiene y no valora.
Frente a México –sociedad criminalizada donde sus habitantes disponen de todos los derechos menos el de la vida–, Abelardo de la Espriella reclama para el Estado un monopolio de la fuerza que tuvo impulso inicial en Uribe, al que el nuevo presidente ha retirado.
De la Espriella ha trasmitido algo que a Uribe nunca le interesó; la seguridad no depende de las bayonetas, requiere legitimidad, consentimiento sincero de una sociedad que repudia la violencia.
Como penalista exitoso, De la Espriella sabe que sin jueces armados en la letra de la ley, no hay orden sostenible, paz a largo plazo. El ADN del nuevo presidente es el derecho penal. Una identidad que le ha costado críticas más descalificatorias que descriptivas.
No es el penal una rama cualquiera del derecho. Nació antes que lo constitucional y sus categorías son una religión autónoma dentro de la fenomenología jurídica con lógica autónoma: extirpar de la sociedad el ánimo de venganza y hacerla renunciar a la violencia.
Un derecho tan antiguo como el Estado. Un derecho que se forja desde la exigencia de una justicia que la Constitución de 1991 cifra en servicios públicos.
El éxito de la campaña del nuevo presidente ha estado en ver a la Constitución como referente del ser nacional. Comprender, frente a las alucinaciones de Petro, que en la conciencia de los colombianos la Constitución ha deparado una estabilidad que permite todo, menos la disrupción. El caos en que viven las naciones americanas. Una idiosincrasia constitucional que es un bien escaso en la turbulencia mundial. Como ha comprendido el candidato perdedor que no lo es tanto.
Cepeda, a quien se atribuye haberse plantado a Petro cuando entendió que una Asamblea Constituyente le arrastraba al desastre, es un tipo opuesto a De la Espriella. Tanto, que si Plutarco reescribiera sus Vidas paralelas encontraría en ellos antimodelos.
Uno romano y otro griego. Uno quiere innovar en la continuidad y otro en la transformación de la sociedad por el camino del progreso. Uno mira al pasado, otro, es devoto del futuro y del cambio radical. Uno penalista, y otro, intelectual orgánico.
Cepeda ha descubierto tarde que la Constitución es el talismán que veneran los colombianos. Si lo hubiera hecho antes, habría ganado. Lo ha hecho tarde, pero no abandonará la certeza.
Otra novedad, el perdedor permanece al mando de un sólido grupo en el Congreso y es líder de una izquierda que ve a Gustavo Petro causa de la derrota. Por delante tiene cuatro años para oponerse lealmente –desde las instituciones– a De la Espriella, a quien sus electores van a exigir resultados.
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